Al menos, para evaluar el éxito o la equidad de la acción pública. En comentarios en twits al respecto de una entrada de estos días pasados sobre los recortes de presupuesto aplicados al cine, se me dijo que estaba escrito con respeto pero que «al igualar fútbol y cine, lo dice todo». No sé qué es todo, pero seguro que comparar no es igualar. La cuestión tenía mucho sentido. La primera razón es que uno de los enlaces empleados como fuente comparaba el caso del fútbol con el del cine en el tratamiento público. Y lo hacía un respetable industrial del cine, no yo, que retomo el hilo. En segundo lugar, visto en términos de mercado, lo cierto es que – pese a quien le pese – cine y fútbol compiten en el mercado del ocio y el entretenimiento: si no es así, ¿por qué tantas personas del cine se quejan o se han quejado de la programación del fútbol en televisión y la competencia que supone para las salas? El deporte profesional forma parte de ese macrosector, como los videojeugos o los parques temáticos. Pero el argumento más solido tiene que ver con una de las motivaciones, no la única evidentemente, de la intervención pública en la cultura (por cierto: qué palabra tan gastada y tan cuestionable). Una de esas motivaciones es la promoción de la marca y los valores de un país, tanto para ejercer influencia, como para atraer visitantes (cine y turismo tienen una conexión creciente, parece que el museo del Santiago Bernabéu es un componente clave de la oferta madrileña). Esas cosas, forman parte de los elementos de atracción hacia las políticas exteriores de un país que Joseph Nye llamó en su día, soft power. Hay una cita de este caballero que viene muy al caso: «Much of American soft-power has been produced by Hollywood, Harvard, Microsoft, and Michael Jordan». Michael Jordan. Real Madrid. O Barça. Si en un momento dado hay que evaluar el rendimiento de marca-país por el efecto de las políticas públicas, lo mismo si se ha hecho algo inteligente en favor de La Liga (¿no es la marca española más global?) y genera lo que genera, puede que tenga más sentido que tenga un apoyo superior o no sea muy cuestionable, sin olvidar la sensibilidad que tiene la morosidad fiscal. Puro ejercicio para la discusión. Ni se dice si es deseable o incompatible. Curiosamente, no hace tanto Marcelo Bielsa decía esto: “El Barça es una expresión artística novedosa que ha generado cultura”. Que vuelen los puñales sobre mi, si us plau.
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Dos excelentes profesionales han escrito con sensatez, inteligencia y sentido común en estas las últimas semanas abordando los recortes presupuestarios que le van a costar al cine español una buena cantidad de dinero. Dos clásicos del oficio, por decirlo así. Deben leerlos si no lo hicieron. Por un lado, Adolfo Blanco publicó una extensa carta abierta al ministro de la cuestión en la argumentaba con solvencia el daño de las reducciones y las ponía en contexto con las deudas del fútbol y su dimensión: varias veces las reducciones del dinero que va a películas. Por su parte, Pancho Casal, repasaba el mismo problema y ponía en contexto la reducción, con su poca cuantía relativa y con las cantidades otorgadas al Plan Avanza arrojando la sospecha, con todo sentido, de que tampoco es que hayan logrado grandes cosas. Es importante que, ambos, desde sus puntos de vista, asumen y explican algunos defectos profundos de la producción española de cine y no pretenden echarle la culpa al empedrao, sino a sus propios componentes. Lo interesante de ambas contribuciones es que ponen en evidencia el problema de fondo del mundo subvencionado y, si quieren, del enorme poder del estado para decidir quién tiene su favor y quién no, eso que los economistas llaman rent seekers o buscadores de rentas. Como ya sucede con los mineros y los olivos, que piensan que lo que reciben no es tanto, lo que contemplamos es la competencia entre sectores diferentes de la sociedad por conseguir rentas fuera de lo que pueden obtener en el mercado y que el estado reparte, al final del día, como un concurso de belleza. Sea cual sea la supuesta transparencia y competencia por ellas. Si se está en contra de las subvenciones, se debe estar en contra de todas, eso que el cine no termina de explicar bien. Y, si son aceptables, parece lógico esperar bajo qué circunstancias y criterios para demostrar… resultados. Porque, ¿deben esperar los demás a ver cubiertas sus demandas, quien sabe si más urgentes, porque otros no terminan de ganarse la vida? Es bastante parecido a cuando tienes el mismo partido de fútbol en una tele pública y otra privada. Cuando baja el nivel del mar se ve quién no lleva bañador y la pregunta para todos los que pagan impuestos debería ser durante cuánto tiempo es legítimo apoyar y estimular sectores que, como pasa con el cine y atendiendo a las descripciones de sus mejores miembros, no logran el favor de los espectadores, por muy deseable que sea tener una industria propia o como quiera llamarse: después de todo, y seguramente es un milagro, el fútbol ha sido capaz de crear una marca de entretenimiento global y tener los mejores jugadores de su historia permitiendo la entrada de todo el talento extranjero que pueda hallarse. En el diseño de incentivos está el problema y, ahora que el ruido de la desgravación fiscal parece que coge impulso para que sea un sistema serio… habrá que ver qué premia: si estimula el desarrollo de empresas capaces de construir productos de entretenimiento o de influencia cultural internacional o sirve para continuar la sobreproducción anodina. Veremos lo que sale, que me parece que hay mucha necesidad recaudatoria.
En el mainstream aflora la situación de la producción española: la incertidumbre de los presupuestos generales del estado, RTVE sin saber si va o si viene y otras zarandajas que afectan a las privadas (si bajan su facturación, su obligación de inversión se reduce), ponen en evidencia algo que, digo yo y que me perdonen, refleja la realidad cruda de lo que ese mismo diario del mainstream llama industria. Sin que lo público funcione, no existe. Es decir la perpetua existencia de una circunstancia y no un mercado, algo que sí intentó Zed con su Planet 51 que, aunque no fue demasiado bien, sí tenía un razonamiento mercantil. Cierto es que con Hollywood hay que tenerlos bien puestos, pues son sus prácticas mercantiles las que sirven de coartada para la perpetuación de un modelo que parece evidente que no sirve para sus loables fines. Así, uno no entiende cómo apareciendo la mayor maquinaria de desintermediación que se ha inventado y que se llama internet, tanto autor está sobrecogido ante el declive de algo que, seamos honestos, tampoco daba dinero antes de internet. No se entiende por qué no se tiran a degüello y hasta la última bala para desarrollar la red. Al exhibidor, y que me perdonen, que le den. En el artículo de marras se recuerda que los exhibidores exigen su propio monopolio y gracia para ganarse su pan y que los competidores se jodan. Es como se dice en castellano. Es como si Iberia pidiera que no dejaran salir autobuses a la hora en que salen sus aviones: los aeropuertos también tienen ventanas, lo llaman slots. Pero sobrecoge esta frase: «Esa parálisis conlleva que el fortalecimiento y crecimiento de los portales españoles de descargas sea más lento de lo deseable: luego llegarán los gigantes extranjeros y devorarán el mercado». Uno piensa que los de fuera llegarán y arrasarán igual, por mucho que haya optimistas diciendo que el cine español ganará la batalla en internet porque hay Wuaki y Youzee: si consiguen algo, serán vendidos, no lo duden. Y, sobre todo, porque esos sitios son exhibidores y no otra cosa, no son creadores de películas y vivirán de las mismas películas americanas que el señor exhibidor que vende palomitas: siempre es bueno recordar que Adam Smith prevenía sobre las reuniones de empresarios y las subsiguientes conspiraciones para subir los precios. Pero más aún porque incluso desde las palancas oficiales del sistema se hace y se ha hecho la competencia desleal – y obscena – al emprendimiento verdaderamente privado de la exhibición online. Y esto es la industria audiovisual señores: gentes que se pegan por ver quién le saca más al estado.
