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Ángeles González Sinde

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Sinde, en Jot Down

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Leer a la ex-ministra elaborar su discurso en un espacio sin límites y en el que la contraparte no edita ni reduce las respuestas a cuatro frases por imposición del escándalo o por la escasez de espacio de los medios convencionales, es gratificante. Que lo haga con un entrevistador favorable, que asume ese discurso como una conversación es, pese a la multitud de críticas en los comentarios, mucho mejor: porque se lee la elaboración de posiciones y pensamiento sin interrupción ni conflicto y se aprecia mejor el conjunto de valores, argumentos y justificaciones de una posición social y política. Muchos descubrirán que la gente no podía ser tan simple (claro, nunca lo fue), pero eso no es óbice, valladar ni cortapisa para disentir de modo rotundo en lo implícito. Los que nos subimos a los bajeles piratas tenemos motivaciones diversas y, como sucede con el fútbol cuando no te reconoces en esos energúmenos que sienten los colores, te preguntas que por qué estas en esa nave. Eso sucede con muchas explicaciones variopintas sobre las descargas, la red y sus desquiciantes consecuencias: por ejemplo, una cosa es que sobre el papel de Víctor Domingo y la Asociación de Internautas no se tenga una buena opinión (yo, tampoco) y otra que, caray, resulte ser un lobby más poderoso que Hollywood. Hombre, no. O que la tendencia de los lobbies culturales a apropiarse de la legislación no sea algo que se pueda cuestionar por mucho que sea una mecánica democrática. Asegurar que poner orden en estas cosas lleva a España a la modernidad, permitiría varios folios de debate. Criticar, con razón, el antiamericanismo barato, no supone ignorar que existe un conglomerado industrial del que en el fondo participan muchas entidades españolas, para proteger y sobreproteger hasta el borde del monopolio una industria que es cuestión de estado. Pero quizá estos son los detalles llamativos. En realidad, mi discrepancia sería la más filosófica de toda su elaboración (y perdón por esta sobrevaloración de mi mismo): el que el planteamiento de la cultura defendido, especialmente de la minoritaria, resulta extraordinariamente conservador. Todo ello pese a presentarse con valores de progreso, en ese conglomerado de aspiraciones sobre lo que es tal cosa tan especialmente español. El conservadurismo reside, no sólo por la defensa bien argumentada de lo que al final no es otra cosa que el medio de vida de la entrevistada (que es totalmente legítimo), sino en la más simple idea de conservación: la de preservar. La sociedad informacional (para entendernos, la era de internet) no va a ser perfecta y seguramente acarrea pérdidas sobre otras épocas, pero es o será radicalmente distinta en la gestión del conocimiento (y la cultura). Y eso conlleva modelos de producción diferentes: digitalizar(se) no es hacer lo mismo por otros medios, implica que los productos mismos mutan y su forma de relacionarnos con ellos, también. Y eso ha sido así con cada evolución tecnológica. Una mirada más radical hacia el futuro, me parece a mi, siquiera por el prurito más intelectual del cuestionamiento de las ideas, es la parte que faltaría dentro de una aspiración legítima y argumentada hacia el estado de la cuestión de la transformación de lo que llamamos industrias culturales.

 

Duelo (al sol) en Brasil

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El tecnobrega es el género musical tenido como el ejemplo por antonomasia de lo que significan las formas culturales que se consideran como el paradigma de lo que vendría a ser la cultura que viene y que solemos denominar libre. Libre de libertad, que no tiene propietario. Por eso debe ser una forma libertaria de acuerdo con nuestro ministro. A mucha honra, diría. La cuestión es que ese género es un género brasileño y que su país de origen ha venido siendo un caso asombroso de cuestionamiento del orden mundial de la propiedad intelectual. Desde las patentes a las licencias de las obras culturales. En ese país han cambiado las tornas. Malos tiempos para la lírica. Me escribe mi amigo Rodrigo Savazoni, de la Casa de la Cultura Digital de Brasil para avisarme de sus declaraciones a El Mundo comentando el extraño caso del sosias de Ángeles González Sinde. El panorama, que también relata Bernardo Gutiérrez, es entre desternillante y desmoralizante. Mientras se asegura – esto les sonará – que la cultura se va a morir en Brasil (y, antes de terminar de reirse, vuelvan a leer el enlace sobre tecnobrega a ver si hay cadáveres o, en todo caso, de quiénes son) todo lo que hace Ana de Hollanda Buarque, ministra de cultura y a la sazón hermana del enorme Chico Buarque, tiene un parecido fantástico con la realidad local: presiones de los Estados Unidos, persecución de las licencias libres y oscuros tratos con las entidades de gestión de derechos. El conflicto de la propiedad intelectual es un conflicto de dimensiones sociales extraordinarias y generalmente desconocidas por los usuarios de las descargas y mal planteadas por los paladines de la revuelta, pero todavía es más llamativo ver quiénes suelen estar del lado del  más fuerte: los mismos que se han quejado de la política exterior de EE.UU., por este y otros motivos, los mismos que han pedido leyes para detener el poder de cartel de las majors de Hollywood, piden leyes de excepción y a su medida para protegerlo. Bueno, vale, no todos. Los otros son los beneficiarios del sistema. La vida sigue, sin embargo. La propia Casa de Cultura Digital de Brasil ha logrado financiar con éxito mediante financiación colectiva su proyecto para fabricar máquinas de fabbing de bajo coste: ahí viene la siguiente ola, la conversión de la manufactura en traslado de bits de un punto a otro (¿un decorado tal vez?). No hemos visto nada.

Sobre contradicciones dentro del sistema

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Hace unas pocas semanas, se ponía en boca de Ángeles González Sinde el siguiente argumento de preocupación ante una potencial modificación de la financiación que el presupuesto de la Unión Europea destina a sus programas culturales, en especial el clásico programa Media: «A nosotros nos preocuparía que pudiera haber trasvases económicos que mermaran unos y favorecieran otros». Lo interesante es que este es exactamente el mismo argumento que han empleado las televisiones comerciales españolas para oponerse a su financiación al cine: que un sector no tiene que financiar a otro. Que la acción institucional no debería (aunque lo hace constantemente) trasvasar el dinero de unos a otros creando perjuicios a un lado y favoritismos a otros. Aquí es fácil decir que el argumento para financiar el cine por las televisiones se debe a su licencia gratuita. Lo que sucede es que, en el mismo contexto, podría decirse que por qué al cine y no al teatro. O a crear startup tecnológicas. En el mismo período, uno de los fundadores de Wuaki TV asevera: «Yo no puedo fundamentar mi negocio en que se apruebe una ley ni en que una ventaja en la usabilidad se prohiba. No competimos contra las páginas de descargas». Estos dos momentos me parece que son un ejemplo perfecto de la complejidad de discusión del cambio de paradigma que vivimos. Tan solo con centrarse en las bases – llamémosle filosóficas – de las distintas posturas sobre la intervención pública en la financiación de contenidos o en la verdadera cuantía del daño que producen las descargas no autorizadas, incluso sobre si es posible competir contra el mal llamado todo gratis, hay suficiente materia como para plantear un debate social en el que no se parta de la base de que hay quien delinque y quien no o que las leyes inventadas hace tres siglos son inmutables en sus supuestos de partida. No es eso que se llama comunidad internauta la que necesita guiños. En realidad, es la sociedad entera la que necesita algo más que guiños para poder crear equilibrios nuevos.