Suscríbete: ENTRADAS | POR E-MAIL | COMENTARIOS | ¿TWITTER?

Más producción de video original para la red de Telecinco

Cuando empezó la era dorada de los videoblogs, hubo gente que llegó a pensar que serían comprados por las televisiones. No ocurrió. Muchos de ellos, murieron. Sin embargo, Tendencias.tv (que co-fundó Xavier Guell, ahora el alma de Sibarit.us) ha sobrevivido. Tendencias era/es un programa con una cierta factura técnica que mostraba valores de producción cortitos, pero tremendamente fresco (y, lo diré, muy barcelonés a la hora de elegir y plantear los temas). Hoy telecinco anuncia el lanzamiento de su producto “Tendencias”, de temáticas muy similares, cierta estructura que recuerda a los inicios de los videoblogs con chica presentadora y que tiene la particularidad de que se hace en exclusiva para Mitele.es con el patrocinio de El Corte Inglés: no es la primera vez que Telecinco hace producción original para la red (recuérdese la divertidísima Becarios y Sexo en Chueca), ni siquiera es la primera vez que encuentra un sponsor para financiar algún capítulo. La diferencia es que ahora aparece como un producto estructurado para una estrategia online pura y con una central de medios que ha trabajado en insertar su anunciante. Hace un poco de tiempo comentábamos con El Cañonazo que presentar a una marca contenido en vídeo para la red no es ya algo recibido con extrañeza y casi con miradas de dónde has salido. Tendencias.tv ya trabajaba a fondo con las marcas para salir, crear experiencias off-line… pero todo el contexto ha cambiado. Los freaks echaremos de menos que el vídeo de Mitele no es incrustable (esto generaba indignación y preguntas airadas en la era de los blogs). También echaremos de menos que la marca no sea más sofisticada en su forma de encarar su presencia en los vídeos, pero uno supone que todo llegará. Telecinco, anteriormente el coco de la red, conservadora hasta las cachas en su presencia online, tiene una estrategia en el mundo temático (piensen en nichos) verdaderamente trescientos sesenta grados – que se dice – y tremendamente interesante. Repasen el caso de Tricotosas y, también de esta semana, la combinación de juegos online y show en Boing de Ben10. Visto también estratégicamente, la insistencia en comunicar por parte de Mediaset su liderazgo en internet entre las empresas de televisión convencional es otro signo de los tiempos: la publicidad se queda en la tele y sube en internet devorando lo demás… más que nunca el negocio se hace convergente y todo el mundo pelea por la misma tarta publicitaria. P.D: En el episodio 1 de Tendencias, pueden encontrar a mis amigos Juan Luis y Fernando Polo hablando de #socialholic.

El sueño del anarquista

El Juan Luis Cebrián que pedía controles a los medios digitales en 2004 por aquéllo de qué iban a decir, sonaba como el protector de un mundo amenazado. Recuerden que en el 2004 los blogs adquirían impulso. En realidad, tomaba más impulso la capacidad de autopublicación. Es obvio que pedir controles a nuevos medios compitiendo en otro entorno no era y no es más que una lucha por no perder el poder y dificultar la competencia. Si ese discurso podría verse como resistente y agresivo, el tono actual es de aceptación y adaptación, con la sensación de que el análisis es el mismo pero que se abraza el cambio con sus costes emocionales, descritos casi como los de quién no es un nativo digital.  En la extensa entrevista publicada por Jot-Down, unas pocas sentencias tienen características deliciosas y concurrentes con el relato que se hace en este blog sobre el cambio audiovisual, un relato sobre la capacidad de empoderamiento de los usuarios: «Es como decir que la Reforma de Lutero era una crisis de la religión católica. No, es que se cambiaba el sistema de organización del poder». Si para el ministro de Educación determinadas tesis del mundo ya-no-tan-freak de eso que la prensa llama los internautas es una sospechosa actividad libertaria, Cebrián es capaz de ponerle poesía: «Es el sueño del anarquista: “puedo hacer lo que quiera, cuando quiera, como quiera, y no necesito a nadie”». Que viene a ser lo mismo que una página de descargas. No hace falta disponer de mucha literatura en tus espaldas para definirlo como un cambio de paradigma, pero sigue siendo asombroso que a tantos les cueste asimilarlo en esos términos. «Internet es un medio de desintermediación», efectivamente y las estructuras se derrumban «ya lo he dicho hasta en público: yo creo que la prensa que conocemos se ha acabado. Lo que pasa es que es muy difícil que se acabe una cosa que ha generado márgenes brutos del 30% en las explotaciones, que ha generado enormes imperios verticales e integrados: se fabricaba el papel, las máquinas…». Esa misma mutación del entretenimiento audiovisual es mucho más compleja, pero sólo llevamos unos lustros y la realidad permite ver que al sueño anarquista le queda mucho recorrido aún. La pregunta es si lo tiene: yo creo que sí. En realidad, el cambio profundo llegará por las mutaciones del producto, que no han hecho más que empezar. Poner películas online, por ejemplo, no es más que un cambio de distribución, no es otra cosa que hacer lo mismo de siempre por otros medios. Henry Jenkins, el culpable de la difusión del término transmedia (por cierto, en Madrid dentro de pocos días), decía en uno de sus textos que «los niños que han crecido con Pokémon en varios medios van a desear la misma experiencia para El Ala Oeste». Una sentencia suelta se presta a mucha discusión – se me ocurren varios defectos posibles – pero el sentido de fondo creo que tiene poso de sobra.

«Movie Cloud», un extraño proyecto de integración total “anti-Hollywood”

Rastreando en Indiegogo, he encontrado un proyecto de esos de los que no sabes decir si son chiripitifláuticos o maravillosos. Dov Simens es uno de sus gurúes de los cursos de cine que se ganan la vida con seminarios por el mundo. Con Movie-cloud busca financiación colectiva para poner en marcha algo que se presenta como revolucionario, al menos doctrinalmente: el vídeo nos recuerda que Hollywood es un monopolio, que es muy difícil ver todas las películas buenas del mundo por los seculares problemas de distribución y búsqueda de audiencias y hasta le recuerda al aprendiz de director que su cortometraje no le interesa a nadie (yo soy de los que soy incapaz de encontrarle algún valor a ese producto en los tiempos que corren). Él y su socio definen su propuesta como «a global, one-stop, open architecture, web-centered movie studio and on-demand theatre megaplex loaded with over half a million dollars worth of software, tutorials, databases… and accessibility to financing-funds that, up to now, were only available to A-List high-powered studio executives», ahí es nada. Curiosamente, las aportaciones reciben como compensación un sistema de pinchos USB con un cierto software propietario (pero, ¿no era abierto?) que contiene documentación que parecería que normalmente se accede a ella en sus cursos. Todo ello con las mejores estrategias de marketing directo (sospecho que una forma de dificultar piratería, sospecho que una forma de dejar de vender libros para aprender a hacer guiones que deben estar fusilados por doquier). Hasta parecen meter en el saco al clásico Syd Field. Humo o realidad, lo que es interesante es cómo se busca por doquier el diseño de un engranaje que asocie al creador al visionado y a la financiación que altere los esquemas industriales clásicos. Dicen que en el 2013 se podrán ver películas en su nube… y ahora piden ¡300.000 dólares!. En mi mente se queda como más chiripitifláutico que bonito.