A los medios les ha interesado que la Casa Blanca diera su primera rueda de prensa en español. Siempre hay quien recuerda que no hay idioma oficial en los Estados Unidos y que el español – castellano, que decimos nosotros – es la segunda lengua del país y que crece en importancia. Pero pocos medios se detendrán en tomar nota que casi de modo simultáneo el Vicepresidente de ese país se planta en México y lo que visita es nada menos que la Basílica de la Virgen de Guadalupe. Biden, que nos dicen que es católico, ¿se hubiera tomado la misma molestia en año no electoral y teniendo una demografía como la que tiene en visitar al símbolo nacional de México? No es una mera visita, hace un gesto de devoción y eso no es cortesía únicamente. Cada Día de la Virgen las televisiones en español en EE.UU. se detienen para mostrar sin descanso la pasión por la guadalupana. Pongámoslo de otra manera: mientras hay prohombres del cine español que piensan que la industria española tiene mucho que decir ante ese escenario, la industria local está más bien a por uvas. Si, por el lado más industrial, lo que puede destacarse es Torrente o apaños como The Cold Light of The Day (a los que nadie debiera renunciar) y si, por el lado autoril, lo que más se les ocurre es llevar Pa Negre a los oscars, se puede deducir que no existe el más mínimo planteamiento estratégico, dominio o preocupación por beneficiarse de una circunstancia cultural para crearse un mercado, sea coproducción o sea ambición propia. Dicho esto a pesar de los paseítos a directores y productores para visitar Hollywood y echarse unos amigos latinos. Me permitirán que se argumente esto en cuanto que existe una política de estado al respecto. Oiga ¿y qué me dice de Chico y Rita? Hombre, no está mal y ha conseguido mucho. Pero más bien al azar y con un planteamiento desde el punto de vista de la marketability de la película en el mercado norteamericano poco trabajado. Me parece. Hay muchos más mexicanos que cubanos en EEUU y resulta que van un porrón al cine y son una clave muy decisiva en los estrenos en ciudades como Los Ángeles, Chicago o Nueva York a las que no mira nadie en el mundo como se sabe y cuesta encontrar algún punto de la historia, los personajes, el casting de voces, etc. que sirva para movilizarlos. Es decir, y aún cuando todo el mundo es muy libre, se renuncia a encontrar mercados. Se sepa o no.
Estoy viendo La2. Y me pellizco: no por gafapasta, que vale, sino porque me quedo de piedra al ver que les sale un programa de servicio público. Pienso que, por su factura técnica, en la red se va sobrado para hacerlo, pero no es momento de obsesiones personales. Dice Manuel Vicent en el show que cuando el público, como en el caso de Berlanga, emplea el nombre del artista como un adjetivo calificativo, esto es, berlanguiano, uno se ha convertido en creador. La premisa es que deciden reunir a los actores que quedan vivos del universo del erotómano convertido en cineasta para llevarlos a la Ciudad de la Luz y grabar un remedo de planos-secuencia corales tan del gusto (maravilloso) del director valenciano. Sale lo que sale, pero los testimonios son jugosos. En un momento dado se dice, y entrecomillo porque lo he apuntado según lo escuchaba, que Berlanga fue el impulsor de los estudios de Alicante «para reindustrializar el cine español». En mi memoria, esa mentirosa, queda el recuerdo de no una, sino varias declaraciones del más grande de los nuestros – perdón por esta poesía casi propia del ABC – recordando los tiempos de Samuel Bronston. Ah, ese pelotón español en Pekín. O Peñíscola y El Cid. Todas mis historias personales alrededor de la Ciudad de la Luz y las que he escuchado a otros amigos, menos amigos y mentirosos habituales del negocio son puramante berlanguianas. Quizá es lo que él no hubiera querido, ser el adjetivo para un desastre sin paleativos, un pedo más alto que el culo, una especie de Míster Marshall de la abundancia y la deuda pública. Que se llamara Aguamarga el protagonista es una especie de crueldad del destino. Si la venta anunciada alguna vez se produce, lo mismo todo termina en un complejo urbanístico de lujo: el mar está a tiro de piedra. La escopeta nacional nunca nos dejó.
Las crónicas reproducen todo lo fieles que puedan ser las declaraciones de la nueva Directora General del ICAA sobre las intenciones del que esperan sea el nuevo esquema de ayudas públicas: «La cuantía de las ayudas directas, ha precisado De la Sierra, irá disminuyendo de manera pausada si va funcionando el sistema de incentivos fiscales, lo que conllevará la disminución del número de películas financiadas con dinero público». La buena noticia es que cabría interpretar que lo que se dice es que se pretende ayudar al bebé hasta que se valga por sí mismo y que no tenga ser alimentado por papá. Es decir, que nos estarían diciendo que quienes se dedican al oficio de hacer películas deben convertirlo en un negocio y no una circunstancia: tener ayuda fuera del mercado – la donación y el mecenazgo es un mercado en sí mismo – no es un modelo de negocio, es una anécdota que suele servir para sostener a quienes no sabrían ganarse la vida de otra forma. La mala, es esa pequeña expresión: si va funcionando. Parece que nos condenan a que, pase lo que pase, si los cineastas (¿cuántos productores reales?) no terminan de saber hacer dinero con los capitales invertidos habrá que insuflar lo que la sociedad por sí misma no da. No puedo ser optimista. Ante tanto revuelo por los efectos de la Ley Sinde en ese cine español que dice que se está viendo desmantelado por internet, conviene recordar que antes de internet el cine español tampoco podía presumir de ser un negocio que atrajese capitales por su retorno. Vamos, que el que la cosa se ponga fea es anterior: si antes no tenías más que circunsancias – el dinero y la legislación que impone lo público – y no modelo de negocio verdadero, internet lo único que hace es ponerlo más crudo… y abrir oportunidades nuevas. El gurú de guionistas Robert McKee, al que alguien malvado le habrá echado (un poco mal) las cuentas del cine español, se refocila en un diario de esta guisa: «Mira al gobierno de España, que hace poco (año 2010) financió 88 películas. De esas 88 tal vez ocho sean exhibidas y de esas ocho tal vez dos –probablemente de Almodóvar– duren más de tres semanas en el cine. ¿Qué les hace pensar que pueden hacerse 88 películas en un año? ¿En qué mundo ilusorio viven para creer que regando un poco de dinero van a cosechar flores? Es una locura, pero creo que viene precedida por la idea de que el talento es algo mágico que termina apareciendo». Todo lo que leo de las buenas intenciones de los nuevos reguladores respira a aroma de preservación en un marco lógico que, probablemente, sigue mirando a lo que era el siglo XX pero ésta vez mejor hecho, cuando seguramente la mayor oportunidad para los que cuentan historias y quieren vivir de ello es desmantelar el siglo XX a toda velocidad. El Secretario de Estado de Telecomunicaciones también le ha dicho a los productores que está, como el resto de mosqueteros, todos a una: hay quien piensa que es mejor meter fibra óptica que hacer (más) AVE’s para el progreso del país y yo creo que eso de la banda ancha de verdad ubicua es lo mejor que puede hacerse por los peliculeros y yo no sé por qué no la piden. Eso y desmantelar privilegios monopolísticos de exhibidores y licenciatarios de televisión. El lado anarquista de servidor, que no lo puede evitar.
