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Iniciando la era post Kickstarter: crowdfunding más allá de plataformas y servicios de moda

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Pensaba José Alcántara hace pocos días que “urge” atender el vacío legal que rodea al crowdfunding. Me sumé a esa opinión. Algún comentarista nos razonaba que existen figuras suficientes ya en el derecho por las cuáles se puede desarrollar esta modalidad de financiación. Sí, efectivamente, pero la sensación para el lego es que existen limitaciones propias de un sistema que no se imaginó para la creación de comunidades y audiencias en red. Si hace falta y como hace falta, es un debate que no vemos ni José ni yo, pero que tendrá que llegar. Miramos con admiración la aprobación en su día en EE.UU. de la Jobs Act, que lo que hacía – es, creo, lo que habría de hacerse aquí – revisar las limitaciones para la oferta de participaciones sociales en público y otro límites que en su día debían proteger a los inversores pero que ahora son un freno para hacer crecer la inversión. Acaba de publicar Hollywood Reporter un interesante reportaje con un título tremendamente sugestivo: Olvídese de Kickstarter, de cómo la nueva ley de Obama puede cambiar el crowdfunding de Hollywood. Ahora que, como sabemos, ha alcanzado el favor del público profesional. La primera de las mejoras previstas en la ley entra en marcha en septiembre de este año: esencialmente, de lo que se habla es de un proceso progresivo de habilitar nuevas posibilidades de inversión hacia patrimonios cualificados que se irá abriendo hacia cantidades menores de patrimonio – ahora un millón de dólares según una serie de requisitos – lo que llevaría a mercados de inversores que calculan en varios miles de millones de dólares. Si esto termina siendo algo de entusiasmo para el público o no, se verá. Ahora nos interesan dos cosas: la intensificación del número de oportunidades con mayores cantidades en juego (está claro que solo con donaciones de menos de cien dólares o euros todo es más duro) y la reducción de la necesidad de plataformas como Kickstarter. Obviamente, eso no implica que las plataformas vayan o morir o que la susodicha pase problemas. Significa, sobre todo para las críticas clásicas al crowdfunding, que de lo que se trata de entender es que los mecanismos de red y comunidades en red transforman los procesos y que las plataformas (repito: las plataformas) son lo de menos. Es decir: la gente socializa y desea entrar en contacto con otras personas, hoy usan Facebook, Linkedin o Twitter pero lo que importa es que los mecanismos de conexión están por encima de servicios concretos que pueden durar o no en el tiempo: ya lo hicieron con otros servicios extintos o adormecidos en los años con pocos usuarios de la red. Es decir, los sistemas crowd son una característica de lo que ya vivimos y un Kickstarter es sólo un medio. Mientras, el tradicional conservadurismo local, esa resistencia a buscar y probar las innovaciones (con sus riesgos, problemas y cuestiones por resolver), deja de lado la oportunidad de correr más que los demás y generar un know-how y  una oferta nueva antes de que madure en otras partes. Pero luego nos quejaremos del poder de mercado de otros.

El irresistible encanto de lo establecido

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Un biógrafo de Buñuel, declara: “Hace un año, terminé una primera versión, la ofrecí a varias editoriales, no interesó y, al acercarse el 30º aniversario de su muerte, el 29 de julio próximo, me decidí a publicarlo en Amazon y montar un blog con lo que era un apéndice del libro.” La necesidad de muchísimos artistas por buscar la satisfacción en el mundo industrial cultural a pesar de la obviedad de que el rechazo es infinitamente superior a las luces verdes a los proyectos, no puedo evitar que me parezca asombrosa. Sí, cierto es que conseguir ser conocido y visto (estar en la parte alta de la cola que sería el lenguaje propio de eso que dimos en llamar dospuntocero cuando era un término digno) no es un asunto fácil. No lo será nunca porque la inmensa mayoría de los contenidos raramente serán interesantes para las masas de público que dan dinero con substancia. Pero tu obra viva y accesible, a uno le parece que es la pulsión máxima de todo artista que se precie. Luego, ¿por qué esperar?. Nadie dijo que sea fácil. Acaba de llegarme el lanzamiento de Álzate, una plataforma de crowdfunding descremado. Es decir, esperan a filtrar proyectos, apoyar con conocimiento técnico (léase márketing) a aquellos que se les ve posibilidades interesantes y lanzarlos al mercado haciendo que el público pague el coste de sacar adelante la primera copia. Es excelente: se baja el riesgo de promover nuevos artistas con potencial de cierta masa. No es nuevo: algo así intentó John de Mol o una plataforma como Filmaka. Ambos son puros fenómenos de red: por un lado el potencial de no esperar a los intermediarios, el otro el de que el intermediario clásico reduzca sus riesgos testando en la red el producto que va a funcionar para dotarle de otra escala. Lo establecido, aprende a jugar con las reglas digitales, pero de nuevo no habrá sitio para todo el que quiera intentarlo en ese tipo de reglas. Lo cual no tiene nada de malo, sólo es necesario tenerlo claro. (Para nostálgicos anarcoides como servidor, estos textos hacen sentir una decadencia de la mística de la red como transformadora del mundo: “¿Y sabes lo mejor? Tú no pierdes los derechos de autor ni la propiedad intelectual” ¿Lo mejor?)

¿Es el crowdfunding únicamente para los más conocidos?

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Una casualidad me lleva a contemplar un episodio de America’s Most Wanted. Es interesante porque, siendo un viejo show cuya estructura sería similar a otra cosa olvidada como ¿Quién sabe dónde?, hoy día puede mirarse de una manera distinta: los dos son fenómenos crowd anteriores a la era de las redes. A saber: se pone un caso en manos del público (la búsqueda de un criminal o la de un familiar desaparecido) y con datos de partida comunes la multitud va remitiendo pistas y nuevos datos, útiles o no, hasta dar con el resultado. En el episodio que recupero, en un ejercicio que voy a llamar osadamente de procomún, conduce a que la suma de espectadores genere la información que localiza el criminal al extenderse entre muchos participantes. El procomún en este caso es una recreación de escultura forense de cómo debe ser el individuo en cuestión muchos años más tarde de la fecha del delito. Llevado a la producción fabril o a la innovación, es como cuando una organización regala conocimiento para obtener el resultado de la participación de los demás generando un output superior: el resultado es que se ha hecho justicia a un coste muy inferior que el poner a toda la policía del mundo a buscar al culpable desaparecido. En la fábrica, se acortan los tiempos de diseño y puesta en producción. Pero de todo esto ya se hablaba en The Wisdom of The Crowds y tienen hoy una interpretación muy avanzada en el Manifiesto Crowd de Freire y González-Rubí.

