Qué buen alumnado. Omar Rincón me remite dos top ten de conclusiones, el que elaboró como director del seminario sobre Televisión y Nuevos Medios de EICTV y el de los asistentes. Creo que pasarían cualquier examen de lo que son los cambios. Paso dos muestras de aperitivo. De la lista del público, la número tres: «somos más que audiencias, producimos». De la de Omar, la número uno: «el asunto es producir EXPERIENCIAS / nuevos rituales + comunidad». Las voces para provocar estas reacciones se pueden encontrar en el programa. Léanlas, son dos minutos.
Siempre emocionados por nuestras disponibilidades de acceso a banda ancha en el comfort europeo, tras cada Ley Sinde/Wert se nos olvida que si la represión aumenta, que si los controles y los precios suben, la gente volverá a las sneaker nets. En román paladino, «redes en zapatillas», y que no es otra cosa que las personas pasándose unas a otras los archivos en soporte físico. Aquí también lo vivimos, no hace mucho en las universidades se pasaba la música de mano en mano en cedés y otras vulgaridades obsoletas. Este vídeo que grabé durante mi presencia en la EICTV el pasado fin de semana, muestra la realidad de lo que es una red en pantuflas explicado con esa naturalidad y brillantez verbal que tantas veces atribuimos a la cubanía. Es un ejemplo extraordinario de cómo los modos de producción y colaboración que crea la tecnología provocan una mutación irreversible en la forma de entender el audiovisual en un país donde internet, ya lo verán en el vídeo, es casi una quimera: los artistas han creado su propia televisión vía USB basada en el traspaso de pinchos de memoria que instalan e infectan la programación de modo inevitable en las computadoras de los receptores. Es, simultáneamente, un ejemplo de lo que denomino empoderamiento como consecuencia del poder de la tecnología, ese no esperar: una comunidad crea sus propias imágenes y las distribuye. En tercer lugar, la enésima prueba de la imposibilidad de la muerte de la cultura por la copia libre: Candelario, el pintor que lidera el Laboratorio Artístico de San Agustín, promotores de esta USB-TV, relata en el vídeo cómo pintan cuadros para vender a hoteles y financiar sus proyectos. Para terminar, un excelente contexto para observar la diferencia entre las redes sociales reales y los servicios que denominamos como tal, algo de cuyos efectos y diferencias en el hype sobre medios sociales que nos invade, describí para Territorio Creativo y que puede venir de corolario a esta nota y las reflexiones que a cada uno le competan sobre qué es esto de una nueva industria audiovisual. Si es que acierto.
Contaba Omar Rincón, nuestro guía y director dentro del seminario sobre Televisión y Nuevas Tecnologías en EICTV, que había conocido en Colombia Ecuador un tipo que financiaba sus películas cobrándole a los actores. Lo interesante es que según la aportación, su vida en la cinta se ampliaba: el sistema obligaba a una trepidante película de acción, el que pagaba poco, pongamos diez ¿dólares? ¿pesos?, moría pronto de un buen disparo. Si pagas más, vives más. Y así. De toda la vida ha habido editoriales que cobraban a los autores por publicar sus papeles en forma de libro. Nada nuevo bajo el sol. Pero esa reflexión nos devuelve a que los caminos para la creación y su financiación siempre encuentran destino. Y ni siquiera tiene por qué salirle mal la película, aunque sea lo esperable. Si alguien tiene un enlace con alguna película de éstas, que nos lo deje por aquí, será grande verlo.
El seminario de la EICTV se abrió con los ponentes presentándose durante cinco minutos. Fui el primero (era el más próximo empezando por la izquierda del presentador, que no tenía nadie a su derecha) y confesé que tenía miedo. Lo pondré más correctamente: tenía miedo. En una escuela pensada para cineastas y con olor aún a celuloide, la tesis de fondo a trasladar era la de liberarse de todas las dignidades del mito cinematográfico para crear pensando en que, al menos de modo teórico, las posibilidades de hacerlo sin restricciones ajenas y con posibilidades nuevas es el camino del futuro. Mi sorpresa fue que Alberto hizo algo parecido y asumió el temor interno a esa rebaja de dignidades. Creo que a los dos se nos pasó el miedo. Para colmo, los alumnos de cine son los que se tomaron menos molestias en venir y nos quedamos con los que están empezando. No nos arrojaron tomates: copiamos las presentaciones en multitud de pen drives.
En las paredes de la Escuela de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños (Cuba), una pintada en los pasillos recuerda a Fernando Trueba: «La vida es una película mal montada (con un final de mierda)». Si no me mienten personas que han pasado por aquí, la ex-ministra con nombre de ley también ha pasado por estas aulas transmitiendo su conocimiento. Se acaba de crear una cátedra de Televisión y Nuevos Medios y su seminario de apertura para la especialidad se abre con la presencia de Stéphane Grueso, Alberto Tognazzi y servidor de ustedes dentro del cupo español. Varios de nosotros desarrollamos duras críticas al sistema de derechos imperante: al acabar, en esta escuela y en este país precario, al que las opciones que explicamos de nuevos proyectos basados en la red resultan apasionantes pero imposibles al carecer de infraestructura, se me acerca una alumna: me cuenta que hacen películas y que se las pasan unos a otros en discos duros y que quiere imaginar un sistema para ganar dinero con ello. Complicado. Descubro que la audiencia ha visto y ve las series más atractivas del mundo y que todo eso pasa por la isla de disco en disco. Los alumnos del futuro se educan ya, incluso ante la carencia de red, en el acceso a la copia indiscriminada. Los colombianos, argentinos y brasileños que están aquí hacen todos lo mismo. Hay algo de ironía en todo esto: quienes tienen que desarrollar el audiovisual de mañana, son los piratas de hoy.