Susan Campos tiene sus dudas. Pero el texto de Juan Carlos Tous que reproduce hoy El País es altísimamente sensato. Hay gente lúcida en el cine español, pero que muestren o puedan mostrar esa lucidez en público yo creo que son muy pocos y, de esos pocos, Juan Carlos seguramente es el que más. Por supuesto, la lucidez es un tema opinable y dado que se percibe al lúcido como lúcido cuando se está de acuerdo, pueden decir si quieren que es porque lo estoy. Aunque, daré alguna mala noticia: Juan Carlos y yo no estamos de acuerdo en todo, pero compartimos – creo – un núcleo central de consideraciones que sí considero comunes. Esencialmente lo que transmite en su texto: que los problemas de la distribución de películas requieren muchísimo diálogo y, como bien explica, «Internet presenta un nuevo modelo donde el espectador quiere elegir, el cuándo, dónde y el como verlo. Nos toca a nosotros adaptarnos». Ese nos toca a nosotros es importantísimo y es en lo que demuestra su lucidez y diferencia con el discurso imperante: no está dispuesto a ver cómo el mundo avanza sin él.
Juan Herbera es una lectura constante y necesaria. En sus largos posts mezcla el análisis detenidísimo de las taquillas de cine con reflexiones sobre el estado del arte del negocio de las salas. Esta semana ha titulado “¿Qué hacemos con el cine?” en una continuación de muchos cambios de impresiones que mantiene con sus lectores y con este blogger de forma intermitente. Son dos los clásicos: el declive continuado de la presencia de público, algo sobre lo que él es optimista. Yo lo soy menos, pero no por deseo, sino porque creo que vivimos una realidad mutante del ocio y la producción cultural y creativa hacia la generalización de tecnologías que tienen como sesgo esencial el cambio de formas de consumo y producción opuestas a lo tradicional. Así, sin que nada tenga que morir, su decadencia relativa me parece lo más probable. Por otro, la cuestión del cine español: publica los anticipos de cuota de mercado del cine español, que gana un poco sobre el año pasado pero que, como ya advertí hará un año, se trata de nuevo una manifestación del business as usual de la filmografía local. La recaudación no cambia sus patrones históricos y se mantiene dentro de sus rangos. ¿Es el fracaso de la llamada excepción cultural? Se puede ver de dos formas: la de la derrota sería que la cuota vista a largo plazo no crece (pasa en toda Europa y América Latina) y que la cultura popular sigue su impregnación de iconos americanos (toda la juventud de hoy celebra ese desconocido que fue para nosotros llamado Halloween). La de la victoria sería una respuesta optimista a la pregunta «¿si no hubiera excepción cultural sobreviviría esa cuota?».
Aperitivo: roles estatales en la cultura y lo que la red puede hacer por superar sus preocupaciones
no commentsAyer me pidieron en un intensísimo intercambio de twits que hiciera una explicación de por qué digo lo que digo cuando digo lo que digo: que las soluciones a muchos de los problemas de eso que se llama cine español pasan por la red en su versión más parecida a la visión internauta (o más precisamente, hacker) que a la versión, digamos, del establishment. Todas las comillas están puestas de modo absolutamente deliberado y quieren decir que su mero enunciado contienen una restricción de significado tremenda y que habrá que desbrozar y matizar. La confesión de parte necesaria es que, más que me lo pidieron, lo propuse yo y generó peticiones de lectura inmediatas de un grupo de colegas selectos de la red. Pero me llevará un poco de trabajo de elaboración porque me saldrá un maxipost, uno de esos que requiere tomarse un rato de lectura. Por aquello de que con la incertidumbre del un nuevo gobierno se plantea como debate la necesidad o no de existencia del Ministerio de Cultura, El País publica un par de artículos hoy sobre la cuestión (uno y dos) que me vienen que ni pintados para una parte de la cuestión. Si los leen, verán que la cuestión de la cultura y el gobierno, se mueve siempre con tres ejes: lo económico (en qué medida la cultura es comercio o crea comercio), la defensa del estado nacional y la identidad imaginaria colectiva (en realidad, nacionalismo en estado puro, pero ya lo explicaré) y la obligación, probablemente paternalista, de que el estado garantice la expansión de las artes como alimento – necesario – para el espíritu. La cuestión es cómo las condiciones tecnológicas de la sociedad red permiten superar o mejorar ese debate en lo que tiene que ver con la producción audiovisual que solemos llamar cine.
Twitter es malo para debatir y yo mismo he incumplido mis reglas personales al respecto: pero, dado que no era yo el iniciador y simplemente me he sumado a un intercambio de mensajes que ha perdido su sentido original (en el que me releo y me siento agresivo, cosa que ruego me disculpen: me escudaré en la herramienta), lo mejor es evitar el límite de espacio y explicarlo. Mi propósito al seguir el intercambio tiene que ver – y creo que se inició – al respecto de las últimas declaraciones que la prensa atribuye a Fernando Trueba y a Mariela Besuievsky criticando la no aprobación del reglamento de la Ley Sinde. Si para Trueba «La cultura es la identidad de un país, lo que permite que la sociedad evolucione» y con eso reivindica la intervención estatal para su actividad, si Besuievsky afirma que «es alucinante que no se haya aprobado, es educación y es cultura, y tenemos que ser muy conscientes de ello» nos encontramos ante un argumento que merece una discusión: si es el dinero y la regulación realizada por los ciudadanos, destinatarios en nombre de la cultura de la oferta que se financia con dinero público en porcentajes mucho más que significativos, ¿no merece la pena discutir si tienen derecho a descargárselas ya que las pagan en proporciones muy, pero que muy considerables? Es Macho, y no yo, el que dice que «si quieres ganar dinero, mejor no te dediques a hacer cine» por no hablar de que la retribución de productores y personal creativo – suicidios aparte – se produce gracias al esquema ministerio+television(es) e independientemente de la rentabilidad que, como sabemos, es casi siempre negativa si todo dependiera del mercado. Es decir: no se trata de afirmar de antemano que tenga que ser así, pero quienes viven de esas ayudas concedidas por la gracia ciudadana deberían estar dispuestos a discutir que, si lo que hacen es cultura para el pueblo, que accedan a ella por otros métodos a los que previeron no es precisamente lo peor. Tiene hasta sentido. Y eso merece un debate público abierto y no llamar ladrón al consumidor. La Unión Europea acepta las ayudas al cine como una excepción al mercado. Si es una excepción, podemos discutir si su acceso puede ser excepcional. ¿Es así en toda Europa? Pues sí. Pero el problema es el mismo. El gobierno suizo acaba de decir que las descargas no crean el daño que se dice y ha decidido permitirlas no prohibirlas. Hay todavía mucho que conciliar y esa es la idea que quería defender.