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De El Cosmonauta a Traviata (y un epílogo con Jordi Pérez Colomé)

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Nicolás Alcalá ha arrancado otro proyecto. Esta vez alrededor de su padre, pintor, y con una promesa extraordinariamente marketiniana para nuestros tiempos: el primer proyecto de pintura transmedia. Lo marketiniano es legítimo. Mucho. Necesario. Lo más interesante del proyecto reside, para mi, en cómo la tecnología y los conocimientos aprendidos para desarrollar El Cosmonauta y la marca personal construida alrededor del trabajo sirve para continuar el trabajo del propio Nicolás y los artistas que se reúnen con él. Las críticas al crowdfunding – de nuevo, este proyecto lo es, pero ahora sin tener que inventar gracias a Kickstarter – suelen concentrarse alrededor de la pobreza de cifras a alcanzar… digo yo que en el primer proyecto. Como un parelelismo, Jordi Pérez Colomé ha conseguido más fondos para su segundo proyecto de financiación colectiva que para el primero y trabaja en seguir construyendo su espacio con una marca personal más fuerte que antes. Es decir, no se trata de si hay mucho o poco: cada uno encuentra lo suyo, se trata de la autonomía que la tecnología vigente generar al creador para seguir su camino. Manuel Alcalá acaba de desintermediar al galerista. Jordi desintermedia al periódico. Si persisten, pueden conseguir estructuras empresariales de cierta escala y tener una vida haciendo lo que les gusta. De hecho, ya lo hacen, sean cuales sean las subidas y bajadas.

De la masa a la multitud: o por qué no hay que mirar el crowdfunding como anécdota

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Juan Freire, en asociación con Antoni Gutiérrez Rubí, ha publicado una trilogía de artículos sobre su proyecto de investigación sobre la idea crowd. Supongo que es la posición periférica cultural e intelectual española o del castellano y su entorno el que nos lleva a emplear un término que tanto nos cuestra traducir pero en el que lo importante es el concepto de diseminación y diversidad acumulados en torno a plataformas o tecnologías de conexión que sirven para agregar ideas y proyectos. ¿Por qué debe leerse más allá del ejercicio intelectual para interesados en la economía y la sociedad contemporáneas si usted se dedica a contar historias con imágenes y se encuentra atribulado por el cambio digital?

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Cómo ha cambiado todo en dos eventos

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Uno de los newsletters que recibo (y no siempre leo) anuncia una conferencia de uno de los jefes de Ooyala en un evento que se llama Primetime is Anytime: now what. Es decir, que lo que sucede es que la gente consume los contenidos que se llamaban de primetime y, por tanto, más ambiciosos y potencialmente interesantes cuando les da la gana. No es nuevo, como si se mira al resto de títulos y resúmenes de ponencias del mismo evento, lo que vemos es explicar todos los tópicos y hechos del cambio tecnológico aplicados a la televisión que se anticipaban… hace seis años. Pero entonces se solía decir que faltaba mucho y que esto y aquello: ahora todo es mantra de los eventos profesionales. Hay un segundo evento del que leo una reseña en Cine&Tele en el que el secretario general del ICAA parece haber anunciado que apoyarán (nunca se sabe qué es eso) el crowdfunding: “manifestó la voluntad de este organismo de contemplar estos modelos innovadores de  financiación y gestión de productos audiovisuales en el marco de los trabajos que se están realizando para la redefinición de los sistemas de apoyo a la cinematografía y las artes audiovisuales“. Frótense los ojos: ahora ya resulta que es legítimo, moderno y dentro de eso que llaman nuevos modelos de negocio (cada vez que alguien dice los hay, muere otro gatito) todo eso que hacían cuatro friquis y que no vale para hacer arte de verdad como todo el mundo sabía. Vamos, que es legítimo y una realidad. Lo verdaderamente novedoso, y ese el cambio, es la aceptación de la realidad. Y con eso se puede empezar a dejar de ser alcohólico del pasado. A lo mejor es mucho pedir.

Kickstarter y las plataformas de crowdfunding vistas como comercio electrónico

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El pequeño webshow que realiza Kickstarter para resumir su año 2012 – en el que celebra su ¡tercer! aniversario – es extraordinariamente ilustrativo a la par que emocionante. El fenómeno del crowdfunding sigue siendo observado como una mezcla de esperanza transformadora del mundo y un desengaño ante la realidad de que (vaya, como siempre fue) muchos son los llamados y pocos los elegidos. Es mirado con desconfianza por las estructuras convencionales porque, por un lado, no encaja al poder y el conservadurismo de los establecidos y, por otro, asoma maneras: el diez por ciento de todo lo que ha ido a Sundance tenía algo de Kickstarter, según ellos mismos. Para muchos, es símbolo de precariedad. Sea lo que sea, un servidor ve dos cosas subyacentes: el crowdfunding es una forma de preventa y Kickstarter y sus homónimos son marketplaces. En el internet olvidado de los noventa surgió el furor por crear estas figuras para unir compradores y vendedores por todas partes, abarcando desde negocios B2B a B2C, con compañías que desarrollaban plataformas de software para hacer estos mercados muchas veces basados en la subasta y que muchas han quedado en usos algo obsoletos o marginales. Eran los tiempos en que se hablaban de una especie de nueva economía en el que la ausencia de fricción de la red crearía escenarios parecidos a los del sueño teórico de la competencia perfecta. Miremos ahora espacios como E-Bay o Mercado Libre y comparémoslo con Kickstarter: ¿qué tienen de diferente aparte de que el segundo tiene glamour? Sólo una: en los primeros se vende lo que ya tienes, en los segundos lo que tendrás. Y, sí, tiene connotaciones diferentes pero me parece que no se puede negar que lo que se hace es crear mercados con nuevos intermediarios pero que sacan adelante ideas y productos que son puro I+D y que encuentran una excelente forma de repartir los riesgos de forma mucho más aceptable que en el mundo tradicional o al alcance de más gente que lo normal. De modo subsiguiente, es probable que imponga una ética fuerte en los usuarios: creo que está por aparecer la primera pequeña o gran estafa (llegará, la humanidad tiene esas cosas) pero, como sucedía en esa mística más primigenia de la red, se emplearán mecanismos de valoración de la confianza para defender y respaldar la reputación de quien vende: miren los ratios que califican a los vendendores en la plataforma de Amazon y en E-Bay y podemos pensar que la generalización de estos mecanismos terminará por llegar y que, después de todo, no se hace nada nuevo: comercio electrónico. O comercio a secas.

