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¿Cuánto abre la mano China a Hollywood?

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Desde la Casa Blanca a la MPAA se saluda con enorme entusiasmo el acuerdo por el cual las películas norteamericanas tendrán más ingresos y más oportunidades de exhibirse: se aumenta el número de películas del limitado cupo que podían llegar a las pantallas chinas. Parece que cobrarán más dinero por ellas. Teniendo en cuenta el férreo control de la distribución que tienen los chinos – pagando a Hollywood con su moneda – y las frustraciones que se han llevado los estadounidenses por piratería, fracasos en la creación de circuitos de salas y por la liquidación que reciben de sus películas, no suena mal aunque no parece que se abra mucho la mano. La realidad es que, como suele ocurrir, las películas americanas son las más vistas por los chinos a pesar de que su número de títulos es anormalmente reducido. Uno cree que los chinos van a tratar de seguir construyendo su industria de entretenimiento con la mirada puesta en la creación de soft-power local, regional y mundial y que regalos no van a hacer. Es curioso que los medios oficiales chinos en inglés y castellano no dicen nada del acuerdo, y mira que le dedican espacio a la visita del dirigente chino en cuestión al tiempo que sí le dedican cariño a su visita a los Lakers. Lo seguiré en los próximos días a ver la diferencia de relato que hace cada parte. Aportaciones de conocedores de la zona son bienvenidas.

Nostalgia y significados

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Lobo Estepario explica de modo muy interesante la relación simbólica de las cámaras fotográficas con nuestra concepción de la fotografía: «Las cámaras pueden ser una caja con una lente. Da igual la forma. Así que la fotografía busca la magia analógica perdida en la era del Photoshop. Pero no deja de ser curioso que las cámaras más modernas adopten la forma de tecnologías de cuarenta años o más». ¿Cuando empleamos la palabra cine no hacemos una construcción nostálgica que aspira a persistir en la analogía con la era perdida de las imágenes y las formas de narración y producción de décadas atrás? Hubo épocas en que los actores no querían hacer televisión por una cuestión de prestigio. La pregunta es si esa recreación bloquea la reflexión y las actitudes críticas para encontrar el espacio de la creación audiovisual – y su financiación – en un tiempo donde los cines no son los sitios donde más películas o creaciones audiovisuales se ven. No hace mucho alguien más hablaba de la superioridad creativa actual de las series sobre el cine. Algo así reflexionaba a medias con Dany Campos el otro día. Yo elegí hace tiempo la idea de videosfera como forma de resumirlo todo.

Feliz 2012: mañana empieza un cine que no se ve en el cine

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Pablo Maqueda envía a su lista de correo en las últimas horas de 2011 un apasionado texto confiado en que «si algo nos une a todos nosotros es nuestra pasión por el cine». Con el comienzo del nuevo año, veremos por primera vez «las imágenes del proyecto cinematográfico» que marcará su transcurrir por el año 2012. Ese proyecto cinematográfico tiene un tráiler muy sugerente y mostrará cada día «diálogos diarios entre director y espectador a través de las redes sociales». El blog de Filmin nos explica que Pablo «ha recorrido cinco ciudades del mundo (Tokyo, Nueva York, Londres, Paris y Madrid) registrando en plano secuencia instantes que reflejen las rutinas, miradas y actitudes de 366 mujeres del siglo XXI». Mientras indagamos hasta qué punto lo que llamamos cine es algo que derivará a otros ámbitos que no son salas a oscuras con el mismo prestigio que el glamour que confieren los carteles en las avenidas y las alfombras rojas para artistas, Filmin corroboraría que «los tiempos cambian, el cine se adapta, el audiovisual muta». Creo que, sin desmerecer en absoluto lo demás, lo más novedoso de todo el proyecto consiste exactamente en eso, en que lo llaman cine y no se ve en el cine. Feliz 2012.

Una de conversos: gente que no cree que el cine ha de ser -necesariamente- para el cine

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Ayer Nico Alcalá me pasó un enlace con una entrada de Brian Newman con una larga explicación de por qué, ejem, el cine en las salas es, simplemente, algo del pasado. Suelo comentar y discutir con Juan Herbera la cuestión de la supervivencia de las salas o su necesidad para una comercialización completa, lógica y casi impepinable. Hoy, lo es. Pero para mi es una cuestión de tiempo e infraestructura tecnológica el hecho de que lo que llamamos “cine” se lance – o estrene – de modo predominante en entornos que no son o serán salas. Sobre todo, es una cuestión de realidad de consumo: ni la experiencia en el cine – a pesar de que se dice que está hecha para el cine – es tan alucinante ni, sobre todo, el espectador se comporta como si lo fuera. En algún lugar que no encuentro dejé escrito que ya hay generaciones enteras incluyendo cineastas que han visto todo el cine clásico en el televisor y no les ha pasado nada, y que vienen generaciones enteras que, lo que han visto (hay gente que no ha visto nada anterior a los noventa), lo han visto en… ordenadores portátiles. Newman dice: “soy un converso”. Porque era uno de esos cinéfilos que estaban convencidos de que el cine como debe verse es como fue pensado, para una pantalla grande en un recinto público. Pero lo cierto es que son financiadas para venderse en múltiples formatos y que el público termina viéndolas mayoritariamente en otro sitio. Hagamos un ejercicio de prospectiva: imaginemos un mundo donde todos los hogares se conectan por fibra…

