Ahora que todo el mundo ora ante el mausoleo de Steve Jobs, todo vecino nos hemos aprendido eso de que el usuario no sabe lo que quiere hasta que se le enseña. Un clásico del profesional televisivo es la contradicción sublime entre lo que decimos que vemos – documentales de La2 y alta televisión de calidad – y lo que realmente vemos con entusiasmo: lo que mide Kantar Media y que, tantas veces, decepciona. Una más: como casi nadie sabe, lo que en la red parece gratis, no lo es (lo siento por los autores que no comprenden la red). Lo que se presenta como gratis es exactamente lo mismo que la televisión en abierto, esa que finamente en inglés llaman free to air, con esa palabra – free – que sirve tanto para cerveza gratis como cerveza libre, una que podríamos reproducir sin patentes. En realidad, se trata de generar datos de la conducta de los usuarios para venderlos a anunciantes (otra cosa es que dé de vivir o quién se lo queda). Jeff Jarvis, que es un pedazo de gurú, ha hecho un análisis detenido de lo que aceptamos en el mundo analógico y lo que no aceptamos en lo digital. Así, el New York Times sería un hipócrita por pedir editorialmente controles para impedir que se traquee (es decir, se trace la conducta de un usuario en un sitio web y se venda esa información a terceros), mientras que sus propias condiciones de servicio a una subscripción analógica son mucho más duras para el usuario que las digitales: pueden vender montones de datos sensibles y sin polémica. Pero el usuario también sería hipócrita. Renunciando a proporcionar información relevante de su conducta, renuncia a una buena monetización del productor que es lo que permite disfrutar gratis de ese excepcional producto. No es momento ahora para debatir sobre eso, que tiene debate. Pero miremos más al usuario: protesta por la telebasura que dice no ver y protesta si le quitan un canal gratuito que no está dispuesto a pagar. Tampoco quiere televisión de pago para salir de la dictadura de las audiencias. Ni hemos visto hashtags en twitter pidiendo cerrar una tele pública a cambio de no reducir prestaciones hospitalarias. Una moraleja que no se deduce demasiado de lo que digo: es mejor pagar y ahí lo dejo que esto se hace largo y el asunto vale para comentar.