Video que quiero que exista (v)

Superado por la actividad, no pude enfrentarme desde hace dos meses a mi mensual contribución al vídeo que quiero que exista. Un repaso por los sitios habituales me lleva a crear una nota mental: es momento de investigar más la relación entre festivales y financiación colectiva. Y eso incluye volver a hablar con Alfred Sesma, porque no recuerdo si cuando hablamos de plantearnos el festival del futuro le dimos suficiente importancia al papel de promoción del esfuerzo de los independientes por hacer márketing de sus opciones en busca del microdonante, una fuerza – la economía del P2P – que no termina de ser tomada en serio por las fuerzas vivas que piensan la cultura y el mundo audiovisual vigente. Tribeca, Sundance o SXSW tienen presencias absolutamente claras. He elegido un curiosísimo documental (a estrenar, precisamente, en SXSW) sobre el matrimonio entre una joven asiática y un muy maduro norteamericano, Seeking Asian Female en Kickstarter. Un repaso rápido por todas las categorías permite insistir en esa provocadora idea mía de que sustituyen el rol de lo público de forma más que interesante, aunque parece que conducen a mutar y renovar también lo público: en Verkami, se recauda para la creación de un DVD – algo antiguo esto – con el concierto que Lluis Llach realizó en el Camp Nou en 1985 y un documental asociado. Las derechos del concierto son cedidos por TV3 que también emitirá el nuevo documental. En Indiegogo encuentro una pieza muy interesante acerca de un proyecto comunitario: Barrio Works. En Phoenix han creado un taller de reparación de bicicletas que enseña a los niños de entornos marginales a repararlas, reciclarlas y hasta han creado su propio modelo para venderlas y financiar su proyecto.

Reintermediadores y autonomía de contenidos

Antonio Ortiz vuelve a exponer los riesgos para los productores de contenidos que tiene una plataforma como Facebook. Lo titula: Señores de los contenidos: Facebook no es un socio fiable. La pregunta es: ¿es un socio? O, como el escorpión, ¿es su carácter?. El problema no le sucede(rá) únicamente a quien se alíe con Facebook (tenemos también el caso del Apple Store entre los más llamativos), sino a cualquier proyecto de creación de audiencias que tenga que depender de los términos de servicio de otro. Cuando hablamos de desintermediación de lo que hablamos es de aprovechar las posibilidades de la tecnología para ganar autonomía y poder crear un camino propio, que es justo lo que han descubierto algunos integrantes del movimiento (o los movimientos) asociados al 15-M. Ir a Facebook (por ejemplo) para ganar audiencia a corto plazo se convierte o casi seguro se puede convertir en volver al mismo escenario del pasado: tener que pedir permiso para emitir y divulgar, el cuello de botella que ha generado todas las limitaciones que conocemos de la era industrial para relatar y divulgar las visiones de cada autor o comunidad. Tu dominio y tu servidor son tu autonomía, aunque sea más complejo, costoso y lento. Es mentira que en la red se censure, como escandaliza a todos aquellos que han bramado contra twitter: se deja censurar aquél que cede su identidad digital y renuncia a un espacio propio. Por ejemplo, yo no puedo mirar más que con recelo el futuro de un Spotify como negocio autónomo si sus usuarios son de Facebook y tiene que aceptar las condiciones de los propietarios de derechos para poder disponer de precio y catálogo: estás tomado por dos frentes, el exceso de propiedad intelectual y el control de lo que pueden ver y hacer los usuarios. Esto último, es justo lo que le ha pasado a The Guardian.

Desintermediacion y 15-M

La visión que traslada este blog acerca de las reflexiones sobre medios y mercado audiovisual tienen tras de sí, y se agudizó con los años, un discurso sobre el poder. Es decir, la valoración de los procesos que desarrolla la economía digital conduce a un proceso de desintermediación que abre posibilidades de desarrollo empresarial y comunitario diferentes y muy intersantes: dejar de pedir permiso a los titulares de licencias y a los gobiernos para poder intentar la creación y divulgación de contenido no sometido a un embudo político y físico. Desde regulaciones oligopolísticas que esconden lo peor del capitalismo (eso que llaman los anglosajones crony capitalism) al control ideológico al que aspiran los gobiernos, siempre por supuesto alegando tu propio bien, pasando por las limitaciones del número de pantallas y la cantidad de espectro disponible. En palabras castizas, es un modelo que genera unas altas dosis de chupar culos como modelo de negocio, lo cual lo convierte más en circunstancia – soy amigo de – que en una industria como se supone que es la del pan. La crítica que se hace a esta visión es la de que, caramba, a pesar de todo, las cosas siguen muy centralizadas y concentradas. La réplica es si se está dispuesto a renunciar a un programa en favor de más libertad real (en forma de acceso y en forma de pluralidad real, no la tutelada) o si se conforma uno en ver cómo se reparten las licencias y los derechos cerrando el mercado. Así, mi interpretación del 15-M se basó en esto: manifestantes que se reclamaban como de la era de internet pero que pedían por favor que los medios tradicionales les hicieran casito, que se caían del guindo ante las interpretaciones de esos medios y que, después de todo, más parecía un hacer las cosas como siempre que un cambio de reglas en función de lo que la tecnología de nuestro tiempo puede hacer por una nueva forma de ejercer el poder: el mito, en mayor o menor medida, que ofrecen las redes distribuidas. Conversando con Stephane Grueso hace unas semanas sobre estas cuestiones, me dijo que habían percibido este problema: la dependencia de servicios centralizados como Facebook, por ejemplo, que impedía comunicar con  libertad real. Stephane publica hoy un artículo en Público donde hace una interesantísima defensa y descripción del desarrollo del movimiento del 15-M desde el punto de vista de su autonomía comunicativa. Una sentencia clave: «no nos hemos supeditado al relato oficial de las cosas. Nos hemos “independizado” de los mass media». Después cada uno tendrá el juicio que quiera sobre las propuestas, pero lo interesante es que, se quiera o no, es inevitable que cada grupo social, de interés, cada grupo de gente que se crea comunidad, cada empresa, iglesia o asociación de cultivadores, querrá ser su propio medio.

¿Puede compararse el cine con el fútbol?

