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Hollywood aprende español, aquí viendo cómo pasa el tiempo

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Las motivaciones de las políticas estatales audiovisuales, cinematográficas y televisivas, se basan en la razón de estado. Defender la identidad, la propuesta de valores, el desarrollo de una industria local, etc. etc. Sin perjuicio de los muchos elementos falsos y propagandísticos que contienen estas cuestiones (es una tema clásico en este blog), lo cierto es que quienes diseñan políticas industriales se supone que deberían hacer un ejercicio de búsqueda de oportunidades para desarrollar una estrategia que cree un espacio de negocios viable y de crecimiento. También es habitual en esta página el que insistamos en por qué no hay un diseño de estado para abordar el mayor activo cultural del país (¿no dicen que es la lengua y la tradición?) a la vista del auge de lo que supone la población latina en EEUU y su demoledora influencia en el mercado cinematográfico y televisivo. Hace unos días el Wall Street Journal titulaba un artículo de manera que hace pensar que puede que la ventana de oportunidad haya pasado. O no. El título: “Hollywood aprende español al tiempo que los latinos acuden hacia los cines“. El texto constata la evolución de dos fenómenos: la incorporación de personajes y temática de la vida cotidiana norteamericana pasada por su población hispana y el modesto inicio de producción específica para ese segmento de población. Ya es algo más que tendencia. Algunos comentarios de próceres del cine local dan algo de risa en su pretenciosidad. Mientras, quienes se dicen responsables de la agenda pública, los políticos que piensan por nosotros, están discutiendo problemas tristes del pasado sin un solo viso de hacer cosas diferentes: puede verse en esta entrevista al señor Wert en la que el ministro queda mucho mejor de lo que intenta el periodista pero en la que, al final, ninguno de los dos termina de mirar al siglo XXI.

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La diferencia de expectativas entre el público español y sus cineastas en una sola frase.

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Guillermo Ortiz, hace ya unos cuantos meses en Unfollow: “Durante años cubriendo festivales de cine, acabé descubriendo que el problema no era que al público no le gustara el cine español sino que al cine español no le gustaba su público, principalmente, por no ser francés”.

¿Brotes verdes cinematográficos?

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Se dice que las crisis son higiénicas: retiran lo obsoleto, no sin dolor, y dan vida a lo mejor, lo nuevo y lo más inteligente. La hecatombe de recaudación de la semana pasada no es únicamente producto del aumento del IVA (llamémoslo puntilla): hace muchos años que el precio de las entradas ha subido de modo desproporcionado y, me parece, existe un consenso bastante amplio alrededor de la idea de que el precio excesivo es una cosa cierta. Seguramente por eso se ha puesto encima de la mesa la estrategia de descenso, que requiere del acuerdo de las distribuidoras importantes: es decir, la crisis, que al final sólo pone de manifiesto quién lleva bañador cuando baja el agua, parece conducir a terminar ciertos tabúes sobre la política de precios de los cines.

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Oficio con tinieblas

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“Este es mi oficio y yo aspiro a pagar con él las facturas”, dicen que dice Gracia Querejeta. Yo pensaba que hacíamos cultura. Un poquito más allá, le atribuyen: “Lo que fue la obligación de las televisiones de financiar el cine es algo que se ha vuelto en contra de todo y ahora solo hay un cine, el que quieren las televisiones y eso limita el espectro muchísimo.” Ya tenemos, por tanto, una de esas contradicciones deliciosas que – seamos justos – todos tenemos: las televisiones, como la realizadora, también aspiran a pagar sus facturas. Vamos, que es su dinero. Lo que no quita que esas televisiones conformen un oligopolio de licencias sin duda hoy día cuestionables, sobre todo el método con el que fueron obtenidas: es decir, que mezclando unos aspectos y otros, siempre generamos confusión. La cultura es una cosa, cómo te ganas la vida es otra, tener privilegios merece discusión, que alguien te diga cómo tienes que usar tu dinero es terriblemente cuestionable.

