Si no es por Alberto Tognazzi, no me hubiera sentado a paladear el ensayo sobre la mutación de Alessandro Baricco. De esos textos con reputación, que habrán pasado alguna vez por mi mano en las librerías, pero que han sido desechados por cualquier oscuro mecanismo. Qué error. Y nada como en un día como hoy, donde el barbarismo de la red ha terminado con el papel de la Británica, santa ella. Da para mucho, pero hoy me quedo con su forma de describir la calidad en las industrias culturales, ese término contrapuesto al de telebasura, esa falsedad. No es su terminología, pero se refiere al mundo de la escasez ante la realidad no tan lejana de segmentos enormes de población ineducados cuando no analfabetos y públicos reducidos sofisticados únicos consumidores de esa industria que, en realidad, estaba más cercana a la artesanía. De ello sale esta cita: «lo que hoy conocemos como calidad era exactamente la expresión de las necesidades de esa reducida comunidad a la que se dirigían: incluso en el espejo de sus costumbres (el librero, la tercera página de los periódicos, las estanterías en el salón…). Todo el mercado existente lo abarcaban ellos…». Vale para casi todo: el criterio editorial de los gobernantes de las teles públicas de la era del monopolio incluído con sus secuelas correspondientes. No hay tertulia o encuesta que no exija una televisión pública (o privada) de calidad, un mito imposible ante la necesidad de la comunicación de masas de acercarse al mínimo común denominador del gusto que maximice el ingreso y la realidad que la desintermediación demuestra: no existe la salsa de spaghetti perfecta.