Al menos, para evaluar el éxito o la equidad de la acción pública. En comentarios en twits al respecto de una entrada de estos días pasados sobre los recortes de presupuesto aplicados al cine, se me dijo que estaba escrito con respeto pero que «al igualar fútbol y cine, lo dice todo». No sé qué es todo, pero seguro que comparar no es igualar. La cuestión tenía mucho sentido. La primera razón es que uno de los enlaces empleados como fuente comparaba el caso del fútbol con el del cine en el tratamiento público. Y lo hacía un respetable industrial del cine, no yo, que retomo el hilo. En segundo lugar, visto en términos de mercado, lo cierto es que – pese a quien le pese – cine  y fútbol compiten en el mercado del ocio y el entretenimiento: si no es así, ¿por qué tantas personas del cine se quejan o se han quejado de la programación del fútbol en televisión y la competencia que supone para las salas? El deporte profesional forma parte de ese macrosector, como los videojeugos o los parques temáticos. Pero el argumento más solido tiene que ver con una de las motivaciones, no la única evidentemente, de la intervención pública en la cultura (por cierto: qué palabra tan gastada y tan cuestionable). Una de esas motivaciones es la promoción de la marca y los valores de un país, tanto para ejercer influencia, como para atraer visitantes (cine y turismo tienen una conexión creciente, parece que el museo del Santiago Bernabéu es un componente clave de la oferta madrileña). Esas cosas, forman parte de los elementos de atracción hacia las políticas exteriores de un país que Joseph Nye llamó en su día, soft power. Hay una cita de este caballero que viene muy al caso: «Much of American soft-power has been produced by Hollywood, Harvard, Microsoft, and Michael Jordan». Michael Jordan. Real Madrid. O Barça. Si en un momento dado hay que evaluar el rendimiento de marca-país por el efecto de las políticas públicas, lo mismo si se ha hecho algo inteligente en favor de La Liga (¿no es la marca española más global?) y genera lo que genera, puede que tenga más sentido que tenga un apoyo superior o no sea muy cuestionable, sin olvidar la sensibilidad que tiene la morosidad fiscal. Puro ejercicio para la discusión. Ni se dice si es deseable o incompatible. Curiosamente, no hace tanto Marcelo Bielsa decía esto: “El Barça es una expresión artística novedosa que ha generado cultura”. Que vuelen los puñales sobre mi, si us plau.

¿De verdad aumentará la compresión de la señal de la TDT?

No estoy al tanto de las negociaciones de reforma del espectro ni de si han inventado un algoritmo maravilloso para que comprimiendo más la señal se vea igual de bien/mal que ahora, justo cuando el HD empieza a funcionar. Un medio dice que se aumentará para hacer lo mismo en menos espacio y aprovechar el dividendo digital: aunque sólo lo insinúa de la pobre RTVE, ¿volverán los vergonzosos pixelados de eso que iba a dar calidad DVD? Con la confianza en el periodismo en mínimos, a saber lo que se discute realmente. Pero, caramba, que se degrade y se vea mal sólo supone más facilidad de competencia del satélite y los servicios de televisores conectados, así que no sé si alegrarme. Si alguien anda enterado, ruego dé señales de vida. Aquí debajo.

Sobre móviles en los cines

Este artículo del país sobre las cadenas de cine americanas pensando en dejar usar móviles para atraer adolescentes, junto con el contrapunto del cinéfilo histórico que crea cines para experiencias clásicas superlativas que reniega de semejante horror, es un gran signo de los tiempos. Me recuerda a algunas conversaciones con Juan Herbera sobre el futuro del espectáculo. Conste que soy de los que les horroriza la perspectiva de un zangolotino contestando un whatsapp a mi lado, pero no es descabellado imaginar que son los espectadores que van a condicionar la producción.  A lo mejor es por eso por lo que ya voy tan poco a los cines. Por otro lado, no me parece irracional pensar que se den los dos modos de exhibición (recordemos a Heráclito: nada muere, todo muta) y que las posibilidades creativas de aprovechar la interactividad pueden tener su aquél. Eso si las redes de ahora no pasan de moda y esas cosas: merece que se desgañiten en comentarios.

¿Puede internet acabar con Hollywood?

Nuestra revoltosa red se regocijaba con la predicción de Jimmy Wales no hace tantos días. El fundador de Wikipedia dice que la gente realizará proyectos colaborativos mejores que los de Hollywood y que no les echaremos de menos. Habría que saber a qué se refiere con mejores, especialmente porque lo colaborativo está en sus fases iniciales, pero la afirmación tiene problemas: al igual que la televisión no ha muerto y que sus productos concentran la atención mayoritaria en la era de Facebook, Hollywood no es un ente con brazos y piernas, sino todo un entorno – oligopolístico, eso sí – capaz de controlar la distribución mundial de grandes productos de mainstream. Eso que quiere ver tu hijo o tu lado gafapasta cuando se pone The Wire: echen atrás y vuelvan a leer la palabra atención. Con cuotas de mercado espeluznantes y un poder sobre los reguladores nada desdeñable. Un internet libre como el que nos gusta desde luego hace mucho daño a su concepto de negocio… pero su capacidad de adaptación es legendaria. Aunque, miren, nadie pensó que Microsoft iba a dejar de ser ese monopolio absoluto y uno aquí escribe todos los días en favor de la alternativa. Aún no hemos visto nada y van a cambiar muchas cosas (la mayoría de la población del mundo no tiene banda ancha, accederán por sistemas móviles y el control legal sobre la red es probable que sea muy superior), pero Hollywood tiene larga vida. Lo más interesante – me parece a mí – no es tanto su duración, mutante o no, sino que todas las leyes audiovisuales del mundo se han hecho o se hacen de alguna manera para protegerse de Hollywood y cuando aparece un elemento disruptivo que tiene el potencial de terminar con su poder – esencialmente el de distribución – ninguno de los que han combatido contra ese poder muestran entusiasmo por la idea: ¿será que la vida opositora ha creado sus pesebres?. Si Malreux naciera hoy, ¿qué pensaría?.

