Una mirada rara a la causa de Pablo Herreros
6 noviembre, 2011 – 17:18 | 18 Comentarios

Ver que un puñado de anunciantes ponen los pies en polvorosa porque un blogger la lía… eso no se había visto por estos lares. De la madre de El Cuco, El Cuco y sus crímenes …

Leer el texto completo »
La Sociedad Red y el Audiovisual

Contenidos para la Era Digital

De la Red al Televisor

Distribucion Online

Modelos de Negocio

Pulsiones
Corolario al síndrome de Aute
La clave es observar esto: “la escasez en la que crecí”. De la escasez a la abundancia, al cambio de reglas y al cambio de la forma de organizar tu cerebro. La antísesis[..] Leer más
Hace 30 años que El País dijo que la industria musical estaba acabada: al hilo de la caída de Pirate Bay, Series Pepito…
Hace pocos días recordábamos el fracaso de Aute como explorador del futuro: la música, que no iba a existir, existe. Mientras los sospechosos habituales nos regocijábamos,[..] Leer más
Inicio » Uncategorized

Las últimos estertores de un desconcierto (back from Mumbai)

Escrito por el 30 noviembre, 2008 – 9:165 Comentarios


Bajo por la escalerilla de esa especie de Air Force One en el que nos traen de Bombay. El señor Moratinos, ministro de la cosa internacional, me da la mano con vigor y una espléndida sonrisa. Televisión Española ha recogido todo mi descenso de vicetiple y ya están entrando SMS y twitters con la novedosa experiencia de ver a un blogger en tan aparatoso escenario oficial. Periodistas a lo lejos, tras un cordel.