¿Un nuevo modelo de negocio para el cine? (español)

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En el enésimo proceso de reforma de la legislación de cine española parece ser que se ha decidido crear una gran comisión junto a varias subcomisiones. El clásico suele decir que un camello es un caballo diseñado por un comité, pero siempre hay que dar crédito a los intentos de mejorar las cosas, momentos repletos de buenas intenciones. De las descripciones de los trabajos parece que se discutirá sobre “los nuevos modelos de negocio”. El contexto de declaraciones, debe decirse, es el más interesante desde hace lustros: incentivos fiscales, mecenazgo, menos dependencia de la subvención directa y lo que parece que será más paz con las televisiones. En este mundo feliz se insinúa que se desea un modelo estable y duradero para el futuro, lo que también suena excelente. Un servidor, no obstante, se plantea una serie de dudas más que nada por lo que conoce del ambiente y entornos que rodean a los negociadores. En estos tiempos acelerados de cambio – toma tópico – lo de duradero y estable es muy relativo. La ausencia proverbial de pensamiento radical (o disruptivo, que suena mejor) me hace apostar porque existirá una timidez absoluta en buscar espacios fronterizos de ruptura con el pasado: no se trata de cargarse todo, sino de abrir un espacio a lo raro, a lo desconocido, aunque sólo sea por probar. Por ejemplo, si un Ari Emmanuel encuentra oportunidades en el crowdfunding, o si productoras que trabajan para TNT o NBC llegan a sofisticados acuerdos de crowdfunding para el segmento profesional, algo deberían decir los del cine al respecto. Mucho más si lo que más haces son modelos de autor y no de superproducción. Y mucho más cuando ves que Google ya paga contenido original. Recuerden ahora que los editores españoles hicieron Libranda cuando Amazon se les había metido hasta las narices y que el estándar internacional sobre financiación colectiva está a punto de caer en manos americanas. Otro más en el ámbito digital. Lo segundo sería reflexionar sobre el producto audiviosual convergente y no la sacrosanta superioridad cultural de la exhibición en salas: “Internet es ahora el amigo del cineasta independiente. Puede que sea más difícil encontrar audiencia para tu trabajo, pero las cosas que son relevantes hoy día o que son consideradas “cool” encontrarán audiencia” decía David Lynch hace pocos días. Lo de nuevo no puede quedarse en trasladar la película de siempre del videoclub físico a uno online (hacer lo mismo por otros medios), ni en cómo sumarle audiencia para cobrar incentivos o en inventarse nuevas odiseas legales contra los Kit Dotcom de este mundo. Deberá tener la ambición de contemplar la evolución de la cultura audiovisual. Porque para el sistema clásico, desde la francesa The Artist a Lo Imposible (coaliciones internacionales de talento y/o financiación) parece mucho más interesante centrarse en cómo hacer películas globales renunciando a etiquetas culturales como “cine español” para cambiarlo por hacer entretenimiento internacional por parte de empresarios locales. Y dejar la sobreabundancia de películas pequeñas para otros escenarios técnicos y experimentales.

Colectas, cuestaciones y crowdfunding

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La recaudación de una familia que desea operar a su hija en Estados Unidos de una enfermedad y circunstancia que no nos interesan aquí ahora, es denominada por el medio que difunde el reportaje como colecta y cuestación. Sin embargo, en otro medio que refiere una colecta para publicar un libro cuyos beneficios irán destinados a una organización sin ánimo de lucro, se le denomina crowdfunding. Inevitablemente, cuando elegimos en castellano las palabras correctas, tienen un sesgo no esperado: caridad. Aunque el libro destine el dinero que sobrepase los costes de publicar a lo que antes nadie hubiera dudado en llamar caridad, es mucho más atractivo, sobre todo si es cultura, ponerle un nombre acorde con los tiempos. Yo tenía una edición del María Moliner donde líder se definía como mandatario extranjero, lo que me llevaba a pensar que en nuestra cultura no había términos para el tipo de gobierno/seducción de las personas que implicara ausencia de autoritarismo o imposición.  Y por eso, supongo, hoy decimos liderazgo. Pero los misterios de las palabras quien los conoce realmente bien es Asunción Álvarez, mejor dejárselo a ella (uno piensa que el uso generalizado de conceptos sin traducción genera un empobrecimiento de reflexión y la incomprensión de lo que realmente quieren decir, como sucede con el famoso engagement). De la comparativa entre las dos acciones, me interesan una serie de elementos que en cierta forma ya he comentado otras veces. Una, no suele hacer falta demasiada gente para financiar cosas con poco mercado o directamente sin mercado (que es la madre del cordero de la creación cultural): en la web de crowdfunding donde el libro citado se financia pueden verse el reducido número de donantes. Los más de cien mil euros del caso de la niña enferma, si se pone en perspectiva, no es tanto. Dos, sigue haciendo falta un esfuerzo para disociar caridad de la cooperación en red de cualquier elemento con mercado o sin él que los particulares quieran poner en marcha y que se base en aportaciones económicas. Para terminar, una posdata para arrimar el ascua a mi sardina: a pesar de no tener incentivo económico o tenerlo muy reducido (véanse las recaudaciones de Libros.org), la gente sigue creando y completando las cuestaciones. No, la cultura no se muere.

 

¿El mecenazgo es posible? (continuación)

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Una de las leyes más esperadas y que no llegan nunca es la relacionada con el mecenazgo: digamos que el sentimiento de quiénes tienen interés en ello se inclina por pensar que la hacienda española no va a fomentar ahora reducciones de impuestos por esta vía y seguramente ninguna otra. Hoy aparece publicada una encuesta que sostiene que el 37% de los españoles estarían dispuestos a rascarse el bolsillo y donar a la ciencia. Para el diario que lo publica la visión es pesimista: sólo el 37. A mi me parece un montón de gente. Pero la encuesta dice que hay otro veinte que no lo haría por falta de posibilidades, lo que vendría a decir que puede haber una cantidad que sí pudieran afrontar y tendríamos muchos más. Después podría resultar que esto es como los documentales: que si preguntas qué es lo que más se ve no hay fulano que no se muestre culto, pero si consultas las audiencias reales (o las mediciones de ellas que se presetan como reales) nadie los ve. Hace casi un año, no obstante, Josep Baselga anunciaba en la prensa que sería el mecenazgo lo que salvaría la ciencia en esto que se conoce como España. Si ponemos la palabra donación con fenómenos propios de la sociedad red (es decir, cooperación en redes, cocreación de contenidos y proyectos) pareciera que el destino se confabula para dignificar e institucionalizar los mecanimos legales y técnicos para hacer de la donación masiva en todo tipo de cantidades una nueva forma de mercado con entidad como para desenvolverse en él. La propia constatación de que el estado no puede con todo (y uno cree que eso va más allá de lo que pase con esta crisis madre de todas las crisis) y de que los sistemas de financiación clásicos no pueden llegar a multitud de actividades por sus propias exigencias, debiera hacer el resto.

 

Si el rey del talento global dice que el crowdfunding es una opción…

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Ari Emanuel dice en Abu Dabi que probablemente el diez por ciento de las películas que van a Cannes y Sundance contienen formas de crowdsourcing. Añade que “no hay sitio” al que no vayan a acudir con tal de ayudar a sus clientes (directores, actores…) y que “dependiendo del presupuesto”, las nuevas formas de producción son una opción. Ese tamaño de presupuesto lo cifra en un millón de dólares que, en términos de industria americana no es realmente gran cosa, pero no deja de ser un millón de dólares. Por si acaso, dice que en su agencia están haciendo pruebas. Para un servidor es un elemento más de cómo los cambios de lo digital y la lógica de las redes transforma la forma de producir, y que eso debe ser lo inexorable. Por el camino, claro, muchas palabras sobre el robo del contenido y todas esas cosas: para el sector de libertarios peligrosos, lo uno va unido a lo otro, porque forman parte común de cómo funcionan las cosas. Para el mundo tradicional, se trata de elegir qué parte de la tecnología emergente vale y cuál no vale y limitar su uso. El espectáculo consiste en ver quién termina teniendo razón, palabra que resulta algo imperpecta pero que se entiende.