Cine y recortes

Dos excelentes profesionales han escrito con sensatez, inteligencia y sentido común en estas las últimas semanas abordando los recortes presupuestarios que le van a costar al cine español una buena cantidad de dinero. Dos clásicos del oficio, por decirlo así. Deben leerlos si no lo hicieron. Por un lado, Adolfo Blanco publicó una extensa carta abierta al ministro de la cuestión en la argumentaba con solvencia el daño de las reducciones y las ponía en contexto con las deudas del fútbol y su dimensión: varias veces las reducciones del dinero que va a películas. Por su parte, Pancho Casal, repasaba el mismo problema y ponía en contexto la reducción, con su poca cuantía relativa y con las cantidades otorgadas al Plan Avanza arrojando la sospecha, con todo sentido, de que tampoco es que hayan logrado grandes cosas. Es importante que, ambos, desde sus puntos de vista, asumen y explican algunos defectos profundos de la producción española de cine y no pretenden echarle la culpa al empedrao, sino a sus propios componentes. Lo interesante de ambas contribuciones es que ponen en evidencia el problema de fondo del mundo subvencionado y, si quieren, del enorme poder del estado para decidir quién tiene su favor y quién no, eso que los economistas llaman rent seekers o buscadores de rentas. Como ya sucede con los mineros y los olivos, que piensan que lo que reciben no es tanto, lo que contemplamos es la competencia entre sectores diferentes de la sociedad por conseguir rentas fuera de lo que pueden obtener en el mercado y que el estado reparte, al final del día, como un concurso de belleza. Sea cual sea la supuesta transparencia y competencia por ellas. Si se está en contra de las subvenciones, se debe estar en contra de todas, eso que el cine no termina de explicar bien. Y, si son aceptables, parece lógico esperar bajo qué circunstancias y criterios para demostrar… resultados. Porque, ¿deben esperar los demás a ver cubiertas sus demandas, quien sabe si más urgentes, porque otros no terminan de ganarse la vida? Es bastante parecido a cuando tienes el mismo partido de fútbol en una tele pública y otra privada. Cuando baja el nivel del mar se ve quién no lleva bañador y la pregunta para todos los que pagan impuestos debería ser durante cuánto tiempo es legítimo apoyar y estimular sectores que, como pasa con el cine y atendiendo a las descripciones de sus mejores miembros, no logran el favor de los espectadores, por muy deseable que sea tener una industria propia o como quiera llamarse: después de todo, y seguramente es un milagro, el fútbol ha sido capaz de crear una marca de entretenimiento global y tener los mejores jugadores de su historia permitiendo la entrada de todo el talento extranjero que pueda hallarse. En el diseño de incentivos está el problema y, ahora que el ruido de la desgravación fiscal parece que coge impulso para que sea un sistema serio… habrá que ver qué premia: si estimula el desarrollo de empresas capaces de construir productos de entretenimiento o de influencia cultural internacional o sirve para continuar la sobreproducción anodina. Veremos lo que sale, que me parece que hay mucha necesidad recaudatoria.

Pensando sobre el extraño caso de la independencia de RTVE mientras veo Paramount

Mientras hemos visto que los medios no convencionales no vertebrían ya la opinión pública, la clase periodística en general y los que forman parte de RTVE parece que mucho más, se han indignado bastante por el nuevo método de nombramiento del presidente de la Corporación. Más allá de la estética del asunto, el transfondo político y, en mi opinión, la sobrevalorada opinión sobre la llamada dignidad de la reciente televisión pública española, lo que me llama la atención son los motivos para la indignación: propio de la endogamia, y que me perdonen, de la clase periodística, la crítica tiene que ver con un trabajo – el suyo – cuestionado por la evolución de los tiempos y es muy poco airada contra otras obviedades. Por ejemplo, nuestra televisión pública se gasta un dineral en comprar derechos de majors compitiendo con el siempre y casi por definición maltrecho cine local. Conviene recordar que los fundamentos legales que le dan forma (también los morales) tienen que ver con fomentar la industria local y que el Estado gasta un buen dinerete y crea prebendas legislativas para sostenerlo a pesar de que el mercado no le da mucha comba. Pero, para quienes piensen que con esto contribuyen a la cultura, más vale mirar que, sin que le cueste un duro al ciudadano de a pie, todo el mundo puede ver el canal Paramount y LaSexta3 repletos de cine majors. Catálogo Warner este último si no me equivoco. Y cómo molan. Si le sumamos a Disney por ahí para los nenes, digamos que no parece muy lógico que el dinero de todos ustedes se vaya a pagar a la competencia, dicho esto por la tremenda preocupación por la identidad y la excepción cultural. En definitiva: ni esa supuesta independencia informativa aporta realmente nada (lean mi post sobre el asunto Cebrián y hagan paralelismos) ni resulta que el servicio de productos mayoritarios es algo que haya necesidad de ofrecer puesto que lo hacen los señores que se juegan su dinero. Yo sé que mis amigos no me quieren creer, pero la tele pública vive en una paradoja que no tiene una buena solución decente y que conduce a un final cargado de irrelevancia o a incómodas preguntas sobre los usos alternativos del dinero. Me temo.

El fin del cuarto poder y la ley Sinde/Wert

Ha causado mucho revuelo estos últimos días una afirmación del Consejero Delegado de PRISA sobre los medios tradicionales: «Juan Luis Cebrián, defiende que el periodismo tal y como se ha entendido hasta ahora ha muerto. Y lo ha hecho tras un cambio “bestial” que ha llevado a los medios de comunicación a dejar de ejercer el cuarto poder. “Los diarios ya no vertebran la opinión pública”. Un ejemplo: “Si el Rey ha pedido perdón, no ha sido por los medios sino por lo que se reflejaba de él en las redes sociales”. Es una pérdida de prestigio que, según Cebrián, afecta a los medios y al resto de estamentos democráticos.» He insistido varias veces que, en el conflicto sobre piratería y casos como la Ley Sinde, el recurso a la alta cobertura y la amabilidad de los interlocutores (cuando no a la complicidad directa) de los medios convencionales, la comunicación de las posiciones pro-control de la red perdían la  batalla de la credibilidad porque la gente se formaba su opinión fuera de esos medios. Y eso a pesar de que los tomen como input y parezca que su influencia es superior. Es probable que haya que darle la razón a Cebrián porque, como dice Elvira Lindo hace pocos días «cierto será, ya que él ha sido sin duda uno de los vertebradores de la opinión en la España democrática». La esencia del argumento es la pérdida de la credibilidad (yo diría que es un escándalo) por lo que la insistencia en noticias terroríficas sobre pérdidas económicas, derrotas de la cultura, creadores de muertos de hambre y todos esos horrores resultan ser desmontadas por los discursos de las redes por personas que generan más credibilidad frente esos medios que son cada día más transparentes en sus legítimos pero condicionados intereses y cada día menos solventes intelectualmente. En fin, es una vez más aprovechar el Pisuerga, Valladolid, y las sardinas con las ascuas para argumentar la inevitabilidad de otro discurso y debate social por muy bien que le vaya a la famosa sección segunda.

Cómo está cambiando la conducta del espectador en una frase

Pareciera que estamos en medio de un verdadero tipping point: si ya vimos el cambio de la concepción del producto televisivo en cuatro líneas, si un solo banner ejemplifica el cambio de la distribución casera de películas, la forma de consumir la tele la acaba de describir el New York Times en una frasecita. «¿Por qué mi televisión no puede parecerse a mi tablet?». El artículo merece la pena porque es un friso interesante de las nuevas expectativas (muchas se frustrarán, como siempre) y el conflicto que lleva tiempo latiendo entre el modelo de servicio y negocio de la televisión de pago con todas las nuevas formas de consumo. Mientras, en otro lado, nos cuentan que el 21% de los hogares norteamericanos tienen teles conectadas (que yo llamo conectables hasta que efectivamente se haga) y me recuerda una estupenda conversación hace años con Juanjo Carmena: se trataba de saber con cuántos hogares conectados se produce el punto de no retorno hacia los nuevos modelos televisivos. Al azar, dije que el 20%. Juanjo me decía que ellos (su empresa) pensaban que bastaba con el 15. Ahora falta que se conecten todos hasta el quince y, como siempre, que respondan a la pregunta y, ahí, qué se ve.

