Una mirada rara a la causa de Pablo Herreros
6 Noviembre, 2011 – 17:18 | 18 Comentarios

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Chikilicuatre en capilla o de cómo lo público se pierde en el mercado

Escrito por el 23 Mayo, 2008 – 19:19Un Comentario


Esta es la noche en vela. El fenómeno freak que hay quienes han logrado, tras superar su repugnancia por la vulgarización, considerar la destrucción de un mito, se enfrenta a su ser o no ser. Y con las oraciones de antes de pisar la arena puede decirse – no recuerdo parecido – que nunca antes la indiferenciación entre público y privado se hubiera producido en la televisión de la forma en que se ha producido ahora.

¿Puede entenderse que algo que LaSexta, una cadena privada destinada a la maximización del beneficio, ha sido capaz de promover y explotar tan bien que mañana mismo en un caso sin precedentes se dedicará a explotar al mismo tiempo que la cadena estatal, pueda ser considerado servicio público? No hay ejemplo más sencillo que muestre como la programación de más audiencia o de consumo más popular es prestada de modo equivalente en el sector privado que en el público. La pregunta relevante para una sociedad (moderna, democrática, avanzada) es si es esto lo que tiene que costar los centenares de millones de euros que supone cada año a los contribuyentes de este país.

La defensa de la presencia de las prestaciones públicas en nuestra sociedad se basa en la corrección de lo que se suele llamar fallos del mercado. En una interpretación generosa, puede decirse que la programación minoritaria es suficientemente costosa como para que no sea viable en términos de mercado y sea rechazada por operadores privados que no ven rentabilidad: es decir, esos programas de libros, teatro, cine sin interrupciones, Cultura con enormes mayúsculas, determinados y sorprendentes servicios sociales (¿de verdad en la era de internet hay que tener programas de búsqueda de empleo?), la retransmisión de ceremonias religiosas, etc. son materia que se espera que hagan los impuestos.

Hay quienes piensan que deben existir unos servicios informativos independientes y de calidad en las televisiones de titularidad estatal, argumento que me ha parecido siempre asombroso ante la diversidad y pluralidad real o impuesta de las fuentes informativas con las que cuentan los ciudadanos. Pero aceptemos pulpo como animal de compañía y concedamos esa posibilidad: que las miles de horas de informativos que dan Cuatro, Antena3, Telecinco, LaSexta y las cadenas satelitales de ¡veinticuatro horas! de duración justifica el que el dinero de los españoles deba destinarse a replicarse lo que el mercado da. Y en el caso de las veinticuatro horas de noticias es más que sangrante: tres cadenas tres, dos privadas, sólo para el ámbito español y poco capaces de mostrar los dientes a CNN en América Latina.

No, no es cuestión de la que siempre será opinable vulgaridad del producto Chikilicuatre. Un entretenimiento cachondo y que no hace daño a nadie. Pero la pregunta es si hace falta que la televisión pública exista para esto cuando sus verdaderos promotores han sido las mentes creativas que financia la publicidad y que, por tanto, no suplen ningún error o insuficiencia de los mercados libres. Todo esto más allá, o precisamente, por las frecuentes insinuaciones de connivencia entre los directivos de La Sexta y RTVE.

Si lo público consiste en servir al ciudadano los mismos contenidos masificados, de la consideración artística que se desee, que con toda facilidad proveen empresas privadas que jamás le costarán un sólo duro al pagador de impuestos, el conflicto de lo público con la realidad será cada vez más atroz: si todos esos contenidos minoritarios que cualquier encuesta en la calle dará con cientos de ciudadanos que creen un deber moral que existan resultan no ser vistos por los mismos reclamantes, y si el sostenimiento de un servicio que es indiferenciado en términos técnicos y comerciales con las televisiones privadas exige competir con esas privadas como si fueran una de ellas, y si, a más a más, obliga mantener una carrera por el liderazgo a costa de la racionalidad económica, simplemente será un disparate absurdo.

En nuestras mentes forjadas en el siglo XX, la televisión es un monstruo omnipresente al que se le exigen y esperan cosas que nunca se le pedirán a la radio, los periódicos o internet. Cuántos sueños fatuos provoca la leyenda de la BBC.

Actualización: El País se ha regodeado con el tema insertando algunas tesis similares a las de este post. No obstante, los ilustres catedráticos que emplean los reporteros para argumentar el asunto están muy preocupados por la función moral y formadora del gusto que ha de tener la televisión pública. ¿Qué tal si dejamos que lo que es feo o bonito, grosero o elegante no sean el estado y sus representantes (los periodistas y gestores nombrados para ello, no demasiado superiores en flaquezas y grandezas que el resto de los humanos) los que lo decidan y nos centramos en si lo público resuelve lo que la sociedad civil no puede resolver?

Un Comentario »

  • eyeclipse dice:

    Que bueno que se sigan poniendo los principios que deben considerarse encima de la mesa 🙂

    Espero que toda la juventud que sube con ganas de innovar o abrir miras no se los olviden o sepan dónde escuchárlos, ya que el hacer algo diferente sin invertir en un criterio sólo nos llevará a una espiral de prisa, y en lu público, como bien dices, nunca debe ser necesario.

    Un saludo y a seguir con el blog 🙂