Una mirada rara a la causa de Pablo Herreros
6 Noviembre, 2011 – 17:18 | 18 Comentarios

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Redefiniendo la palabra cultura

Escrito por el 4 Diciembre, 2008 – 9:004 Comentarios


Antes de que hubiera libros, los relatos y los cuentos, la propia ciencia por rudimentaria que fuera, se transmitía oralmente. Me enseñaron que los poemas de Homero provenían de relatos orales suyos o de otros. Hubo un día que lo oral pudo registrarse y conservarse en algo: hecho de papel, lo llamamos libros, aunque tengan forma de papiro enrollado.

Puesto que el papel, los libros y el conocimiento para escribirlos (después, para imprimirlos) eran un bien tremendamente escaso (es decir, de auténtico lujo) es simple pensar que lo que recibía el crédito de la inversión en tiempo y materiales debería ser trascendente: los códices de la Edad Media se copiaban a mano invirtiéndose miles de horas. La Biblia era un libro trascendente y que requería copias. Tan limitado era el poder de copia, que los libros terminados en un año podían contarse con los dedos de una mano y un hombre que tuviera acceso a ellos podía leerse toda la cultura universal en un lapso breve de su vida.
No es hasta más tarde cuando la música se puede registrar como sonido además de editarse sus partituras. Con ello, se da un salto y se hace accesible poder escuchar composiciones que requieren habilidades y espacios físicos que no eran reproducibles fácilmente. De nuevo, esas copias son objeto de coleccionismo, almacenamiento y bibliotecas, pues constittuían un bien precioso, de nuevo escaso y de auténtico lujo. ¿Cuantas años pasaron hasta que hubo un equipo de alta fidelidad, ese concepto olvidado, en cada casa? Escasez, trascendencia y preciosidad entendido como valor era lo que rodeaba cualquier libro, cualquier disco. Más tarde cualquier película.
Así, atribuimos a esas piezas la palabra cultura. Hicimos religión del libro y no de lo que contenía. La cultura era lo más sagrado pues era casi inaccesible y atesoraba el saber, que se recluía para evitar que se escurriera de la memoria. De ese mundo escaso y legendario surgió un modelo de comercialización que consistía en vender reproducciones del original, en peor calidad que el original y que se deterioran con el tiempo. Copias que no eran autoreplicables. Así, el que tenía dinero y podía invertir en su compra, accedía a la cultura. Como solo antes el que tenía un teatro cerca y tenía dinero podía pagar una entrada.
Con la digitalización varias cosas han terminado: la escasez y la dificultad de acceso. La cultura y no su soporte son de libre acceso, sin tener en cuenta que siguen existiendo experiencias que llamamos culturales que no pueden ser replicadas con el mismo nivel de experiencia que el original: podemos grabar una interpretacion de Kiri Te Kanawa en altísima definición sonora y audiovisual, pero la contemplación física en el espacio en que se celebra contiene matices que la grabación no tiene.
Toda esta reflexión la hago a propósito del famoso decálogo del ministerio de Cultura para que seamos legales, su revisión aguda y su contrarevisión por un grupo de abogados de la propiedad intelectual. ¿Qué me llama la atención? El papel flotante que adquiere el concepto cultura que recoge tanto la actitud del Ministerio de ese nombre como el de las revisiones: digamos que seguimos manteniendo una idea de la cultura que se corresponde con el concepto sagrado, reverencial si se quiere, que ha tenido en la historia, especialmente en la forma de sus soportes. Básicamente, los Ministerios de Cultura de todo el mundo se dedican a conservar filmotecas, museos y bibliotecas, que es la contrapartida al valor ciertamente inmenso de los soportes culturales del pasado.
Pero con el libre acceso, la libre reproducción y, esencialmente, la facilidad de producción, hace ya varias generaciones que la escasez se esfuma lentamente desapareciendo un sistema de filtro de relevancia de las producciones que, con sus defectos, elegía producir e invertir en aquéllo con visos de tener una repercusión. No se publica a Delibes porque sí, sino porque si hay que hacer un esfuerzo, parece que el tipo es un escritor que se venderá.
Hemos llegado a un punto en el que una partitura, un video, un libro (su texto) se convierte en cultura en el sentido más reverencial por el mero hecho de existir, cuando a priori lo único que tenemos es información, unas veces transformada en conocimiento y otras no y verdadera Cultura (de la de las mayúsculas) en contadas ocasiones que nunca se saben de antemano. Reitero en cuanto me dejan hablar que nadie pagó a Chaplin para que hiciera cultura y Brian Epstein no se lanzó a representar a los Beatles porque iban a cambiar el mundo y transformar el élan vital de occidente.

