Una mirada rara a la causa de Pablo Herreros
6 noviembre, 2011 – 17:18 | 18 Comentarios

Ver que un puñado de anunciantes ponen los pies en polvorosa porque un blogger la lía… eso no se había visto por estos lares. De la madre de El Cuco, El Cuco y sus crímenes …

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Pocoyó, industria, contenidos, cultura…¡público!

Escrito por el 28 junio, 2009 – 8:335 Comentarios

Antonio Ortiz, muy amablemente, incluye una reflexión mía sobre Pocoyó/Zinkia entre sus artículos elegidos de la semana. No es la primera vez, espero que no sea la última, pero creo que nunca se lo he agradecido lo suficiente. Vaya con ésta. Viene de perlas su atención porque el asunto del bebé que baila y su amiga la elefanta rosa tiene un montón de miga y hoy otro artículo de prensa($) nos deja más evidencias (me atrevo a emplear la palabra) de la enorme confusión nacional sobre el espectáculo como industria y sus consecuencias para el bienestar psíquico y el alimento de la tradición. Eso que llaman cultura.

El negocio del contenido es muy raro. Se parece al del vino, pero es más difícil. Trabajando mucho y con buen terreno, más o menos puedes anticipar si el vino será técnicamente bueno. Después tienes que vender la botella, pero ya tienes algo. Con los contenidos ni siquiera eso: que algo sea técnicamente bueno no garantiza que lo sea a ojos de ningún público. A pesar de la cantinela reiterada de que los norteamericanos son proteccionistas y tienen mucho apoyo público a su industria audiovisual (una certeza, pero que sólo se emplea para confundir más sobre los problemas reales), cuando trabajas o te relaciones con norteamericanos que quieren producir lo que les gusta, nadie te habla de cultura o de excepciones identitarias: te hablan de encontrar un público y de participar en la financiación.

No hay subvenciones aunque haya apoyos en forma de incentivos y muy especialmente porque su servicio exterior hace lo que debe hacer, que es ayudar a vender y proteger su negocio. En una serie de discursos recientes de los embajadores del sistema, podría decirse que en ésta sacrosanta reserva de la espiritualidad del cine que se da en llamar España empieza a adoptar un tono en el que los dineros y la aceptación de los que tienen que consumirlo ha de cobrar un espacio. Al fin. Uno no sabe si porque hablar claro no es sutil ni astuto, los protagonistas del nuevo discurso del público y cierta sensatez económica mantienen, a pesar de ello, bien elevada la bandera del cuento (cuento, sí) de la cultura producida por ciencia infusa y los desvelos de nuestros cineastas: en realidad, es como contemplar a los gestores de un parque zoológico donde tratan que los pandas se reproduzcan en cautividad, nada parecido con las llanuras de África ni con los bosques de bambúes de China.

En el artículo de prensa se entrecomillan las palabras del primer accionista de Zinkia: «Ahora ni siquiera puede decirse que seamos una compañía de dibujos animados. Más bien somos creadores de marcas globales dirigidas a las familias, especialmente al público infantil de hasta 14 años». Qué poco glamour, ¿no?. Qué poca ternura, ¿cierto? Especialmente si nos sentamos con una criatura en crecimiento a ver el resultado del trabajo y luego leemos el razonamiento del que llamarían creador, que no es otro que un productor. Han encontrado un público, nunca pensaron en hacer cultura y espero que nadie niegue que Pocoyó forma ya parte del acervo.

La serie tiene “impacto sobre 3,5 millones de niños, dos millones de juguetes vendidos y casi 10 millones de descargas en youtube”, “ha vendido más de dos millones de peluches en el mundo, un millón de DVD y casi 600.000 libros” y “el año que viene ampliará el mercado a EEUU, Japón e India.” Detalle: aún – aún – no han hecho cine. Otro detalle sin importancia: las teles no les pagan por emitir (quieren porcentajes de las licencias) y, como se ha dicho, todos los episodios están sueltos en YouTube y siguen vendiéndose DVD’s. Explicado a una persona de la industria, casi se me enfada porque me dijo que me centraba en las excepciones. Como si el éxito en el contenido no fuera siempre una excepción.