Obamaworld busca financiación colectiva

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Este es uno de esos posts que se hacen fuera de las temáticas habituales, si bien dentro de las cuestiones clásicas que nos preocupan. Jordi Pérez Colomé, el autor de Obamaworld, un excelente blog sobre política y conflictos internacionales, ha iniciado una campaña de financiación colectiva para cubrir las próximas elecciones norteamericanas. Soy lector habitual, consumidor de sus excelentes libros y, por circunstancias que no vienen al caso, observante de su preparación de la campaña. Merece la pena contribuir. Yo ya lo he hecho e invito a hacerlo aunque en muy pocas horas ya ha cubierto casi todo el objetivo: Jordi promete aportar más si la recaudación crece. Una opción interesante de compensaciones por aportar reside en la capacidad de programar un encuentro/conferencia con él para conocer de primera mano los detalles y sus opiniones. Si alguien se quiere apuntar y reunir entre varios los fondos para hacer una en Madrid, que cuente conmigo.

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El extraño caso de Woody Allen y el crowdfunding forzoso

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El director del Jewish Journal admite en respuesta a una de sus cartas al director que con la campaña de recaudación para que Woody Allen ruede en Jersusalén, lo que pretende es plantear la posibilidad de que alguien se ofrezca para financiarla de entre quienes tienen los recursos para hacerlo. Es decir, la tesis de que es una operación publicitaria quedaría admitida junto a los síntomas que permite la mera observación: sólo 35 donantes de cantidades mínimas a fecha de hoy (y a pesar de un nivel de ruido mediático no desdeñable), una cantidad ya donada que no se corresponde demasiado bien con las cifras de participantes y un intento de tomar cada clavo ardiendo que surge de entre la información para dar visos de verosimilitud a la posibilidad de que la película se haga. También se admite que existen quiénes estarían presentando la idea a bilionarios judíos para los que estos dineros serían unos pocos cacahuetes. Desde el punto de vista del valor social de la iniciativa, los comentarios y opiniones que presenta el diario israelí Haaretz no son de euforia, se le reprocha al director el nulo interés en el estado de Israel o el retrato que hace de la cultura judía y hasta del sionismo en sus películas. También aparecen oposiciones al valor artístico de lo que Allen podría aportar e incluso detraer y quienes no lo creen admisible por razones políticas. Tampoco parece corresponderse con el método creativo de Allen. Meditada la cuestión, el asunto de fondo de este caso es si es legítimo crear una campaña para que otro haga algo sin su consentimiento: ni se pueden prometer recompensas así como así, ni se estaría cumpliendo una premisa que, creo, es esencial en el procedimiento de la financiación colectiva y que no es otro que la honestidad brutal de quien reclama el dinero.

 

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El retorno a la teoría de los mil fans verdaderos

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Explica Juan Varela que el diario digital catalán Vilaweb ha encontrado 1.800 personas comprometidas con su producto (es decir, que paguen) para mantenerse. En su día, El Cosmonauta pedía cuatrocientas personas que aportaran cien euros para seguir. Hace poco, Bárbara López se conformaba con dos mil que le dieran quince euros. Hicieron falta únicamente 701 para sobrefinanciar un disco de Jero Romero. El mítico Héctor Milla, cuando el vídeo online era más imaginativo que ahora pero con menos capacidad de generar ingresos, abrazó y masticó el concepto para el desaparecido Balzac. Se debe a Kevin Kelly la idea de que para sobrevivir en la red a un creador le basta con reunir mil fans verdaderos. Definamos “fan verdadero”: alguien que te compra cualquier cosa que hagas y todas las cosas que eres capaz de hacer. Y, ese, por ejemplo, es el seguidor de un grupo que recorre cualquier distancia para ver una actuación en directo. Cualquier ejercicio matemático da una visión del poder de estas cifras pequeñas bien convertidas: dos mil personas que al año te den veinte euros, se convierten en cuarenta mil euros. Hay costes, claro, pero mucha gente no gana ni la mitad de eso. Otros dirán que se trata de algo tan viejo como vender. Sí, claro, pero recordemos la capacidad de la red para reunir gente con intereses comunes en lugares dispersos, que es lo novedoso. Con la financiación colectiva creciendo, revisar este ya viejo pensamiento (¡2008!) considero que se vuelve interesante. Porque nos ayuda a fijar objetivos realistas que permiten sentar una base para crecer. Y porque nos ayudan a comprender el valor de una comunidad comprometida. Esto último es lo complicado, generar los mil fans verdaderos, que son muchos menos de los que te leen y, simplemente, siguen. Un trabajo de tesón y esfuerzo, de exigencia de credibilidad y que contiene muchos de los valores sobre las relaciones consumidor proveedor que preveía el sustrato intelectual de lo que luego se llamó dos-punto-cero. Y que muestra el poder del valor de lo que llamamos medios sociales en manos de los creadores.

¿Woody Allen financiado por crowdfunding? ¿En Israel?

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Ni siquiera Allen ha dicho que está de acuerdo o que vaya a hacerlo pero ya hay quien ha optado por buscar nueve millones de dólares para que en Jerusalén como lo ha hecho en Barcelona, Londres, París y Roma. Otros nueve hasta totalizar los dieciocho que sería un presupuesto típico del neurótico judío neoyorquino deberían ponerlo ricos hacendados. La historia la relata Los Angeles Times y me descubre, de paso, otra plataforma de financiación que asume otra forma de verticalidad: Jewcer, ocupada en financiar proyectos de/para la comunidad judía global. De hecho, la campaña arranca en Los Ángeles, capital del negocio del cine, un negocio controlado históricamente por multitud de personalidades judías. ¿Es importante? Puede serlo y mucho. Si un autor de esta talla acepta y es capaz de ser financiado en esas cantidades todo el mundo de lo que llamamos cultura cinematográfica se habrá puesto patas arriba. Por algo más: las motivaciones. Se quiere dar un imagen de Jerusalén diferente a la ciudad de los conflictos que – también – es. Comunidades de intereses buscando difundir un conjunto de relatos e ideas sobre sí mismos y financiados por voluntad de la gente. Comunidades – la judía en este caso – diseñando instrumentos de financiación comunitarios para fortalecerse. Son parte de las previsiones de la sociedad red. No me digan que no es emocionante. Van dieciséis mil dólares. Yo voy a aportar.