El mantra «todos somos internautas» hace tiempo que se emplea desde el establishment, parece ser, como forma de romper ese tipo de generalizaciones tran frecuentes en la prensa en las que se toma la parte por el todo. Así que las opiniones de cuatro en internet son las de todos los blogueros, los tuiteros o los internautas. Por tanto, en principio, bien por la precisión. Pero, precisamente por eso, se debe insistir en que no todos los internautas son iguales. Entendámonos: hay gente que tiene una relación esencialmente pasiva con la red. Es la de la gente que se tabletiza y sigue mirando el periódico como antes sólo que en una pantalla electrónica. Y hay gente que necesita enlazar, extraer fragmentos y combinar muchos elementos para hacer una cosa nueva y comunicarla. Este texto es breve y quizá esto es demasiado sutil, pero dice mucho: en el fondo, cuando uno empieza a razonar en los términos de inmediatez y reelaboración de contenidos, la mente empieza a funcionar de otra manera. No digamos cuando se hace algo más que clicar un ¡me gusta! o retuitear la inteligencia – a veces sí – de otros. Uno piensa que parte de la defección de Alex de la Iglesia a los postulados más o menos oficiales de los capitostes del entretenimiento tiene que ver con eso, con que su lógica interna choca con la realidad que se quiere mantener. Pero, seguramente, el viaje que viene es más radical: hablar de “ventanas” es todavía, creo, quedarse a la mitad, aunque sea una expresión para entendernos al referirnos a caminos de ingresos. La lógica de la tecnología nos dirige a que no las haya en su idea básica: crear restricciones de acceso. Por eso, pensar que el vacío es la ausencia de un Netflix es quedarse corto: Netflix es la misma lógica de la televisión por cable y el videoclub sólo que más conveniente. El cambio de paradigma es mucho más profundo y la esencia de la experiencia Netflix (que no resuelve el problema de las ventanas) es hacer lo de siempre por otros medios. Para el creador puro, la red es mucho más. Aunque, por supuesto, las experiencias de videoclub online son mecanimos intermedios diría que necesarios. Pero el vacío se sentirá, en el fondo para beneficio de creadores, cuando una marca decida lanzar entretenimiento masivo fuera de los canales tradicionales. Algunos seguirán sin haber pensado un segundo en lo abierto que es el futuro mientras ven pasar a los que ya recaudan millones en Kickstarter. Y estaban avisados: en realidad, ya ha ocurrido. Y, en realidad, los que piensan en el lado del talento, no tienen ningún problema en imaginarlo. Los que no tienen nada que perder, tampoco. Uno sigue pensando en que todo reside en cómo se desmantela el entramado actual de una forma razonable: los periódicos y los telediarios se llenaron de fotos de glamour goyístico: qué buena publicidad para películas que prácticamente ya no pueden verse. Pero no pasó ni medio día y ya se dejó de hablar de las películas para volver a hablarse de que la sociedad parece ir por otro lado.
El discurso de Macho en los Goya es correcto: la lectura completa del texto dice cosas ciertas y de sentido común que, generalmente no se resaltan bien. Para la mirada internauta habitual, tremendamente ofuscada porque sólo se ve el discurso negativo de gente muy inteligente – Macho, lo es – lo que dice debiera ser leído con cuidado: es cierto que internet no es una alternativa económica a la producción de cine actual (tal y como se hace ahora) y es cierto que el cine español (que, como bien dice y suele recordar Manuel Cristóbal, no debiera ser un género y malo es cuando el público piensa así) logra situar su talento año tras año en Hollywood, algo que pocas o casi ninguna cinemtografía consigue. Pero dentro del discurso, creo que es hora de introducir elementos diferentes: ¿cuál es el único sitio donde se puede intentar competir en igualdad de condiciones con la industria americana que todo lo puede y ocupa entre el 70 y el 90% de todos los mercados donde hay otro cine además del americano y, encima, hacerlo en más de un territorio? Esto supone la valentía de mirar al futuro pidiendo fibra óptica por todas partes, pensar en modelos de financiación más televisivos que de venta de entradas, potenciar los géneros y formatos que sí viajen fuera y el aún-hay-más de superar el dolor de asumir que, para un futuro mejor, la sala no es el mejor sitio para competir ni llevar a la gente: van pocas veces al año, frente a noches perpetuas ante pantallas teóricamente pequeñas. Supone olvidar el concepto de productos separados según su destino de estreno para concebir la batalla industrial y cultural en los nuevos canales. Supone el dejar de pensar en producir y mucho más en qué, cuánto y cómo se puede vender. Y, para eso, el sistema de incentivos no puede estimular la permanencia en el siglo XX ni en lo local, algo que incluye hasta cómo se conciben premios como los de anoche. La batalla cultural e industrial (ya) está perdida en este esquema. El gran entretenimiento mundial y globalizado tiene muy complicado producirse aquí, pero tiene mecanismos para repartir la tarta en más sitios, mucho más cuando puedes canalizar talento vinculado a la minoría cultural que más rápido crece en el país que todo lo domina. En definitiva, y dicho todo muy simple, asumir el presente no implica dejar de preparar el futuro, sobre todo hay que tener claro que el futuro no puede ser el intento de conservación a toda costa de una capa profesional y empresarial que ahora sabe cómo explotar un sistema que es más una circunstancia que un modelo de negocio: ni el cine es lo único audiovisual que hace cultura, ni es el mejor mecanismo para competir, ni los espectadores masivos crecen con él: están creando sus propias historias en sus máquinas de videojuegos y sólo salen corriendo al cine para ver vampiros y cosas por el estilo que volverán a aparecer en sus máquinas de juegos y en sus perfiles sociales en teléfonos móviles cargados de música.
