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De Sinde a Wert y del amor, la nostalgia y la innovación

En un diario digital nos explican que “el amor romántico siempre ha tenido portavoces poderosos que le han ayudado a mantener su prestigio pese a las evidencias”. El amor al cine tine algo parecido: Ken Loach afirma ufano que “el celuloide es algo mágico que los que hacen cine con ordenador se pierden”. Pese a las evidencias, y no es el único. Mientras, otro gobierno nos lleva a un nuevo déjà vu sobre la propiedad intelectual y batallas perdidas como la de pretender que Google le pague por los contenidos a los periódicos (a los blogs no). Galli o Arrola ya hablan de derrota y de freno (o desprecio) a la innovación que supone sostener industrias nostálgicas (y los bolsillos de quiénes cobran de ellas). ¿Hablar de innovación audiovisual exige terminar con la nostalgia? Yo creo que, efectivamente, la nostalgia suele ser regodearse en el recuerdo de algo que no es como se cree que fue: como la supuesta superioridad del celuloide rallado y con ruido de proyector que mitifica cualquier cabecera de programas de cine en televisión, ese sitio donde la mayoría de la gente ve lo que se supone que era para salas en el centro de las ciudades. Eduardo Prádanos me invita a que participe en su nuevo juguete que se llama así: “innovación audiovisual“. Le digo que me da pereza, que creo que repetiré lo mismo que ya he dicho aquí y que eso tiene que ser aburrido. Ahora que la revolución digital se ha transformado en un discurso que consiste en decir que las redes sociales echan humo y en poner anuncios en Facebook, pareciera necesario volver a hablar de pensamiento radical. ¿Es radical o sorna creer que el año que viene o puede que el otro volvamos a hablar de otra LPI para sostener la nostalgia de quien no puede o no sabe ganar dinero con otras armas y otros mercados? Algo de militancia hacker hay tras esta pregunta en una red que cada día está más controlada, lo que seguramente también es nostálgico. Pero uno cree que volveremos a tener que decir lo mismo mientras Google, Netflix y Amazon se llevan por delante a señores y señoras que no han innovado nada, al menos disruptivamente. Aunque, desde un punto de vista libertario, o de cuestionamiento de propiedades intelectuales no resulten estos negocios especialmente ejemplares.

El fin del cuarto poder y la ley Sinde/Wert

Ha causado mucho revuelo estos últimos días una afirmación del Consejero Delegado de PRISA sobre los medios tradicionales: «Juan Luis Cebrián, defiende que el periodismo tal y como se ha entendido hasta ahora ha muerto. Y lo ha hecho tras un cambio “bestial” que ha llevado a los medios de comunicación a dejar de ejercer el cuarto poder. “Los diarios ya no vertebran la opinión pública”. Un ejemplo: “Si el Rey ha pedido perdón, no ha sido por los medios sino por lo que se reflejaba de él en las redes sociales”. Es una pérdida de prestigio que, según Cebrián, afecta a los medios y al resto de estamentos democráticos.» He insistido varias veces que, en el conflicto sobre piratería y casos como la Ley Sinde, el recurso a la alta cobertura y la amabilidad de los interlocutores (cuando no a la complicidad directa) de los medios convencionales, la comunicación de las posiciones pro-control de la red perdían la  batalla de la credibilidad porque la gente se formaba su opinión fuera de esos medios. Y eso a pesar de que los tomen como input y parezca que su influencia es superior. Es probable que haya que darle la razón a Cebrián porque, como dice Elvira Lindo hace pocos días «cierto será, ya que él ha sido sin duda uno de los vertebradores de la opinión en la España democrática». La esencia del argumento es la pérdida de la credibilidad (yo diría que es un escándalo) por lo que la insistencia en noticias terroríficas sobre pérdidas económicas, derrotas de la cultura, creadores de muertos de hambre y todos esos horrores resultan ser desmontadas por los discursos de las redes por personas que generan más credibilidad frente esos medios que son cada día más transparentes en sus legítimos pero condicionados intereses y cada día menos solventes intelectualmente. En fin, es una vez más aprovechar el Pisuerga, Valladolid, y las sardinas con las ascuas para argumentar la inevitabilidad de otro discurso y debate social por muy bien que le vaya a la famosa sección segunda.

Déjà vu ininterrumpido: Wert, Sarkozy, drogas y traficantes

Leer las palabras que se atribuyen al señor Wert no tiene precio: esto ya lo he vivido. Esto ya lo he escrito. Haré un resumen: Antonio Delgado suele recordarnos a todos un editorial reportaje de El País de  1984 que se titulaba “La piratería acaba con la industria discográfica“. Entonces no teníamos ni ADSL ni una forma de internet al alcance del público. Aquí estamos y los dueños de ese periódico siguen siendo dueños de los Cuarenta Principales. Seguidamente, el campeón Sarkozy tuvo que entonar un mea culpa ante su Hadopi y el ya te lo dije anunciado. La comparación con las drogas, no es nueva: en realidad, lo dice todo. Drogas, pederastia, terrorismo, pornografía… todo sirve para incrementar las dosis de represión estatal, mucho más si es para internet, que lo descontrola todo. Ay. Por terminar el resumen, si de drogas hablamos, otra guerra eterna, nada como volver a ver descargar Traffic y escuchar ese gran momento de caída del guindo de Michael Douglas, con hija – en la ficción – drogadicta. Douglas se convierte en el nuevo zar antidroga todo dispuesto a acabar con ella y al relevar a su antecesor, éste le dice: “ I’m not sure I made the slightest difference. I tried. I really did“. Hagan apuestas señoras y señores: ¿otro político en la cuneta?. Aunque el estado de libertad en la red está amenazado por todas partes, sorprende y parecería ingenuidad que, visto lo visto en el pasado, otro político se tire de frente contra esos malditos libertarios. No resulta sabio políticamente hablando crear enemigos a mansalva. Que luego van y votan. O escriben. Espero que no le encuentren un pariente con un Office pirata. [P.D.: Traffic se descarga aquí.]