La exigencia de integridad en los nuevos modelos de producción

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Advierte Jesus Encinar en este vídeo que hoy día no puede hacerse una comunicación que no responda a lo que tu no eres: como persona, como empresario, como marca. Porque, si es así, termina sabiéndose creándose una disonancia que no funciona. E invierte el argumento: no se puede comunicar por aquéllo que quiere oir el consumidor y que luego no se es. Este tipo de apelaciones a la honestidad y transparencia son frecuentes desde el advenimiento de lo que se conoce como dospuntocero: en la era de los blogs como depositarios de la identidad digital, el mantra “la audiencia sabe más que tú” o la exigencia tan parecida a la del mundo académico de citar y enlazar las fuentes porque serías detectado en un intento de hacer pasar lo que no eres, eran el pan nuestro de cada día. No son infrecuentes los episodios de marcas e individuos pillados. El éxito aparente del caso Paco León, junto al desarrollo creciente de las experiencias de financiación colectiva ¿llevarán en algún momento a poner encima de la mesa este problema? La asociación persona/proyecto y el componente de causa que tiene todo proyecto que busca autonomía apoyándose en lo que se suele llamar fans conlleva unas dosis de confianza en lo que no está hecho que sólo son defendibles por el prestigio que se transmite. Un capital que debe ser atesorado para la siguiente vez en que se recurra a esos mismos fans. Por ejemplo, pasado el momento del millón de dólares de Amanda Palmer, la pregunta es si volverá a pedir dinero, si conseguirá sus objetivos o si los entusiastas seguidores se cansarán o se habrán decepcionado. O, lo peor, que piensen que el uso realizado de los recursos no se corresponde con la promesa. Las plataformas de recaudación permiten, en general, que el dinero no se use si no se recauda el total, pero no son responsables de lo que pase después. Quizá toda esta reflexión no merezca estas líneas porque todo se reduce a algo tan clásico como la construcción de una marca. Dado que, en esta fase de introducción del sistema y, como recuerda Nuria, muchas personas lo hacen por el mero hecho de apoyarlo y por el interés en el producto, la pregunta es si se está falto de instrumentos para reforzar la credibilidad de los nuevos sistemas para llevarlos a recaudaciones mayores: ¿auditorías? ¿seguros de buen fin? ¿sellos de calidad? Cosas que ya existen en otros ámbitos pero que, de aparecer, serían el síntoma de consolidación de esa forma de preventa repleta de emociones que es el crowdfunding.

¿Dónde reside el valor de las plataformas de crowdfunding?

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La aparición de plataformas de recaudación para lo que denominamos financiación colectiva es casi una avalancha. ¿Hay mercado para todas? ¿Tiene sentido? Por una lado, se produce un fenómeno de verticalización, crear espacios especializados por temática. Y eso seguramente es bueno. Puede que otros aspiren a venderse a un gran grupo internacional del tema. Se verá. La pregunta es ¿dónde reside el valor de las plataformas? Arriesgo una postura: la primera propuesta real de valor reside en mecanizar y tener listo un sitio donde poder explicarse y cobrar sin preocuparse de mucho más. Pero, si todo se reduce a esto (teniendo en cuenta los costes de las transacciones y las limitaciones de tiempo) es fácil para cualquiera hacérselo por su cuenta y con Paypal. “El Último Roble” o “1980” han optado por esto. Al final, el valor de la plataforma reside para mi en dos aspectos: en la capacidad de visualizar el proyecto y atraer público objetivo y el disponer de analíticas potentísimas del funcionamiento de la recaudación y las campañas que den una información excelente para ampliar el porcentaje de éxito de quienes participen. Creo que todos van atrasados en esto (las de Kickstarter, son las más interesantes a mi juicio), pero seguramente las españolas (que espero que no quieran ser únicamente locales) me parece que están pendientes de un desarrollo atractivo en este campo. Ruego correcciones y opiniones.

“El último roble”, o las sorpresas del todo al revés

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Basta con leer la sinopsis para ver que estamos ante el producto audiovisual más provocador que se ha visto en Carpetovetonia en años: «“El Ultimo Roble” narra los relatos de varios personajes involucrados en una historia paralela donde Euskadi consigue la independencia en el año 1996. Un fatídico golpe de estado, una intrigante conspiración política y la inminente llegada de una guerra civil por la conquista de Álava son solo algunos de los eventos que te mantendrán al borde de tu butaca». ¿Han respirado? Se trata de un curioso proyecto que pide 25.000 euros por financiación colectiva y que tiene una estructura extraña: el promotor señala que tiene una productora norteamericana y que los fondos vienen o vendrán de allí. Aunque todo es, inequívocamente, indie. Dos millones y medio sería el presupuesto, pero se rodaría casi todo en castellano: ¿verdad que industrialmente es rara, rara y como complicadamente viable con la legislación que tenemos y la comercialización que se puede esperar?. En Deia, se dice: «La actriz Yannick Vergara matiza: “No es una película partidista; lo importante es el interior de los personajes reflejado en un marco concreto”. Y ese contexto ficticio empieza con un nuevo mapa político: Gipuzkoa y Bizkaia formarían la república independiente de Euskadi en 1996, en plena guerra de los Balcanes, en una Europa que no supo reaccionar a tiempo. Un estilo americanizado bajo los parámetros del thriller y la acción le daría un toque “postapocalíptico”. “Tiene mensaje y entretenimiento”, comenta el director. “La historia, poco a poco maduró hasta hacerse más creíble y menos surrealista”, explica, aunque cueste lo suyo». Cuesta, pero qué coraje: pedir dinero al público en una parte ínfima supongo que sirve para crear una base de marketing. Apuesta: una cosa como ésta que se hace al contrario de todo lo que tiene el sistema previsto, desde dinero americano para diálogos en castellano hasta la temática, va a tener un duro y difícil parto. Pero… es supersugerente. Y quiero que les salga.

 

El crowdfunding no es limosna

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A primeros de mes, Kickstarter anunció el primer proyecto musical que conseguía un millón de dólares en su plataforma. No está nada mal. Los comentarios que recibo entre el mundo profesional tradicional ante este tipo de ejemplos, es que se trata de excepciones. Lo que sucede es que el éxito es siempre una excepción, incluso en el método tradicional de financiarse. Una diferencia esencial reside en que (tomo palabras de la propia Kickstarter) la artista es capaz de hacer el seguimiento de donde viene y a donde va cada dólar recaudado. Las liquidaciones a los autores es una de las cosas más oscuras y desagradables de lo que llamamos industria. Pero, aún más, para poder obtener esa cantidad de dinero, tiene que organizar una campaña que se convierte en un proceso creativo en sí mismo. Esta performance de cierre en, textualmente, fucking Brooklyn, es un ejemplo, de un concepto que resulta naturalmente crossmedia. Resulta que tenemos artistas haciendo de artistas y con el control de su creatividad que han encontrado un método para prevender su trabajo: se han empoderado eliminando intermediarios. Discutiendo con un estupendo profesional del derecho hace pocas fechas sobre el futuro de los contenidos digitales, me decía que no se podía vivir de limosna. No, no es una limosna. Es un método de trabajo: el día de la banderita de la Cruz Roja, el del Domund y otras causas humanitarias que rozan la compasión en su consideración social, nos han llevado a la idea de que donar un poco de dinero es un acto de gracia hacia un desgraciado. En Madrid, la estatua de Emilio Castelar fue erigida, como dice en la propia escultura, por subscripción pública y nada menos que en 1908. La tecnología permite que personas unidas alrededor de un interés puedan ser puestas de acuerdo de forma rápida sin importar la distancia y abordar proyectos que no tendrían mercado si no se reune una demanda dispersa. Amanda – fucking – Palmer, la señora del millón, ha necesitado 24.000 personas y treinta días. Hagan el equivalente a 24.000 personas/compradores en ese período de tiempo de cualquier otro método de distribución y producción cultural y su retorno neto para el creador y, empresarialmente, la duda ofende. Un momento, un momento: hay otra objeción. Que ya era una artista conocida y bla, bla. Hombre, sí, tiene una carrera, pero tampoco hablamos de los grandes éxitos mundiales, tiene una marca personal que cultiva poderosamente en internet.