¿Puede titularse alarma en el cine español cuando sus representantes más significativos dicen en las declaraciones que han hecho o te han hecho que están tranquilos, que han hablado (o ya tienen medio acordado), que siempre hay diálogo, etcétera, etcétera? Que el partido con más opciones aparentes de ganar las próximas elecciones anuncie que suprimirá la inversión obligatoria de las televisiones privadas en cine y que eso, más o menos, quedaría sustituido por Televisión Española que, pudiera ser, dejaría de comprar cine americano y dedicaría su dinero a pagar películas españolas, tiene visos de ser el camino para la enésima reforma. Mirada positiva: bastantes. A saber: un sector no tiene que subvencionar a otro, se acabó la tensión política con las privadas, la televisión española se dedica a hacer lo que no hace el mercado y daría, potencialmente, un mayor espacio promocional a las películas antes de ser estrenadas (que es cuando cuenta). Lo mismo hasta el público le perdona la vida en la batalla de la opinión publicada. Mirada negativa: altísima concentración de películas en el operador público que, por más que ha intentado esquemas para ser plural, independiente y a prueba de amigotes tiene tras de sí una alta sospecha de que siempre repiten los mismos y que no se sabe por qué sí le toca a uno y no a otro. Altas probabilidades de que la producción ejecutiva que RTVE realice no busque con verdadero rigor profesional (nunca ha existido el incentivo para ello, en realidad) las grandes audiencias aún con esos esquemas de películas, A, B y C según los dineros involucrados. Altas probabilidades de que se hagan más películas de las que se pueden absorber (café para todos). Riesgo de que, por mucho que la audiencia sin publicidad se comporte razonablemente bien, la propia fragmentación del mercado en una RTVE sin capacidad de crecer en recursos y rígida en su estructura hasta aburrir se vea cada vez más constreñida en su financiación acelerando su falta de incentivo. Y, por qué no, una interesante nueva batalla con el público que tendría clarito, clarito, que las películas se financian verdaderamente – y, digan lo que digan, es así en su mayor proporción real – con dinero de todos los contribuyentes levantando interesantes preguntas sobre si pueden disponer de ellas libremente en una red peer to peer… O, con riesgos de que haya demagogia, si tienen que pagar Torrente (el fenómeno de La Noria, no tiene por qué terminar ahí). Incluso muchos se preguntarán, ya que hay que pagarlas y la opción de que no tengan mercado sigue ahí ante incentivos que lo normal es que sigan mal orientados, cuál es el sueldo de el de aquí y el de más allá que hacen la peli y si eso es compatible con sueldos públicos, lo que se le paga a un médico, etc. etc. En fin, lo mismo que con las minas improductivas.
Muchos de mis lectores habituales proceden del mundo digital y no han tenido contacto con las personas y empresas de la industria que podríamos llamar convencional. Quizá una de las virtudes de este blog (si no es virtud, sí que ha sido una fuente de satisfacciones personales) es la de poder reunir personas de dos mundos que, claramente, han vivido separados. Ustedes me dirán, agradezco cualquier observación. Desde hace meses, hay un cambio notorio, seguramente acorde con el crecimiento de lo que usualmente llamamos redes sociales, y la proliferación de perfiles digitales de personas destacadísimas de ese mundo que he llamado convencional (sin que implique obsoleto o retrógrado) es creciente y muy interesante. Una vez me atreví a proponer que crearan blogs, una herramienta necesaria para poder debatir en red y deshacer muchas de las percepciones erróneas sobre el cine español a la vez que, claro está, poder matizar las que sí son correctas. Más que nada porque es mejor escuchar y atender a la sociedad, uno de los elementos que solemos defender quienes llevamos años trabajando en los medios sociales. Pancho Casal es una de esas personas que no serían demasiado conocidas en el mundo nuevo de los digitales y que ocupan un papel muy destacado en lo que llamamos industria. Ha tenido el acierto de crear un blog en el que es capaz de debatir estos aspectos y hacer públicas sus reflexiones sobre cómo cambiar al nuevo mundo que se avecina desde una productora convencional. De altísimo valor atender a su análisis sobre el crowdfunding y más aún a su anuncio del por qué y el cómo debe cambiar su compañía al nuevo entorno: soy un verdadero creyente en el valor de compartir contextos y debates internos. Hace unos días me avisa del lanzamiento de su plataforma Wecoop. Un espacio que aborda un tema esencial de la cultura digital, el peso de los formatos colaborativos en la producción y la innovación, un tema que se está volviendo estructural en muchas industrias (interesantísimo el enfoque de Giff-Gaff en telefonía). No es el primer caso (por mencionar algunos ejemplos de distinta índole, lo que anunció John de Mol en su día, la Tweetpeli o el clásico Wreck a Movie). Está todavía en fase muy inicial. Espero que Pancho comparta mucho del proceso de evolución, avance, corrección e interacción con los usuarios. Este tipo de experiencias que provienen desde el mundo clásico (si es que sigue siéndolo) estoy convencido de que va a llevarnos a desenlaces sorprendentes, aunque habrá muchos tropiezos: se está desbrozando un tipo de producto distinto para un mundo distinto.
Esta mañana Ignasi Guardans ha creado una serie memorable de citas en Twitter extraídas del número de la revista Cineinforme – el clásico del incansable Antonio Carballo – dedicado a su cincuenta aniversario. Tenía mi ejemplar en la mesa sin retirar su celofán protector, así que me arrojé a él repleto de curiosidad. Si Guardans destacaba cuestiones absolutamente deliciosas de lo que es un puro cuéntame de la cinematografía española, hay otra serie de titulares que merece la pena mirar. Para reflexionar: básicamente, se sigue hablando de lo mismo. El que fuera Ministro de Información y Turismo, Alfonso Sánchez Bella, declara en 1972 : “La cinematografía ha de organizarse como una auténtica industria”. De paso, resulta llamativo recordar que, con el franquismo, también había subvenciones para el cine: ¿esto da o quita argumentos?. Se aceptan opiniones. “Medidas de seguridad establecidas por la MPAA para combatir la piratería de copias mundial”, se dice en 1975. Lo siguen intentando. En 1978 en una carta titulada “Los problemas del cine español” remitida por un grupo de especialistas a las autoridades, se pide apoyo de RTVE, medidas para la defensa de la competencia frente al cine americano, el control de taquilla, etc. En 1979 nos saludan con “Difícil panorama para el cine español“. 1980: “diagnósticos para salir de la crisis“. 1981: “Emprender la producción de una película es hoy, más que nunca, una auténtica aventura“. U otro de los destacados por Guardans: “La SGAE manda un telegrama a Felipe González para que frene la piratería de vídeo en España“. Se toman otros años y reaparecen los mismos temas. En definitiva, que podría titularse con ellos a día de hoy y seguramente nadie notaría la diferencia. Y este es seguramente el peor de los males, que esa industria, que tanto se persigue y que nunca llega, vive en permanente estado de business as usual.