Argumentos para discutir paradigmas (o para que sí haya debate)

Ahora que hay quien nos propone debatir mucho cuando, en realidad, quiere discutir poco, nada más recomendable que airear el pensamiento y acudir a quienes sí se plantean discutir paradigmas. Un interesante paper de Javier de la Cueva (El Derecho como paradigma de conocimiento libre) para Argumentos de Razón Técnica y un par de comentarios del propio Javier en su presentación del texto que son perfectos recordar por qué hablar de descargas o de carreras de fórmula uno visionadas en servidores chinos es el camino absurdo para resolver este conflcito social de nunca acabar:

 

...es falaz la correspondencia que se realiza habitualmente entre propiedad intelectual y calidad de una obra

[…]

…debemos repensar críticamente instituciones como la propiedad intelectual y evitar la deriva de una regulación que, con tal de proteger las inversiones de la industria del entretenimiento, se está mostrando tóxica para el conocimiento científico, haciendo que sea más relevante el circo que el pan.

 

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Volver a discutir el copyright en inferioridad de condiciones

Antonio y Susana ya lo han contado. Ayer a unas cuantas personas algo significadas con internet y el mundo audiovisual nos invitaron a conocer el por qué de una campaña de Atresmedia en favor del modelo de propiedad intelectual vigente y con una insistente preocupación por hacernos saber que se quiere dialogar y no asustar, insultar o amedrentar al usuario con campañas y argumentaciones similares a las de la malparada SGAE y otros tonos considerados del pasado.

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Hollywood aprende español, aquí viendo cómo pasa el tiempo

Las motivaciones de las políticas estatales audiovisuales, cinematográficas y televisivas, se basan en la razón de estado. Defender la identidad, la propuesta de valores, el desarrollo de una industria local, etc. etc. Sin perjuicio de los muchos elementos falsos y propagandísticos que contienen estas cuestiones (es una tema clásico en este blog), lo cierto es que quienes diseñan políticas industriales se supone que deberían hacer un ejercicio de búsqueda de oportunidades para desarrollar una estrategia que cree un espacio de negocios viable y de crecimiento. También es habitual en esta página el que insistamos en por qué no hay un diseño de estado para abordar el mayor activo cultural del país (¿no dicen que es la lengua y la tradición?) a la vista del auge de lo que supone la población latina en EEUU y su demoledora influencia en el mercado cinematográfico y televisivo. Hace unos días el Wall Street Journal titulaba un artículo de manera que hace pensar que puede que la ventana de oportunidad haya pasado. O no. El título: “Hollywood aprende español al tiempo que los latinos acuden hacia los cines“. El texto constata la evolución de dos fenómenos: la incorporación de personajes y temática de la vida cotidiana norteamericana pasada por su población hispana y el modesto inicio de producción específica para ese segmento de población. Ya es algo más que tendencia. Algunos comentarios de próceres del cine local dan algo de risa en su pretenciosidad. Mientras, quienes se dicen responsables de la agenda pública, los políticos que piensan por nosotros, están discutiendo problemas tristes del pasado sin un solo viso de hacer cosas diferentes: puede verse en esta entrevista al señor Wert en la que el ministro queda mucho mejor de lo que intenta el periodista pero en la que, al final, ninguno de los dos termina de mirar al siglo XXI.

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Vindicando la agenda pirata

Cine y Tele titula así: La ley Sinde-Wert, un fracaso. El texto da igual, lo que cuenta es el titular. Como ha sido un fracaso Hadopi y como ha sido un fracaso (si aceptamos que sigue ahí) la cuestión de la lucha contra la piratería (y van..). El titular no es otra cosa que la constatación de la realidad de nuestro tiempo. Fracaso: depende si entiendes la copia como un bug y no como un feature. Una característica esencial de la vida contemporéanea es que la tecnología convierte los átomos en bits y lo copia todo. El Instituto Autor publica hace pocas horas dos entrevistas muy interesantes con los portavoces de cultura de PP y PSOE: para el señor del PP, el estado de la cuestión de la propiedad intelectual es la búsqueda del enforzamiento más o menos a toda costa y con la aquiescencia de la capacidad legislativa europea. Para el señor del PSOE sucede algo más interesante: existe conflicto y ausencia de consenso social sobre lo que debe ser y, por tanto, legislar es difícil y con pocas perspectivas de éxito. Pero, al final del todo, su problema es conservar el statu-quo: la tradicional ausencia de pensamiento disruptivo (aunque, es ingenuo esperar que proceda del centro del poder) que jamás reconsiderará la idea de si el derecho de autor es, en sí mismo, tan bueno, tan necesario y, sobre todo, tan derecho. El conflicto entre representantes teóricos de los autores (en general, los que viven de ello – abogados, ejecutivos – no tendrán interés o incentivo en cambiar de opinión) y la (parte de la) sociedad que cuestiona el orden establecido se caracteriza por ignorar las consecuencias de la tecnología: Yoani Sánchez ha efectuado una descripción más profunda que la mía de las sneakernets cubanas: la esencia no es descarga o no descarga, la esencia es que los bits son libres y la gente los va a mover sin permiso se quiera o no aunque te llames Raúl Castro. Y esa es la esencia. Pero esto es tremendamente antiguo. Lo que no termina de ser moderno e importante es vindicar la agenda pirata: Deseamos cambiar la legislación global para facilitar la sociedad de la información que emerge y que se caracteriza por la diversidad y la apertura. Lo hacemos exigiendo un mayor nivel de respeto por los ciudadanos y su derecho a la intimidad así como con la reforma de las leyes de derecho de autor y de patentes.