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Goyas y globalización

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En Hollywood Reporter reclamaban hace unos días que la academia norteamericana revisara su concepto de “mejor película en lengua extranjera”. La cuestión es que el premio se organiza en torno a un país (aunque sea el productor el que se lleve el premio a su casa, esté donde esté) y ya no hay forma de saber de dónde es realmente una película. La financiación, el talento, los técnicos y los lugares de rodaje se esparcen por el mundo en busca de las mejores condiciones para pagar los costes y encontrar escalas de público competitivas. Se lleva unos días con la polémica por el idioma en que se ruedan las películas en la nueva legislación que se espera: la directora general trata de reducir el pavor al respecto. Mientras, los Goya siguen siendo una fiesta local para el consumidor local y que tiene ese premio de denominación intelectualmente torpe como el llamado “premio a la mejor película extranjera de habla hispana“. ¿Alguien sabe lo que es un habla hispana? ¿El quechua?. Una comparación con los Grammy latinos lleva a la idea de que los premios no fueron inventados por alguien que quería vender y hacer mercados sino por no se sabe qué. ¿Alguien se propone salir de lo local para pensar en mercados potenciales rompiendo la idea de territorialidad? ¿De pensar en espacios culturales afines y no puramente idiomáticos o regidos por el domicilio fiscal? ¿Puede buscarse un mecanismo que ponga a competir un documental chicano con otro chileno y uno español, por ejemplo, y que pueda ser retransmitido por televisión a más de un mercado en una legislación donde se incentive que el inversor privado celtibérico invierta en eso esté donde esté? Digamos que el estado del debate sobre la nueva legislación es más interesante que nunca, presentando un apasionante combate entre el pasado y el futuro: de nuevo, nada como las declaraciones de la Directora General para ver el conflcito entre viejas ideas y las nuevas (el nacionalismo protector de la “identidad cultural”, ese otro nombre para la propaganda, y globalización e industria con visión económica). Eso sí, internet sigue apareciendo como un obstáculo molesto al final de la agenda. Yo reitero aquélla sentencia de Garci en Sesión Continua: “el cine es el sueño industrial de una sociedad industrial“. ¿Cuál es el sueño de la sociedad digital? La nostalgia por las cuatro paredes como paradigma de lo audiovisual y la autoría prestigiada por proyectores públicos, no creo que lo sea. Pero todo eso, terminará llegando.

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Una mirada rápida a Mesientodecine.com

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Es una cuestión de márketing: ¿el atributo legal repetido una y otra vez en toda la comunicación es algo que le importa al cliente o le importa a los promotores?. Una cuestión observadora: ¿Por qué quienes quieren convencer al público para que se informe en un sitio y no en otro no son capaces de movilizar más que a los mismos personajes que no van a tener atractivo al público que debiera cambiar de hábito?. Tanta gente en el mismo saco y con tanto aroma a subvención tiene sensaciones de caso Libranda. En Wuaki, que piensa bastante en el cliente, decían no hace tanto que su negocio no se basaba en competir contra las páginas de descargas. Juzguen ustedes.

¿Cuán grave es realmente la crisis de la cultura?