Desde la Casa Blanca a la MPAA se saluda con enorme entusiasmo el acuerdo por el cual las películas norteamericanas tendrán más ingresos y más oportunidades de exhibirse: se aumenta el número de películas del limitado cupo que podían llegar a las pantallas chinas. Parece que cobrarán más dinero por ellas. Teniendo en cuenta el férreo control de la distribución que tienen los chinos – pagando a Hollywood con su moneda – y las frustraciones que se han llevado los estadounidenses por piratería, fracasos en la creación de circuitos de salas y por la liquidación que reciben de sus películas, no suena mal aunque no parece que se abra mucho la mano. La realidad es que, como suele ocurrir, las películas americanas son las más vistas por los chinos a pesar de que su número de títulos es anormalmente reducido. Uno cree que los chinos van a tratar de seguir construyendo su industria de entretenimiento con la mirada puesta en la creación de soft-power local, regional y mundial y que regalos no van a hacer. Es curioso que los medios oficiales chinos en inglés y castellano no dicen nada del acuerdo, y mira que le dedican espacio a la visita del dirigente chino en cuestión al tiempo que sí le dedican cariño a su visita a los Lakers. Lo seguiré en los próximos días a ver la diferencia de relato que hace cada parte. Aportaciones de conocedores de la zona son bienvenidas.
Se acaba de presentar la revista Poliedro: a mi y a otras personas nos pidieron una visión de aquéllo que habría que contar en, al menos aparentemente, oposición a lo que un diario como El País pudiera hacer o hace con su suplemento cultural. Mi propuesta tiene que ver, esencialmente, con lo que creo es fundamental para asumir la producción cultural del siglo XXI y que no es otra cosa que la desintermediación. No obstante veo resistencia en alguno de los colegas de número a renuciar a ser mediado, confiriendo un papel a los medios que, simplemente, es inncesario y que sólo perpetúa las causas de la crítica que se suele hacer a estos medios. Se trata de, simplemente, escoger tu camino. Porque se puede.
El diario El País lleva toda la semana anunciando cine gratis en distintas promociones. El Mundo traía ayer también en su portada (no tengo imagen) las opciones de contemplar cine gratuitamente. Sobre este fenómeno comenté hace tiempo: la desvalorización del producto en el quiosco – ahora también online – ofrecido a precio cero gracias a un patrocinador. Son esquemas que demuestran que “lo gratis” compitiendo contra “lo gratis” (desde la televisión, a la descarga no autorizada) es un fenómeno real, persistente y posible: las quejas serán como siempre el receptor del dinero y el poder controlar precio y disponibilidad del catálogo: administrar la escasez. Pero como pasa con el caso de Chico y Rita, la pregunta esencial reside en las legitimidades: cómo convencer al consumidor del precio que se aspira a cargar con tecnologías que reducen a toda velocidad la mera posibilidad de fijar el precio que quieres (ausencia de escasez) si todo el mundo percibe que, al final, siempre se ve “gratuitamente” y que los modelos publicitarios lo permiten. Expertos en marketing suelen decir que la gente hoy vive experiencias más que compras de productos. El futuro son, pues, experiencias. Lo que estamos llamando financiación colectiva, es también una experiencia.
Lobo Estepario explica de modo muy interesante la relación simbólica de las cámaras fotográficas con nuestra concepción de la fotografía: «Las cámaras pueden ser una caja con una lente. Da igual la forma. Así que la fotografía busca la magia analógica perdida en la era del Photoshop. Pero no deja de ser curioso que las cámaras más modernas adopten la forma de tecnologías de cuarenta años o más». ¿Cuando empleamos la palabra cine no hacemos una construcción nostálgica que aspira a persistir en la analogía con la era perdida de las imágenes y las formas de narración y producción de décadas atrás? Hubo épocas en que los actores no querían hacer televisión por una cuestión de prestigio. La pregunta es si esa recreación bloquea la reflexión y las actitudes críticas para encontrar el espacio de la creación audiovisual – y su financiación – en un tiempo donde los cines no son los sitios donde más películas o creaciones audiovisuales se ven. No hace mucho alguien más hablaba de la superioridad creativa actual de las series sobre el cine. Algo así reflexionaba a medias con Dany Campos el otro día. Yo elegí hace tiempo la idea de videosfera como forma de resumirlo todo.
Tengo la teoría no comprobada de que muchísimos de los debates públicos que tenemos son un eterno déjà vu simplemente porque lo que llamamos la red antes eran cuatro monos y ahora son cuatro multitudes. Eso afecta a valores esenciales de la cultura digital que se podría decir que antes, al estilo de algunas viejas codas del Anson del ABC, suponía que no se hablaba de otra cosa. Entre ellas, algunos fundamentos de la digitalización. Varias presentaciones que tengo sobre posibles futuros de la televisión, el cine, los medios y sus cambios, incluyen un apartado de “infraestructura”. Es decir, eso que existe de modo subyacente y que permite hacer cosas: como cuántos hogares se conectan. Si, más o menos, mucha gente ha oído hablar de la “Ley de Moore” (eso que hace a los ordenadores más pequeños y potentes), pocos recuerdan la “Ley de Kryder“: unos dicen que cada doce, otros cada dieciocho, pero la cuestión es que en lapsos de tiempo parecidos a los cumpleaños de cualquiera, la capacidad de almacenamiento se duplica. La derivada es que el coste de la memoria se reduce. Si andamos por el euro y algo por giga en discos de un tera, si una película puede ocupar en números redondos un giga… ¿a cuánto queda en una década?. Aquí cuentan que creen que en el 2020 catorce teras costarían cuarenta dólares. Si hacemos caso a lo que cuentan en este otro sitio, eso es prácticamente una vez y media la biblioteca del Congreso de los Estados Unidos. En fin, tomemos todo como números gruesos y pura tendencia de cosas que cuando lo digital era maravilloso y no un nido de peligros se contaban cada día. La pregunta es que no sé ni por qué discutimos el futuro irremediable, ese en el que toda la producción cultural que siga basándose en cobrar copias estará presente de forma ubicua pase lo que pase con la ley. La duda que tengo es si al ministro que nos asola se lo han contado: que, de momento, todo Pirate Bay (es decir, dónde encontrar los archivos), ocupa noventa megas y que lo del precio de la memoria también vale para los servidores y que a la gente le puede dar por montar su propia nube. Y verán que no hablo del coste del ancho de banda. Si hay una extensión generalizada de la idea de que las leyes de hace tres siglos no sirven, va siendo hora de que, al menos, todo lo que no sea la industria del entretenimiento de EE.UU., se dedique a pensar en inventar su futuro y no a detener el avance de la arenas por el desierto. Hablando de cultura digital, nada como uno de sus iconos preciosos: Blade Runner y cómo determinados momentos se disolverán como lágrimas en la lluvia.