Me escribe Fernando, de Séptima-Ars, para provocarme. Para hacer una de esas cosas que antes hacíamos con los blogs y que eran tan divertidas: meterte en un debate. Así, solían organizarse cadenas de propuestas y respuestas con su ardor, su demagogia y hasta razones. Ya no se prodiga. Esta vez la excusa es un encuentro de productores de cine con la prensa con la aparente finalidad de desfacer entuertos y malos entendidos. Como tengan que depender de la prensa, no sé si vamos bien. Pero, al grano: la provocación consiste en responderse a cosas tan delicadas como ”¿Cuáles son los problemas del medio audiovisual español ? ¿Qué solución propones ? ¿Qué cambiarías?”. Cada una da para una enciclopedia, me temo, y se corre además el riesgo de caer en el arbitrismo, eso de “España la arreglo yo en dos días”. Así que lo más a lo que se atreve un servidor es a pintar ideas que procuren verse como si estuvieran en un folio en blanco para después ir hacia atrás e imaginar lo que hay que hacer para llegar a ellas desde lo que hay. A saber, 1) Se trata de construir audiencias, no de acumular producción; lo primero es escaso y arduo en la era de la atención, lo segundo es una consecuencia 2) Si el producto es multiplataforma, la política industrial (si la tiene que haber) ha de ser multiplataforma: seguir mirando cine, televisión e internet por separado y sin pensar en el desarrollo de marcas de entretenimiento, suena a mala idea 3) Si el mundo es global, hay que trabajar para el mercado global. Y global son el talento, las historias y la financiación (la legislación no está pensada para eso). Le sumo una coda. Si las estructuras de producción de la sociedad informacional son cooperativas, la legislación de derechos no podrá ser igual, diga lo que diga Macho. No se puede seguir jugando a que el mundo no ha cambiado y que las leyes de hace tres siglos siguen siendo útiles para la era de los bits porque, es obvio, no lo son y la evidencia abruma.
Hace unos cuantos años, Tinieblas González me enseñó su DNI y me probó que ése era su nombre. Él no se acordará, claro. Ya era siniestrísimo. De aspecto. Porque su relato de sus decepciones con la industria no son precisamente los de un vampiro, sino la típica combinación de ingenuidad de los creadores frente a productores, en este caso seguramente unos con pocos escrúpulos y poco amor al producto. Algunas dificultades para entender en profundidad los mecanismos legales del sistema de incentivos español y bastante razón de fondo. Una hora y pico de grabación de EITB sirven para, si se prescinde de algunos errores técnicos y unas cuentas observaciones que toman la parte por el todo, acercarse a las miserias de nuestro sistema de producción de cine. En el fondo, nada que no se haya contado ya sobre los trapicheos para sacar películas, dicho sin conocer la versión de los productores. Así que el oficio de Tinieblas sirve para preguntarse si la arquitectura legal del cine español está a punto de llegar al tipping point de su cuestionamiento y se quiebre un esquema que no funciona para lo que se pretende. O creemos que se pretende. Igual que una demanda inocente rompe la dinámica de la Sgae, sólo queda que alguien tenga ganas de romper el statu-quo aflorando alguna auditoría de infarto o algo parecido: no olvidemos lo que dijo ya un ex-director general de cine. Porque el sistema está orientado para que se hagan películas y no para que se vean. Insistir en ello no me parece especialmente interesante, pues más o menos está dicho todo. Me centraré en uno de los detalles de su discurso porque refleja la obsolescencia de una arquitectura legal empeñada en hacernos creer que el futuro se basa en la identidad cultural, esa excepción. Tinieblas rueda en inglés para tener distribución internacional, pero recibe el dinero a condición de que haya una versión en euskera (doblada y que nadie verá) y otra en castellano, claro, también doblada y que no se ha visto, y que es la que el Ministerio califica. Sospecho que la industria española tendrá que elegir entre pelear por entrar al gran entretenimiento mundial, o quedarse en un remedo de cine de autor. Esta cita del ensayo de Frédéric Martel “Cultura Mainstream” debería servir para pensar: “Lo que los japoneses y los coreanos han comprendido, con pragmatismo, es que para exportar su música y sus series televisivas a China y a toda Asia no había que imponer un producto estandarizado ni defender su lengua. Se trata de una estrategia más refinada que la de los estadounidenses. Han inventado la cultura Shusi, más “glocalizada” aún que la cultura McDonald’s, un producto complejo, aleatorio y nunca idéntico, pero que en todas partes evoca al Japón, sea cual sea el idioma que se hable“.
Las explicaciones que realiza David Trueba de un proyecto que él mismo constata ser “poco comercial” nos arrastran a la raíz profunda de los cambios para los creadores en la sociedad red. Añade: “Solo me quedaban dos opciones, guardar el guión en un cajón o hacerla. Y decidí seguir adelante, prescindiendo de muchas cosas y quedándome con las esenciales“. Un mantra que suelo repetir en las charlas a las que incomprensiblemente me llaman es este mismo. Vivimos en una era en la que esperar a la publicidad o a las subvenciones, por no hablar del gran entretenimiento, es perder el tiempo. O errar el tiro. O no querer ser creador. Pero el conflicto interior entre el pasado y el futuro aflora en las mentes formadas en el mundo que – creemos – se desvanece: “No es mi vocación hacer cine así, pero lo que tampoco es mi vocación es la queja y la inactividad“. El salto mortal que resta es comprender que lo irreversible es que el problema ya no es producir, sino construir audiencias. Los sistemas de apoyo a la creación y la producción se centran en incentivar que se produzca, incluso muchas buenas intenciones públicas buscan que haya medios de producción (platós, servicios de postproducción) en vez de dotar de medios para construir audiencias: si hay una audiencia, habrá un modelo de negocio y si hay modelo de negocio, aparecen los medios. Las declaraciones de Trueba sugieren que continuamos buscando – desde la perspectiva más estricta de la autoría – que otros nos resuelvan la creación de la audiencia cuando la audiencia que trabajan (para su nivel de riesgo y costes) es otra. Pase lo que pase con su interesante proyecto. Las propuestas de los pioneros del transmedia del mundo indie, insisten en no esperar: en construir piezas asequibles en coste mientras trabajas en la red el desarrollo de tu público, con productos que no son cine y que ni siquiera son ya propuestas audiovisuales, sino la creación de universos de contenido que entrañan multinarraciones en formatos múltiples. Trueba tiene la letra (“no dejes de hacerlo si crees en ello“) pero, a falta de una pregunta adecuada del entrevistador o una reflexión en otro espacio (vaya, no es culpa de uno ni de otro, seguramente no es el tema de la entrevista), nos dejamos la música: lo que hace la red es empoderar, proporcionarte un camino para buscar tu audiencia y relacionarte con ella. Ganar dinero es otro asunto, la cuestión es poder intentarlo: en el espacio en el que la distribución de tu producto pertenece o está controlado por otro, no son tus decisiones, son las de otros. Con modestia seguramente, pues casi nadie tiene capital para otra cosa, la red te permite tomar esas decisiones y ser, caramba, autor sin esperar a ser ungido por el intermediario.
