La medición de la audiencia televisiva es una cosa que genera una fascinación enorme en el público. Quizá sea por una posible carencia genérica en la población y los medios de comunicación de cuatro rudimentos de estadística. Sea por lo que sea, este tipo de artículos como este de hoy de El Mundo es carne de Menéame, ese sumidero de las aglomeraciones de masas comunicativas: unos entrevistados, por supuesto anónimos, dicen que lo manipulan y que no son muy rigurosos con el sistema. Lo cierto es que, técnicamente y con sus carencias, las cosas se hacen procedimentalmente bien y que es un método con décadas de experiencia. Pero quizá lo que sucede es que el modelo del medidor único basado en un panel era bueno cuando las opciones eran pocas y la población más homogénea. Hoy, todo lo que no sea un algo masivo no debe quedar bien representado, por no hablar de que lo que se mide son minutos encendidos y no atención. Compárese con las exigencias de medición a internet. La pregunta es si en la era del espacio infinito y la conexión permanente tiene sentido una única medición para todos (y no las mediciones que cada anunciante y cada producto necesita), si no puede tenerse en tiempo real y por usuarios reales. Los protagonistas del mercado quieren un instrumento fácil para repartir los recursos (ratings, GRP’s), pero la pregunta es si vivimos en un mundo mucho más complejo que impida que con esos sistemas se consiga su verdadera razón de ser: estimar a priori y a posteriori la eficacia de la inversión en publicidad. La comunicación de masas generaba publicidad de masas, ¿la comunicación en la sociedad red?.