Una mirada rara a la causa de Pablo Herreros
6 noviembre, 2011 – 17:18 | 18 Comentarios

Ver que un puñado de anunciantes ponen los pies en polvorosa porque un blogger la lía… eso no se había visto por estos lares. De la madre de El Cuco, El Cuco y sus crímenes …

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Publicidad en televisión pública y televisión convencional

Escrito por el 6 mayo, 2008 – 6:27Un Comentario

El revuelo que ha creado, pues las televisiones afiliadas a UTECA han editorializado en sus propios telediarios, la petición de que las televisiones públicas dejen de emitir publicidad ¿es una tormenta de verano o debemos prepararnos para una cruzada en toda regla en la que el botín final es, al menos, una reducción del tiempo de publicidad que emiten las televisiones públicas?.

De los medios y sitios que he visto que han tratado el asunto, sólo he percibido en ¡Vaya Tele! una advertencia al fondo real del asunto:

En el fondo de esta polémica se deja sentir el terror que unos y otros sienten ante el advenimiento de la generalización de nuevos soportes y de nuevas formas de ver la tele pero estaría bien que en lugar de intentar asegurarse una cuota publicitaria empezaran a pensar cómo piensan ofrecernos lo que queremos ver. Llegará el momento en el que tendrán que afrontar un hecho: a este paso, los espectadores de la televisión tradicional van a ser los que menos capacidad y ansias de consumo tienen y entonces veremos cómo se las apañan para financiarse

El cálculo estratégico del lobby de los concesionarios de televisión, prensa y teles locales seguro que tiene en cuenta que, como poco, el primer asalto terminará en reducción del tiempo publicitario de TVE. La pregunta es si la publicidad liberada irá a los medios convencionales o se irá a internet. Y, de ser así, si los actores que ahora piden árnica serán capaces de crear los medios digitales para absorber esa nueva demanda. Alargando la derivada, la pregunta es si la rentabilidad de sus medios será la misma una vez digitalizados o si tendrán que efectuar una reconversión al estilo de los altos hornos en los ochenta, con más o menos dramatismo o urgencia.

En definitiva, cuando IBM publicaba sus famosos informes sobre el fin de la publicidad y de la televisión tal y como las conocemos ya advertía que para las televisiones la variable clave es el número de años en que pasaremos de una televisión como la de ahora, a la que nuestras expectativas están marcando: ondemand y con acceso universal de contenidos. Es decir, su trabajo es exprimir a fondo lo que les queda de un modelo extremadamente rentable y reconvertirse a otro más incierto pero que es seguro que tiene otras reglas del juego.

Si esto es así para las privadas, lo es para las públicas. Otras veces he escrito sobre el tremendo dilema al que se enfrenta la televisión pública en la era digital: ¿tiene sentido que la sociedad destine tal cantidad de recursos para algo que las empresas privadas ya dan? Y si no lo dan, ¿tiene sentido gastar tanto para que no te vean? ¿Tiene sentido esa visión omnipresente de la televisión en nuestras vidas que conduce a que psicológicamente se crea necesario que el estado esté presente en la producción de imágenes y de noticias cuando no lo es ya en ningún otro de los medios de comunicación y quedó, por ejemplo, descartado que fuera un proveedor de internet? No dudemos que si la red hubiera nacido en 1940 los estados hubieran creído su obligación crear la infraestructura del mismo modo que hicieron televisiones, radios y agencias de prensa.

En los años del Gobierno de Aznar, entre las medidas de impulso a la sociedad digital se habló de que todos los españoles tuvieran su cuenta de correo electrónico personal como una especie de servicio universal que nos iba a dar el servicio de correos de toda la vida. La propia obviedad de que el mundo privado creaba estos servicios en los que el usuario puede cambiar constantemente y sin restricciones de cuenta de correo electrónico y que la obtenía gratuitamente o virtualmente gratis, hizo de aquellas intenciones algo que creo que nunca pasó más que de declaraciones.

Los servicios de correos son un buen ejemplo de transformación de lo público. En algunos países se están privatizando ante la realidad de que lo que en un mundo analógico y de papel era algo que el mercado no podía proporcionar bien (que el correo se entregara y recogiera en todas partes), en este mundo de transporte liberalizado y circulación libre de datos por redes telemáticas se vuelve poco necesario. Salvo las tarjetas de navidad, que es casi un remanente de ciertas formas sociales, el único correo en papel que recibimos son las cartas del banco y los recibos de teléfono, luz y agua. Y eso porque queremos.

De la misma forma, esperar como advertía Chica de la Tele que la televisión pública sea algo que nos tenga que entretener, habiendo renunciado ya a formar, sabiendo que no es un monopolio informativo (afortunadamente, e inevitablemente siempre bajo la sospecha de servicio al gobierno que lo acoge), parece mucho pedirle a las estructuras actuales porque difícilmente esa es ya la función del vídeo. El vídeo es ya casi algo tan ubicuo como el texto y en manos de cualquiera. La personalización del consumo termina con un mundo que mirado con los ojos de lo que hoy podemos hacer resulta verdaderamente absurdo (¿por qué no puedo ver las cosas cuando quiero?) y, en ese sentido, empieza a ser terriblemente absurdo que el estado caiga en tremendos déficit para dar algo que llaman servicio público y que cuesta entender que sea eso, un servicio público, que se entiende que es una provisión destinada a garantizar que nadie se quede sin algo esencial. Aunque yo siempre he pensado que se puede vivir sin televisión.

¿Tiene que se lo público algo financiado necesariamente por el estado o puede ser una red de instituciones sin ánimo de lucro que financia los contenidos minoritarios? ¿Tienen los gobiernos que sostener empresas televisivas o es mejor que aseguren la existencia de determinados contenidos sin entrar en la gestión de organizaciones informativas y comerciales? ¿Deben ocupar los gobiernos tanto espacio del espectro, algo tan escaso pero que durante mucho tiempo es lo que llegará a todas partes, o debe dejar el máximo disponible para que el sector privado se juegue su rentabilidad a su gusto y centrar su uso en lo que no es posible ver de ninguna otra forma? ¿Deben los gobiernos ser garantes del buen gusto y de la saturación publicitaria cuando no lo hacen con las revistas que hay en los kioscos?

Si alguien ha leído hasta aquí, será estupendo que deje su opinión.

Un Comentario »

  • Javier dice:

    Ya sabes mi opinión. Los esquemas actuales publicitarios se encaminan al infierno de cabeza, y como la madre de Jerry Roll Morton, cuando vaya al infierno, se llevará el alma de sus hijos con ella.