Este comentario de El Mundo sobre el comienzo del Festival de San Sebastián y la naturaleza de producción de Intruders, me sugiere que las paradojas del mundo hiperconectado de la sociedad red afloran cada vez más al mainstream en forma de perplejidades y desconcierto: “¿Qué es el cine español? Hay preguntas que apenas acaba uno de plantearlas ya se está arrepintiendo… de vivir. ¿Para qué te metes? Pongamos por caso, ‘Intruders’, del canario Juan Carlos Fresnadillo, ¿es española o, por estar rodada en su mayor parte en inglés y protagonizada por Clive Owen, un hincha del Liverpool que suspira por Fernando Torres, es más bien escocesa o, mejor, sueca?”. Mientras que heredamos un concepto de cinematografías nacionales en nuestra cosmovisión (y en nuestra legislación) lo cierto es que la forma de pensar y hacer los contenidos cada día es más – inevitablemente – global. Y más sinérgico y evolutivo entre medios. Así que, si quieren entenderlo, díganse (y perdonen la pretenciosidad de esta redacción, que deben tomar como una propuesta) cine global y no español. Ni siquiera: diga audiovisual y no cine. Tampoco: diga contenidos multidispositivo, multiformato y multinarrados (o sea, transmediáticos). La palabra “cine” sostiene su privilegio como término y casi condición de prestigio intelectual, a pesar de que el prestigio real es ya de las grandes series que se ven en televisores. Mientras las barreras entre lo que se llamaba “cultura” y lo demás se borran cada día, hicimos la prueba en las calles de San Sebastián un escocés y yo preguntándole a unas jóvenes francesas (no piensen mal, se lo ruego, fue un accidente) que qué preferían, si películas o juegos. Fueron juegos, gané un vino. Postdata: un productor del mundo online la otra mañana decía “triunfar aquí no es triunfar”. Alguien me contaba que Paco de Lucía venía a decir que ser famoso en España, visto desde Nueva York, es como ser famoso en Coslada. O algo parecido. O puede que no sea verdad y sólo esté bien contado.
La norma que, por primera vez, contemplará los visionados online para ser computados de cara a las subvenciones del cine español penaliza los modelos de subscripción. No se computarían los visionados en los modelos gratuitos soportados en publicidad. Tampoco son visionados completos, sino un coeficiente. En general, la lectura sugiere más bien desconcierto y la prevalencia de esquemas mentales previos a la digitalización y que sugieren más la salvación de los esquemas clásicos que el gusto por inventar cosas nuevas. Mientras, los modelos de producción y distribución digital van consolidando sus formas de hacer: la referencia de Hulu o Netflix con sus servicios de subscripción baratos y amplísimos catálogos se amplía por doquier. Ayer supe de Databazaar, un Netflix de cine y series hindúes para el mundo por… 7,99 dólares al mes, el mismo rango de precios de los competidores americanos. Si adquieres la tarifa anual de Filmin, no llegas a los diez euros mensuales… El jefe de Electronic Arts dice hoy algo de este calibre: “El futuro de los videojuegos pasa por el navegador y los juegos gratuitos”. En resumen, los modelos de producción y distribución de entretenimiento pasan por estrategias de destinadas a generar flujos de ingresos de largo plazo por la vía del acceso o lo que rodea la experiencia y no por el consumo unitario de cosas que empiezan y terminan en su contemplación. Lo minoritario crece claramente hacia la involucración de los fans en la producción de la copia cero (dos nuevos casos interesantes, un documental sobre el músico Jason Becker y el mecenazgo en pequeñas donaciones del libro de Juan Pina). El cine español ya no era rentable antes de los usos irregulares generalizados y sólo era y es posible mediante una intervención pública privilegiada. Por tanto, ¿por qué no hacer cosas verdaderamente diferentes, si la excusa es la cultura? Por supuesto, el dinero de las ayudas se reserva para esquemas cinematográficos, pero la calidad de las propuestas creativas de video online sube y sube. Lo mismo alguien se empieza a preguntar por qué han de ser diferentes.
Me pide un lector y amigo que comente el caso Catafal. No tengo mucho que decir, Pau Brunet ya lo explica muy bien. Un episodio más dentro de un contexto: por ejemplo, recordar el capítulo primero de las memorias de Alfredo Landa: “¿cómo llegas a recaudar en dos semanas esos trescientos mil euros de taquilla para recuperar el 33 por ciento del presupuesto? Pues es muy fácil, aunque haya gente que no se lo crea: comprando las entradas. Que sí, hombre, que sí, que la mitad de los productores las compran. La tira de entradas compran.” Después dice que se lo han contado, pero aquí nadie ha ido al juez. González Macho advierte de que lo que puede ocurrir es “que se hagan promociones con patrocinadores, para que compren entradas y las den a sus clientes” para después especificar que, eso, es legal. En el artículo 24 de la Ley de Cine se dice esto: “Para optar a estas ayudas, las empresas productoras deberán acreditar documentalmente el cumplimiento de cuantas obligaciones hayan contraído con el personal creativo, artístico y técnico, así como con las industrias técnicas“. En román paladino, que hay que acreditar – y hubo que escribirlo – que has pagado las facturas que presentas. Enrique Cornejo decía hace poco: “El negocio del cine español ha venido a ser el de no estrenar’ una vez que se han obtenido ‘docenas de esponsor’ para el rodaje”. El caso es que llueve sobre mojado y todo el mundo sabe que hay cosas que no se hacen como tienen que hacerse. Guardans, al marchar, aludió que en todas las industrias con subvenciones hay gente que no cumple y que el sector no puede ser condenado. En momentos de alta sensibilidad por el uso del dinero público este es un frente que, si se abre el melón, se puede volver difícil para el sistema vigente. Y siempre hay justos que pagan por pecadores.
