A lo mejor es demasiado aventurado, seguro que requiere montones de matices. Pero, a saber: tanto algaradas como formas de activismo y resistencia organizada por el público normal (para dejar de llamarlo la red, pero que sí se organiza en lógica de red), se han llevado por delante unas cuentas cosas en muy poco tiempo. El fiasco del canon no podría entenderse sin ello, la dimisión de Alex de la Iglesia, las denuncias y actuaciones judiciales posteriores sobre la SGAE iban a caballo del público. Asalto tras asalto, todo lo que rodea la denominada Ley Sinde, tropieza una y otra vez con políticos temerosos – ¿con conciencia, cálculo electoral? – de sus consecuencias de percepción. Sólo queda esperar la fecha en que La Noria doble la rodilla. Maldades y bondades del asunto están relatadas. No tomo partido ahora – ya se conoce – pero, aunque no me sorprende, no dejo de poner el dedo en lo llamativo: la protagonista principal del fiasco antidescargas, sus compañeros de industria, no cesan de buscar a la prensa convencional y a periodistas en radios amigas para tener altavoces sin problemas. La opinión de los internautas ofendidos no ha cambiado nada. Los que no tienen opinión o, directamente, piensan lo contrario, no han movido un dedo ni organizado campaña de ninguna clase para provocar el mismo efecto en los políticos y directivos involucrados. Uno de los males del hype del dospuntocerismo es que conduce a que la gente piense que basta con un tener un twitter o un facebook para ser moderno. Se  han olvidado de que lo real son conversaciones y deliberaciones entre iguales que, o son honestas, o son expulsadas del circuito. Otra forma de decirlo: o se abraza la discusión abierta y el debate existente en la sociedad para interactuar con él, asumir que se depende de la interrelación con el público, que no funciona un mensaje unidireccional, o todo esto seguirá. Cada día más. ¿El fracaso es no aceptar que la economía digital trae de por sí una reducción inevitable del precio del llamado producto cultural y que las estructuras económicas que lo sostenían, esas, como las golondrinas, no volverán, y que sin comunidades de usuarios comprometidos todo se vuelve mucho más difícil? ¿O precisamente por eso se aspira a construir un (E)estado de vigilancia permanente? No le pasa solo al cine, músicos y editores: obsérvense algunas publicidades contraproducentes de grandísimas empresas. En realidad, se puede profundizar más en la respuesta: «coacción para mantener los flujos de renta -deuda mediante- hacia los distintos sectores privilegiados» en medio de la promesa incierta de la disipación de rentas.