Una mirada rara a la causa de Pablo Herreros
6 noviembre, 2011 – 17:18 | 18 Comentarios

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Televisión centralizada, televisión distribuida y la moral y el buen gusto

Escrito por el 3 diciembre, 2008 – 8:55Sin Comentarios


“La BBC no es nuestro modelo de referencia”. Hace falta narices para decir algo así, cuando es tenida por la verdad universal gracias a los redactores de los diarios de referencia que no la han visto y los políticos que les siguen que no la han visto. Por aquello de tener fe y no darse cuenta de que se tienen ojos, oídos y cabeza. Y no porque sea mala, sino porque lo que no puede ser es un dogma sobre lo bueno.

Quien habla de esta manera ($) y dice estas cosas sólo puede ser un representante de un gobierno todavía más orgulloso que el de su graciosa majestad británica, y que no es otro que el de la república francesa, ese país de extraño capitalismo de estado y cuyos dirigentes tanto presumen de cuidar la higiene mental de sus ciudadanos, quieran ellos que se la cuiden o no. Seguramente no podía ser en otro lugar. Es Francia el país que ha liderado siempre las directivas comunitarias de televisión partiendo de un concepto que se presenta como protector de las mentes y la cultura. Es Francia el país que abogaba en los años noventa por evitar que Woody Allen fuera interrumpido por Colgate.
Resultaría entonces que, para una visión que cree que la televisión pública europea hace tiempo que ha desbordado su papel y que tiene serios problemas de justificación de su existencia en base a la ausencia de alternativas en la sociedad que cumplan sus mismos fines (no diré mercado, que crea prejuicios), pasar de la BBC a la Francia republicana sería pasar de Málaga a Malagón. Pero nos sirve para decir que no siempre pulpo es animal de compañía, y que la propia diferencia de criterio pone en evidencia la misma crisis de concepto que tiene lo público en busca de lo mayoritario, tesis que se ha adoptado en España y Francia como flotador para justificar el enorme dispendio que supoenen las televisiones públicas. Y que me perdonen mis amigos en ellas, que trabajan muy bien.
Quieren en Francia prohibir, evitar o yo que sé qué el género conocido como telerealidad (género que cultiva la televisión británica por excelencia), tenga pasto en la televisión pública francesa y a mí se me antoja que estos son los últimos estertores de un concepto de televisión o, como digo muchas veces, del vídeo: televisión es (o era) aquéllo que emitía un emisor lejano desde una cosa subida a un poste a varios metros de altura y que uno buscaba en el sintonizador de su tele a la espera de ver qué le echan.
Hace tiempo que quiero proponerle a David de Ugarte una conversación cibernética para analizar los cambios de la televisión a partir del análisis de redes. Para determinar si, efectivamente, no la televisión en sí sino el consumo de vídeo como medio informativo y de entretenimiento, proviene de una red centralizada y está pasando a una red distribuida con los pasos intermedios que se quiera. Con temor a hacer una propuesta insuficiente o débil desde el punto de vista teórico y formal, hay algunas reflexiones que quisiera hacer en esa clave.
La primera consecuencia de una red centralizada, es que el nodo principal tiene todo el poder. Así, para los gobiernos titulares de la televisión, o para los oligopolios de concesiones públicas controlados por la legislación, el control moral (llámese editorial) sobre los contenidos de la televisión era simple y se concebía como una obligación: ¿Cómo va a poder verse lo que se le ocurra al primero al que le demos un micrófono? Obviamente, existe el control político de la información, pero eso conllevaba también la omisión de contenidos que fueran contra las morales dominantes: desde lo que se considera sacrílego para las religiones, hasta los roles de la mujer en la sociedad.