Me decía Susana (yo creo, Susana, que por tu nombre, que todo esto estaba en la dimensión de personas y no de personajes) que iba a tener que hacer un segundo off-topic con la cuestión del viaje. Había otra razón, creo, pero ahora se me antojan dos: una, el que mi hermana me disculpara públicamente por una especie de frivolidad por mi interés en cenar la noche de autos (porque habrá que explicarlo) y, dos, porque la salida de allí, efectivamente, también ha dado que hablar. Una entrevistita en Telecinco que me grabaron ayer no llegó a salir, así que el ciclo de las noticias ha terminado y vuelvo a ser un ciudadano del montón.
Yo hablaba de trivialidad (mi trivialidad) y algún comentarista me afeaba – desde el anonimato, eso sí – por escuchar mi estómago en el momento en que hay bombas, disparos, sangre y rehenes. Como creo que no me entendió, es posible que otros tampoco. El hambre llega o no llega. Transcurre en paralelo a lo que te pasa. Leo que algunos rehenes lograron sandwiches de los empleados de su hotel, o que otros se han alimentado de chocolatinas del minibar, pero que la pura angustia no les daba ningún hambre. No voy a decir que a mí sí, porque sí que me da, más bien porque yo no tuve ocasión para la angustia.
Siempre podré decir sí, yo estuve allí. Y estuve. Pero lo que más ha costado transmitir a familiares y amigos que llamaban con una preocupación sensatísima y dulcísima para quien la escucha es que uno puede estar cerca del fuego y no bajo el fuego necesariamente. Y que, en la práctica, yo he seguido el transcurso de los acontecimientos como todos ellos – vosotros, ustedes – sentados en su casa con su nevera bien equipada y toallas limpias. Quizá sólo fuera mi autoconfianza o mi tendencia a indolencia, pero siempre me inundó la certeza interior de que la gravedad de los hechos estaba reducida a un espacio concreto y que las cosas no iban a más.
Bien es cierto que las primeras doce horas (yo no diría que veinticuatro) eran de desconcierto, seguramente mucho mayores en autoridades y cuerpo diplomático. Es más: cuando tienes la presión de que tus ciudadanos están siendo posiblemente masacrados, las reacciones y las decisiones se basan en lo importantísimo y lo urgentísimo. Yo he hablado con algunos en el avión y, si quieren héroes, mírenles a ellos y no a mí, por mucha escalerilla de avión con la cámara de video en la mano que me dé estilo.
Qué contar de la prensa. Hacen el relato de una ciudad en llamas. Pero a las puertas de mi hotel nunca hubo soldados. Ni nos impidieron la salida ni la entrada, ni dejaron de pasar taxis, ni dejaron de llegar los interlocutores hindúes con los que teníamos reuniones, ni dejaron de servirnos el cátering – estupendo – del hotel de las trescientas estrellas. Como le dije a alguno, ni siquiera había tanques en el aeropuerto, y eso es un síntoma. Bombay es una ciudad que ya tenía un precioso celo por la seguridad en sitios de concentración de extranjeros y en las horas siguientes ese celo sólo fue un poquito, pero un poquito nada más, más riguroso.
La llamada repatriación por el comandante del aparato que nos trajo, transcurrió así: a la mañana siguiente de los asaltos, nuestra delegación recibió la instrucción de retornar. Nuestros aviones de regreso estaban cancelados pero debido únicamente, al parecer, a una decisión de Lufthansa: había decidido no volar a Bombay con lo que, lógicamente, no había avión ni tripulación para regresar. Nuestra eficiente organización, ya había trabajado y teníamos regreso veinticuatro antes horas de lo previsto. Quedarse era una decisión personal (buscar otra reserva) que nos pedían que comunicáramos por escrito a los organizadores. Algo con toda la lógica, pues el nuestro era un grupo con tintes institucionales y en una situación de crisis, la responsable debe dar cuentas de por qué ha dejado a alguien en tierra.
Yo me hubiera quedado, pues muchas cosas se podían hacer. Pero me era complicado y ya tenía previsto regresar al día siguiente pues tengo, como se puede esperar, compromisos la próxima semana. Otros compañeros continuaron sus viajes como tenían previsto a Goa, esa ciudad que se me sigue escapando. Algún otro renunció a Delhi, creo que más bien por la falta de información en las primeras horas. Los aviones salían normalmente pero con retrasos y algunas complicaciones.
Es unas horas más tarde cuando parece ser (y digo parece ser) que la Embajada de España indica que tenemos que volver todos en el avión que fleta el Gobierno español. Un avión que no se sabe cuándo sale de Madrid ni cuando llega a Bombay, pero que nos dicen que es la única forma de garantizar “nuestra integridad”. Y así el destino lleva a que se cancelen nuestras reservas en aviones comerciales y nos quedemos a la espera del Embajador. Que vino. A la tarde.
El hombre tenía aspecto estresado, no es para menos. De las primeras cosas que dijo fue que les perdonáramos los errores que iban a cometer o poder cometer. El cónsul de España en Bombay debía estar en su residencia con algunos refugiados. Allí se organizó el centro de concentración para que salieran todos los españoles que lo quisieran o necesitaran. Se crearon listas, se instalaron unas colchonetas y un pequeño servicio de bebidas. Las personas alojadas allí ofrecimos nuestras habitaciones para el descanso y duchas de los que venían de estar encerrados. Prácticamente ninguno las pidió ni las usó.
La sorpresa es que el avión venía con sesenta y una plazas, cifra que nos causó alguna perplejidad por lo reducido del espacio comparado con cualquier avión convencional. Eso se tornó en inconveniente porque aparecieron veinte personas más de las previstas, lo que nos hacía un total de ochenta. Un contratiempo para algunas personas, pues los que no entraran debían volar en el avión francés – luego supe que era una especie de Arca de Noé de la Unión Europea – del que tampoco se sabía cuanto espacio se tenía ni a qué hora iba a salir. Esas personas habían dejado sus hoteles y habitaciones por una situación desconocida en la que afirmaban sentirse presionados por terceros para abandonar la ciudad, sin que sintieran – se deducía de sus palabras – que la situación lo exigiera.
El traslado al aeropuerto fue tranquilo, sin novedad alguna, ni escolta policial ni nada por el estilo. La embajada tenía contactadas a las autoridades del aeropuerto que, simplemente nos condujeron a un área en la que concentrarnos, nos entregaron unas tarjetas de embarque para vuelos chárter y unos impresos de salida para las aduanas. El resto fue el trabajo del Embajador contándonos y pasando lista una y otra vez, llamada al avión o a España (lo desconozco) para intentar meter más gente de la capacidad prevista en el transporte. Finalmente, le tocó el trabajo ingrato de decidir quién sube y quién no sube: dieciocho personas tenían que regresar al hotel.
¿Por qué unos sí y otros no? Desconozco el criterio. Sólo sé que los que efectivamente tuvieron sus vidas en peligro, salieron en el avión. Y que los que se quedaron fruncieron el ceño, se sintieron molestos por dar el paseo sin volar y que algunos de los que vi y con los que conversé en la fase de concentración en el hotel, nunca llegaron al aeropuerto con nosotros. A partir de ahí, todo puede verse en las fotos que hice y podrá verse en los vídeos que grabamos y que esperamos poder editar pronto (es más de una hora de fragmentos en las que hay mucho que limpiar) para dar por concluido el episodio que los noticieros y la prensa ya empiezan a tirar a la papelera.
Hace mucho que le leí a alguien que la actualidad o no servía para nada o únicamente desinformaba, no recuerdo bien las palabras, pero tras la obviedad de la desgracia de quienes la han padecido, sólo he percibido toneladas de ruido y, con toda seguridad, una falta de análisis profundo de qué ha sucedido y por qué, y en especial, la ausencia de información sobre lo que no estaba sucediendo.
La nota cibernética no puede faltar y recurriré a una anécdota: hace muchos años estando yo en Perú comprendí todo lo que me habían enseñado en los libros acerca de la inflación al ver la conducta de la gente día a día en un país con inflación disparada y al borde de la hiperinflación. Era muy superior el conocimiento a través de la experiencia – entiendo que tener un modelo formal en la cabeza lo incrementa – que por la lectura de textos. Mi comprensión del poder de las redes a la hora de aplanar jerarquías y eliminar o reducir la capacidad de control de los poderes centralizados ha aumentado de la misma forma que me sucedió con la inflación: la libertad de comunicar directamente con nuestras audiencias (nuestra red, nuestra comunidad) hacía y hace imposible el control de la información por las autoridades normalmente llamadas competentes y que la oportunidad de ver todos los ángulos de la realidad no puede ser torpedeada por los medios llamados convencionales.
Sigan bien. Estoy bien. Gracias a todos los que me han escrito y preguntado. Nunca pensé que serían tantos.