Goyas y globalización

En Hollywood Reporter reclamaban hace unos días que la academia norteamericana revisara su concepto de “mejor película en lengua extranjera”. La cuestión es que el premio se organiza en torno a un país (aunque sea el productor el que se lleve el premio a su casa, esté donde esté) y ya no hay forma de saber de dónde es realmente una película. La financiación, el talento, los técnicos y los lugares de rodaje se esparcen por el mundo en busca de las mejores condiciones para pagar los costes y encontrar escalas de público competitivas. Se lleva unos días con la polémica por el idioma en que se ruedan las películas en la nueva legislación que se espera: la directora general trata de reducir el pavor al respecto. Mientras, los Goya siguen siendo una fiesta local para el consumidor local y que tiene ese premio de denominación intelectualmente torpe como el llamado “premio a la mejor película extranjera de habla hispana“. ¿Alguien sabe lo que es un habla hispana? ¿El quechua?. Una comparación con los Grammy latinos lleva a la idea de que los premios no fueron inventados por alguien que quería vender y hacer mercados sino por no se sabe qué. ¿Alguien se propone salir de lo local para pensar en mercados potenciales rompiendo la idea de territorialidad? ¿De pensar en espacios culturales afines y no puramente idiomáticos o regidos por el domicilio fiscal? ¿Puede buscarse un mecanismo que ponga a competir un documental chicano con otro chileno y uno español, por ejemplo, y que pueda ser retransmitido por televisión a más de un mercado en una legislación donde se incentive que el inversor privado celtibérico invierta en eso esté donde esté? Digamos que el estado del debate sobre la nueva legislación es más interesante que nunca, presentando un apasionante combate entre el pasado y el futuro: de nuevo, nada como las declaraciones de la Directora General para ver el conflcito entre viejas ideas y las nuevas (el nacionalismo protector de la “identidad cultural”, ese otro nombre para la propaganda, y globalización e industria con visión económica). Eso sí, internet sigue apareciendo como un obstáculo molesto al final de la agenda. Yo reitero aquélla sentencia de Garci en Sesión Continua: “el cine es el sueño industrial de una sociedad industrial“. ¿Cuál es el sueño de la sociedad digital? La nostalgia por las cuatro paredes como paradigma de lo audiovisual y la autoría prestigiada por proyectores públicos, no creo que lo sea. Pero todo eso, terminará llegando.

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Mega o el bucle infinito

Un día me propuse no hablar nunca más de piratería: simplemente es un serial que nunca termina en el que los buenos y los malos parecen estar a punto de ganar en cada capítulo y todo sigue igual. No lo conseguí. Así que la contraofensiva Kimdotcom me está generando enormes dosis de desidia (quién lo diría) y la sensación de vivir en el día de la marmota: de nuevo un cargo público que reconoce que hay que cambiar la ley [vía] (y esta es mi conclusión después de años de darle vueltas al asunto) y no endurecerla (mecanismo frontón por el cuál se genera una coexistencia retroalimentada que mantiene las cosas como están). Mientras, la vida sigue: el incremento de capacidad de almacenamiento en espacios más pequeños parece continuar, encuentro en Pirate Bay todo lo que me hace falta y, a pesar de los gritos dramáticos (décadas amenizándonos con ellos), pues hasta en Dinamarca ha sido un año de máximos de taquilla. Cuando termino de escribir, descubro que ya he hablado de este bucle infinito y lo cansino que me parece. Seguramente es hora de poner un cartel encima del monitor diciendo: no escribas más de piratas.

Ludismo cinematográfico

A los más o menos rebeldes y libertarios comentaristas sobre internet nos gusta insultar referirnos a ministros, entidades de gestión de derechos, cineastas con opiniones y todo tipo de críticos a la superesión del canon, nuevas formas de propiedad intelectual, partidarios de controles y leyes que restrinjan el uso y acceso a la web etcétera, etcétera, como luditas. De modo resumido, los luditas son aquéllos que se oponen al cambio tecnológico porque destruye su forma de vida y de hacer negocios. Xavier Sala i Martín recuerda esta idea arrojadiza en uno de los vídeos que publica en La Vanguardia sobre economía. Lo más interesante no es el recuerdo de los enemigos del cambio tecnológico, son otras dos cosas: su explicación de que este fenómeno sucede siempre que tenemos tecnologías que sustituyen a las anteriores y, en segundo lugar, la enunciación de las estrategias para intentar evitarlo. Básicamente se refiere a que siempre recurren al gobierno para pedir medidas que impidan que quien lo hace mejor que tu no pueda ganar dinero. El llamado robo, calificatitivo que se emplea frecuentemente por el uso que hace la gente de los bits, lo es por leyes que, precisamente, contribuyeron a escribir y que no dudan en presionar para reescribir constantemente. Ahora echen una mirada a los textos y posicionamiento de Mesientodecine y traten de ponerle un adjetivo. En una lista de correo en la que comento con otras personas sobre la evolución del lenguaje audiovisual, alguien decía que al ver el panorama de lo que fueron los proyectos web de vídeo del año 2007 y donde estamos hoy resultaría que seguimos en el 2007. No, no lo estamos, el mundo se ha transformado, pero muchas veces no lo parece. En cambio, sí parece que esta reflexión que hago ya se daba en el 2007 y antes del 2007. Microsoft lleva décadas protestando por la piratería y ahí está. Y sigue habiendo música aunque casi no haya tiendas de discos y su muerte fuera anunciada varias veces.