Video que quiero que exista (v)

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Superado por la actividad, no pude enfrentarme desde hace dos meses a mi mensual contribución al vídeo que quiero que exista. Un repaso por los sitios habituales me lleva a crear una nota mental: es momento de investigar más la relación entre festivales y financiación colectiva. Y eso incluye volver a hablar con Alfred Sesma, porque no recuerdo si cuando hablamos de plantearnos el festival del futuro le dimos suficiente importancia al papel de promoción del esfuerzo de los independientes por hacer márketing de sus opciones en busca del microdonante, una fuerza – la economía del P2P – que no termina de ser tomada en serio por las fuerzas vivas que piensan la cultura y el mundo audiovisual vigente. Tribeca, Sundance o SXSW tienen presencias absolutamente claras. He elegido un curiosísimo documental (a estrenar, precisamente, en SXSW) sobre el matrimonio entre una joven asiática y un muy maduro norteamericano, Seeking Asian Female en Kickstarter. Un repaso rápido por todas las categorías permite insistir en esa provocadora idea mía de que sustituyen el rol de lo público de forma más que interesante, aunque parece que conducen a mutar y renovar también lo público: en Verkami, se recauda para la creación de un DVD – algo antiguo esto – con el concierto que Lluis Llach realizó en el Camp Nou en 1985 y un documental asociado. Las derechos del concierto son cedidos por TV3 que también emitirá el nuevo documental. En Indiegogo encuentro una pieza muy interesante acerca de un proyecto comunitario: Barrio Works. En Phoenix han creado un taller de reparación de bicicletas que enseña a los niños de entornos marginales a repararlas, reciclarlas y hasta han creado su propio modelo para venderlas y financiar su proyecto.

¿Por qué la gente sigue donando cuando ya se ha alcanzado la cantidad solicitada?

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Rodrigo Savazoni, de la Casa de Cultura Digital de Brasil se hacía y me hacía esta pregunta durante unas cervezas y, posteriormente, de modo abierto en una de sus charlas en EICTV. Él se encoge de hombros diciendo que es un misterio. Ensayo una respuesta: «porque quieren formar parte». Me asiente. Efectivamente, convenimos en que la gente quiere sentirse parte del proyecto. Hablamos de financiación colectiva. Habrá explicaciones más científicas, pero es con lo mejor que sabemos responder. A falta de otras buenas explicaciones, tenemos que conformarnos con algo que se repite en lo que parece clave en todos los proyectos que podemos llamar de cultura libre: la emoción de soportar un proyecto que se alinea con tus valores e intereses y que deseas que exista. Si lo llamas vender, pierde glamour, pero qué otra cosa es. Una venta, por cierto, que ha de ser necesariamente honesta: no tienes una segunda oportunidad si traicionas a la gente que te dio la confianza. Debería ser para todos los modelos, pero siento – puede ser un error o una mirada sesgada por mi propio interés – en que los métodos convencionales tienen más resistencia a la decepción del público, lo que no deja de ser una debilidad para quienes exploran nuevos caminos. Una debilidad relativa, pues te debe hacer más fuerte y, mirado éticamente, ¿no es lo mejor?. Se desean contribuciones.

Es muy triste tener que pedir… (formas de plantear el crowdfunding)

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Repasando esta mañana mi inversión mensual en el video que quiero que exista, no he podido evitar prestar más atención a las formas de defender los proyectos. Digamos que hay dos básicas: quien se apresta a vender y quien, con toda seguridad de modo inconsciente, está recurriendo a la caridad. Cuando comienzas tu explicación dando pena, vamos mal: «Somos un equipo de emprendedores para Cine y TV, dispuestos a hacer un buen trabajo con la ayuda de vosotros», dicen unos. «Actualmente, y debido a la crisis que también sufre este sector, muchos de nosotros tenemos dificultades tanto para trabajar así como para poder llevar a cabo los proyectos en los que creemos», dicen otros. Y piden treinta mil. Si partimos del hecho de que sumar pequeñas cantidades en red es algo ya existente para proyectos “normales” y ha sido clave en la financiación de políticos como Barack Obama, si le sumamos el efecto de colaboración distribuida que provocan los modos de producción en red, el recurso emocional al favor y hasta la donación no permite un desarrollo conceptual correcto. Busco una palabra que resuma en castellano lo que crowdfunding dice en inglés para tener un concepto simple y manejable, pero no lo encuentro (se pide ayuda). Minidonaciones, que me gustaba, se me ha vuelto detestable. Hay que ver el crowdfunding como preventas envueltas en una campaña de marketing, hay que pensar incluso en meter el coste de la financiación de la campaña de captación de fondos dentro de la cantidad a recaudar: es decir, si lograr una notoriedad determinada calculada para conseguir equis contribuyentes supone invertir ene euros en promoción, ¿pueden tomarlos prestados y recuperarlos en la campaña junto con los intereses devengados?. Lleva a concebir el proyecto como, en realidad, se hace en el cine grande de distribución, considerar el coste del negativo y los costes de promoción de partida y no hacer una cosa sin la otra. En fin, es algo obviamente inmaduro, pero creo que debe estar en la discusión, algo que seguramente esté y todavía no tengo fuentes a mano que lo traten. Se pide nueva ayuda.