Veo que Filmotech ha incorporado tarifa plana de nueve euros mensuales, hacía tiempo que no pasaba por allí. Me llevo, no obstante, una sorpresa mayor: Chico y Rita ¡gratis! cuando está en plena explotación y simplemente ¡por registrarte!. Caramba, no vamos a negar que las promociones son un sistema para atraer abonados (canal plus, lo hace constantemente) pero que uno de los directores – y productores – de lenguaje más agresivo acerca de las maldades del todo, todo, gratis haya consentido que su película se vea a precio cero con la finalidad aparente de provocar difusión tiene mucha carga emocional. Sin perjuicio de los buenos profesionales que tiene, creo motivo de reflexión sobre la equidad de la economía de mercado el que una entidad de gestión de derechos se dedique a competir contra la gente que no tiene el cómodo colchón de ser una especie de “delegación” por parte del Estado que administra, entre otras cosas, algo como el canon: habrá que repartirlo, pero tener el dinero en caja y cobrar tu comisión de antemano es una ayuda financiera que no tienen los demás. Alardear de lo gratis después de bramar contra ello, de recibir subvenciones, de haber rugido contra los malos, malos, que eran más listos que tú para hacer un dineral siendo émulo de Long John Silver (sin cobrar a la gente, tómese nota) y no demostrar que sabes ganar ese dineral, lleva a curiosas preguntas. Pero, para los que quieren hacer servicios rentables siguiendo las reglas que la propia Egeda defiende, que se encuentren con la gratuidad como arma competitiva y con una nominada a los oscars de este año (que se dan en pocos días) en un momento de mercado en que se quiere construir “alternativas legales”… se me hace curioso. Uno es partidario de la disminución progresiva de la amplitud de la legislación actual de derechos, pero cree que hay que hacerlo ordenadamente. Eso supone un espacio de renuncias para todo el mundo. La pregunta es si Egeda se tiene que dedicar a lo suyo y dejar que otros hagan el negocio de exhibir películas en la red. Algo de esto ha flotado en la crítica a la Sgae de los propios socios de Sgae. Es decir, que las preguntas de fondo son dos: si Egeda tiene que competir con el sector privado y si es correcto que lo haga ofreciendo oferta grauita. Vivimos en un tiempo de muchas contradicciones. Que es muy humano, por supuesto. [Actualización]: Personas que están entrando ahora me dicen que ya no hay más registros posibles. Aunque la promoción seguía a la vista hace un momento (18:35).
Escuché en la radio de hace muchos años a alguno de los (ahora) viejos grandes presentadores de la efe-eme musical comentar acerca de un tema que es todavía más viejo siquiera por olvidado: el valor cultural de la música pop y rock, la comparativa odiosa o tediosa con la gran música llamada clásica pero que podía ser barroca y no era otra cosa que la considerada culta. La conclusión del hombre fue que si Mozart o Beethoven vivieran hoy – es decir, en la eclosión juvenil de los ochenta, ya muy evolucionada por lo que se refiere a semejantes movimientos – irían corriendo a conocer los instrumentos que se usan en el presente. ¿Cómo se hace para que lo que hace – hacía – Bergman subsista en el tiempo que viene? Era la especie de pregunta de un intercambio de opiniones del almuerzo de ayer. Es el tipo de cuestiones que se generan con personas inteligentes al observar lo que hoy es moda, transición tecnológica o, casi más propiamente, cambio de mundo: el temor o la duda sobre la persistencia de manifestaciones culturales que eran y son la quintaesencia del modelo cultural previo a la disrupción digital colocada en redes. Es reiterado decir aquéllo de que nada termina de morir y que todo está tan transtornado que ni llegamos a vislumbrar la salida del mundo actual, ese generador de lágrimas de todos los que tienen que perder, pero me acordé del locutor de radio y concluí la conversación diciendo: seguramente si Bergman tornara a tener veinte años estaría corriendo a ver qué se puede hacer con un videojuego o con la narración planificada entre medios.