El fundador de Tuenti vuelve a hablar sobre la incorporación de películas a su site. Sus declaraciones de dificultad para conseguir los títulos que desea se corresponden con las que tantos otros que lo han intentado explican entre copa y copa. Le preguntan a Zaryn que para cuando: “Cuando tengamos el contenido. Si lo tuviéramos mañana sería perfecto. Queremos series, películas, lo queremos todo. Las redes sociales son un lugar fantástico para consumirlas. Las negociaciones son complejas por los productores de contenido, que se aferran a un sistema tradicional de distribución que parece el de nuestros abuelos y no ha sido traducido eficazmente a internet”. Yo comprendo la dinámica de querer saber cómo va a ser el flujo del dinero, de sostener las fuentes de ingresos actuales y canibalizarlas a su ritmo y con cuidado, comprendo que seguro que hay mucho interés en hasta servir el vídeo uno mismo y controlarlo todo… pero hablamos de la mayor clientela de los Yonkis de este mundo. La mayor oportunidad que existe de cambiar sus hábitos y de ensayar fórmulas comerciales y de patrocinio más fresquitas es demasiado buena como para no empezar hoy mismo. Digo yo. El cine español es teóricamente poco atractivo para este público… (ojo, las series en cambio sí van) pero, ¿por qué no corren a ocupar el espacio antes que las majors? Aunque el contenido siempre se impone al final, ¿no habrá una cierta ventaja de llegar primero para tener mejores condiciones en el futuro? Un sitio donde no hay límite de pantallas…
Cuando la prensa publicó su balance sobre los resultados del cine español en 2010 se inclinó por los adjetivos catastróficos. Algunos pensábamos que no era para tanto y que, en realidad, hablábamos de business as usual: no es que no fuera una año débil, sino que contemplado en perspectiva las recaudaciones entraban dentro del rango de la trayectoria reciente de la industria española. El efecto Torrente se saludó de modo invertido en la mirada periodística: palabras grandiosas sin comerse los adjetivos anteriores. Los representantes de la industria son, en cambio, bastante más realistas, aunque pueden hacerlo mucho mejor para explicarse a la opinión pública (por favor, que alguien haga algo con sus webs: son del siglo XX, un siglo que queda ya lejísimos). Ayer Cine y Tele titulaba: “El cine español vuelve a la normalidad tras el efecto Torrente 4“. Es decir, todo sigue igual. Casi se debiera decir que Torrente también es normalidad: tener un título que concentra mucho es igualmente una pauta típica del cine español. Como siempre, la cuestión es cómo se hace que una industria inmersa en su laberinto cambie de perspectiva. Para hacer tortillas, como todo el mundo sabe, hay que romper huevos. La cosa es saber (o acertar) qué huevos hay que romper.
Soy consciente de que la pregunta tiene enjundia técnica: un hacendista vendría bien en la sala para ver qué dicen los estudios académicos. La cuestión viene por esta frase de Enrique González Macho: “Es igual recibir dinero que no tener que pagarlo” al respecto del sistema de incentivos norteamericano, una industria de la que, asegura, “es la más subvencionada del mundo” y, sólo al final, introduce un matiz seguramente más apropiado: “Estados Unidos es absolutamente proteccionista con su industria cinematográfica y la subvenciona a fondo”. Por el bien de la brevedad diré que, en mi opinión, los incentivos a rodajes y a inversores privados que se dan en diversos estados de EE.UU. no se parecen en nada a nuestra idea de las subvenciones: recibir dinero es bastante diferente a no tener que gastarlo, pues lo segundo exige disponer de tesorería y otra relación con el crédito bancario que basaría su decisión en la perspectiva de ingresos del mercado y no de un pago del estado, que se da por seguro. O se daba
. Lo cierto es que, salvo excepciones contadas, uno considera que las decisiones de producir en España se toman en función de las subvenciones, mientras que en el cine llamémosle americano se hacen por escenarios de mercado. Eso sí, son profundamente proteccionistas, ya se ha visto en Wikileaks.
Está Imanol Arias en Buenos Aires. Aparte de recordarnos que el nivel de interpretación de allá es mucho más alto que acá (para mi gusto insultantemente más alto), dice: “al argentino le gusta más su cine que al español el suyo”. El periodista le responde: “Hay argentinos que defenestran al cine nacional…”. Debe ser así, porque ha aparecido una página en Facebook que se llama “El cine argentino es una vergüenza” que es pura anécdota ya que tiene dos seguidores. Pero por poner ejemplos. La curiosidad de todo esto reside en que en ese mismo artículo se asegura que los españoles aman el cine argentino. Concluyendo: le escuché a Enrique González Macho en televisión hace mucho tiempo un razonamiento sobre estas percepciones que es seguramente el bueno. Aquí vemos películas de otros países ya filtradas porque el distribuidor elige lo que tiene entidad y no vemos el panorama completo, ya que si lo viéramos todo tendríamos la misma sensación que se tiene con el español. #Yoconfieso que he visto películas argentinas malas. Al final, hay películas buenas y malas y la ciudadanía no les concede una garantía de falta de calidad, me temo. Otra cosa es el exceso de películas con proyectos mal enfocados y otras cosas conocidas. Pero por seguir eliminando excepcionalidades.
Préstese atención a esta noticia de ayer: “El 99% de los olivares de Jaen no es rentable sin las ayudas de la PAC”. Visto desde una perspectiva similar, las películas españolas podrían tener los mismos porcentajes. Cuando el mundo del cine advierte de que no se les acuse de estar subvencionados como si nadie más lo estuviera, tiene toda la razón. Pero la cuestión de las subvenciones no puede terminarse ahí. La misma noticia refleja los problemas de la explotación de esos olivares: se reclama concentración, mejora de la oferta, profesionalización… Hay expresiones que se han usado para el cine. Ante la misma crítica que a la cinematografía, hay mineros que se unen al argumento: la agricultura y los coches también tiene subvenciones. Y podríamos seguir. Lo importante es que en los tres casos se plantean problemas de eficiencia: ya que parecen inevitables, más allá de la posición personal de cada uno sobre las subvenciones, por el mero uso de dinero público, subsiste la cuestión de su utilidad, su beneficio real para el propósito que se proponen y si tienen que tener fecha de caducidad o para reevaluar su función. En ese terreno, se esté a favor o en contra del sistema, hay un punto de discusión racional. Pero, de nuevo, el cine no es excepcional. Ver, por ejemplo, el déficit de las televisiones públicas no hace su coste tan dramático. Lo que no quiere decir que no sean, todos estos casos, examinables.