Disney, ese monstruo que cuida a nuestros niños y uno de los culpables de que se esgrima la excepción cultural, que luego llamamos Bambi a cualquier político, tiene una visión sospechosamente parecida en su enfoque de esto. Lo conté otra vez, pero lo reproduzco ahora, que tiene todo el sentido del mundo. Bob Iger, el jefe de Disney dice: “No me importa si una película de Touchstone hace cien millones en taquilla habiendo costadotreinta, su éxito no alimenta ningún otro éxito de la compañía”. El alimento de otros negocios, es notorio. Variety daba cuenta esta semana de los resultados de una reciente feria sobre licencias (eso que permite hacer tazas de Mickey) y su presencia escandalosa en los ingresos de Hollywood. Disney sigue siendo el rey, treinta billones con b, americanos eso sí, de ingresos. Nosotros decimos treinta millardos.

Después de todo, siempre habrá niños y familias y los catálogos destinados a la infancia y la juventud vuelven a consumirse generación tras generación. Nada nuevo bajo el sol: eso es Caperucita Roja, sólo que ésta última es de dominio público. Cultura, de paso, ya ven. Hannah Montana nos puede poner los pelos de punta pero ya veremos qué dictamen deja el paso del tiempo mientras hijas y sobrinas reclaman toda una línea de ropa y complementos del personaje. En definitiva, todo parece querer decir que si usted quiere ganar dinero con esto de la creación, dedíquese a un producto infantil y juvenil que los padres sientan adecuados, sobre todo para que acompañen a los pequeños y no tengan miedo a soltar la mosca en una mochila para el cole.

Pero, ¿y el resto? El resto son muchas cosas. Cuando nuestros cuidadores del zoológico hablan de cultura sólo hablan de una cosa muy concreta: de películas pensadas para el cine con un director/autor detrás del que se espera independencia creativa y, si tenemos suerte, la transformación de la conciencia de occidente. Difícil tarea que a veces pasa: a Chaplin y a Kubrick les pagaron las siguientes películas por la mala costumbre de que una dosis considerable de público, la suficiente para recuperar el dinero al menos, puso su atención y su billetera. Billetera que incluye la de los anunciantes de televisión cuando La Naranja Mecánica se ha visto en tele. Billetera que se abre también para el cable.

Repasen lo que he leído: los negocios audiovisuales de éxito son cada vez menos estrictamente cine, y los que lo son son grandes inversiones destinadas a explotar marcas para contenidos multiplataforma. Lo otro nace en la televisión y en los juegos. Pero hay gente que nos gusta ver productos como los que hace David Mamet, que es lo que quieren los directores del zoológico alimentar y preservar a toda costa encuentre un público o no y sin la certeza de que les salga el Lars Von Trier de turno quien, como se sabe, dice que le importa un pito la audiencia en una mentira fantástica en forma de onanismo intelectual: encontró un grupo de gente que le sigue por lo que él hace, si no lo hubiera encontrado estas declaraciones que quedan magníficas para un discurso tipo otro mundo es posible no se hubieran producido. No habría un periodista con un micrófono para que pudiera decirlo aunque en su delirio se crea lo que quiere decir. Podríamos recordar, en el caso del danés, esa estupenda línea de diálogo de El Año que Vivimos Peligrosamente cuando Linda Hunt explica que a la pornografía se le llama arte si la imagen está desenfocada.

Malviviendo es el caso claro de cómo un grupo de artistas crea independientemente de lo que piensen los demás y sin esperar dinero a cambio. No es cine, aunque sueñan con hacer cine. Es lo que tiene el escenario onírico de la sala oscura incrustada en nuestros cerebros de generaciones analógicas. Ningún medio ha matado a otro, pero la obsesión por hacer del cine un objeto en peligro de extinción al tiempo que se asocia emocionalmente como única experiencia audiovisual portadora de cultura y, cuando se habla de negocio, como el origen de la única expansión industrial posible es, en mis modestas entendederas, no sólo un gran fraude, sino una pérdida de tiempo absoluta.

