Estoy viendo La2. Y me pellizco: no por gafapasta, que vale, sino porque me quedo de piedra al ver que les sale un programa de servicio público. Pienso que, por su factura técnica, en la red se va sobrado para hacerlo, pero no es momento de obsesiones personales. Dice Manuel Vicent en el show que cuando el público, como en el caso de Berlanga, emplea el nombre del artista como un adjetivo calificativo, esto es, berlanguiano, uno se ha convertido en creador. La premisa es que deciden reunir a los actores que quedan vivos del universo del erotómano convertido en cineasta para llevarlos a la Ciudad de la Luz y grabar un remedo de planos-secuencia corales tan del gusto (maravilloso) del director valenciano. Sale lo que sale, pero los testimonios son jugosos. En un momento dado se dice, y entrecomillo porque lo he apuntado según lo escuchaba, que Berlanga fue el impulsor de los estudios de Alicante «para reindustrializar el cine español». En mi memoria, esa mentirosa, queda el recuerdo de no una, sino varias declaraciones del más grande de los nuestros – perdón por esta poesía casi propia del ABC – recordando los tiempos de Samuel Bronston. Ah, ese pelotón español en Pekín. O Peñíscola y El Cid. Todas mis historias personales alrededor de la Ciudad de la Luz y las que he escuchado a otros amigos, menos amigos y mentirosos habituales del negocio son puramante berlanguianas. Quizá es lo que él no hubiera querido, ser el adjetivo para un desastre sin paleativos, un pedo más alto que el culo, una especie de Míster Marshall de la abundancia y la deuda pública. Que se llamara Aguamarga el protagonista es una especie de crueldad del destino. Si la venta anunciada alguna vez se produce, lo mismo todo termina en un complejo urbanístico de lujo: el mar está a tiro de piedra. La escopeta nacional nunca nos dejó.