¿De dónde son las películas?

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Este comentario de El Mundo sobre el comienzo del Festival de San Sebastián y la naturaleza de producción de Intruders, me sugiere que las paradojas del mundo hiperconectado de la sociedad red afloran cada vez más al mainstream en forma de perplejidades y desconcierto: “¿Qué es el cine español? Hay preguntas que apenas acaba uno de plantearlas ya se está arrepintiendo… de vivir. ¿Para qué te metes? Pongamos por caso, ‘Intruders’, del canario Juan Carlos Fresnadillo, ¿es española o, por estar rodada en su mayor parte en inglés y protagonizada por Clive Owen, un hincha del Liverpool que suspira por Fernando Torres, es más bien escocesa o, mejor, sueca?”. Mientras que heredamos un concepto de cinematografías nacionales en nuestra cosmovisión (y en nuestra legislación) lo cierto es que la forma de pensar y hacer los contenidos cada día es más – inevitablemente – global. Y más sinérgico y evolutivo entre medios. Así que, si quieren entenderlo, díganse (y perdonen la pretenciosidad de esta redacción, que deben tomar como una propuesta) cine global y no español. Ni siquiera: diga audiovisual y no cine. Tampoco: diga contenidos multidispositivo, multiformato y multinarrados (o sea, transmediáticos). La palabra “cine” sostiene su privilegio como término y casi condición de prestigio intelectual, a pesar de que el prestigio real es ya de las grandes series que se ven en televisores. Mientras las barreras entre lo que se llamaba “cultura” y lo demás se borran cada día, hicimos la prueba en las calles de San Sebastián un escocés y yo preguntándole a unas jóvenes francesas (no piensen mal, se lo ruego, fue un accidente) que qué preferían, si películas o juegos. Fueron juegos, gané un vino. Postdata: un productor del mundo online la otra mañana decía “triunfar aquí no es triunfar”. Alguien me contaba que Paco de Lucía venía a decir que ser famoso en España, visto desde Nueva York, es como ser famoso en Coslada. O algo parecido. O puede que no sea verdad y sólo esté bien contado.

Cómo ha de cambiar el marketing de cine con el vídeo bajo demanda

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Es una nota de Chris Thilk esta vez en Advertising Age y que se refiere al reciente y polémico anuncio de la puesta a disposición de cine a los sesenta días del estreno en vídeo bajo demanda. Y a treinta dólares, precio muy comentado por sus equilibrios con el coste total de ir al cine: es decir, miembros de la familia, gasolina, párking y hasta baby sitter. La tesis esencial es que, al igual que en el fondo nadie de la propia industria – ni los dueños – esperaba que Hulu funcionara (ya saben, un experimento), los estudios deben prepararse para conceder la probabilidad de que funcione y que, de ser eso así, cambiará de modo radical el marketing de cine. La idea esencial es que, como sabemos, la venta al público de una película es una fiesta muy corta donde prácticamente todo el esfuerzo se concentra en levantar un primer fin de semana. Con la reducción de ventanas, con la competencia de alquileres obscenamente baratos como los de RedBox, el público se acomoda, como en el resto de fenómenos convergentes, a su poderío para elegir soporte, horario y compañía. Por tanto, es la conclusión, las campañas habrán de ser más largas, más soportadas por los estudios y con menos apoyos de los exhibidores. Todo eso, nos dice, si realmente quieren que el sistema funcione. Es sutil, pero pasar de un fin de semana a más es un cambio de juego radical. Mucho más si el producto deja de ser sólo una película y son más cosas. Me muero por saber lo que piensa Aitor Satrústegui.

