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Antena3

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Volver a discutir el copyright en inferioridad de condiciones

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Antonio y Susana ya lo han contado. Ayer a unas cuantas personas algo significadas con internet y el mundo audiovisual nos invitaron a conocer el por qué de una campaña de Atresmedia en favor del modelo de propiedad intelectual vigente y con una insistente preocupación por hacernos saber que se quiere dialogar y no asustar, insultar o amedrentar al usuario con campañas y argumentaciones similares a las de la malparada SGAE y otros tonos considerados del pasado.

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Más sobre el desmantelamiento de la televisión privada

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Vanitatis entrecomilla unas declaraciones de Paolo Vasile al respecto de la fusión de Antena3 y LaSexta: «Hay que celebrar que el río vuelve a su cauce. Existía la necesidad de estar en un sector ordenado y bien dimensionado ya que es un seguro de vida para las empresas y para los que trabajan en ella». La traducción correcta de seguro de vida es precisamente esa: que las televisiones no puedan quebrar. Perpetuar un modelo de actividad empresarial donde un duopolio rentabilísimo hace y deshace en un tiempo donde la tecnología permite otros escenarios: que haya empresas que no puedan quebrar es injusto e inmoral. Por cierto, es la misma crítica que algunos hacen a los bancos en momentos como éste. Es por eso por lo que una política de desarrollo audiovisual que verdaderamente piense en cosas como pluralidad, ciudadanía, etc. etc. debe tener como programa no la intervención (es decir, el reparto de favores entre clase política y empresarios con ventaja, propietarios exclusivos del poder de cobertura territorial de sus licencias) sino llegar a un escenario tecnológico donde el reparto de favores no tenga razón de ser. Que es lo que pasa cuando alguien pone un restaurante. O un periódico. Pero, sorprendentemente, incluso a los más fervososos defensores de la tecnología les resulta tremendamente chocante que las reglas pudieran ser iguales.

Si había que desmantelar lo público, también lo privado

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La obscenidad del reparto de licencias de televisión no es nueva, pero el último capítulo ha sido especialmente entretenido. Primero Mediaset se hace con las licencias en abierto de Prisa por pura rendición. Luego, en una segunda claudicación, Imagina se entrega a Antena3. Pero, el anteriormente llamado Tribunal de Defensa de la Competencia (que ni era tribunal antes, ni lo es ahora, es decir está a las órdenes del gobierno de turno) decide que la competencia peligra. Bueno, no es que peligre, es que no existe. Una cosa es que haya competición (a ver quién pilla más de la bolsa de publicidad) y otra que haya competencia: lo segundo implica que haya una significativa libertad de concurrencia. Tras decir que peligra, se monta un pollo. Si eso es lo que sale en público, imagínense el pollo en privado, en las llamadas y cenas donde el concurso de belleza que es la televisión (pública y privada) se arregla en función de quién la tiene más grande. La amistad, que dinero siempre hay para esto. Al final, todo se arregla, claro, no se esperaba otro final. Para la redactora de El País, el colapso del telestado del bienestar, se explica con palabras como “botín”, naturalmente más opinativas que factuales, aunque sea un botincillo que, por supuesto, también se reparte entre fuerzas que miden su eficacia por el tamaño de sus amistades. Este es el subproducto del orden industrial de la televisión que, con más o menos dignidad técnica y editorial (la de aquí, bastante más lamentable de lo que a cualquiera le gustaría), ha poblado y puebla el mundo: vestido de tintes paternalistas, estratégicos, propagandísticos y presuntos valores educativos y democráticos, el mundo basado en la escasez de espectro no genera ni el paraíso público que tantos esperan, ni un mercado en condiciones de ese nombre. La tecnología ha cambiado y la proverbial ausencia de pensamiento radical está plenamente ausente de la discusión social: si existe una tecnología que elimina la necesidad de crear cuellos de botella que impiden la libre concurrencia de cualquiera para producir y emitir imágenes y evita la necesidad de un mercado intervenido, ahorrando en el camino dinero de impuestos y evitando que políticos y empresarios terminen con la meritocracia que supone el libre mercado, ¿no habría que viajar hacia ella como programa por mucho que aún no se dé toda la infraestructura técnica? Y uno cree que son precisamente los que más creen en lo mejor que puede realmente hacer una televisión pública los primeros que debieran dar el paso para esa transición tecnológica nada inocente desde el punto de vista de las relaciones de poder.

Duopolio televisivo, competencia y ciberutopías

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