5 Comentarios »

  • joan dice:

    Bienvenido a casa Gonzalo :))

    un gran, gran abrazo

    +j

  • Javier G. Recuenco dice:

    Gonzalo,

    Tu ya sabes que me alegro de que todo haya ido bien.

    Pero reconocerás conmigo que el embellecimiento de la noticia es un arte tan viejo como el periodismo, y si son capaces de hacer pasar a Esperanza Aguirre por Lara Croft, pues me imagino que tu ataque de sobriedad y objetividad no fué bien apreciado por la chusma ávida de lianas, duelos con sable y miembors amputados.

    Tristes tiempos estos en los que la objetividad pasa por inconsciencia.

    Un abrazo.

  • Gonzalo Martín dice:

    Bueno, yo creo que Esperanza las ha pasado canutas y se ha librado de pura chiripa. Pero lo que sucedía es que el problema estaba circunscrito a unas personas en una zona concreta y no a un baño de fuego de una ciudad de 16 millones de habitantes al completo.

  • chicadelatele.com dice:

    Con lo que contabas, no me extraña que no te hayan sacado haciendo declaraciones, si no había carnaza no tenía sentido ¡que país!

    Me alegra que todo se haya quedado en una anécdota.

  • Gonzalo Martín dice:

    Bueno, el chiquito tenía un minuto y medio para sacarnos a nosotros y a los que de verdad han visto la vida pasar a su lado. Es normal. El nos dijo que quería añadir ese otro punto de vista, pero tenía el telediario en dos horas y que visionarse un montón de material. No les culpo,tu sabes que se trabaja rápido.