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Mi no entender: ¿qué ha pasado en La Noria?

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Dice Juan Varela en su análisis de lo que ha pasado con La Noria que bastó un disparo. Es una buena forma de referirse al tipping point. Lo cierto es que hace días yo invitaba a ver el caso desde el punto de vista del análisis de teoría de juegos sobre revueltas en red acudiendo a un artículo de Iván Vilata sobre el concepto de ciberturba creado por Juan Urrutia: cambien en el artículo de Iván la palabra Facebook por la La Noria o la telebasura y podría estar calcado. Tomen esta cita: “Urrutia define el umbral de rebeldía como el número de miembros de la red de un individuo que éste debería saber dispuestos a la rebelión para hacerlo él mismo, siendo este umbral inversamente proporcional al nivel de indignación. Urrutia razona como el conocimiento común que de la red tienen sus miembros […] determina cuando la revuelta está propicia: con umbrales bajos y relaciones densas (porque el conocimiento común es alto) o con umbrales altos y relaciones dispersas”. Añadan ésta: la revuelta “no sería posible en una red tan dispersa sin algo que aumente el conocimiento común, y aquí es donde reside la importancia de los medios de comunicación”. Pongan donde pone “medios de comunicación” a Pablo Herreros y las consecuencias virales de su post al rebotarse de unos sitios a otros y la salida al ruedo de Campofrío. Le siguen en cadena en ese y días sucesivos hasta veintitrés anunciantes. Por conversaciones con diferentes personas cercanas al caso, puedo decir que los anunciantes han hablado entre sí, es decir, han elevado su nivel de conocimiento al confirmarse que estaban dispuestos a rebelarse: eso coincide con el sentimiento de frustración que hace tiempo los anunciantes tendrían con Telecinco si atendemos a los pasillos del mercado. Los medios sociales han servido de canal para tomar conciencia de su estado rebelde y les ha bastado confirmárselo: si uno va, yo también voy. Por eso aquéllos que no entienden nada de por qué ahora sí y en otros momentos no (la madre de El Cuco ha sido entrevistada otras veces y, como bien se ha señalado, presuntas inmoralidades hay por todas partes) no pueden entender lo que ha sucedido. Ha bastado una cerilla para elevar el nivel de conocimiento y superar el umbral de la rebelión. La teoría de juegos es poco glamourosa, pero seguramente tiene algo que decir: marcas y televisiones se pueden ver envueltas en vendavales como éste, para bien o para mal, en cualquier momento sin entender por qué y gracias a que la red ayuda a facilitar el conocimiento que unos tienen de las aspiraciones de otros. ¿Las malas noticias? No parece fácil ni detectarlo ni replicarlo por los mismos que lo arrancan. Barabási lo ha dicho hace poco sobre el poder predictivo de las redes: “Las redes sociales mostraban que había un deseo general de cambio pero no cuándo se iba a producir éste.” Era para las revoluciones árabes, quizá sirva para Telecinco.

Gratuidad y datos

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En algún tren que coincidíamos, o puede que al comienzo de alguna charla, Carlos Barrabés contaba que cuando marchaba fuera de España lo que le preguntaban inversores de todo pelaje era “cuántos datos tienes” y “cómo los usas”. Los datos, ese petróleo para predecir conductas y asignar publicidad o generar ventas. Los datos, esa pesadilla de la intimidad: muchos están preocupados por su foto en bikini pero, como recuerda Paloma Llaneza, Facebook sabe si eres gay aunque no hayas salido – aún – del armario sin siquiera mostrar tu foto vergonzante y eso es mucho más inquietante, me parece a mi. Barabási tiene nuevo libro y cuenta cosas interesantes sobre cómo se esparcen, lo recomiendo. La industria cultural suele mostrar un discurso obsesionado con la – falsa – idea del todo gratis: los servicios gratuitos se pagan con los datos de nuestra conducta y con el trazado de nuestro perfil para poder venderlo a terceros. Y aquí tienen su doble estrategia: pueden, como la televisión, generar y vender datos con los perfiles de los espectadores, o pueden educar al público en que regalarlos no es una buena cosa para sus vidas privadas y crear un interés en pagar los por otro lado bastante módicos precios de un alquiler prometiendo un trato limpio. ¿Será ésta una tendencia emergente? De momento Fast Company habla hoy de una startup en Singapur – MyCube – que se diseña para que los usuarios vendan el acceso a sus páginas y no comparte datos con terceros. El título es inquietante: ¿debe pagarte Facebook?.

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