Hace unos cuantos años, Tinieblas González me enseñó su DNI y me probó que ése era su nombre. Él no se acordará, claro. Ya era siniestrísimo. De aspecto. Porque su relato de sus decepciones con la industria no son precisamente los de un vampiro, sino la típica combinación de ingenuidad de los creadores frente a productores, en este caso seguramente unos con pocos escrúpulos y poco amor al producto. Algunas dificultades para entender en profundidad los mecanismos legales del sistema de incentivos español y bastante razón de fondo. Una hora y pico de grabación de EITB sirven para, si se prescinde de algunos errores técnicos y unas cuentas observaciones que toman la parte por el todo, acercarse a las miserias de nuestro sistema de producción de cine. En el fondo, nada que no se haya contado ya sobre los trapicheos para sacar películas, dicho sin conocer la versión de los productores. Así que el oficio de Tinieblas sirve para preguntarse si la arquitectura legal del cine español está a punto de llegar al tipping point de su cuestionamiento y se quiebre un esquema que no funciona para lo que se pretende. O creemos que se pretende. Igual que una demanda inocente rompe la dinámica de la Sgae, sólo queda que alguien tenga ganas de romper el statu-quo aflorando alguna auditoría de infarto o algo parecido: no olvidemos lo que dijo ya un ex-director general de cine. Porque el sistema está orientado para que se hagan películas y no para que se vean. Insistir en ello no me parece especialmente interesante, pues más o menos está dicho todo. Me centraré en uno de los detalles de su discurso porque refleja la obsolescencia de una arquitectura legal empeñada en hacernos creer que el futuro se basa en la identidad cultural, esa excepción. Tinieblas rueda en inglés para tener distribución internacional, pero recibe el dinero a condición de que haya una versión en euskera (doblada y que nadie verá) y otra en castellano, claro, también doblada y que no se ha visto, y que es la que el Ministerio califica. Sospecho que la industria española tendrá que elegir entre pelear por entrar al gran entretenimiento mundial, o quedarse en un remedo de cine de autor. Esta cita del ensayo de Frédéric Martel “Cultura Mainstream” debería servir para pensar: “Lo que los japoneses y los coreanos han comprendido, con pragmatismo, es que para exportar su música y sus series televisivas a China y a toda Asia no había que imponer un producto estandarizado ni defender su lengua. Se trata de una estrategia más refinada que la de los estadounidenses. Han inventado la cultura Shusi, más “glocalizada” aún que la cultura McDonald’s, un producto complejo, aleatorio y nunca idéntico, pero que en todas partes evoca al Japón, sea cual sea el idioma que se hable“.