Una nueva denominación para el crowdfunding que veo en un artículo de El Confidencial. Es positivo contar con palabras propias y no traducidas, además de porque es más sencillo de decir – y yo creo que eso cuenta – restarle magia y acercar el concepto a las personas no iniciadas en los espacios de la modernidad recóndita le va a resultar beneficioso. Minidonaciones me gusta más. La intoducción de la expresión mecenazgo – como en micromecenazgo o minimecenas – otorga más poder de legitimidad que, al final, es la cuestión. En fin, súmese al debate quien quiera, no siento entusiasmo personal por esa idea de ciudadano, porque me parece que tiende a degradar al dotar a la idea de ciertos tintes amateurs que no son la cuestión: creo que debe contextualizarse el fenómeno como parte de la economía digital que viene o que ya está y que reproduce los esquemas de producción del software libre: las aportaciones de comunidades autoorganizadas alrededor de un proyecto abierto. El mundo audiovisual debería estudiar el minimecenazgo como una preventa, una venta anticipada de la entrada o el alquiler y eso les permitirá razonar en términos de marketing y no de caridad: en realidad, se trata de vender. El artículo señala la esperada oleada de webs para intermediar la recaudación, lo que nos lleva a un nuevo peligro de burbuja que termine restanto credibilidad: tengo la sensación de que sigue prevaleciendo ese síndrome de tantos proyectos locales y que no es otra cosa que seguir siendo locales. En todo caso, ayer recordábamos el cambio de cultura al respecto de las aportaciones en pequeñas dosis con la memoria de Mobuzz (algo que, por cierto, confirma Nicolás Alcalá en esta entrevista). ¿Conviene que esa anunciada ley de Mecenazgo tenga espacio para incentivar estos espacios o que dejen a la sociedad en paz a riesgo de ver que resulta en un medio que sirva para que grandes fortunas y empresas se desgraven en proyectos grandes decididos en buenos y elegantes salones?