Es una nota de Chris Thilk esta vez en Advertising Age y que se refiere al reciente y polémico anuncio de la puesta a disposición de cine a los sesenta días del estreno en vídeo bajo demanda. Y a treinta dólares, precio muy comentado por sus equilibrios con el coste total de ir al cine: es decir, miembros de la familia, gasolina, párking y hasta baby sitter. La tesis esencial es que, al igual que en el fondo nadie de la propia industria – ni los dueños – esperaba que Hulu funcionara (ya saben, un experimento), los estudios deben prepararse para conceder la probabilidad de que funcione y que, de ser eso así, cambiará de modo radical el marketing de cine. La idea esencial es que, como sabemos, la venta al público de una película es una fiesta muy corta donde prácticamente todo el esfuerzo se concentra en levantar un primer fin de semana. Con la reducción de ventanas, con la competencia de alquileres obscenamente baratos como los de RedBox, el público se acomoda, como en el resto de fenómenos convergentes, a su poderío para elegir soporte, horario y compañía. Por tanto, es la conclusión, las campañas habrán de ser más largas, más soportadas por los estudios y con menos apoyos de los exhibidores. Todo eso, nos dice, si realmente quieren que el sistema funcione. Es sutil, pero pasar de un fin de semana a más es un cambio de juego radical. Mucho más si el producto deja de ser sólo una película y son más cosas. Me muero por saber lo que piensa Aitor Satrústegui.