Duelo (al sol) en Brasil

El tecnobrega es el género musical tenido como el ejemplo por antonomasia de lo que significan las formas culturales que se consideran como el paradigma de lo que vendría a ser la cultura que viene y que solemos denominar libre. Libre de libertad, que no tiene propietario. Por eso debe ser una forma libertaria de acuerdo con nuestro ministro. A mucha honra, diría. La cuestión es que ese género es un género brasileño y que su país de origen ha venido siendo un caso asombroso de cuestionamiento del orden mundial de la propiedad intelectual. Desde las patentes a las licencias de las obras culturales. En ese país han cambiado las tornas. Malos tiempos para la lírica. Me escribe mi amigo Rodrigo Savazoni, de la Casa de la Cultura Digital de Brasil para avisarme de sus declaraciones a El Mundo comentando el extraño caso del sosias de Ángeles González Sinde. El panorama, que también relata Bernardo Gutiérrez, es entre desternillante y desmoralizante. Mientras se asegura – esto les sonará – que la cultura se va a morir en Brasil (y, antes de terminar de reirse, vuelvan a leer el enlace sobre tecnobrega a ver si hay cadáveres o, en todo caso, de quiénes son) todo lo que hace Ana de Hollanda Buarque, ministra de cultura y a la sazón hermana del enorme Chico Buarque, tiene un parecido fantástico con la realidad local: presiones de los Estados Unidos, persecución de las licencias libres y oscuros tratos con las entidades de gestión de derechos. El conflicto de la propiedad intelectual es un conflicto de dimensiones sociales extraordinarias y generalmente desconocidas por los usuarios de las descargas y mal planteadas por los paladines de la revuelta, pero todavía es más llamativo ver quiénes suelen estar del lado del  más fuerte: los mismos que se han quejado de la política exterior de EE.UU., por este y otros motivos, los mismos que han pedido leyes para detener el poder de cartel de las majors de Hollywood, piden leyes de excepción y a su medida para protegerlo. Bueno, vale, no todos. Los otros son los beneficiarios del sistema. La vida sigue, sin embargo. La propia Casa de Cultura Digital de Brasil ha logrado financiar con éxito mediante financiación colectiva su proyecto para fabricar máquinas de fabbing de bajo coste: ahí viene la siguiente ola, la conversión de la manufactura en traslado de bits de un punto a otro (¿un decorado tal vez?). No hemos visto nada.

De Wuaki a Yomvi: una especie de santificación del cambio

Pasé casi toda la mañana hace unos días en la estupenda jornada que sobre “SmartTV” organizó Adigital. Jacinto Roca, CEO y fundador de Wuaki.TV hizo una ponencia excelente del cómo y los porqués del visionado online de películas. La sensación que me daba era como la de un túnel del tiempo: la obsesión por usabilidad, disponibilidad de catálogo, recomendación, márketing y alcanzar masa crítica eran exactamente las mismas cosas que obesionaban a los creadores de Hulu y Netflix sólo que contado para el público probablemente profesional de hoy. La estrategia de Digital+ con su iplus convertido en activo estratégico y esencial, junto a Yomvi me parece tan interesante, coherente y lógica en el camino del cuando quieras, donde quieras y con el dispositivo que quieras que me resultaba, tan de puro obvia, apasionante al tiempo que desmotivante como escuchante. Me explico: hace dos o tres años me hubiera llevado a escribir decenas de párrafos. Siento que repito argumentos de otros posts y, sin embargo, el negocio se ha claramente reinventado ante nuestras narices y toda la arquitectura conceptual que se vislumbraba está en práctica: en realidad, inventada por hackers y piratas pero y, a pesar del meme propio de las redes del “no se enteran”, hechas por gentes del negocio de toda la vida. Hay quien piensa que las majors no entienden de qué va, cuando yo creo que lo entienden excelentemente bien: por eso ponen todos los obstáculos para poder gestionar sus transiciones a su mejor gusto o con menos riesgo para sus intereses legítimos (incluidos los moralmente más dudosos de su poder monopolístico), que son dos formas de verlo. Contemplar los conceptos que maneja Mediaset o como se sitúa al DVD de modo subsidiario en la comercialización post-estreno, lo que nos dicen es que lo que llamé nueva industria audiovisual ya es realidad, aunque los cambios sean emergentes en muchos aspectos y queden mutaciones que yo creo inevitables, especialmente en la concepción de los productos. Ah, y la televisión no murió.

 

En favor de Enrique Dans

Era Javier de la Cueva quien en su día afirmaba: “es una obligación moral quebrar las empresas cuyo modelo de negocio se basa en vulnerar los derechos fundamentales”. Se refería, claro está, a uno  de los muchos problemas que la persecución de la piratería produce en la sociedad. Con la conocida demanda a Enrique Dans por parte de Promusicae, me siento en ese estado de “obligación moral”. Me importa un pito – ustedes perdonen – el que la ley pueda dar la razón a los demandantes, incluso que efectivamente la tengan, porque yo no puedo dejar de pensar que estamos ante una institución que se dedica al matonismo legal para proteger un monopolio legal que está en entredicho. Desde el punto de vista de opinión pública, es horroroso.  Allá ellos. Aunque ahora sospecho que llegará mucha gente a examinar con lupa los contenidos del blog del demandado para encontrar inconvenientes legales por todos lados. Enrique Dans no es perfecto y no lo puede ser (tampoco yo), a mucha gente no le gusta, tiene posturas controvertidas (aunque, como se ve, arriesgadas y no le hace falta) pero esto no tiene nada que ver con su valoración, tiene que ver con la forma como se comporta determinado sector con la sociedad que le concede sus privilegios. Que es lo que son. Por si hace falta disclaimer, me dió clase, he tomado copas con él, compartido mesa y mantel alguna vez y muchas más con algunos allegados suyos, pero hay que saber de qué lado estás por lo que intrínsecamente supone: que es inútil ponerse en la piel de una industria sometida al cambio tecnológico y sentir compasión por ella cuando aspira a perseguir a toda la sociedad. Julio Alonso ya pasó por esto, como tantos otros, pero cabía pensar que esto se iba a terminar.