Me preguntaba a mí mismo este fin de semana si la reciente reforma laboral y sus estipulaciones sobre el sector público tendrían como efecto colateral la reducción de plantillas en las televisiones públicas: la ley es un mundo espeso y lleno de matices. Ya hay quien apunta que sí, que efectivamente lo pone a huevo. Nada volverá a ser lo mismo. Lo que Juan Varela denominó brillantemente telestado del bienestar termina su ironía. Las televisiones públicas verán acelerado, termine como termine esta crisis, su paradoja intrínseca en un mundo desintermediado. Hace años una persona influyente en el negocio televisivo me dijo que en este territorio se desarrollaba el ridículo espectáculo de diecisiete autonomías queriendo competir con Hollywood. En los comienzos de una televisión autonómica de las pequeñas, me vi envuelto en los planes de negocio de una productora que debía necesariamente estimar sus ventas fuera de la región para justificar las inversiones de las sociedades de fomento de la misma autonomía. Obviamente, no se produjeron. Salvo excepciones, la tendencia a la autarquía, el sostenimiento inflado de infraestructuras técnicas para crear falsas industrias locales alimentadas por televisiones deficitarias, termina mostrando la realidad: lo artificioso de la industria audiovisual española. Qué habrá sido de las mil licencias de TDT, que deben ser más que partidos judiciales. Televisión, cine y propaganda son una constante desde sus invenciones respectivas, pero la pérdida del control y la tecnología lo cambian todo. El que quiera hacer política industrial de las cosas de la imagen, tendrá que hacer otra cosa, incluso si su máxima es la propaganda. Una historia escuchada en el cuarto de estar de casa fue la de aquella vez en que los míticos patos del miniestanque de la entrada de RTVE empezaron a morderse entre sí porque todo el mundo olvidó darles de comer los fines de semana. Pobres patos los que tienen que depender de que alguien les lleve trozos de pan.
Los grandes medios suelen dedicar mucho espacio a las notas de prensa de los informes de la gran industria del entretenimieinto sobre las enormes pérdidas de la piratería y poco o nada a los estudios académicos que contradicen el tipo de efectos alegados por esa gran industria. Por el contrario, por el espacio abierto de la red esos informes se distribuyen entre los interesados a toda velocidad. ¿Provoca eso lo que creo que es la diferencia de opinión entre muchas personas del público y los defensores del estado actual de la propiedad intelectual? Uno cree que es uno de los errores de comunicación de estos grupos. Lo cierto es que está circulando por toda la web y no sé si veremos en la prensa seria (desde Torrent Freak a espacios profesionales como Advanced Television), las conclusiones de otro estudio que dice que los torrents no han hecho nada de pupa a las recaudaciones de Hollywood en EE.UU. Y que fuera de allí, el descenso de recaudación no se estima en más del 7% y que tiene correlación directa con el retraso del lanzamiento en el país de origen y la extensión del uso de torrents: es decir, nada que la realidad práctica no esté demostrando con el acortamiento de tiempos de lanzamiento de cine y televisión entre países y confirmando que, esencialmente, estamos ante un problema de demandas no atendidas. No atendidas en un entorno globalizado que sabe de los títulos importantes en el mismo tiempo real que los locales. Todo esto, claro, altera los modelos de fijación de precios tradicionales. Lo que sería otro dato más para argumentar que el enforzamiento de propiedad intelectual (obligar a cumplir los retrasos de lanzamiento) son una excusa para evitar que los mercados funcionen. Por doloroso que sea para mantener estructuras locales acostumbradas a hacer un negocio basado en ese aquilatamiento de tiempos y ventanas. Después de todo, la gente sigue yendo al fútbol aunque pongan el partido por la tele. Los bares se quejaban de que eso iba contra su negocio y pedían cambios de horarios hace años. El trabajo académico lleva por ahí desde el 16 de enero y puede que esto sea una resurrección de algo ya contado, pero no viene mal.
Repasando esta mañana mi inversión mensual en el video que quiero que exista, no he podido evitar prestar más atención a las formas de defender los proyectos. Digamos que hay dos básicas: quien se apresta a vender y quien, con toda seguridad de modo inconsciente, está recurriendo a la caridad. Cuando comienzas tu explicación dando pena, vamos mal: «Somos un equipo de emprendedores para Cine y TV, dispuestos a hacer un buen trabajo con la ayuda de vosotros», dicen unos. «Actualmente, y debido a la crisis que también sufre este sector, muchos de nosotros tenemos dificultades tanto para trabajar así como para poder llevar a cabo los proyectos en los que creemos», dicen otros. Y piden treinta mil. Si partimos del hecho de que sumar pequeñas cantidades en red es algo ya existente para proyectos “normales” y ha sido clave en la financiación de políticos como Barack Obama, si le sumamos el efecto de colaboración distribuida que provocan los modos de producción en red, el recurso emocional al favor y hasta la donación no permite un desarrollo conceptual correcto. Busco una palabra que resuma en castellano lo que crowdfunding dice en inglés para tener un concepto simple y manejable, pero no lo encuentro (se pide ayuda). Minidonaciones, que me gustaba, se me ha vuelto detestable. Hay que ver el crowdfunding como preventas envueltas en una campaña de marketing, hay que pensar incluso en meter el coste de la financiación de la campaña de captación de fondos dentro de la cantidad a recaudar: es decir, si lograr una notoriedad determinada calculada para conseguir equis contribuyentes supone invertir ene euros en promoción, ¿pueden tomarlos prestados y recuperarlos en la campaña junto con los intereses devengados?. Lleva a concebir el proyecto como, en realidad, se hace en el cine grande de distribución, considerar el coste del negativo y los costes de promoción de partida y no hacer una cosa sin la otra. En fin, es algo obviamente inmaduro, pero creo que debe estar en la discusión, algo que seguramente esté y todavía no tengo fuentes a mano que lo traten. Se pide nueva ayuda.
