En Octubre de 2007 (una época en la que Twitter era solo una fricada e íbamos a fiestas donde estaban casi todos los usuarios) a Radiohead le dió por lanzar su por entonces último disco con la originalidad de que se pagaba únicamente la voluntad: descarga libre y denos lo que pueda, hombre. Si fue o no un éxito económico siempre se ha discutido, especialmente si lo era desde un punto de vista del negocio clásico, pero quedó claro que las cosas ya no eran igual. Ayer David de Silva me recomendaba echar un vistazo a una película chilena, “El Retorno”, que precisamente se comercializa igual: mira y danos lo que estimes oportuno. La película se puede ver online o descargarse by the face y no tengo noticias de cómo se ha pagado la copia cero, vulgo máster. Pero la reflexión que quiero hacer es que, para muchos artistas, la necesidad de crear y ser vistos les conduce a la red directamente, como explican los creadores chilenos. Tal y como, por ejemplo, vemos en Vodo, generaciones educadas en los videojuegos y en la descarga libre en el ordenador no parece que necesiten demasiado a las salas para que la cultura audiovisual – ya casi no tiene sentido llamarla cinematográfica – se perpetúe. Juan Herbera se quejaba anoche de la decadencia de la asistencia a salas y casi se disculpaba por verlo desde un punto de vista cuasiromántico. Pero la imposibilidad de distribuir (y cobrar) todo lo que la gente quiere producir, y a fe que lo producen, resta valor intelectual al prestigio o la condición superlativa de la sala. Nuevos creadores que sí, muchos de ellos mantienen la ensoñación por el largo y la sala oscura, pero que se desenvuelven en su entorno nativo financiándose por caminos propios y haciendo su destino con más o menos éxito. Suelo decir que ya prácticamente todos hemos conocido el cine clásico, el histórico, visto en el televisor. Y no me olvido de una conferencia hace pocos años de Michael Eisner: al final, llegará el Ben Hur de la red.