Leer a la ex-ministra elaborar su discurso en un espacio sin límites y en el que la contraparte no edita ni reduce las respuestas a cuatro frases por imposición del escándalo o por la escasez de espacio de los medios convencionales, es gratificante. Que lo haga con un entrevistador favorable, que asume ese discurso como una conversación es, pese a la multitud de críticas en los comentarios, mucho mejor: porque se lee la elaboración de posiciones y pensamiento sin interrupción ni conflicto y se aprecia mejor el conjunto de valores, argumentos y justificaciones de una posición social y política. Muchos descubrirán que la gente no podía ser tan simple (claro, nunca lo fue), pero eso no es óbice, valladar ni cortapisa para disentir de modo rotundo en lo implícito. Los que nos subimos a los bajeles piratas tenemos motivaciones diversas y, como sucede con el fútbol cuando no te reconoces en esos energúmenos que sienten los colores, te preguntas que por qué estas en esa nave. Eso sucede con muchas explicaciones variopintas sobre las descargas, la red y sus desquiciantes consecuencias: por ejemplo, una cosa es que sobre el papel de Víctor Domingo y la Asociación de Internautas no se tenga una buena opinión (yo, tampoco) y otra que, caray, resulte ser un lobby más poderoso que Hollywood. Hombre, no. O que la tendencia de los lobbies culturales a apropiarse de la legislación no sea algo que se pueda cuestionar por mucho que sea una mecánica democrática. Asegurar que poner orden en estas cosas lleva a España a la modernidad, permitiría varios folios de debate. Criticar, con razón, el antiamericanismo barato, no supone ignorar que existe un conglomerado industrial del que en el fondo participan muchas entidades españolas, para proteger y sobreproteger hasta el borde del monopolio una industria que es cuestión de estado. Pero quizá estos son los detalles llamativos. En realidad, mi discrepancia sería la más filosófica de toda su elaboración (y perdón por esta sobrevaloración de mi mismo): el que el planteamiento de la cultura defendido, especialmente de la minoritaria, resulta extraordinariamente conservador. Todo ello pese a presentarse con valores de progreso, en ese conglomerado de aspiraciones sobre lo que es tal cosa tan especialmente español. El conservadurismo reside, no sólo por la defensa bien argumentada de lo que al final no es otra cosa que el medio de vida de la entrevistada (que es totalmente legítimo), sino en la más simple idea de conservación: la de preservar. La sociedad informacional (para entendernos, la era de internet) no va a ser perfecta y seguramente acarrea pérdidas sobre otras épocas, pero es o será radicalmente distinta en la gestión del conocimiento (y la cultura). Y eso conlleva modelos de producción diferentes: digitalizar(se) no es hacer lo mismo por otros medios, implica que los productos mismos mutan y su forma de relacionarnos con ellos, también. Y eso ha sido así con cada evolución tecnológica. Una mirada más radical hacia el futuro, me parece a mi, siquiera por el prurito más intelectual del cuestionamiento de las ideas, es la parte que faltaría dentro de una aspiración legítima y argumentada hacia el estado de la cuestión de la transformación de lo que llamamos industrias culturales.