Peligrosos académicos libertarios en contra de los monopolios intelectuales

«La carga de la prueba recae en aquellos que quieren el monopolio, no en lo que los queremos eliminar». La sentencia de Jesús Fernández-Villaverde en Nada es Gratis es, esencialmente el nudo de la cuestión sobre la propiedad intelectual: se tiene que demostrar que la cultura y la innovación no existiría sin ella y no lo contrario porque no es una propiedad tal y como se quiere presentar por la conspiración por el sostenimiento de privilegios comerciales. Hay una segunda sentencia mucho más importante para el contexto en el que estamos: «Son los defensores del sistema actual los que están en minoría en el mundo académico. Se aferran a una concepción anticuada de la innovación y lo que es peor, ni saben historia económica ni entienden los problemas de incentivos existentes». Un servidor ha insistido muchísimas veces en lo desenfocado del debate de la propiedad intelectual y cree dos cosas que no son de las que gustan: una, el debate de los líderes de opinión de la red anda más perdido que un pulpo en un garaje sobre los límites de lo gratis y las creative commons y, dos, que es tiempo de sacar a los abogados de esta discusión y dejarla en manos de economistas y filósofos. La contaminación de las prácticas mercantiles por la existencia de toda una estructura institucional y empresarial organizada en torno a la gestión de un monopolio es tal que pensar que se puede vivir de otra forma y asumir los costes de adaptación es una proeza bastante reseñable. Por eso los medios llaman a abogados a discutir y – lo sepan o no – a adoctrinar, cuando no se trata de saber lo que dice la ley, sino si la  ley sirve o si tiene que ser diferente o, por qué no, inexistente. En otras palabras: que si el abogado dice que es ilegal, es irrelevante. Se trata de saber cómo se incentiva mejor la creación y la innovación por sí mismas, y no si sirve para que los dueños de videoclubs y editoriales se ganen la vida. (P.S.: ¿Y qué dirá Wert?)

El cambio de la distribución de películas en un banner

Al cargar la página de apertura de un conocido periódico me salta el habitual intersitial: es el anuncio del lanzamiento de Tintin en los principales medios online… incluido Wuaki. Debajo, y más pequeño, ponía “y también en DVD…..”. En fin: como pasa con la concepción de la televisión, cómo ha cambiado todo. En realidad, no ha hecho más que empezar (creo), aunque pareciera que nunca llegara nada…

Si una película muda ha ganado un oscar, ¿por qué no puede hacerlo una español?

Eh, no, no es a la mejor película extranjera, hablamos del premio grande. Jimmy Kimmel – que hace el late de ABC – se marca esta increíble entrevista en español con Will Farrell para el estreno de Casa de mi Padre y llegan a decir burradas como la del título. No hay que perderse la segunda parte ni la tercera, donde Diego Luna es el que habla en inglés y vindica la esencia de ser mexicano en un juego de idiomas desternillante. ¿Por qué está Lionsgate metida en esto? Por algo que se llama demografía. Estrellas blancas y estrellas mexicanas – bastante globales, por cierto – mientras los de la industria adormilada y sometida siguen esperando a su Godot. ¿Se puede ganar dinero con esto? Sí, se puede. Give me a call. I’m sure you will.

El gobierno se llama Godot

En el mainstream aflora la situación de la producción española: la incertidumbre de los presupuestos generales del estado, RTVE sin saber si va o si viene y otras zarandajas que afectan a las privadas (si bajan su facturación, su obligación de inversión se reduce), ponen en evidencia algo que, digo yo y que me perdonen, refleja la realidad cruda de lo que ese mismo diario del mainstream llama industria. Sin que lo público funcione, no existe. Es decir la perpetua existencia de una circunstancia y no un mercado, algo que sí intentó Zed con su Planet 51 que, aunque no fue demasiado bien, sí tenía un razonamiento mercantil. Cierto es que con Hollywood hay que tenerlos bien puestos, pues son sus prácticas mercantiles las que sirven de coartada para la perpetuación de un modelo que parece evidente que no sirve para sus loables fines. Así, uno no entiende cómo apareciendo la mayor maquinaria de desintermediación que se ha inventado y que se llama internet, tanto autor está sobrecogido ante el declive de algo que, seamos honestos, tampoco daba dinero antes de internet. No se entiende por qué no se tiran a degüello y hasta la última bala para desarrollar la red.  Al exhibidor, y que me perdonen, que le den. En el artículo de marras se recuerda que los exhibidores exigen su propio monopolio y gracia para ganarse su pan y que los competidores se jodan. Es como se dice en castellano. Es como si Iberia pidiera que no dejaran salir autobuses a la hora en que salen sus aviones: los aeropuertos también tienen ventanas, lo llaman slots.  Pero sobrecoge esta frase: «Esa parálisis conlleva que el fortalecimiento y crecimiento de los portales españoles de descargas sea más lento de lo deseable: luego llegarán los gigantes extranjeros y devorarán el mercado». Uno piensa que los de fuera llegarán y arrasarán igual, por mucho que haya optimistas diciendo que el cine español ganará la batalla en internet porque hay Wuaki y Youzee: si consiguen algo, serán vendidos, no lo duden. Y, sobre todo, porque esos sitios son exhibidores y no otra cosa, no son creadores de películas y vivirán de las mismas películas americanas que el señor exhibidor que vende palomitas: siempre es bueno recordar que Adam Smith prevenía sobre las reuniones de empresarios y las subsiguientes conspiraciones para subir los precios. Pero más aún porque incluso desde las palancas oficiales del sistema se hace y se ha hecho la competencia desleal – y obscena – al emprendimiento verdaderamente privado de la exhibición online. Y esto es la industria audiovisual señores: gentes que se pegan por ver quién le saca más al estado.

Vuelve Toon a Ville

Me escribe el siempre amabilísimo Alfred Sesma para anunciarme que, tras el aperitivo de lanzamiento de hace pocos meses, Toon a Ville regresa a nuestras vidas ahora con todo el armamento que habían pensado. El de animación es el segmento más interesante por razones obvias para la construcción de eso que se suele llamar industria sostenible, es decir, aquella que tiene un modelo de negocio y no una circunstancia: es fácil de exportarse, tiene capacidad de crear productos que se renuevan en el tiempo, de convertirse en marca y de generar licencias y nuevos desarrollos. En definitiva, lo hacen atractivo para el dinero a secas, no a la mera vocación creativa per se. Alfred lo explica muy bien en el correo, así que lo pongo con sus palabras: «Este año estrenamos las siguientes acciones: El  Animats TvFòrum, el Talentoon y el Networking Kid’s Cluster. El primero es un foro de coproducciones de series de animación para Tv, el segundo una metodologia de recruitment que ofrecemos a produtores y profesionales y el tercero una sesión dirigida a que los productores conozcan a los empresarios del sector de los niños. Aparte de esto, obviamente, proyecciones y talentos como el año pasado». Me reservo unos días en abril.

