Una mirada rara a la causa de Pablo Herreros
6 noviembre, 2011 – 17:18 | 18 Comentarios

Ver que un puñado de anunciantes ponen los pies en polvorosa porque un blogger la lía… eso no se había visto por estos lares. De la madre de El Cuco, El Cuco y sus crímenes …

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Si ya das algo gratis… ¿dónde está el daño de lo que llamas piratas?

Escrito por el 14 marzo, 2008 – 1:58Sin Comentarios

Leo en la bitácora de Carlosues una referencia a un artículo publicado en la revista Tiempo en el que se recogen las impresiones de Sergio Sans, subdirector de La 2, acerca del mundo de las descargas e internet. Lo que allí se refleja es lo siguiente:

“cree que el pirateo influye negativamente en la televisión.”

A falta del artículo original y de más datos (es decir, versión de versión) ampliaré los comentarios que ya he hecho allí haciendo como premisa de partida de que éste es el pensamiento de una televisión pública.

El presunto daño de las descargas para una televisión sólo se traduce en dos cosas: es audiencia no medida y no monetizada y permite ver en territorios sobre los que el emisor no tiene derechos una serie de programas adquiridos por la cadena. Hasta ahí bien, puede entenderse que no se comprenda que lo que está dañado es el modelo de negocio y no la televisión. Pero debemos hablar de la naturaleza de la cadena que hace el razonamiento y de la estructura de su programación.

Sobre la cadena, es evidente: se trata de un canal de titularidad pública con doble financiación (impuestos y publicidad). Sobre la programación: La2 es un producto comprometido con los espacios más presuntamente esperables de una emisora pagada con impuestos, aquéllos que difícilmente pueden financiarse en un entorno de mercado abierto por carecer de demanda suficiente para ser sus costes cubiertos por la publicidad. Ya saben de qué se trata: generalmente de eso que se llama cultura y sociedad, programaciones que suelen tener refugio en el entorno privado en las ofertas de cable y satélite.

En definitiva, se nos estaría diciendo que una programación hecha para sustituir lo que el mercado no da, financiada con impuestos y que tiene por sentido favorecer la difusión de contenidos minoritarios estaría siendo dañada porque la gente ve sus programas no cuando la televisión dice sino cuando los usuarios dicen. No sólo eso, sino que el usuario decide también dónde quiere verlo. Que eso altere el concepto de derechos que se manejan en los contratos no debiera ser un problema del usuario y un daño a la televisión: el perjuicio es para quien ha diseñado un sistema que se basaba en una tecnología que impedía acceder al contenido de forma asíncrona y deslocalizada desde el momento en que la tecnología que se puede comprar legalmente en cualquier tienda permite hacerlo.

Durante años, nadie te ha llamado pirata por grabar lo que no podías ver de la televisión y verlo más tarde. Tampoco te han llamado pirata porque llamaras por teléfono a tu vecino o a tu compañero de oficina y le pidieras que te grabase en el vídeo lo que tú no podías poner en marcha por encontrarte lejos (es decir, compartías un contenido). Pero desde que puedes hacer lo mismo empleando una red telemática para intercambiar archivos, algo perfectamente legal, deciden que eres un pirata por tomar unos programas que YA estás regalando. En pocas industrias es tan absurda intelectualmente la polémica sobre el intercambio de archivos como en la televisión tradicional, pero el delirio es superior cuando se alcanza a la oferta que los gobiernos pagan con el mismo dinero de los ciudadanos que la disfrutan.

Lo que no entienden es que han perdido el control de un sistema: si tienen que ganar dinero vendiendo la audiencia (es decir, regalándome el contenido y haciendo que lo pague otro) que aprendan a medir la audiencia de los que no vemos sus programas cuando ellos dicen y aprendan después a vendérsela a los anunciantes. Y si es usted un actor público que actúa por mi bien, ni se moleste: démelo y punto.

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