Malviviendo ha encontrado un público haciendo cosas no destinadas al público general ni a una habitación oscura con gente que llega tarde y te tapa la pantalla con la cabeza. En su contra: no hay monetización clara, que es como llamamos ahora a los ingresos. No lo hay porque no hay productores detrás, y me refiero a emprendedores, no a gestores de subvenciones. Y no lo hay porque se produce la combinación letal entre un mercado emergente y una industria que vive con el cordón umbilical en la distorsión de incentivos que hace producir para un esquema de subvenciones directas y compra de derechos de televisión completamente desvinculada de la búsqueda de público.

Pocoyó no tiene versión cine, pero está en proceso. Introducir el cine es una decisión destinada a extender la marca y ampliar públicos en un proceso global de explotación multiplataforma e internacional de una franquicia que ha encontrado un público y en la que, por tanto, se puede invertir, todo ello a pesar de que se ve gratis en YouTube. El productor se propone, además, encontrar nuevas marcas que le permitan vivir y crecer para superar la vigencia que tenga el producto que les lanzó al éxito. Nada que ver con el desastre industrial que, a pesar de la enorme taquilla, la increíble destrucción de valor, que la visión culturalista que predominaba en autor y realizador ha provocado con Alatriste: de cómo arruinar una franquicia de contenido de la que vivir años mientras se extiende una visión española del mundo.

Alguien debería tener el coraje de decir que ya hemos hablado bastante de cultura y de identidad. Que ya lo sabemos, que es cierto, que una industria propia genera determinados beneficios culturales e identitatarios, pero que el proceso es como el de las casas, el tejado se pone lo último y que lo primero es encontrar públicos y no cuidar pandas cautivos a la espera de que se reproduzcan por el arte de la casualidad. Que decir que es cultura es obvio, pero que sostenerla y construir audiencias no lo es. A los que han puesto su dinero y su esfuerzo inventando Pocoyó y Planet 51, pase lo que les pase con el estreno en EEUU, deberían llevarlos a los Goya para darles el premio de honor y sacarlos en procesión: hay que crear nuevos becerros a los que adorar y que enterrar viejos mitos, entre ellos el del cine como fuente de toda la vida intelectual de nuestra conciencia colectiva. El del cine como centro de la industria y no la industria en todas sus dimensiones como centro. Un discurso nuevo que pone por delante encontrar espectadores entusiastas, aunque sean minoritarios, en productos de su tiempo y no destinados per sé a una forma de espectáculo que, seguramente, ya ha explorado casi todos sus caminos.

Créditos: la fotografía pertenece a la galería de Pachakutik, distribuida con licencia CC.

5 Comentarios »

  • antonio-ortiz dice:

    Bueno, en estos casos creo que el agradecimiento es al revés… más bien gracias a ti por darme enlaces que compartir xD

  • Javi Guembe dice:

    Pues vaya perla en esas excepciones la que has comentado: que no les pagan por emitir Pocoyó y encima te piden un % de la venta de juguetes. Y parecían tontas éstas cadenas.

  • Anonymous dice:

    pues yo me pregunto dónde está la serie "érase una vez el hombre" coproducida por RTVE, con el dinero de todos los contribuyentes, y que si quieres que tus hijos la vean has de pagar una pasta al grupo editorial planeta. Este país es una república bananera. Igual puedo denunciar a RTVE y pedirles daños y perjuicios. UY¡ no, si no estamos en USA, aquí se embrutece a nuestros hijos gratis.

  • […] Se habla mucho de cultura, donde seguro que nadie incluiría a Hannah Montana, a pesar de su indiscutible éxito. Lo cierto  es que las cosas están cambiando. Hay mucha vida más allá del método de financiación tradicional que construye contenidos y luego crea su audiencia, como reunir a posibles marcas interesadas para venderles la idea o la creación de franquicias. […]

  • […] Se habla mucho de cultura, donde seguro que nadie incluiría a Hannah Montana, a pesar de su indiscutible éxito. Lo cierto  es que las cosas están cambiando. Hay mucha vida más allá del método de financiación tradicional que construye contenidos y luego crea su audiencia, como reunir a posibles marcas interesadas para venderles la idea o la creación de franquicias. […]