La calidad como herencia de la escasez

Si no es por Alberto Tognazzi, no me hubiera sentado a paladear el ensayo sobre la mutación de Alessandro Baricco. De esos textos con reputación, que habrán pasado alguna vez por mi mano en las librerías, pero que han sido desechados por cualquier oscuro mecanismo. Qué error. Y nada como en un día como hoy, donde el barbarismo de la red ha terminado con el papel de la Británica, santa ella. Da para mucho, pero hoy me quedo con su forma de describir la calidad en las industrias culturales, ese término contrapuesto al de telebasura, esa falsedad. No es su terminología, pero se refiere al mundo de la escasez ante la realidad no tan lejana de segmentos enormes de población ineducados cuando no analfabetos y públicos reducidos sofisticados únicos consumidores de esa industria que, en realidad, estaba más cercana a la artesanía. De ello sale esta cita: «lo que hoy conocemos como calidad era exactamente la expresión de las necesidades de esa reducida comunidad a la que se dirigían: incluso en el espejo de sus costumbres (el librero, la tercera página de los periódicos, las estanterías en el salón…). Todo el mercado existente lo abarcaban ellos…». Vale para casi todo: el criterio editorial de los gobernantes de las teles públicas de la era del monopolio incluído con sus secuelas correspondientes. No hay tertulia o encuesta que no exija una televisión pública (o privada) de calidad, un mito imposible ante la necesidad de la comunicación de masas de acercarse al mínimo común denominador del gusto que maximice el ingreso y la realidad que la desintermediación demuestra: no existe la salsa de spaghetti perfecta.

Sin películas para los votantes de Joe Biden

A los medios les ha interesado que la Casa Blanca diera su primera rueda de prensa en español. Siempre hay quien recuerda que no hay idioma oficial en los Estados Unidos y que el español – castellano, que decimos nosotros – es la segunda lengua del país y que crece en importancia. Pero pocos medios se detendrán en tomar nota que casi de modo simultáneo el Vicepresidente de ese país se planta en México y lo que visita es nada menos que la Basílica de la Virgen de Guadalupe. Biden, que nos dicen que es católico, ¿se hubiera tomado la misma molestia en año no electoral y teniendo una demografía como la que tiene en visitar al símbolo nacional de México? No es una mera visita, hace un gesto de devoción y eso no es cortesía únicamente. Cada Día de la Virgen las televisiones en español en EE.UU. se detienen para mostrar sin descanso la pasión por la guadalupana. Pongámoslo de otra manera: mientras hay prohombres del cine español que piensan que la industria española tiene mucho que decir ante ese escenario, la industria local está más bien a por uvas. Si, por el lado más industrial, lo que puede destacarse es Torrente o apaños como The Cold Light of The Day (a los que nadie debiera renunciar) y si, por el lado autoril, lo que más se les ocurre es llevar Pa Negre a los oscars, se puede deducir que no existe el más mínimo planteamiento estratégico, dominio o preocupación por beneficiarse de una circunstancia cultural para crearse un mercado, sea coproducción o sea ambición propia. Dicho esto a pesar de los paseítos a directores y productores para visitar Hollywood y echarse unos amigos latinos. Me permitirán que se argumente esto en cuanto que existe una política de estado al respecto. Oiga ¿y qué me dice de Chico y Rita? Hombre, no está mal y ha conseguido mucho. Pero más bien al azar y con un planteamiento desde el punto de vista de la marketability de la película en el mercado norteamericano poco trabajado. Me parece. Hay muchos más mexicanos que cubanos en EEUU y resulta que van un porrón al cine y son una clave muy decisiva en los estrenos en ciudades como Los Ángeles, Chicago o Nueva York a las que no mira nadie en el mundo como se sabe y cuesta encontrar algún punto de la historia, los personajes, el casting de voces, etc. que sirva para movilizarlos. Es decir, y aún cuando todo el mundo es muy libre, se renuncia a encontrar mercados. Se sepa o no.

Duopolio televisivo, competencia y ciberutopías

Que todo el mundo considere lo que ha sucedido con la televisión comercial como un duopolio es casi una obviedad trivial. Pero es mucho más interesante cuando la percepción pública viene refrendada por los actores del caso. Día a día, semana a semana, todas las notas de prensa que remite Telecinco hacen referencia única a su posición con respecto a Antena3, tanto en sus cadenas principales como en sus temáticos y sus fusionadas. Es decir, nada más existe, ni la Intereconomía que pide sustento a sus fans. La cuestión es: si ni tan siquiera los jugadores consideran que lo demás aparte de ellos mismos es competencia es que estamos ante lo que estamos: un mercado fracasado por culpa de la regulación. Y aquí fracaso viene a ser más o menos decir que puede plantearse como seria duda que estemos ante un mercado, sino ante la administración de un privilegio. Innerarity explica muy bien en El País como mucho del hype que se atribuye al mundo de la red no es más que eso, hype, incluyendo algunas posiciones más o menos ciberutópicas con las que uno se regodea o se siente bien. Pero hay un algo que falta en ese artículo: parte de la promesa de la desintermediación no se produce precisamente porque la regulación, sostenida siempre desde la cercanía al regulador, lo impide. Y lo impide cuando esa regulación, fruto de la escasez, ya no es necesaria. A lo mejor debiera ir a la colección de patentes estúpidas.

Sobre la financiación de la televisión pública, en ABC

Luis Arechederra, de ABC, me contactó a través de un amigo común para ayudarle en su indagación sobre los modelos de financiación de la televisión pública en Europa. Hice lo que pude. Asimismo, le transmití mi conocida entre los habituales formulación de lo que denomino paradoja de la televisión pública. Ha tenido la amabilidad de finalizar su reportaje con parte de mi enunciado. El resultado informativo será interesante para todo aquél inquieto por esta cuestión.

Berlanga que estás en los cielos

Estoy viendo La2. Y me pellizco: no por gafapasta, que vale, sino porque me quedo de piedra al ver que les sale un programa de servicio público. Pienso que, por su factura técnica, en la red se va sobrado para hacerlo, pero no es momento de obsesiones personales. Dice Manuel Vicent en el show que cuando el público, como en el caso de Berlanga, emplea el nombre del artista como un adjetivo calificativo, esto es, berlanguiano, uno se ha convertido en creador. La premisa es que deciden reunir a los actores que quedan vivos del universo del erotómano convertido en cineasta para llevarlos a la Ciudad de la Luz y grabar un remedo de planos-secuencia corales tan del gusto (maravilloso) del director valenciano. Sale lo que sale, pero los testimonios son jugosos. En un momento dado se dice, y entrecomillo porque lo he apuntado según lo escuchaba, que Berlanga fue el impulsor de los estudios de Alicante «para reindustrializar el cine español». En mi memoria, esa mentirosa, queda el recuerdo de no una, sino varias declaraciones del más grande de los nuestros – perdón por esta poesía casi propia del ABC – recordando los tiempos de Samuel Bronston. Ah, ese pelotón español en Pekín. O Peñíscola y El Cid. Todas mis historias personales alrededor de la Ciudad de la Luz y las que he escuchado a otros amigos, menos amigos y mentirosos habituales del negocio son puramante berlanguianas. Quizá es lo que él no hubiera querido, ser el adjetivo para un desastre sin paleativos, un pedo más alto que el culo, una especie de Míster Marshall de la abundancia y la deuda pública. Que se llamara Aguamarga el protagonista es una especie de crueldad del destino. Si la venta anunciada alguna vez se produce, lo mismo todo termina en un complejo urbanístico de lujo: el mar está a tiro de piedra. La escopeta nacional nunca nos dejó.