La defenestración del ACTA, Paco León y el futuro

El rechazo del ACTA por el Parlamenteo Europeo no es, en sus caractarísticas íntimas, una especie de Waterloo de la protección al copyright. Señala Martin Schulz, uno de los promotores de la derrota, «que será necesario encontrar otros medios para proteger la propiedad intelectual, “la materia prima de la economía de la UE”». Para los de mi grey, la de los peligrosos libertarios partidarios de la relajación hasta el límite máximo de esta protección, no es alentador. Resulta que, como sucedió con SOPA, el fracaso de estas leyes se produce no porque se cuestione el valor de estos monopolios, sino porque se entra en colisión con otros derechos importantes y a todo el mundo le empieza a parecer excesivo lo que hay que hacer en términos de control social para garantizar que las películas, por ejemplo, no circulen por ahí indiscriminadamente. Lo que es, claro, también bueno. La lectura de Hollywood va en esa misma línea: el tratado estaba descafeinado en sus medidas con respecto a las intenciones iniciales, pero el coste simbólico de pérdida ante la opinión pública hace que para quienes aspiran a un régimen internacional más duro de control todo se va a hacer más difícil en el próximo intento. ¿Se ha llegado entonces prácticamente al límite de lo que se puede aceptar en regímenes democráticos? Sabemos que, a medida que sube el precio, el interés por el uso de software y plataformas para sortear el pago se incrementa. Con o sin Ley Sinde/Wert, o sin Megaupload, otra cosa aparecerá (en realidad, ya existe). Es decir, que el juego de vender películas está condenado a precios bajos, algo que ya sugería la “economía de internet” por su capacidad de limitar la generación de rentas de la actividad productiva. A precios bajos, uno de los escenarios para encontrar modelos de trabajo, consistiría en basarse en inversiones (riesgos) bajos y el apoyo en la capacidad de construcción de audiencias que tiene el artista por su propia cuenta. Audiencias que se identifican con el producto y tienen un fuerte incentivo para apoyar al artista para que saque su producto adelante. Este es el caso de Paco León, del que tanto hablamos y al que, se dice en los pasillos, le está yendo estupendamente en los primeros días de lanzamiento de Carmina o Revienta. ¿Seguir este camino en el futuro le permitirá subir su nivel de riesgo, es decir, el presupuesto que puede asumir?.

¿Puede compararse el cine con el fútbol?

Al menos, para evaluar el éxito o la equidad de la acción pública. En comentarios en twits al respecto de una entrada de estos días pasados sobre los recortes de presupuesto aplicados al cine, se me dijo que estaba escrito con respeto pero que «al igualar fútbol y cine, lo dice todo». No sé qué es todo, pero seguro que comparar no es igualar. La cuestión tenía mucho sentido. La primera razón es que uno de los enlaces empleados como fuente comparaba el caso del fútbol con el del cine en el tratamiento público. Y lo hacía un respetable industrial del cine, no yo, que retomo el hilo. En segundo lugar, visto en términos de mercado, lo cierto es que – pese a quien le pese – cine  y fútbol compiten en el mercado del ocio y el entretenimiento: si no es así, ¿por qué tantas personas del cine se quejan o se han quejado de la programación del fútbol en televisión y la competencia que supone para las salas? El deporte profesional forma parte de ese macrosector, como los videojeugos o los parques temáticos. Pero el argumento más solido tiene que ver con una de las motivaciones, no la única evidentemente, de la intervención pública en la cultura (por cierto: qué palabra tan gastada y tan cuestionable). Una de esas motivaciones es la promoción de la marca y los valores de un país, tanto para ejercer influencia, como para atraer visitantes (cine y turismo tienen una conexión creciente, parece que el museo del Santiago Bernabéu es un componente clave de la oferta madrileña). Esas cosas, forman parte de los elementos de atracción hacia las políticas exteriores de un país que Joseph Nye llamó en su día, soft power. Hay una cita de este caballero que viene muy al caso: «Much of American soft-power has been produced by Hollywood, Harvard, Microsoft, and Michael Jordan». Michael Jordan. Real Madrid. O Barça. Si en un momento dado hay que evaluar el rendimiento de marca-país por el efecto de las políticas públicas, lo mismo si se ha hecho algo inteligente en favor de La Liga (¿no es la marca española más global?) y genera lo que genera, puede que tenga más sentido que tenga un apoyo superior o no sea muy cuestionable, sin olvidar la sensibilidad que tiene la morosidad fiscal. Puro ejercicio para la discusión. Ni se dice si es deseable o incompatible. Curiosamente, no hace tanto Marcelo Bielsa decía esto: “El Barça es una expresión artística novedosa que ha generado cultura”. Que vuelen los puñales sobre mi, si us plau.

