Mientras hemos visto que los medios no convencionales no vertebrían ya la opinión pública, la clase periodística en general y los que forman parte de RTVE parece que mucho más, se han indignado bastante por el nuevo método de nombramiento del presidente de la Corporación. Más allá de la estética del asunto, el transfondo político y, en mi opinión, la sobrevalorada opinión sobre la llamada dignidad de la reciente televisión pública española, lo que me llama la atención son los motivos para la indignación: propio de la endogamia, y que me perdonen, de la clase periodística, la crítica tiene que ver con un trabajo – el suyo – cuestionado por la evolución de los tiempos y es muy poco airada contra otras obviedades. Por ejemplo, nuestra televisión pública se gasta un dineral en comprar derechos de majors compitiendo con el siempre y casi por definición maltrecho cine local. Conviene recordar que los fundamentos legales que le dan forma (también los morales) tienen que ver con fomentar la industria local y que el Estado gasta un buen dinerete y crea prebendas legislativas para sostenerlo a pesar de que el mercado no le da mucha comba. Pero, para quienes piensen que con esto contribuyen a la cultura, más vale mirar que, sin que le cueste un duro al ciudadano de a pie, todo el mundo puede ver el canal Paramount y LaSexta3 repletos de cine majors. Catálogo Warner este último si no me equivoco. Y cómo molan. Si le sumamos a Disney por ahí para los nenes, digamos que no parece muy lógico que el dinero de todos ustedes se vaya a pagar a la competencia, dicho esto por la tremenda preocupación por la identidad y la excepción cultural. En definitiva: ni esa supuesta independencia informativa aporta realmente nada (lean mi post sobre el asunto Cebrián y hagan paralelismos) ni resulta que el servicio de productos mayoritarios es algo que haya necesidad de ofrecer puesto que lo hacen los señores que se juegan su dinero. Yo sé que mis amigos no me quieren creer, pero la tele pública vive en una paradoja que no tiene una buena solución decente y que conduce a un final cargado de irrelevancia o a incómodas preguntas sobre los usos alternativos del dinero. Me temo.