En un intercambio de twits entre Juan Herbera, Pedro Pérez y quien les escribe veníamos a poner en perspectiva el mejor o peor estado de la cuota de mercado española. Por hacer la historia corta, la cuestión no sería que no es tan excesivamente dramático como lo pinta la prensa, ni tan estupenda la recuperación como se presenta cuando cambian las cifras por efecto del tiempo y el poder de los títulos, sino si se puede uno conformar con lo que hay. Creo que todos coincidimos en que no, pero conviene poner la industria española en contexto, para limitar su posible excepcionalidad: hace poco veíamos como en Hong Kong se quejaban de la desconexión entre público y producción un tanto a la española. Resulta que en Chile se plantean la misma reflexión tras un buen año de reconocimiento en festivales, pero mala conexión con el público local: con el 8,4% de los títulos sólo se llevan el 2,6% de la taquilla. Ya querrían el caso español. Mientras, este año la caída de espectadores en EE.UU. es del 20% y eso genera algunas cuitas, pero no existen grandes desgarros sobre una “incompetencia” estructural: mayormente se atribuye a los títulos. Por supuesto, la asistencia a salas es un fenómeno descendente en el que influyen factores de todo tipo (patrones de ocio, crisis, etc.), pero no hablamos de algo que no sea nuevo. Tampoco es nuevo que tras los problemas de cuota aparezca la fuerza del cine americano (en Chile, también cifras parecidas a las españolas). Por eso un servidor de ustedes se pregunta si un cambio de paradigma no debe ser aprovechado para invertir las reglas del juego y mejorar la posición en la partida. Dice Juan Herbera esta semana sobre estos debates: “Desde que hay datos fiables, nunca se ha llegado al 20% de cuota en recaudación. Sigo pensando que un mal año ese debería ser el listón mínimo. Por tanto, estaríamos bastante lejos de alcanzar una estabilidad satisfactoria para la industria”. En definitva, mal de muchos no debe ser consuelo de tontos. La industria española tiene muchas cosas que mejorar pero tampoco la hagamos peor de lo que es. Uno cree que hay que reinventarla (con cuidado), pero que ya va siendo hora de corregir esa idea de “excepcionalidad” en forma de maldición.
La alegría de la prensa es lo que tiene, ya tienen titulares como “el cine español dispara su recaudación”. Pedro Pérez comenta hoy en Málaga los datos de recaudación del conjunto del año y lo hace con la prudencia y corrección de aislar el efecto Torrente. Resultaría que, sin ellos, la recaudación del cine español habría crecido de un año a otro un 22% (130%, teniendo en cuenta a Torrente). Supongamos que el año termina, gracias a estos incrementos, con un treinta o un cuarenta por ciento más. Eso nos podría llevar a una cuota de mercado del quince o el dieciséis por ciento, puede que subiendo mucho hasta el diecisiete por ciento, que seguiría dentro de los rangos históricos de la última década, por arriba y por abajo. Ni antes era tan dramático, ni ahora tan extradordinario, es la dinámica habitual. Pero todos los que anunciaron debacles ahora no rectifican ni dicen que ya no lo es. En serio: alguien debe pensar por qué esta crisis de los medios es algo más que una caída de publicidad.
Leo unas declaraciones de Carlos Iglesias en Cinemanía: “Cuando estrenas una película tienes que elegir: o buen presupuesto y mala distribución, o lo contrario. Yo elegí lo primero”. Estas son las cosas que no tienen sentido cuando se pretende tener un modelo industrial. Si la película no se puede vender, jamás puede plantearse un escenario de explotación mínimamente riguroso. Priman los deseos de un creador sobre lo que se puede realmente hacer. Con las pelis a veces hay milagros, pero nadie quiere confiar su vida a un milagro y una cuenta en twitter. Una película española con cuatro millones de presupuesto (al menos, lo que pone en los papeles) y sólo setenta y siete copias de estreno, tiene toda la apariencia de no tener excesivo sentido. Añade más adelante: “Pero la película -bromea- no trata de la Guerra Civil, sino de la II Guerra Mundial”. La percepción desde fuera era exactamente esa, el halo de guerra civil, ese sambenito del cine patrio, lo que demuestra cómo el marketing de la película era decisivo para posicionarla en otro punto. Lo que nos lleva a volver hablar de los por qués de cuotas de mercado tan débiles y viejos debates que no se terminan de resolver sobre la sobreabundancia de producción, etc. etc.
Me remiten ayer los datos de la cuota de mercado del cine español en las televisiones. Es un trabajo de Media Research & Consultancy, una firma de gente muy competente. Digamos que el entorno es similar al de salas: la industria norteamericana copa alrededor de tres cuartas partes de todo. A los productores locales, sólo RTVE les da un poco de aire: el total de cine español supone en 2010 el 12% de las películas emitidas en televisión, en las autonómicas sólo son el 5%. Si vamos a cine de estreno español, la cosa es más fea, sólo el 7%. Sería ideal disponer de una serie de varios años para ver tendencias. En el Panorama Audiovisual de Egeda de 2010, se hace un cierto desglose: la tendencia mejora algo (no sabemos si es porque hay más canales) pero la tónica es la misma que en salas: business as usual, no se rompe la inercia minoritaria esencial. Es una pugna histórica la de crear un marco legal para que lo americano no lo cope todo. Una pregunta pertinente sería si, dado que estamos en un marco tecnológico y social disruptivo, no se dispone de una oportunidad única para cambiar las reglas del juego abrazando la disrupción y poniéndola de tu parte. En un mundo globalizado, con una nueva visión de la creación y la autoría, la cuestión sería cómo encontrar un nuevo equilibrio con la sociedad y un marco legislativo orientado a objetivos diferentes de los tradicionales. Más fácil decirlo – me disculpen – que hacerlo. Creo, sin embargo, que es inevitable ponerse a pensarlo.
Un blogger en Hong Kong se lamenta de los problemas de la producción independiente de allí. Lo interesante, es que se parece un tanto a las percepciones que suele decirse que tiene el público español sobre su cine: “su reputación”, pues parece ser que los cineastas se centran más en ser muy independientes y personales y no asumir que el concepto de independencia se refiere a la financiación y no a huir del público. El mismo autor se refiere a los buenos resultados de la política de soporte público realizada en Korea y su éxito internacional frente a una industria local, antaño exitosa, que tendría cierto declive. En Hong-Kong, a pesar de sus pasados éxitos de mercado, también existe un fondo público de soporte para el cine independiente. Esta comparación entre ambas industrias serviría para centrar algunos problemas de debate en España: asumiendo que las majors se marcharon de Korea por la piratería y que la industria local no parece haber muerto, ¿qué política pública es más efectiva para el cine o el audiovisual en general visto desde la óptica de la creación y la de industria? ¿Y en la era digital? España no es una excepción, sino lo corriente, en ayudas públicas al cine: lo raro es no tenerlas. Intento reivindicar la calidad de los debates: hay que empezar desde una posición sobre las ayudas públicas a sectores privados y a las artes en general (sí, no, por qué, cómo) para llegar después a si las vigentes y las propuestas generan los incentivos adecuados o crean distorsiones poco edificantes, si son efectivas para sus propósitos o si hay métodos alternativos.
Tomo los datos de Pau Brunet: 10,5 veces la recaudación del primer fin de semana (lo más frecuente suelen ser ratios entre 3 y 4). Pau estima que la recaudación puede llegar hasta los 2,4 millones de euros cuando termine la explotación en salas. La película se ha relanzado con los Goya como era de esperar y se ha hecho bastante evidente que ha llegado a mucho público fuera de Cataluña donde bien nos advierte Pau que la película no se conocía. Pero me interesará más saber cómo le va en su estreno online.
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