“Mecenazgo ciudadano”

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Una nueva denominación para el crowdfunding que veo en un artículo de El Confidencial. Es positivo contar con palabras propias y no traducidas, además de porque es más sencillo de decir – y yo creo que eso cuenta – restarle magia y acercar el concepto a las personas no iniciadas en los espacios de la modernidad recóndita le va a resultar beneficioso. Minidonaciones me gusta más. La intoducción de la expresión mecenazgo – como en micromecenazgo o minimecenas – otorga más poder de legitimidad que, al final, es la cuestión. En fin, súmese al debate quien quiera, no siento entusiasmo personal por esa idea de ciudadano, porque me parece que tiende a degradar al dotar a la idea de ciertos tintes amateurs que no son la cuestión: creo que debe contextualizarse el fenómeno como parte de la economía digital que viene o que ya está y que reproduce los esquemas de producción del software libre: las aportaciones de comunidades autoorganizadas alrededor de un proyecto abierto. El mundo audiovisual debería estudiar el minimecenazgo como una preventa, una venta anticipada de la entrada o el alquiler y eso les permitirá razonar en términos de marketing y no de caridad: en realidad, se trata de vender. El artículo señala la esperada oleada de webs para intermediar la recaudación, lo que nos lleva a un nuevo peligro de burbuja que termine restanto credibilidad: tengo la sensación de que sigue prevaleciendo ese síndrome de tantos proyectos locales y que no es otra cosa que seguir siendo locales. En todo caso, ayer recordábamos el cambio de cultura al respecto de las aportaciones en pequeñas dosis con la memoria de Mobuzz (algo que, por cierto, confirma Nicolás Alcalá en esta entrevista). ¿Conviene que esa anunciada ley de Mecenazgo tenga espacio para incentivar estos espacios o que dejen a la sociedad en paz a riesgo de ver que resulta en un medio que sirva para que grandes fortunas y empresas se desgraven en proyectos grandes decididos en buenos y elegantes salones?

Démosle prestigio al estreno en internet (entre otras cosas pendientes)

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Regalo de Reyes. Beatriz Cebas libera el documental que puso en marcha mediante crowdfunding para ilustrar ese fenómeno de financiación en red de obras audiovisuales (di un apunte sobre ello). El interés es doble. Por un lado, en el montaje de la directora, el serenísimo y siempre inteligente Jaume Ripoll (Filmin) llamando la atención sobre la necesidad de que los artistas concedan valor al estreno directo en la red como parte de un futuro aún nebuloso. Por otro, la liberación de las piezas completas de las entrevistas donde los quince minutos de Jaume se convierten en una explicación extraordinaria de las paradojas del consumo de películas y los discursos más populares de la red. Debe verse. Debe verse, además, escuchando la entrevista completa a Nico Alcalá, de El Cosmonauta. La visión consecutiva del montaje de la directora y las piezas sin cortes permite un contraste excelente entre las visiones de los recién llegados y sin bagaje que proteger y la visión de quienes llegan a la red con un legado que impone una mirada necesariamente continuista y no rupturista. Aclaro que aquí continuista y no rupturista se emplean como hechos y no como juicio de valor que pudiera interpretarse como retrógrado u obsoleto. Es todo lo contrario. La sensatez que inspira ver completas y sin los límites de espacio que tendría este conjunto de piezas en los medios convencionales es otro ejemplo más del cambio de narrativas, de la experiencia de uso y del producto. Pero también de cómo la discusión pausada y no agresiva de los problemas de la regulación de la forma de ver la distribución de obras culturales llevaría a generar mejores nuevos consensos. Esa claridad y sensatez no se da únicamente en los dos citados, sino en todos los entrevistados. Están todos los debates abiertos, como el de la vigencia del cine en salas: tanto Nico como Joaquim Guinovart se ponen sugestivos con ello.

¿El mecenazgo es posible?

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En la discusión sobre el valor del mecenazgo como potencial substituto del habitual recurso a la subvención como forma de financiar la cultura, hemos visto que un argumento habitual es la falta de hábito de la población española a la cuestión, poniéndose como referencia la habitual proclividad anglosajona sobre la cuestión. Uno tiene sus dudas y cree más bien que es un problema de estructuras legales e incentivos. He dicho creo, no tengo pruebas. La Vanguardia publica hoy este artículo que recomiendo que se titula curiosamente “El Mecenazago salvará a la ciencia en España“. Si tiene razón el entrevistado, Josep Baselga, puede salvar la cultura en España. Hecha la salvedad de que uno cree que un término tan genérico no está en peligro sino todo lo contrario, merece la pena atender al argumento: “No lo dan, lo invierten. Cuando una persona o una entidad donan dinero para una causa, lo que esperan es que tenga un retorno. No será un retorno económico sino social. Pero espera resultados. Mi misión es saber comunicar qué nos hace falta para poder realizar la investigación y cuáles serán los resultados […] No se trata de pedir ni de vender. Se trata de tener clara cuál es tu visión, de tener un proyecto bien definido en que sepas qué quieres conseguir y qué necesitas, y de explicar bien las cosas tal como son”. Creo que vale para el cine, especialmente entendido como arte o de autor.

El crowdfunding ya [casi] es mejor que La2

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Mi mirada rara al caso La Noria se centra en la idea de que la red es autónoma y tiene el potencial suficiente como para que la gente seleccione, decida y produzca lo que quiera ver. Incipiente en muchos aspectos, pero la realidad está ahí y crece, aunque puede que se intoxique (luego lo explico). Y pienso que quienes se desesperan por una televisión decente están perdiendo el tiempo cuando se pueden personalizar pero que muy bien lo que desean ver. Este es el momento en que alguien siempre dice que a todos nos gusta tirarnos en el sofá y hacer zapping porque no se quiere pensar y se descubre y tal y tal… pero entonces no vale quejarse: se renuncia a pensar con lo que no vale quejarse de lo que hay. Yo le dedico algo más de treinta eurillos al mes a Digital+ que con el PVR que les he comprado me permite seleccionar estupendamente creo que verdaderamente todo lo que de interesante tiene la producción convencional completamente a la carta. Periódicamente conecto mi maquinita a la tele y veo en Filmin por muy pocos euros otras producciones que, asombrosamente, tienen poco espacio en la televisión de pago. No descargo o no descargo apenas. No por razones morales, sino porque no me gusta la experiencia de uso y el hecho de no poder controlar la calidad visual que voy a percibir. Y he decidido que, todos los meses, voy a dedicar un dinerito a contribuir a proyectos que me gustaría que existieran. Acabo de elegir dos en Kickstarter y otro en Verkami. Y he decidido que cada mes elegiré al menos uno y lo publicaré por aquí. Cuando se dice que otra televisión es posible yo diría más bien que otro video es posible y recomiendo a muchas personas que están dedicando energía a criticar los contenidos de las parrillas convencionales a que propongan al público que seleccione lo que quieran que se produzca: si es que es desde cinco euros o un dólar. ¿Por qué decía que se puede intoxicar? Porque lo duro de recaudar microdonaciones es hacer el marketing para llegar a público suficiente para que se financie y puede cundir el desánimo cuando lo cool de aportar desaparezca. Así que, pienso, que es una buena práctica invertir la energía en fomentar el potencial verdadero y más interesante de la red, que no es mandar un twit a un programita de una cadena con licencia. Mis elecciones del mes han sido tres. Good Ol’ Freda, un documental sobre una curiosidad: la secretaria de los Beatles; La Tierra de los Adioses (otro documental, dedicado a un pueblo de México donde la mitad de la población ha emigrado a EE.UU) y a una pieza documental más la tesis de una investigadora sobre estos nuevos métodos de distribución y financiación: El Cine en la Era Digital. ¿Es mejor que La2? Pásense por las páginas de Verkami, Kickstarter, Lanzanos, Goteo… y verán que aparecen montones de propuestas minoritarias valiosas que nunca veremos allí. Si se dan una vuelta por la producción original en Blip o Vimeo la sensación se acrecienta..