Red Bull, compañía de medios más innovadora… (y algo de cine y palomitas)

Un viejo jefe y compañero de trabajo del mundo de la consultoría y que hizo su bautismo de fuego en el negocio de la estrategia y el márketing de cervezas me enseñó que para los bares (al menos, en aquel tiempo) la caña y el precio de la caña era la excusa para vender la tapa. Y en la tapa se ganaba el dinero. Dicho de otra forma: entras a beber una cerveza y sales con unas bravas. Hace unas fechas Juan Herbera publicó un análisis detallado de lo que supone el negocio de las palomitas para la exhibición de cine. A pesar de que se suele simplificar con que es un negocio de venta de maíz inflado, Juan precisa muchísimo lo que supone la facturación y los márgenes reales. Sin película, no se venden palomitas, pero sin palomitas no se es rentable. Para el atribulado mundo de la cinematografía, tan preocupado por ser la conciencia intelectual de occidente, estas reflexiones deberían ser más importantes de lo que aparentemente inquietan: si una concepción del arte se basa en salas oscuras, que todo termine en un negocio de hostelería me da que conduce a una debilidad estructural de las ambiciones cinematográficas autoriles poco prometedora: quien te va a dar el prestigio de estrenar y de mantenerte vivo tiene que vender bebida y comida y, el público que lleva, debe ser propenso a consumirlo. Simultáneamente, la reflexión ante ese mundo oscuro de lo aparentemente gratis que es la red, debería llevar a que la construcción de modelos de negocio no es una obviedad basada en la venta de una entrada. Para la televisión, el negocio es dar gratis una serie de productos de entretenimiento para vender datos y espacio a gente que quiere asociarse a esos espacios. Luego viene el GRP y lo jode todo, pero la televisión es lo mismo que Google o Facebook: venga por aquí, déjeme su conducta y yo la vendo a quien quiera seducirle. ¿Y todo esto por qué? Porque parece improbable que en los clics y en la venta de entradas esté la salvación de tanta gente que quiere hacer algo con imágenes en  movimiento. Mientras tanto, Red Bull, que vende agua con azúcar, cafeína y burbujas, está considerada como una de las compañías de medios más innovadoras según Fast Company. ¿Hago programas de deportes extremos para vender latas de líquidos dulces? Seguramente, sí, pero lo más interesante es que una cosa lleva a la otra porque la unidad de media de la marca se ha convertido en un negocio más.

Y otra reforma para el cine español

Las crónicas reproducen todo lo fieles que puedan ser las declaraciones de la nueva Directora General del ICAA sobre las intenciones del que esperan sea el nuevo esquema de ayudas públicas: «La cuantía de las ayudas directas, ha precisado De la Sierra, irá disminuyendo de manera pausada si va funcionando el sistema de incentivos fiscales, lo que conllevará la disminución del número de películas financiadas con dinero público». La buena noticia es que cabría interpretar que lo que se dice es que se pretende ayudar al bebé hasta que se valga por sí mismo y que no tenga ser alimentado por papá. Es decir, que nos estarían diciendo que quienes se dedican al oficio de hacer películas deben convertirlo en un negocio y no una circunstancia: tener ayuda fuera del mercado – la donación y el mecenazgo es un mercado en sí mismo – no es un modelo de negocio, es una anécdota que suele servir para sostener a quienes no sabrían ganarse la vida de otra forma. La mala, es esa pequeña expresión: si va funcionando. Parece que nos condenan a que, pase lo que pase, si los cineastas (¿cuántos productores reales?) no terminan de saber hacer dinero con los capitales invertidos habrá que insuflar lo que la sociedad por sí misma no da. No puedo ser optimista. Ante tanto revuelo por los efectos de la Ley Sinde en ese cine español que dice que se está viendo desmantelado por internet, conviene recordar que antes de internet el cine español tampoco podía presumir de ser un negocio que atrajese capitales por su retorno. Vamos, que el que la cosa se ponga fea es anterior: si antes no tenías más que circunsancias – el dinero y la legislación que impone lo público – y no modelo de negocio verdadero, internet lo único que hace es ponerlo más crudo… y abrir oportunidades nuevas. El gurú de guionistas Robert McKee, al que alguien malvado le habrá echado (un poco mal) las cuentas del cine español, se refocila en un diario de esta guisa: «Mira al gobierno de España, que hace poco (año 2010) financió 88 películas. De esas 88 tal vez ocho sean exhibidas y de esas ocho tal vez dos –probablemente de Almodóvar– duren más de tres semanas en el cine. ¿Qué les hace pensar que pueden hacerse 88 películas en un año? ¿En qué mundo ilusorio viven para creer que regando un poco de dinero van a cosechar flores? Es una locura, pero creo que viene precedida por la idea de que el talento es algo mágico que termina apareciendo». Todo lo que leo de las buenas intenciones de los nuevos reguladores respira a aroma de preservación en un marco lógico que, probablemente, sigue mirando a lo que era el siglo XX pero ésta vez mejor hecho, cuando seguramente la mayor oportunidad para los que cuentan historias y quieren vivir de ello es desmantelar el siglo XX a toda velocidad. El Secretario de Estado de Telecomunicaciones también le ha dicho a los productores que está, como el resto de mosqueteros, todos a una: hay quien piensa que es mejor meter fibra óptica que hacer (más) AVE’s para el progreso del país y yo creo que eso de la banda ancha de verdad ubicua es lo mejor que puede hacerse por los peliculeros y yo no sé por qué no la piden. Eso y desmantelar privilegios monopolísticos de exhibidores y licenciatarios de televisión. El lado anarquista de servidor, que no lo puede evitar.

Sobre puntos en común (con Juan Carlos Tous)

Susan Campos tiene sus dudas. Pero el texto de Juan Carlos Tous que reproduce hoy El País es altísimamente sensato. Hay gente lúcida en el cine español, pero que muestren o puedan mostrar esa lucidez en público yo creo que son muy pocos y, de esos pocos, Juan Carlos seguramente es el que más. Por supuesto, la lucidez es un tema opinable y dado que se percibe al lúcido como lúcido cuando se está de acuerdo, pueden decir si quieren que es porque lo estoy. Aunque, daré alguna mala noticia: Juan Carlos y yo no estamos de acuerdo en todo, pero compartimos – creo – un núcleo central de consideraciones que sí considero comunes. Esencialmente lo que transmite en su texto: que los problemas de la distribución de películas requieren muchísimo diálogo y, como bien explica, «Internet presenta un nuevo modelo donde el espectador quiere elegir, el cuándo, dónde y el como verlo. Nos toca a nosotros adaptarnos». Ese nos toca a nosotros es importantísimo y es en lo que demuestra su lucidez y diferencia con el discurso imperante: no está dispuesto a ver cómo el mundo avanza sin él.