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Coppola

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Gente que roba

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Me encantan las citas que desbaratan las creencias asumidas. Por ejemplo, que cuestionen la presunta unanimidad del mundo cinematográfico sobre la originalidad de la creación y de la idea de propiedad intelectual. Tenía éstas de Godard, con un toque de un dubitativo Coppola, y ahora encuentro estas otras de Jim Jarmusch, perfectamente a medida de ministros y exministras, y que terminan con Godard otra vez: «Nada es original. Roba de cualquier lugar que haga resonar a tu inspiración o que alimente tu imaginación. Devora películas viejas o nuevas, música, libros, pinturas, fotografías, poemas, sueños, conversaciones aleatorias, obras de arquitectura, puentes, señales callejeras, árboles, nubes, cuerpos de agua, luz y sombras. Elige para robar sólo las cosas que te hablen directamente al alma. Si lo haces de este modo, tu trabajo (y tus robos) serán auténticos. La autenticidad es invalorable; la originalidad es inexistente. Y no te molestes en ocultar tus hurtos -celébralos si tienes ganas. En todo caso, recuerda siempre lo que dijo Jean-Luc Godard: “No se trata de de dónde tomas las cosas, se trata de a dónde las llevas”»

Coppola y la revisión del espectáculo en salas

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Lo que ha sucedido con Twitx, estaba más o menos anunciado: Coppola ya decía hace año y medio por lo menos que aspiraba a realizar una película cuya proyección fuera diferente cada vez, sea por la vía del montaje o por la vía del puro show. Quizá algo desordenadamente yo hablaba hace tiempo de la idea de la cuarta dimensión en salas, algo de lo que no veo hablar ultimamente. Twitx incluye performance musical en la sala (como en el cine mudo) y la participación de los usuarios que se ponen un careta (¿recuerdan el Rocky Horror Picture Show?) para un 3D reducido pero sofisticado, es decir, que no habría nada nuevo. La cuestión es si la proyección más interpretación, haciendo una visión de la sala de cine más teatral u operística es construible como un negocio a gran escala. O a otra más baja. El autor como estrella puede hacer giras, pero eso le reduce a una sesión única por día menos su descanso. Para autores minoritarios, perfecto. Para el cine de estudio, complejo. Pero la pregunta es ¿si Disney puede tener parques con casts permanentes con sus muñecos y personajes no es viable crear esas experiencias en salas? Es más caro, es obvio. Pero no hablamos de costes, sino de la evolución del entretenimiento. La lección de estas cosas es que, frente a lo que se dice, la cultura no se muere, tampoco el entretenimiento: evoluciona. Y puede que con menos barreras legales artificiales la transformación se acelere. Discrepo habitualmente con el gran Juan Herbera y otros amigos sobre esto: por mucho que Midnight in Paris sea un éxito, es un tipo de cine como el de Campanella o el cuento chino de Borensztein, que hoy se ve estupendamente en el televisor de casa. Y que una serie como están concebidas las actuales – ahora estoy reventando Entourage – es mucho más intensa y atractiva que la hora y media largas del producto clásico. Aunque nada muere del todo, siempre hay primacías.