Cine y recortes

Dos excelentes profesionales han escrito con sensatez, inteligencia y sentido común en estas las últimas semanas abordando los recortes presupuestarios que le van a costar al cine español una buena cantidad de dinero. Dos clásicos del oficio, por decirlo así. Deben leerlos si no lo hicieron. Por un lado, Adolfo Blanco publicó una extensa carta abierta al ministro de la cuestión en la argumentaba con solvencia el daño de las reducciones y las ponía en contexto con las deudas del fútbol y su dimensión: varias veces las reducciones del dinero que va a películas. Por su parte, Pancho Casal, repasaba el mismo problema y ponía en contexto la reducción, con su poca cuantía relativa y con las cantidades otorgadas al Plan Avanza arrojando la sospecha, con todo sentido, de que tampoco es que hayan logrado grandes cosas. Es importante que, ambos, desde sus puntos de vista, asumen y explican algunos defectos profundos de la producción española de cine y no pretenden echarle la culpa al empedrao, sino a sus propios componentes. Lo interesante de ambas contribuciones es que ponen en evidencia el problema de fondo del mundo subvencionado y, si quieren, del enorme poder del estado para decidir quién tiene su favor y quién no, eso que los economistas llaman rent seekers o buscadores de rentas. Como ya sucede con los mineros y los olivos, que piensan que lo que reciben no es tanto, lo que contemplamos es la competencia entre sectores diferentes de la sociedad por conseguir rentas fuera de lo que pueden obtener en el mercado y que el estado reparte, al final del día, como un concurso de belleza. Sea cual sea la supuesta transparencia y competencia por ellas. Si se está en contra de las subvenciones, se debe estar en contra de todas, eso que el cine no termina de explicar bien. Y, si son aceptables, parece lógico esperar bajo qué circunstancias y criterios para demostrar… resultados. Porque, ¿deben esperar los demás a ver cubiertas sus demandas, quien sabe si más urgentes, porque otros no terminan de ganarse la vida? Es bastante parecido a cuando tienes el mismo partido de fútbol en una tele pública y otra privada. Cuando baja el nivel del mar se ve quién no lleva bañador y la pregunta para todos los que pagan impuestos debería ser durante cuánto tiempo es legítimo apoyar y estimular sectores que, como pasa con el cine y atendiendo a las descripciones de sus mejores miembros, no logran el favor de los espectadores, por muy deseable que sea tener una industria propia o como quiera llamarse: después de todo, y seguramente es un milagro, el fútbol ha sido capaz de crear una marca de entretenimiento global y tener los mejores jugadores de su historia permitiendo la entrada de todo el talento extranjero que pueda hallarse. En el diseño de incentivos está el problema y, ahora que el ruido de la desgravación fiscal parece que coge impulso para que sea un sistema serio… habrá que ver qué premia: si estimula el desarrollo de empresas capaces de construir productos de entretenimiento o de influencia cultural internacional o sirve para continuar la sobreproducción anodina. Veremos lo que sale, que me parece que hay mucha necesidad recaudatoria.

Pensando sobre el extraño caso de la independencia de RTVE mientras veo Paramount

Mientras hemos visto que los medios no convencionales no vertebrían ya la opinión pública, la clase periodística en general y los que forman parte de RTVE parece que mucho más, se han indignado bastante por el nuevo método de nombramiento del presidente de la Corporación. Más allá de la estética del asunto, el transfondo político y, en mi opinión, la sobrevalorada opinión sobre la llamada dignidad de la reciente televisión pública española, lo que me llama la atención son los motivos para la indignación: propio de la endogamia, y que me perdonen, de la clase periodística, la crítica tiene que ver con un trabajo – el suyo – cuestionado por la evolución de los tiempos y es muy poco airada contra otras obviedades. Por ejemplo, nuestra televisión pública se gasta un dineral en comprar derechos de majors compitiendo con el siempre y casi por definición maltrecho cine local. Conviene recordar que los fundamentos legales que le dan forma (también los morales) tienen que ver con fomentar la industria local y que el Estado gasta un buen dinerete y crea prebendas legislativas para sostenerlo a pesar de que el mercado no le da mucha comba. Pero, para quienes piensen que con esto contribuyen a la cultura, más vale mirar que, sin que le cueste un duro al ciudadano de a pie, todo el mundo puede ver el canal Paramount y LaSexta3 repletos de cine majors. Catálogo Warner este último si no me equivoco. Y cómo molan. Si le sumamos a Disney por ahí para los nenes, digamos que no parece muy lógico que el dinero de todos ustedes se vaya a pagar a la competencia, dicho esto por la tremenda preocupación por la identidad y la excepción cultural. En definitiva: ni esa supuesta independencia informativa aporta realmente nada (lean mi post sobre el asunto Cebrián y hagan paralelismos) ni resulta que el servicio de productos mayoritarios es algo que haya necesidad de ofrecer puesto que lo hacen los señores que se juegan su dinero. Yo sé que mis amigos no me quieren creer, pero la tele pública vive en una paradoja que no tiene una buena solución decente y que conduce a un final cargado de irrelevancia o a incómodas preguntas sobre los usos alternativos del dinero. Me temo.

