La visión que traslada este blog acerca de las reflexiones sobre medios y mercado audiovisual tienen tras de sí, y se agudizó con los años, un discurso sobre el poder. Es decir, la valoración de los procesos que desarrolla la economía digital conduce a un proceso de desintermediación que abre posibilidades de desarrollo empresarial y comunitario diferentes y muy intersantes: dejar de pedir permiso a los titulares de licencias y a los gobiernos para poder intentar la creación y divulgación de contenido no sometido a un embudo político y físico. Desde regulaciones oligopolísticas que esconden lo peor del capitalismo (eso que llaman los anglosajones crony capitalism) al control ideológico al que aspiran los gobiernos, siempre por supuesto alegando tu propio bien, pasando por las limitaciones del número de pantallas y la cantidad de espectro disponible. En palabras castizas, es un modelo que genera unas altas dosis de chupar culos como modelo de negocio, lo cual lo convierte más en circunstancia – soy amigo de – que en una industria como se supone que es la del pan. La crítica que se hace a esta visión es la de que, caramba, a pesar de todo, las cosas siguen muy centralizadas y concentradas. La réplica es si se está dispuesto a renunciar a un programa en favor de más libertad real (en forma de acceso y en forma de pluralidad real, no la tutelada) o si se conforma uno en ver cómo se reparten las licencias y los derechos cerrando el mercado. Así, mi interpretación del 15-M se basó en esto: manifestantes que se reclamaban como de la era de internet pero que pedían por favor que los medios tradicionales les hicieran casito, que se caían del guindo ante las interpretaciones de esos medios y que, después de todo, más parecía un hacer las cosas como siempre que un cambio de reglas en función de lo que la tecnología de nuestro tiempo puede hacer por una nueva forma de ejercer el poder: el mito, en mayor o menor medida, que ofrecen las redes distribuidas. Conversando con Stephane Grueso hace unas semanas sobre estas cuestiones, me dijo que habían percibido este problema: la dependencia de servicios centralizados como Facebook, por ejemplo, que impedía comunicar con  libertad real. Stephane publica hoy un artículo en Público donde hace una interesantísima defensa y descripción del desarrollo del movimiento del 15-M desde el punto de vista de su autonomía comunicativa. Una sentencia clave: «no nos hemos supeditado al relato oficial de las cosas. Nos hemos “independizado” de los mass media». Después cada uno tendrá el juicio que quiera sobre las propuestas, pero lo interesante es que, se quiera o no, es inevitable que cada grupo social, de interés, cada grupo de gente que se crea comunidad, cada empresa, iglesia o asociación de cultivadores, querrá ser su propio medio.