Me corrijo: lo que está a nuestra disposición en los servicios de financiación colaborativa en red (crowdfunding) sí es mejor que La2. La razón tiene que ver con la imposibilidad de que una televisión pública pueda realmente cumplir con sus fines, tesis denostada por mis lectores habituales más habituales. Pero me mantengo. La libertad que concede el proceso de desintermediación sigue generando decenas de proyectos que buscan y consiguen su espacio de modo autónomo y que cubren los intereses de las minorías. O los intereses de quiénes los crean, que es mucho más importante en mi opinión. De interés este mes cómo Iñaki Arteta, autor de diversos documentales sobre los problemas del conflicto vasco, anuncia que recurre al crowdfunding pues «la búsqueda de subvenciones y otras vías de financiación ha sido, hasta la fecha, infructuosa». No recurre a ninguna plataforma, directo a Paypal. Una vez más, la clave de la autonomía creativa reside en no esperar y en construir tu audiencia. Repaso webs españolas, sin tiempo para mirar otras, y decido entregar mi cuota mensual a: 1) un interesante proyecto que mira a la creación como una especie de suma de patologías psíquicas que han de verse como positivas; tiene un planteamiento estético y de producción y distribución ambicioso: Creación 2) “Cuatro Verdades: fragmentos de una película occidental” es un proyecto que – esto es un chiste privado – sólo podían pensar intelectuales cubanos; complejidad intelectual y sensualidad simultáneas 3) La Caputxeta Galàctica, una mezcla de vídeo y performance muy sugestiva (vean el vídeo) que, inevitablemente, me ha recordado a La Galeta Galàctica del adorable Jaume Sisa/Ricardo Solfa, y 4) Algo que conecta con la infancia de los de mi edad y que ya no es nada tan artístico como mis otras elecciones sino un documental hecho para lamentar el fin de la fabricación del Subbuteo, esa evolución del fútbol de chapas que era tan, tan, bonita. Subbuteopia, se llama.
Es la tercera culpable parcial de El Cosmonauta. La visión de las motivaciones y trayectorias de los tres creadores haría las delicias de los instructores de seminarios de liderazgo y equipos de alto rendimiento. Son complementarios de un modo atroz. Cuando pica el gusanillo del cine, lo normal es ansiar ser director. Da igual que se formen más directores potenciales que películas se hacen cada año, pero es emocional y un deseo que ha podido tener todo el mundo un segundo de su vida. Lo interesante es que de modo rápido los roles y ambiciones se han acomodado: tener claro que te sientes mejor escribiendo o en producción que dirigiendo parece una condición previa para el éxito. Carola aprendió a programar su VHS con cuatro años y desde entonces grabó todo lo que daban en Canal+. El día que vió Titanic descubrió que lo que quería era “construir un barco así de grande y hundirlo en una peli”. De momento, tiene un cohete.
Es pura carne de Costa Gavras: del estrellato social, a la política. Del desengaño de la política a la persecución del terrorismo de estado. De los insultos de los abandonados ideológicos, a la euforia de los mismos por la persecución de Pinochet. Del prestigio mundial, a la recuperación (presunta o no presunta según a quién preguntes) de la memoria española. De martirio de traficantes de droga a la persecución de la corrupción. De las portadas de telediario a los sumarios cuestionados e imperfectos. Del glamour a la persecución judidial y la condena. Aaron Sorkin y su mirada shakespeariana de la política sería demasiado bueno para creerlo. Además del general chileno, Margaret Thatcher. Quizá demasiado antiguo para el negocio del entretenimiento actual, pero perfectamente obvio para el sistema de ayudas europeo. Merece esos finales ambiguos donde uno se da cuenta de que ni el personaje es consciente de sus defectos ni el juicio moral es obvio. Ah, también le daría su punto Oliver Stone. Un post paréntesis por aquello de que es viernes y porque debe dar SEO y tal y tal.
Me decía anoche Roger Casas – en un receso mientras hablábamos de un pasado que suena lejano pero que es recientísimo – que la diferencia real entre antes y ahora, entre el momento de empezar con El Cañonazo y hoy, es que cuando visitas a un cliente ya nada suena raro. Raro era decirle a empresas y marcas que te pagara vídeos, que contara historias y se dejara de obsesiones propagandísticas y el vocerío tradicional de la comunicación de masas. El sesgo es interesante cuando me confirma que la marca envuelta en Recuerdos que Laten – Iberia – no desea estridencias y quiere que el contenido fluya de la mano del público. Javier Regueira es el mayor insistidor entre la blogosfera de la comunicación de marca sobre la necesidad de «la convergencia entre las industrias de la publicidad y del entretenimiento». Me gusta citarle porque pone en evidencia cada día cómo para la atribulada industria de contenidos la reconversión pasa por arrebatarle la financiación a las estructuras clásicas de la interrupción y olvidarse de la persecución de usuarios. Iberia se está marcando una serie documental en plan Callejeros o cualquiera de esos programas testimonio sobre personas y viajes provocando instantes de emoción para compartir con la gente. Banco Sabadell hace poco recuperó el placer de las entrevistas interesantes. Vaya: ni la cultura se muere, ni el entretenimiento desaparece. Al ver las cada día más frecuentes realidades de la cuestión, uno piensa que lo mejor para todos es acelerar la muerte del viejo sistema suprimiendo a más velocidad su colección de privilegios. Hay quien necesita comunicar y pondrá su dinero, un dinero ahora cautivo en sistemas que luchan por conservar su nirvana. Y las teles de casa siguen más o menos desconectadas.
Pablo me avisa de un nuevo lío que afronta. Las cosas interesantes del conflicto popular con Ryanair tienen que ver con dos asuntos próximos a la cuestión audiovisual: uno son las subvenciones, sobre el valor de su legitimidad para competir en igualdad de condiciones. Hay un discurso que rechaza el que Ryanair las tenga – olvidando que Spanair las tuvo – como rechaza las del cine y no rechaza las de la televisión. En defensa del mundo del cine español, se demuestra que no son los únicos. En defensa de otra vía, sugeriremos que la cuestión es la bondad de la subvención como mecanismo para atender fines casi siempre loables. En segundo lugar, el valor del periodismo de los grandes medios (y grandes televisiones, incluídas las públicas) que reproduce sin rubor trucos marquetinianos para convertir la propaganda en noticia y alimentar la necesidad de llenar y entretener de medios que se presentan como necesidad e instrumento de una capa social, la del periodismo, que tiende a pensar de su oficio en términos de necesidad social insoslayable.