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Duelo (al sol) en Brasil

El tecnobrega es el género musical tenido como el ejemplo por antonomasia de lo que significan las formas culturales que se consideran como el paradigma de lo que vendría a ser la cultura que viene y que solemos denominar libre. Libre de libertad, que no tiene propietario. Por eso debe ser una forma libertaria de acuerdo con nuestro ministro. A mucha honra, diría. La cuestión es que ese género es un género brasileño y que su país de origen ha venido siendo un caso asombroso de cuestionamiento del orden mundial de la propiedad intelectual. Desde las patentes a las licencias de las obras culturales. En ese país han cambiado las tornas. Malos tiempos para la lírica. Me escribe mi amigo Rodrigo Savazoni, de la Casa de la Cultura Digital de Brasil para avisarme de sus declaraciones a El Mundo comentando el extraño caso del sosias de Ángeles González Sinde. El panorama, que también relata Bernardo Gutiérrez, es entre desternillante y desmoralizante. Mientras se asegura – esto les sonará – que la cultura se va a morir en Brasil (y, antes de terminar de reirse, vuelvan a leer el enlace sobre tecnobrega a ver si hay cadáveres o, en todo caso, de quiénes son) todo lo que hace Ana de Hollanda Buarque, ministra de cultura y a la sazón hermana del enorme Chico Buarque, tiene un parecido fantástico con la realidad local: presiones de los Estados Unidos, persecución de las licencias libres y oscuros tratos con las entidades de gestión de derechos. El conflicto de la propiedad intelectual es un conflicto de dimensiones sociales extraordinarias y generalmente desconocidas por los usuarios de las descargas y mal planteadas por los paladines de la revuelta, pero todavía es más llamativo ver quiénes suelen estar del lado del  más fuerte: los mismos que se han quejado de la política exterior de EE.UU., por este y otros motivos, los mismos que han pedido leyes para detener el poder de cartel de las majors de Hollywood, piden leyes de excepción y a su medida para protegerlo. Bueno, vale, no todos. Los otros son los beneficiarios del sistema. La vida sigue, sin embargo. La propia Casa de Cultura Digital de Brasil ha logrado financiar con éxito mediante financiación colectiva su proyecto para fabricar máquinas de fabbing de bajo coste: ahí viene la siguiente ola, la conversión de la manufactura en traslado de bits de un punto a otro (¿un decorado tal vez?). No hemos visto nada.

Peligrosos académicos libertarios en contra de los monopolios intelectuales

«La carga de la prueba recae en aquellos que quieren el monopolio, no en lo que los queremos eliminar». La sentencia de Jesús Fernández-Villaverde en Nada es Gratis es, esencialmente el nudo de la cuestión sobre la propiedad intelectual: se tiene que demostrar que la cultura y la innovación no existiría sin ella y no lo contrario porque no es una propiedad tal y como se quiere presentar por la conspiración por el sostenimiento de privilegios comerciales. Hay una segunda sentencia mucho más importante para el contexto en el que estamos: «Son los defensores del sistema actual los que están en minoría en el mundo académico. Se aferran a una concepción anticuada de la innovación y lo que es peor, ni saben historia económica ni entienden los problemas de incentivos existentes». Un servidor ha insistido muchísimas veces en lo desenfocado del debate de la propiedad intelectual y cree dos cosas que no son de las que gustan: una, el debate de los líderes de opinión de la red anda más perdido que un pulpo en un garaje sobre los límites de lo gratis y las creative commons y, dos, que es tiempo de sacar a los abogados de esta discusión y dejarla en manos de economistas y filósofos. La contaminación de las prácticas mercantiles por la existencia de toda una estructura institucional y empresarial organizada en torno a la gestión de un monopolio es tal que pensar que se puede vivir de otra forma y asumir los costes de adaptación es una proeza bastante reseñable. Por eso los medios llaman a abogados a discutir y – lo sepan o no – a adoctrinar, cuando no se trata de saber lo que dice la ley, sino si la  ley sirve o si tiene que ser diferente o, por qué no, inexistente. En otras palabras: que si el abogado dice que es ilegal, es irrelevante. Se trata de saber cómo se incentiva mejor la creación y la innovación por sí mismas, y no si sirve para que los dueños de videoclubs y editoriales se ganen la vida. (P.S.: ¿Y qué dirá Wert?)

Una “televisión” por USB en un país sin conexiones

Siempre emocionados por nuestras disponibilidades de acceso a banda ancha en el comfort europeo, tras cada Ley Sinde/Wert se nos olvida que si la represión aumenta, que si los controles y los precios suben, la gente volverá a las sneaker nets. En román paladino, «redes en zapatillas», y que no es otra cosa que las personas pasándose unas a otras los archivos en soporte físico. Aquí también lo vivimos, no hace mucho en las universidades se pasaba la música de mano en mano en cedés y otras vulgaridades obsoletas. Este vídeo que grabé durante mi presencia en la EICTV el pasado fin de semana, muestra la realidad de lo que es una red en pantuflas explicado con esa naturalidad y brillantez verbal que tantas veces atribuimos a la cubanía. Es un ejemplo extraordinario de cómo los modos de producción y colaboración que crea la tecnología provocan una mutación irreversible en la forma de entender el audiovisual en un país donde internet, ya lo verán en el vídeo, es casi una quimera: los artistas han creado su propia televisión vía USB basada en el traspaso de pinchos de memoria que instalan e infectan la programación de modo inevitable en las computadoras de los receptores. Es, simultáneamente, un ejemplo de lo que denomino empoderamiento como consecuencia del poder de la tecnología, ese no esperar: una comunidad crea sus propias imágenes y las distribuye. En tercer lugar, la enésima prueba de la imposibilidad de la muerte de la cultura por la copia libre: Candelario, el pintor que lidera el Laboratorio Artístico de San Agustín, promotores de esta USB-TV, relata en el vídeo cómo pintan cuadros para vender a hoteles y financiar sus proyectos. Para terminar, un excelente contexto para observar la diferencia entre las redes sociales reales y los servicios que denominamos como tal, algo de cuyos efectos y diferencias en el hype sobre medios sociales que nos invade, describí para Territorio Creativo y que puede venir de corolario a esta nota y las reflexiones que a cada uno le competan sobre qué es esto de una nueva industria audiovisual. Si es que acierto.