Paralelamente a la mayor trascendencia o importancia cultural, se ha desarollado un modelo económico de empresas intermediarias que, generalmente, dan poco porcentaje de lo que se mueve a los creadores. El negocio del libro y del disco, es más el negocio de las furgonetas que los transportan que el de los creadores. Nadie sabe por qué tantos de ellos lo defienden.
Lo cierto es que llamamos cultura no sólo a la cultura, sino a toda la información y el ruido que acarrea. Y a los que las gestionan en busca de un beneficio industrias culturales cuando todo lo más son industrias del entretinimiento y la información. La nuestra es ya una economía basada en el valor trascendente de la información cuya libre circulación no se puede impedir. Pero de ahí a la Cultura hay un trecho enorme que utilizado como tapadera de un negocio básicamente de intermediación genera unas sensibilidades y argumentos que pretenden dejarnos mudos por atacar contra la base de nuestra existencia como seres civilizados.
La lectura del decálogo y sus sucesivos contradecálogos sólo llevan a una conclusión: la legislación que lo soporta es simplemente algo que la tecnología, el tiempo y la realidad han convertido en absurda. La idea de la autorización previa de los propietarios de derechos y la concepción del derecho de cita como un reducto de académicos resulta casi grotesca. La concepción de la propiedad intelectual como monopolio no parece resistir la realidad. Más ridículo me produce la idea de que las productoras se demanden por plagiar formatos, que no calcar títulos o líneas de diálogo.
La cultura fue oral en un principio, pero ninguna entidad de derechos me deja registrar mi voz y mis palabras como obra cultural, puede que porque su función no es la cultura sino que “abusan de los que programan la cultura, de los que la hacen y de los que la consumen” en palabras de los representantes de EXGAE. Ahora la cultura se transmite por una conversación electrónica pero pretendemos explotar esa oralidad digitalizada como aquéllos bienes escasos, perecederos y que filtraban lo relevante de lo irrelevante como si nada hubiera cambiado, como si la necesidad para el autor no fuera darla a conocer en vez de aspirar a cobrar por cada reproducción, casi exactamente lo mismo que lo que ya les pasa, y encima pretendiendo que por el mero hecho de haberla hecho ya sea Cultura.
Quizá es hora de borrar la palabra cultura de todo lo que rodea el comercio y la divulgación de las creaciones intelectuales y pasemos a llamarlo la gestión jurídica y económica de la producción de información o algo parecido. La relevancia hoy se conquista, no te la da tener un libro escrito, eso antes era currículum definitorio, hoy solo es algo que casi te debo exigir antes de empezar a saber quién eres: enséñame la información que produces para saber si has convertido los datos en conocimiento o en arte, en arte de verdad, el que no puedo olvidar.
P.D.: hasta Mc Donald’s reclama patente sobre su hamburguesa. Luego irán a por las recetas de cocina.
Créditos: la imagen ha sido creada por capitrueno y se distribuye con licencia CC.

4 Comentarios »

  • Txaber Allué Martí dice:

    Lo que faltaba, las recetas de cocina. Hay un vídeo en youtube de coña sobre la exigencia de derechos de autor para las recetas… En fin.

  • Juan Granados dice:

    Ya sabes “esa cosa con plumas” y subvención, diríase ahora 😉

  • alvaro dice:

    Gonzalo, no puedo estar más deacuerdo con este post.
    Pronto toda esta locura tiene que acabar. Puede que la crisis acabe con todo este mamoneo, algo bueno tendrán que tener las catarsis…

  • Anonymous dice:

    Amiguitos queridos: Por el mamoneo que se está apreciendo en el universo mundo se llamará cultura solo a lo que deje pasta y a tenor de ese parámetro TODOS nos sentiremos capaces de creernos hacedores de la pasta a traves de lo que sea para luego traducirlo en un libro, porque el libro mola, y lo puedes tener en las manos y llevarlo de paseo.Bajo el brazo como hacia el incluto Javier Marias antes de hacerse millonario..Y se haran compendios de poesia, que mola un rato, y se olvidaran de Celaya o Blas de Otero o de Marcos Ana…o de Edmundo de Ory…
    Como dice en Camera Cafè el jefe-luis Varela”Que gentuza, virgen que asco”