El desastre del modelo de televisión pública estatal no sólo es un fracaso entendido por su incapacidad para resolver sus paradojas inevitables en la era digital (muchos, no me creen), sino porque ni siquiera es capaz de cumplir con sus aspectos propagandísticos más propios de la razón de estado. Ver cómo relata El País la presencia iraní en la televisión por satélite en castellano o los planes de otras muchas culturas deseosas de influencia y sin tradición en la zona sólo tiene una calificación en mi opinión: RTVE hace el ridículo. Si se le suman los Estados Unidos hispanos, hablamos de incompetencia profunda. Hace como tres años ya escribí sobre eso, tal vez de demasiado incompleto, pero es que se veía venir.
Lo que este autor denominó cuando fundó su blog nueva industria audiovisual ha tenido como base metodológica de análisis desde hace muchísimos posts la formulación que el entorno de la Sociedad de Las Indias Electrónicas hace del concepto de red distribuida. Entendida como relato histórico – es decir, desde las comunicaciones basadas en el correo de postas hasta hoy, pasando por el telégrafo – explica el cambio de paradigmas para el negocio de los contenidos. Chris Dorr hace una formulación quizá más directa al hablar de cómo una diferente arquitectura de red genera sistemas de creencias distintos. Lo interesante es que es un tipo de relato que llega a centros de divulgación como el blog del futuro del cine y la televisión del festival de Tribeca y, de ahí, al Huffington Post. Sin ánimo de presumir de nada, decir que estas cosas ya las contábamos en la periferia, apetece. Aunque, mi amigo Antonio Ortiz, prefiere considerar la esperanza de las redes distribuidas más mito que realidad: visto el proceso de recentralización de la red que encarnan como nadie Twitter, Facebook, Google y hasta Apple, la cuestión está desde luego en el aire. Dorr tiene claro que la nueva arquitectura se impondrá sobre la vieja y sobre el modelo industrial del entretenimiento. Cita aperitivo: «A mass media company that wants to use the Internet to advance its business must obey these same network rules».
Juan Herbera es una lectura constante y necesaria. En sus largos posts mezcla el análisis detenidísimo de las taquillas de cine con reflexiones sobre el estado del arte del negocio de las salas. Esta semana ha titulado “¿Qué hacemos con el cine?” en una continuación de muchos cambios de impresiones que mantiene con sus lectores y con este blogger de forma intermitente. Son dos los clásicos: el declive continuado de la presencia de público, algo sobre lo que él es optimista. Yo lo soy menos, pero no por deseo, sino porque creo que vivimos una realidad mutante del ocio y la producción cultural y creativa hacia la generalización de tecnologías que tienen como sesgo esencial el cambio de formas de consumo y producción opuestas a lo tradicional. Así, sin que nada tenga que morir, su decadencia relativa me parece lo más probable. Por otro, la cuestión del cine español: publica los anticipos de cuota de mercado del cine español, que gana un poco sobre el año pasado pero que, como ya advertí hará un año, se trata de nuevo una manifestación del business as usual de la filmografía local. La recaudación no cambia sus patrones históricos y se mantiene dentro de sus rangos. ¿Es el fracaso de la llamada excepción cultural? Se puede ver de dos formas: la de la derrota sería que la cuota vista a largo plazo no crece (pasa en toda Europa y América Latina) y que la cultura popular sigue su impregnación de iconos americanos (toda la juventud de hoy celebra ese desconocido que fue para nosotros llamado Halloween). La de la victoria sería una respuesta optimista a la pregunta «¿si no hubiera excepción cultural sobreviviría esa cuota?».
Una interpretación que hacemos del estado de la tecnología y la sociedad los peligrosos libertarios que no nos sentimos bien con las leyes de limitaciones de descargas y que genera la revuelta incluso frente a cosas que podrían ser razonables, reside en la idea de apropiación del estado por parte de grupos reducidos: los lobbies, que pueden llamársele perfectamente cárteles, tienen tal control sobre el origen de la legislación y su enforzamiento que convierten la idea del estado como salvaguarda de los intereses generales en una broma. Esta es, por ejemplo, la visión de John Robb, un reconocido analista sobre los conflictos armados de sociedad informacional. Al fin y al cabo, el asalto global a Megaupload lo ha hecho el FBI. Relacionado con esto, enlaza una apasionante conferencia de Clay Shirky sobre SOPA y PIPA. Me he quedado con una visión fantástica: cuando la televisión era la que conocíamos, la de la escasez, sólo tenías que competir contra dos o tres alternativas. Fácil, ¿no?. Si te cargas la escasez (y el control de ventanas de paso) un estado vaciado de sentido por cárteles protegerá esas industrias que vivían tan “cómodas”. Puedo sugerirles que lean consecutivamente estos enlaces y otros que he asumado estos días: la errónea estrategia (lobby de vieja escuela) de MPAA, la mirada de Paolo Coelho frente, por ejemplo, a la de José Ángel Mañas. La guinda, una entrevista a David Mark en Público: «Por cerrar Megaupload no van a caer todos los sitios similares. Hay que pensar en un contexto mayor».