El declive del cine como alternativa de ocio

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Juan Herbera hacia ayer el cruce de datos necesario para comprender la evolución del mercado cinematográfico: al asociar espectadores con población, pantallas y precios en la última década queda a la luz el evidente retroceso de la asistencia a cines como alternativa de ocio. Un retroceso simultáneo con la preservación a duras penas del volumen de negocio por la subida de los precios. Y es aquí donde empiezan las preguntas: ¿se puede bajar los precios, subir espectadores, mantener la recaudación o aumentarla y, de paso, hacer que el público consuma en espacios monetizados? Con los modelos actuales de explotación – para distribuidor, productor y exhibidor – no lo veo fácil. Cabe imaginar un futuro donde la disposición acceso online y de buena calidad a todos los hogares (algo aún lejano, lejano) permitiría enfocar el negocio de forma más parecida a la televisión y quizá ya sin ventanas: la sala como fiesta, como evento social y excusa promocional, y acceso rápido y masivo desde cualquier dispositivo casi de forma inmediata a un volumen de espectadores mucho mayor y para productos más amplios que “una película” en otra cadena de valor. Mientras, ¿a sufrir? Claro, esto es darle la vuelta al mundo para que pierda el de las butacas y para la nostalgia onírica de la sala a oscuras, que ya no es más que un mito. En mi opinión. Pero vayan y participen de la discusión donde Juan.

Receta para el cine: ventanas más cortas, estrenos simultáneos y un gobierno que nos apoye

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El jefe del British Screen Advisory Council, un think-tank/lobby de la industria británica, sostiene en su conferencia anual que la solución para la industria del cine pasa por dejar la ventana de cine reducida a treinta días, efectuar los estrenos mundiales simultáneos y que los gobiernos sean más duros con su persecución de la descarga ilegal. Stewart Till recuerda – realmente, poca novedad – el fracaso de la industria musical y la necesidad de reaccionar. Simultáneamente, la revisión de qué propiedad intelectual hace falta promovida por David Cameron – el Hargreaves report – preocupa porque las conclusiones (que nunca son ley) conduzcan a un relajamiento de las reglas de propiedad intelectual. Personalmente, pienso que las conclusiones son dos, si miramos todo el entorno y aplicamos cierta perspectiva de las cosas: en efecto, las ventanas tienden a acortarse desde hace tiempo (ayer Estados Unidos, Australia hace poco), no es absurdo pensar que en un futuro confluyan en una simultaneidad total cumpliendo el sueño de El Cosmonauta. Parece probable, también, que tendremos seguramente menos propiedad intelectual. Que en la práctica es ya. Pero el afán por conseguir controles no se está persiguiendo con una estrategia de transacción, sino de sostenimiento: que el gobierno me salve el negocio. Pienso que no es socialmente sostenible, una expresión un tanto sobada, es verdad.

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Los blogs no sabemos si mueren, las copias sí

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Los ingresos por copia han sido tradicionalmente un ratio esencial en la distribución cinematográfica. El paradigma analógico está contenido en ello: puesto que cada sala necesita una copia física para ser proyectada, una forma de medir la rentabilidad de la explotación es el ingreso por cada copia física que ha sido necesaria. Pero la distribución digital cambia eso, mientras una nueva sentencia de muerte circula sobre los blogs. Pau Brunet:

“Cuando comento que el concepto “copia” cambiará radicalmente con la universalización de la digitalización hasta perder su relevancia no es una afirmación gratuita ni apocalíptica. Como muestra un botón: EL OSO YOGUI se estrenó en España con 187 copias, de las cuales 150 fueron digitales en formato 3D que se exhibieron en 275 pantallas. En el conjunto de copias, las 187 se exhibieron en 312 salas. Es decir, por cada copia digital 3D hubo casi dos pantallas. Y no es lo mismo, desde el punto de vista de los datos, usar como referencia las copias que las pantallas en un caso como éste. La taquilla del primer fin de semana de EL OSO YOGUI fue de 1.323.000€. Si usásemos las copias, dividiríamos entre 187 y daría un promedio de 7.074€. Pero en realidad la película se estuvo exhibiendo en 312 salas (que, en caso de no existir copias digitales, se hubiesen correspondido casi con toda seguridad con 312 copias) por lo que usando ésta referencia, resulta que el promedio por pantalla fue de 4.240€, un dato un 40% inferior al que arroja el promedio por copia. Una cifra rozaría el calificativo de muy buena y la otra se queda en aceptable.”

¿Quién hace placement en cine?

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Leyendo una curiosa noticia que refiere parte del éxito de los productos de Apple a su inserción en películas (eso que se da en llamar placement), llego a una estupenda página que agrupa la aparición de las marcas en películas con cifras anuales. ¿Qué vemos? Apple es la número uno – dicen en la primera noticia que aparece en diez de las treinta y tres películas más taquilleras del año – y a continuación aparecen marcas como Nike, Chevrolet, Sony, Ford…. Para techies: Google aparece en tres, YouTube en otras tres, Dell y Nokia también tienen sitio. Pero no veo a Microsoft.

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