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Tropiezo con un artículo de El Mundo titulado “Cultura en Extinción”. En él se dan unas cifras terribles de caídas de espectadores y facturaciones. Por ejemplo: caída del 8,7% de venta de entradas en teatro, música y danza. Caída del 9% de espectadores de cine. Y tropecientos mil datos de salas que tienen que cerrar y otras desgracias. Todos estos datos me parecen fuera de contexto si no se contempla el resto del entorno. Sólo con búsquedas rápidas de noticias se puede encontrar que la caída de ventas de coches es del 18% en 2011 y que en el 2012 la cosa ha empeorado en toda Europa. Los coches tienen ayudas públicas, pero intermitentes y con finalidades normalmente muy concretas y temporalmente acotadas, como renovación de los vehículos más viejos. En otro apunte, se nos dice que las ventas de comercio minorista se han hundido un 11%. Esperar a final de año para ver qué ha pasado con el IVA y el cine creo que va a ser un espectáculo menos terrorífico que lo anunciado, pero mejor esperar y ver. A fin de cuentas, todo esto no son más que artículos periodísticos y hay que tomarlos con pinzas hasta no meterse a fondo con los datos (que me perdonen mis amigos periodistas). Pero, a priori, parecería que lo de la cultura no está peor que todo lo demás y que en ese ejercicio que tiene la economía (el uso de recursos escasos con fines alternartivos) es imposible que no se vea afectada ni por reducción de demanda (se supone que los parados ven más tele pero irán menos al teatro o a conciertos) ni por escasez de recursos públicos… cuando es el sector público un financiador decisivo de todas las actividades a las que calificamos de cultura. Me van a caer palos por todas partes.

¿Un nuevo modelo de negocio para el cine? (español)

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En el enésimo proceso de reforma de la legislación de cine española parece ser que se ha decidido crear una gran comisión junto a varias subcomisiones. El clásico suele decir que un camello es un caballo diseñado por un comité, pero siempre hay que dar crédito a los intentos de mejorar las cosas, momentos repletos de buenas intenciones. De las descripciones de los trabajos parece que se discutirá sobre “los nuevos modelos de negocio”. El contexto de declaraciones, debe decirse, es el más interesante desde hace lustros: incentivos fiscales, mecenazgo, menos dependencia de la subvención directa y lo que parece que será más paz con las televisiones. En este mundo feliz se insinúa que se desea un modelo estable y duradero para el futuro, lo que también suena excelente. Un servidor, no obstante, se plantea una serie de dudas más que nada por lo que conoce del ambiente y entornos que rodean a los negociadores. En estos tiempos acelerados de cambio – toma tópico – lo de duradero y estable es muy relativo. La ausencia proverbial de pensamiento radical (o disruptivo, que suena mejor) me hace apostar porque existirá una timidez absoluta en buscar espacios fronterizos de ruptura con el pasado: no se trata de cargarse todo, sino de abrir un espacio a lo raro, a lo desconocido, aunque sólo sea por probar. Por ejemplo, si un Ari Emmanuel encuentra oportunidades en el crowdfunding, o si productoras que trabajan para TNT o NBC llegan a sofisticados acuerdos de crowdfunding para el segmento profesional, algo deberían decir los del cine al respecto. Mucho más si lo que más haces son modelos de autor y no de superproducción. Y mucho más cuando ves que Google ya paga contenido original. Recuerden ahora que los editores españoles hicieron Libranda cuando Amazon se les había metido hasta las narices y que el estándar internacional sobre financiación colectiva está a punto de caer en manos americanas. Otro más en el ámbito digital. Lo segundo sería reflexionar sobre el producto audiviosual convergente y no la sacrosanta superioridad cultural de la exhibición en salas: “Internet es ahora el amigo del cineasta independiente. Puede que sea más difícil encontrar audiencia para tu trabajo, pero las cosas que son relevantes hoy día o que son consideradas “cool” encontrarán audiencia” decía David Lynch hace pocos días. Lo de nuevo no puede quedarse en trasladar la película de siempre del videoclub físico a uno online (hacer lo mismo por otros medios), ni en cómo sumarle audiencia para cobrar incentivos o en inventarse nuevas odiseas legales contra los Kit Dotcom de este mundo. Deberá tener la ambición de contemplar la evolución de la cultura audiovisual. Porque para el sistema clásico, desde la francesa The Artist a Lo Imposible (coaliciones internacionales de talento y/o financiación) parece mucho más interesante centrarse en cómo hacer películas globales renunciando a etiquetas culturales como “cine español” para cambiarlo por hacer entretenimiento internacional por parte de empresarios locales. Y dejar la sobreabundancia de películas pequeñas para otros escenarios técnicos y experimentales.

“El último roble”, o las sorpresas del todo al revés

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