Una mirada rara a la causa de Pablo Herreros
6 noviembre, 2011 – 17:18 | 18 Comentarios

Ver que un puñado de anunciantes ponen los pies en polvorosa porque un blogger la lía… eso no se había visto por estos lares. De la madre de El Cuco, El Cuco y sus crímenes …

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Escenas de Cáceres: alfabetización audiovisual y los niños de los demás

Escrito por el 7 octubre, 2007 – 11:48Sin Comentarios


En su introducción a lo que es la televisión del mañana (2.0, 3.0… lo que venga), con una perfecta inmersión del fenómeno del vídeo dentro de la sociedad de la información y la vida digitalizada, Héctor Milla introducía un concepto que me apasiona y al que he dado muchas vueltas mentales, la idea de ser letrados y versados en el arte de narrar con imágenes como lo somos hoy, sea cual sea el acierto y el estilo, con la redacción de texto.

Estábamos en Cáceres, bajo las cigüeñas y tras los muros sosegados y solemnes de ese fósil vivo de la edad media que son las calles de esta ciudad abanderada con el color naranja del coffee break, un encuentro pensado para ser un imán de gente (gente pequeña diría yo, aquí no se sentaban ni políticos ni responsables de imasdé con corbata) que creen – creemos – que tenemos alguna historia innovadora entre las manos. Sin ordenador ni transparencias, todos construíamos relatos: muchas miradas brillantes de personas apasionadas de su idea.

Este es un pequeño relato de algunas sensaciones que me quedan. Alfabetos de la visualización: lo que me parece más poderoso de la narración de imágenes son dos cosas: su fuerza para la síntesis (es decir, la simplicidad de un plano que dice tanto, mucho más del tópico de las mil palabras) y la capacidad de sugestión de la dosis adecuada de ritmo y sonido asociadas a las imágenes elegidas. Hacerlo o no hacerlo – en realidad, creo que todo el mundo queda fascinado ante la primera pantalla que ve en su vida – dependía realmente de herramientas costosísimas y costosísimos procedimientos para captar las imágenes. Héctor eligió empezar su charla mostrando un sencillo aparato de coste asequible, no más caro que una cámara de fotografía para un aficionado experto y en el borde de la profesionalización, y poniendo la alta definición como un nuevo punto de partida: ya eres dueño de conquistar tus imágenes.

La red, el ente flotante que posiblemente produce en nuestras mentes el mismo efecto de fascinación que la linterna mágica el día de su aparición, pone en nuestros dedos y ojos los medios para montar (en castellano, antes hablábamos de montar y no de editar, que era para los libros), para conformar (añadir efectos, gráficos…) y sonorizar (efectos de sonido, músicas con las licencias adecuadas…) y no existe barrera para dar un mensaje que recorra el mundo: unos desarrolladores de Pakistán publican un video en YouTube con una demo de su software y ya me encuentro entre los cientos de miles que esperan que den más entradas a su beta. Aprender a leer y escribir fue – es – el salto para acceder al conocimiento, el aprendizaje y, con ello, a la libertad personal: leer permite encontrar soluciones a los problemas por uno mismo. La red ha puesto las letras, todas las letras, aquí y ahora eliminando la distancia. La pregunta es si a partir de ahora, el esfuerzo educativo no es o ha de ser enseñar a leer y escribir, sino enseñar a localizar información, asimilarla y transformarla para comunicar: texto, sonido e imágenes. ¿Podemos reinventar la novela para que sea la suma de las tres cosas sin ser cine?

¿Cuánto aporta el contexto a la alfabetización? Mi sensación personal es que el público está educado masivamente en entender cualquier estructura de narración audiovisual: ya se han estrujado todas las posibilidades del montaje y de movimiento del tiempo y no debe haber ningún espectador adulto incapaz de entender lo que hace un realizador. Curiosamente, a mis sobrinos hay que explicarles a veces algún giro de una película: son como esponjas y no lo olvidan, pero sin atreverme a hablar de lo que no sé, creo que se ha aprendido a leer el lenguaje audiovisual de forma que el narrador puede hacer lo que quiera: dos generaciones educadas no viendo la televisión, sino viendo los anuncios de esa televisión, creo que han modificado los patrones de atención y la forma de contar las cosas. Grandes historias narradas en treinta segundos – incluso en veinte, que era el formato más normal aquí – y, sobre todo, el poder de atracción tan formidable que consiguen. Ítem más, frente a la leyenda negra predominante de la fe en la manipulación y la intoxicación, el espectador conoce los trucos de la narración y separa la trampa y el cartón: puedes seducir, pero no me vas a engañar como tú te piensas.

Mientras soltaba mi incansable verborrea sobre lo que me gusta – y la televisión dos-punto-cero me gusta mucho – mis interlocutores abrumados me hablaban de la conducta de sus hijos pequeños: se van de la televisión y se ponen a elegir vídeos en You Tube: más entretenimineto breve, de ritmo brutal. Más descomposición del orden mental de los ejecutivos al mando. Y lo que más me sorprende, no por sabido y si por la reiteración y lo común del relato: muchos no niños cultivados y sensibles, me cuentan ellos mismos, han prescindido de la programación y juegan con la mula y el dvd para hacerse su televisión a medida. Es una buena excusa para ponerse pedante y escribir el tiempo, que nos desborda.

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