Recuperar lo obvio: hablando de tecnología, películas y cultura

Tengo la teoría no comprobada de que muchísimos de los debates públicos que tenemos son un eterno déjà vu simplemente porque lo que llamamos la red antes eran cuatro monos y ahora son cuatro multitudes. Eso afecta a valores esenciales de la cultura digital que se podría decir que antes, al estilo de algunas viejas codas del Anson del ABC, suponía que no se hablaba de otra cosa. Entre ellas, algunos fundamentos de la digitalización. Varias presentaciones que tengo sobre posibles futuros de la televisión, el cine, los medios y sus cambios, incluyen un apartado de “infraestructura”. Es decir, eso que existe de modo subyacente y que permite hacer cosas: como cuántos hogares se conectan. Si, más o menos, mucha gente ha oído hablar de la “Ley de Moore” (eso que hace a los ordenadores más pequeños y potentes), pocos recuerdan la “Ley de Kryder“: unos dicen que cada doce, otros cada dieciocho, pero la cuestión es que en lapsos de tiempo parecidos a los cumpleaños de cualquiera, la capacidad de almacenamiento se duplica. La derivada es que el coste de la memoria se reduce. Si andamos por el euro y algo por giga en discos de un tera, si una película puede ocupar en números redondos un giga… ¿a cuánto queda en una década?. Aquí cuentan que creen que en el 2020 catorce teras costarían cuarenta dólares. Si hacemos caso a lo que cuentan en este otro sitio, eso es prácticamente una vez y media la biblioteca del Congreso de los Estados Unidos. En fin, tomemos todo como números gruesos y pura tendencia de cosas que cuando lo digital era maravilloso y no un nido de peligros se contaban cada día. La pregunta es que no sé ni por qué discutimos el futuro irremediable, ese en el que toda la producción cultural que siga basándose en cobrar copias estará presente de forma ubicua pase lo que pase con la ley. La duda que tengo es si al ministro que nos asola se lo han contado: que, de momento, todo Pirate Bay (es decir, dónde encontrar los archivos), ocupa noventa megas y que lo del precio de la memoria también vale para los servidores y que a la gente le puede dar por montar su propia nube. Y verán que no hablo del coste del ancho de banda. Si  hay una extensión generalizada de la idea de que las leyes de hace tres siglos no sirven, va siendo hora de que, al menos, todo lo que no sea la industria del entretenimiento de EE.UU., se dedique a pensar en inventar su futuro y no a detener el avance de la arenas por el desierto. Hablando de cultura digital, nada como uno de sus iconos preciosos: Blade Runner y cómo determinados momentos se disolverán como lágrimas en la lluvia.

Algo pasa cuando ni los tuyos te creen

Hace pocos días Hollywood Reporter publicó un curioso e interesante artículo titulado “Por qué Hollywood está perdiendo la batalla de las relaciones públicas en la guerra contra la piratería”. Relaciones públicas debiáremos realmente interpretarlo como opinión pública. La curiosidad reside en que la argumentación es sorprendentemente parecida a la que se esgrime en el lado de los peligrosos libertarios que cuestionan los modos de hacer y las propuestas del conglomerado cultural-industrial. Son estos: a) la oscuridad de la creación de las leyes y el poder de lobby, b) el empleo de estadísticas cuestionables y la pretensión de salvar sus empleos cuando se crean en otros sectores de la economía y c) la sensación de que, a pesar de las quejas, la producción ¡sigue existiendo!. La moraleja, en mi opinión, reside en que la búsqueda de consensos nuevos y equilibrios que se reclaman desde el establishment no puede seguir pasando por estas estrategias. Las leyes de propiedad intelectual sólo se endurecen y nunca retroceden, mientras que el problema es el mismo desde hace treinta años: sin renuncia a prerrogativas y privilegios va a ser complicado encontrar una sensibilidad social que apoye no sólo la legislación, sino que desarrolle conductas voluntarias de apoyo a los creadores y las empresas que los contratan. En especial, formas que permitan una reconversión industrial más suavizada. Porque lo de dejar de copiar, lo daría por descartado: ¿cuánto tardan en llegar dipositivos de memoria pasables de mano en mano en el que quepa toda la producción de cine del siglo XX y lo que llevamos del XXI por el precio de un menú del día?

 

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Vídeo que quiero que exista (iii): Desde mujeres soldado a preescolar

