Una mirada rara a la causa de Pablo Herreros
6 noviembre, 2011 – 17:18 | 18 Comentarios

Ver que un puñado de anunciantes ponen los pies en polvorosa porque un blogger la lía… eso no se había visto por estos lares. De la madre de El Cuco, El Cuco y sus crímenes …

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¿Televisión que te embrutece o que te hace inteligente?

Escrito por el 15 diciembre, 2008 – 7:40Sin Comentarios

Dos piezas que unen en un blucle lo local con lo global aparecen esta mañana en mi pantalla y que considero que vienen a demostrar cómo la inercia de la realidad, esa cosa tan tozuda, se filtra por los poros de las creencias dominantes.

Por un lado, la edición impresa de la revista británica The Economist, hace una síntesis de un interesante artículo, La era de la inteligencia de masas, que presenta este mes otra publicación de su grupo editorial, Intelligent Life, y que se dedica a cuestionar esa tendencia que incuba en todos nosotros sobre la desconfianza acerca del entretenimiento popular y sobre la degradación del consumo cultural. Alarma de la que, en el segundo caso, debo confesar que no siempre me libero:
…la aparente contradicción entre disfrutar de la ópera y de una dosis de realities se ha descompuesto para bien.

La tesis es que se está produciendo la separación entre cultura elevada o importante y cultura no tan elevada o popular. Quien les escribe proponía hace unas fechas redefinir la idea de cultura que se emplea con frecuencia en el discurso político y social ante la imposibilidad de determinar esa distinción y ante el hecho de que los medios de producción de trabajos que antes eran sólo posibles en un entorno intelectual elevado o escaso de recursos ahora son, simplemente, una commodity.
Hace más meses recomendaba la lectura de una obra que creo ya un pequeño clásico sobre la cultura contemporánea (por no llamarla popular): Everything bad is good for you, donde se mostraba como el público que consume televisión comercial, entre otras cosas, no sólo no era más tonto, sino más inteligente. Estas visiones que ahora parecen diluirse, suelen además aparecer de un discurso moral paternalista en el que, tras aparentes buenas intenciones, se esconde un planteamiento abiertamente censor en el que se cree que gobiernos y grandes medios de comunicación tienen la responsabilidad de decidir lo que vemos.
Curiosamente, la fase en la que se pretendía decidir lo que debíamos leer fue superada y a nadie se le ocurre desde esas mismas y serias instancias. Nada como recurrir a una línea de diálogo de la primera película de José Luis Garci, Asignatura Pendiente, en la que un José Sacristán que encarnaba la nueva clase media española trataba de superar el síndrome de los cuarenta años mientras enamoraba a Fiorella Faltoyano: los libros que no nos dejaron leer, las películas que no nos dejaron ver…
La sobrevaloración de la expresión cultura es, por otro lado, un rasgo inherente al debate sobre el cine español. Daniel Carpalsoro, un director un tanto atípico en el panorama español, confirma en una entrevista que le publican al respecto del estreno en televisión de una de las llamadas tv movies y miniseries que parece seguro que cada vez veremos con mayor frecuencia en la televisión generalista, la falta de acercamiento a la realidad de muchos puntos de vista:
Las series españolas han conseguido algo que el cine lleva sin lograr mucho tiempo: conectar con el público. Y mira que es un público difícil, que tiene muchas alternativas, que zapea, que esquiva la publicidad.

Es decir, en un entorno donde el financiador del producto exige un resultado práctico (audiencia) la creación española es perfectamente capaz de ganarse el favor del público, incluso hasta para producir piezas memorables y no sólo de consumo considerado banal. Póngase en contraste con los resultados de taquilla de estrenos de este otoño del cine español, donde no sólo la impericia del producto tiene algo que ver, sino hasta la forma en que se vende y se le explica al público por qué debe ir tienen su cuota de culpabilidad.
En definitiva, y frente a las corrientes de opinión en pro de las subvenciones, ni el espectador es culpable por no ir al cine, ni son los americanos (también tienen series de televisión), ni la cultura es patrimonio de un circuito de creadores.

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