¿Qué fue de la televisión online de la diócesis de Málaga? ¿Y de la del PSOE? En los primeros momentos de este blog, aquéllos dos casos fueron vistos como ejemplos señeros de lo que vendría y lo que está pasando: la extensión del vídeo y su difusión para todo tipo de voces en camino de una videosfera distribuida. Ambas siguen ahí y con diseño y capacidades mejoradas. Todo el mundo a la espera de que el televisor conectado rompa la última barrera: el definitivo donde sea y en el estado de ánimo que sea, esa actitud que supone estar inclinado en el sofá. Sostengo desde hace tiempo que no hay minoría ni grupo social que no pueda verse representando en la comunicación de hoy por sus propios medios, haciendo la justificación de las televisiones públicas estatales innecesaria. La razón es el fin de las barreras de entrada y la posibilidad de que todo el mundo acceda a lo que el profesor Castells llama la autocomunicación de masas. En los debates de quienes se oponen, aparece siempre en la conversación el argumento de que existe mucha gente “no conectada” o sin acceso a la red. La no conexión es un acto voluntario y el no acceso a la red un problema técnico con tendencia a reducirse a cero: basta mirar el mapa de conexiones 3G y de acceso rural a internet en España. Es interesante cómo ambas opciones provienen de iniciativas propias y recursos propios y cómo, en ambos casos, se producen obligaciones de transmisión por parte de las televisiones públicas: tenemos programas religiosos en La2 en nombre de la pluralidad, tenemos inserciones obligatorias de partidos para hacer propaganda en período electoral y un sin fin de luchas por el tiempo de los telediarios en nombre de la pluralidad. Y, sin embargo, son capaces de tener medios propios: también el PNV tiene su televisión. No sólo es el caso de Salt&Light en Canadá, como se puede ver. Y hemos visto cómo la FCC utiliza la obsolescencia como argumento para eliminar las reglas de equilibrio. Pero muchos esperan que los valores de producción (se suele confundir calidad con valores de producción) que supuestamente permiten las televisiones públicas suplan lo que debieran hacer por sí mismos sin esperar a los filtros impuestos por criterios que no son los tuyos: ni estéticos, ni morales. La única opción lógica, no ya únicamente por la sobreponderación de televisión pública en el telestado del bienestar, es un proceso de extinción progresiva de un recurso fiscal que, como se ve, ningún político ha puesto en cuestión mientras un parado de larga duración debe esperar el dedazo y la dádiva.