Tercera entrega de mi cuota mensual para el vídeo que quiero ver. O en busca de la independencia de la era de la desintermediación. Reflexión inicial: ¿se reproduce también en el mundo nuevo de la red indie el fenómeno de la industria tradicional en el que los Estados Unidos se convierten en el centro de atracción de talento y opciones? No creo que sea necesariamente así y no he reflexionado mucho sobre ello, pero la riqueza y variedad de proyectos que se logra en las webs de recaudación norteamericanas no se ve en las otras que conozco. A ver si alguien me informa de plataformas en francés, alemán, italiano, árabe, chino o japonés. Aunque no entienda todo. De modo rápido: desde Tel Aviv, un proyecto de ficción de dos mujeres soldado perdidas en el desierto que hace, en su título, un juego de palabras entre desierto y deserción. En Indiegogo. Como Wert quiere perseguir a unos malditos libertarios como a traficantes de drogas, un documental sobre las razones de la prohibición de la marihuana: de lo más interesante el teaser. Siguiendo el tono activista, este otro documental sobre James Meredith, héroe de los derechos civiles en Mississipi, tiene una pinta estupenda. Para fans de las posibilidades de lo que llaman gobierno abierto y la política de la era de la red, una historia mucho más interesante que la de nuestros quince-emes y otras hierbas (dicho con perdón): en plan Michael Moore unos tipos que se dedican a escribir leyes vía crowdsourcing y se las llevan a los congresistas. En Kickstarter aparece una osadía de lo más interesante: gente que quiere cambiar la forma de las retransmisiones deportivas creando un canal para competiciones de frisbee (¿pero es un deporte?) que quiere ofrecer valores de producción profesionales en entornos pequeños. Para terminar, en Lanzalo, Yababú!. un estupendo proyecto de animación para preescolar, válido para cualquier idioma y con una explotación que incluye hasta su tienda de camisetas. Monísimo. De verdad.

Más contradicciones dentro del sistema

Y en los antisistema. Pablo Soto gana su juicio parece que espectacularmente bien, de lo cual me congratulo enormemente. Es de esos casos en los que cierta épica – aun cuando la realidad, vista fría, casi nunca es emocionante – viene al caso. Pero, casi simultánea y contemporáneamente, sabemos que recibe nada menos que un millón y seiscientos mil euros de subvención. No está nada mal, sobre todo porque es más de lo que cualquier película recibe del ministerio y aún no hemos visto a la red bramar por este abuso. Sí, en cambio, y muy razonadamente, se han cuestionado las que Filmotech, ese servicio desaparecido de la mente del estado competitivo del alquiler de películas online, ha recibido. Cuando se atiende al resto de receptores de la convocatoria, se piensan dos cosas: si unos sí los otros por qué no y, en segundo lugar, la de cantidad de gente que le saca partido al Estado y que no lo necesita. Eso sí, el Estado encantado de repartir dádivas, que eso es el poder. Según el beneficiario y el diario La Vanguardia, Soto tendría que devolver el 90% de lo recibido, lo que ya cuestiona la palabra subvención. Hay sitios donde el cine tiene que devolver la ayuda. La circunstancia sería, pues, que el debate de las subvenciones es también complejo y poco evidente. Uno es de los que prefiere que no las haya (preferir es un verbo ambiguo) porque tiene algo de libertario. Calificativo que, probablemente, es algo peyorativo en palabras del nuevo ministro de cultura y varias cosas más. Literalmente dice: “lo básico es determinar si la propiedad intelectual es menos digna de protección que la propiedad, por ejemplo, de la vivienda, del automóvil o las colecciones de sellos…como es difícil sostener lo contrario“. Resulta contradictorio que una persona de la trayectoria académica de Wert no haya tenido curiosidad por ver lo que importantes académicos dicen sobre esa cuestión: yo puedo presentarle desde catedráticos a Premios Nobel, por no hablar de otros profesores respetables. Pero si somos libertarios y eso no vale, me temo que vamos a otro debate estéril. O más ruido hasta la siguiente oleada de rupturas de códigos, de-erre-emes y similares y nuevas muertes de la cultura. Pero el tiempo dirá.

Ángeles y demonios del VOD, la interrupción y un fracaso

Eduardo Prádanos me invita – sin avisar – a ejercer de ángel o demonio al respecto del vídeo bajo demanda (VOD) y esa eterna discusión de si se puede competir con el todo gratis. Aunque queda diluido y el resultado es una estupenda síntesis de las condiciones de éxito, los inconvenientes y ventajas de esta forma de consumir. Otros ángeles y demonios son Javier Naharro, Susana Alosete, Fernando Carrión y Natalia Marcos. En la misma mañana, Julio y Pepe Cerezo me invitan a presentar el último número de los Cuadernos Evoca en el que me pidieron colaborar. Con Roberto Carreras, Javier Oliete, Mar Abad, Daniel Solana, Jesús Encinar y Concha Wert, todos más sabios que yo. El número, dedicado a la publicidad en la era digital, me creó cierta dificultad por una cuestión de conocimiento serio sobre según qué temas. La cuestión se resolvió tomando una idea que ha flotado desde el inicio de la web social, la idea de no interrupción como forma adecuada de comunicar con el consumidor. Una idea que resultaría, a la vista de la realidad, que no se ha extendido en exceso. Esa falta de extensión tendría que ver con la ausencia de aplicación práctica de un texto que pasaba de mano en mano (de enlace en enlace) en el comienzo de esta era que dan en llamar 2.0: el Cluetrain Manifesto. Un mantra que anteponía la conversación sobre el altavoz, el tono personal sobre la distancia y varias otras cosas que suponían, en realidad, una forma radicalmente opuesta de entender la relación de las empresas con su entorno. De esa forma, yo argumenté ayer que el 2.0 habría fracasado si es verdad que inspiraba sus tesis, heredera del pensamiento de los hackers que hicieron internet. Esa frase, creo que fuera de contexto, ha sido el titular de un medio que cubría el evento y me parece que merecía explicación: si se hubiera titulado que ha fracasado en crear otra publicidad u otra comunicación empresarial, sería más atinado. Lo que no quita que uno tenga una mirada igualmente crítica con mucho del auge social, algo que mis amigos de Las Indias califican como dospuntocerismo.