En definitiva, quienes ostentan el control editorial de la televisión centralizada ven un contenido, lo analizan con sus cabezas privilegiadas y deciden que puede ofender o dañar y, simplemente, deja de verse. Es llamativo que nadie considere que si estos señores y señoras que son adultos como yo (Pocoyó) pueden determinar que hay aspectos controvertidos, yo también puedo hacerlo. Y que si ellos han visto los aspectos controvertidos sin que sus cerebros se vean reprogramados para pensar de otra manera y han conservado su espíritu crítico para distinguir el bien del mal, el buen gusto del mal gusto y lo trivial de lo trascendente, yo también puedo hacerlo. Claro, en el mundo porteril de la era de la escasez en la que una o unas pocas televisiones provocaban un aspecto de patio de vecinos colectivo, cualquier imagen que pasaba por esas santas instituciones generaba el efecto inmediato de aparición de censores en todas las esquinas reclamando que no se permita ver a los demás lo que a ellos les ha ofendido.
Pero la abundancia y las redes han traído otro fenómeno: nadie puede impedir que un reality de otro país no se vea por doquier. Si se quiere hacerlo. Especialmente esas imágenes y momentos que se convierten en los paradigmas de lo que un espectador considerado de buen gusto llamaría horterada, exceso, vergüenza o que se rasgue las vestiduras porque la infancia puede estar contemplando la realidad misma de nuestra existencia (que es así de vulgar tantas veces) y caer en un pozo de depravación insoportable o comprarse un disco de Isabel Pantoja.
No sólo no se puede impedir que la categoría moral definida en cada momento por un grupo o una mayoría influyente como inaceptable para ver se pueda controlar, sino que se construyen contenidos por doquier fuera de lo mayoritario y, lo que es más importante, de tener sociedades sincronizadas por los horarios de los telediarios pasamos a hogares que deciden su consumo en forma de decisiones individuales de horario y oferta.
¿Qué sentido tiene pues el control moral de la televisión cuando el consumo de imagenes se parece cada vez más a ir a un kiosco? En el kiosco hay muchas publicaciones de motos, de construcción de casas de muñecas, si es bueno de prensa internacional, de pornografía de todos los gustos y grados de bestialidad y vulgaridad, revistas para adolescentes idiotizados en sintonía a lo que corresponde con la edad… y no pasa nada. Al tiempo que hay publicaciones serias, de contenidos elegantísimos o que a mi me lo pueden parecer. Yo compro las que así me lo parecen. O quiero decir compraba, porque ahora esos contenidos los tengo a un golpe de ratón.
Gobiernos y titulares de licencias de televisión se creen con una responsabilidad por lo que se vea en sus poderosos y costosísimos instrumentos de propaganda y beneficio económico por encima de todo lo imaginable. Lo que sucede es que se vuelve irrelevante y se hace posible la opción de escoger y decidir qué consumo se quiere. Eso sólo es posible por el paso de la escasez a la abundancia (de contenidos audiovisuales, de medios para reproducirlos y de alternativas de ocio) y por el cambio de estructura de la red: se pasa de emisores aislados y privilegiados a una situación en la que en la práctica no sólo no hay barreras de acceso sino que cualquier puede contribuir con contenido o distribuirlo a otros sitios aún sin el permiso de sus emisores originales.
Señora ministra francesa de la cultura: no le va a importar a nadie que usted prohiba los realities en su televisión. No sólo ya porque no sé cómo va a usted a definir reality de una manera jurídicamente impecable y sin interpretación posible, sino porque el que quiera ver cómo alguien hace pis en la bañera de Gran Hermano lo va a ver y, fíjese, lo va a contar, lo va a comentar y se lo va a enseñar a sus vecinos y amigos con toda la gama de interpretaciones posibles: desde la vergüenza hasta el cachondeo pasando por la repugnancia. Pero lo harán ellos solitos sin que su gobierno haga de policía de sus almas.
Seguramente la cultura tiene cosas más urgentes que hacer – tengo dudas de si un ministerio de esto sirve realmente para la cultura y no para los que tienen interés en vivir de ella – que estar preocupados por ver con quién baila Terelu esta noche. El debate es si eso se tiene que hacer por un gobierno y con la duda razonable de si se hace con impuestos.
Créditos: el autor de la fotografía es Urbisnauta, quien la distribuye con licencia CC.

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