Los periódicos han decidido, de toda la vida, qué cartas al director se publicaban y cuáles no. No sólo eso, se reservaban el derecho a editarlas y extractarlas. Nunca nadie llamó censura a estas prácticas. Como es conocido de todos, hemos pasado de un mundo donde el lector solicitaba humildemente al director del periódico que publicara su opinión o rectificación de sus artículos a otro en el que los lectores se convierten en autores/lectores simultáneos, se compran un dominio, emplean una herramienta de autopublicación y dicen lo que quieren sin esperar al dictado del director. Es decir, las personas – se habla mucho del poder de las personas en la red – se empoderan, que tiene que ver con tener poder propio: poder hacer cosas y ejercer una soberanía en condiciones de igualdad que, antes, no tenían. El antiguo lector y el periódico se tornan pares. Por eso los blogs no gustan nada en los medios, aunque llamen blogs a las columnas de opinión de sus redactores y amigos. Me dirán que al del blog no le lee nadie. O pocos. Que, en el periódico, hay mucha audiencia. Eso sólo es una batalla de mercado en la que, normalmente, los diarios tienen tanta ventaja que indigna que pidan leyes de protección. Por eso cuando se alega que la libertad de expresión está amenazada y que se trata de un derecho humano el que, por ejemplo, twitter no censure, lo que se está eligiendo – queriendo o no – es volver a un mundo mediado donde unos pocos siguen filtrando el poder de decir. La red posibilita la desintermediación y el empoderamiento, así que no se entiende lo de reclamar mediaciones. Es lo que hace El Cosmonauta o cualquier otro que usa las redes para agregar muchos pocos, construir su audiencia y su financiación y no esperar a las subvenciones o la publicidad. Esto sirve para la telebasura y cualquier otro elemento censor cubierto de dignidad en nombre de la protección de la infancia y la dignidad del oficio del periodista, reportero o tribulete. De hecho, que sea la clase periodística la que tanto proteste por estas cosas – con absoluta buena fe por supuesto – no deja de ser, en mi opinión, un reflejo mental de la defensa de un privilegio anteriormente monopolístico: el de decidir lo que sale y lo que no sale. Si damos la bienvenida al Apple Store o saludamos a Twitter como esa herramienta que da voz al pueblo y luego nos encontramos que deciden aplicar filtros (que no salgan penes o que han de cumplir las leyes contrarias o restrictivas a la libertad de expresión de los gobiernos), no tiene sentido llorar, sino explicarle a la gente que puede ser libre de eso: ellos también podrán decidir quién habla y quién no en su propio medio. Y asumir las consecuencias legales, aunque muchas sean disposiciones absurdas o de triste control social.
Con lo social, la ruptura de la lineadidad, etc. etc. Sólo hay que leer este fragmento de una nota de prensa de Telecinco que manda por email y está dedicada al lanzamiento de Tricotosas (algo de nicho, nicho, nicho…): «El lunes a las 10:00 horas, MITELE preestrenará en exclusiva el programa “TRICOTOSAS” [...] Divinity.es abrirá una sección fija dedicada a “Tricotosas”, que incluirá todos los programas para su posterior visionado a la carta, documentos en formato pdf con explicaciones de las labores detalladas paso a paso, la comunidad on line ”Las Tricotosas” con presencia en Facebook y Twitter y toda la información de cómo las celebrities se han apuntado a esta tendencia». Es decir, no iba a morir, iba a mutar. Nada es igual.
Tengo un amigo que es amigo de Coelho. A mi amigo no le gustan un pelo las descargas, y tiene motivos profesionales para ello: una vida consagrada a un modelo de negocio. A Coelho le gusta Pirate Bay y tendría motivos profesionales para no estarlo, aunque ha encontrado otros nuevos que le contradecirían. ¿Cómo puede ser? Vivimos en un conflicto de paradigmas que radica en un cambio tecnológico que modifica todos los modos de producción d’un temps d’un pais – dicho “serratianamente” – y de todos los países. Es ingenuo pensar que cosas como ésta no cambien el discurso público sobre la palabra delincuencia asociada a las formas de producción de esa nueva tecnología, pero debería: las nuevas posibilidades y las relaciones que crea resultan bastante incompatibles con lo que se queda atrás. La discusión existente no es sobre cómo paliar los daños, cómo gestionar las mutaciones. La discusión es ver quién derrota a quién. Supongo que siempre ha sido así.
Una nueva denominación para el crowdfunding que veo en un artículo de El Confidencial. Es positivo contar con palabras propias y no traducidas, además de porque es más sencillo de decir – y yo creo que eso cuenta – restarle magia y acercar el concepto a las personas no iniciadas en los espacios de la modernidad recóndita le va a resultar beneficioso. Minidonaciones me gusta más. La intoducción de la expresión mecenazgo – como en micromecenazgo o minimecenas – otorga más poder de legitimidad que, al final, es la cuestión. En fin, súmese al debate quien quiera, no siento entusiasmo personal por esa idea de ciudadano, porque me parece que tiende a degradar al dotar a la idea de ciertos tintes amateurs que no son la cuestión: creo que debe contextualizarse el fenómeno como parte de la economía digital que viene o que ya está y que reproduce los esquemas de producción del software libre: las aportaciones de comunidades autoorganizadas alrededor de un proyecto abierto. El mundo audiovisual debería estudiar el minimecenazgo como una preventa, una venta anticipada de la entrada o el alquiler y eso les permitirá razonar en términos de marketing y no de caridad: en realidad, se trata de vender. El artículo señala la esperada oleada de webs para intermediar la recaudación, lo que nos lleva a un nuevo peligro de burbuja que termine restanto credibilidad: tengo la sensación de que sigue prevaleciendo ese síndrome de tantos proyectos locales y que no es otra cosa que seguir siendo locales. En todo caso, ayer recordábamos el cambio de cultura al respecto de las aportaciones en pequeñas dosis con la memoria de Mobuzz (algo que, por cierto, confirma Nicolás Alcalá en esta entrevista). ¿Conviene que esa anunciada ley de Mecenazgo tenga espacio para incentivar estos espacios o que dejen a la sociedad en paz a riesgo de ver que resulta en un medio que sirva para que grandes fortunas y empresas se desgraven en proyectos grandes decididos en buenos y elegantes salones?
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