El Cosmonauta, en fuente abierta

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Mañana Riotcinema presentará – en el ya clásico dentro de la red madrileña Centro de Innovación del BBVA – el tráiler de El Cosmonauta (por si alguien quiere ir, hay que pedírselo directamente a ellos porque no tienen mucho sitio). Simultáneamente, hacen pública la revisión de su plan (de negocio, de trabajo, de concepto). Una pieza interesante porque refleja el proceso para inventar y descubrir su propia vía para rentabilizar su aventura y, se supone, repetirla en el futuro. Es obvio que, hasta que no termine todo, no podrá decirse que consoliden una forma de producir, no hay más remedio que esperar al público. Es lo que sucede con El Plan B de Carlos Jean (y su marca: Ballantines), al ser un éxito han encontrado una sistemática y un modelo para replicar que, en gran parte, ha ido surgiendo de resolver problemas en el propio proceso y al subirse a la ola del público. Al generar confianza en que el éxito es posible, más se pueden aventurar a hacerlo ellos y otros. Lo interesante de hacer abierto el pensamiento cosmonáutico, con sus números y sus ideas, es que contribuyen a cumplir algunos de los esquemas de los paradigmas asociados al mundo de las redes y la sociedad informacional: la generación de conocimiento a través de la cooperación. Es decir, cualquier otro podrá aprender a partir de la fuente abierta del pensamiento de El Cosmonauta. Pancho Casal (quien ha señalado los problemas del crowdfunding puro para la producción clásica con mucho detenimiento) ha arrancado Wecoop tratando de apoyarse en la misma filosofía. Por cierto: si el otro día recomendaba mirar Giffgaff como caso excelente para ver cómo crear e integrar a la comunidad en tus procesos de producción, hoy viene bien que el mundo audiovisual reflexione sobre Local Motors: cómo diseñar ¡coches! y venderlos haciendolo en tiempos y formatos sorprendentes para la industria del automóvil con, exactamente, la misma filosofía. Que, en el fondo, no es otra que la del software libre. Conocimiento, contenidos, comunidades… nada como detenerse ante este bello y sistematizado post de Juan Freire en el que relaciona la cuestión: válido para todos.

¿Es patentable el crowdfunding?

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En realidad, elementos de software y procesos de negocio. En el texto de Paidcontent lo que se cuenta es que Kickstarter, ha demandado a un músico que ha obtenido una patente para su propia plataforma de cocreación y que reclama a Kickstarter que la licencie. El músico dice tener buenas intenciones y argumenta que las microdonaciones no son otra cosa que fomentar limosnas (¡!). Mientras, Kickstarter cree que son cosas impatentables de acuerdo con la ley. A ver qué sucede. Pero lo que debiera interesarnos es cómo el enorme entramado de la “propiedad” intelectual acarrea inmensos costes en demandas, localización de titulares de derechos, sobreprecios (por ésta y otras circunstancias) y que todo esto conduce a dificultar la innovación y, por supuesto, la competencia: ¿cuánto tiene que pagar en costes legales una nueva compañía, siempre ávida de dinero para crecer, para evitar morir ahogada por reclamaciones absurdas y costes de abogados? Es decir, es el mero hecho de que alguien pueda realmente patentar – crear un monopolio – sobre estas cosas lo que muestra la torpeza y el vicio de un sistema que tiene verdaderos problemas para demostrar que, efectivamente, impulse la innovación y la creación. Una vez más, pensar en términos de descargas (y el número de David Bravo en San Sebastián, dicho con todo el afecto que le tengo, me parece que no ha contribuido a pensar de otra manera) sólo conduce a señalar con el dedo un síntoma y no el problema verdadero. Para los defensores de una reforma profunda (es decir, no para los consumidores que sólo piensan en ver gratis por el mero hecho de la gratuidad), una vez que los nuevos sistemas de distribución estén consolidados en los nuevos jardines cerrados que se van activando por doquier, va a ser difícil encontrar una movilización del público.

La gran banca en la microdonación que llamamos crowdfunding

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En estos días se ha producido el lanzamiento de Friends&Family, una plataforma para realizar procesos de crowdfunding (es decir, las pequeñas donaciones realizadas por particulares para proyectos de otros particulares) por BBVA empleando, obviamente, su infraestructura bancaria. Uno se pregunta si no había un nombre menos geek (recuerden que la tercera efe es la de fools, clásico de las startups tecnológicas), pero es altamente astuto. No obstante, las primeras sensaciones son algo tristes: los proyectos de pequeños empresarios pueden verse machacados en las plataformas que han construido para poner en contacto a la gente ante la fuerza y la credibilidad en el movimiento del dinero que tiene un banco, a pesar de la baja popularidad de estas entidades en estos momentos. Supongamos que todas las entidades abren una, observemos que tienen redes internacionales. Pero así es la vida. Por otro, confirmaría una fuerza más de lo que JWT cree que es una de las tendencias de futuro: la hiperpersonalización. No es que JWT sea muy original, pero lo cuenta muy bonito y lo pone en el contexto de la publicidad y las marcas. En este reciente artículo refieren al uso de los cajeros automáticos para facilitar donaciones, en este caso de las clásicas, grandes entidades humanitarias, catástrofes etc. Los pequeños, en cambio, tienen como mayor problema romper el círculo de amigos y conocidos cuando lanzan un proyecto de recaudación por la red. Lo interesante de la suma de todos estos episodios es el crecimiento de la normalidad de la microdonación como vía para lograr los proyectos que uno desea y que tantas veces, al menos en la mentalidad local, se pretende que sean cosa del estado: lea aquí el arte y la cultura, eso que se iba a morir. Lo interesante es también la progresiva generalización de la estructura tecnológica para hacerse uno mismo la búsqueda del dinero.

Teatro vía crowdfunding

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Reunirse y poner dinero entre todos, organizar un sorteo, crear cooperativas, no son procedimientos nuevos en el mundo de la creación: cortometrajistas y compañías de teatro independiente llevan décadas acudiendo a la expresión clásica “buscarse la vida”. La novedad de lo que llamamos crowdfunding reside en romper los círculos de confianza de las redes de amistad y familiares cercanas para poder publicitar tu proyecto a audiencias más amplias con interés potencial en ellos y con las que no se podría contactar si no es por la capacidad de comunicación que ofrece internet para obtener la financiación de forma más eficiente y con más posibilidades. Permite, de modo paralelo, desarrollar un marketing del producto que se va a producir al tiempo que se establecen comunidades de seguidores interesadas en los proyectos de un artista o grupo de artistas. Aran Dramática lleva unos cuantos años desde Extremadura queriendo romper los moldes de distribución y financiación del teatro y la ficción en vídeo y ahora se presentan con una obra sobre la corrupción política en los ayuntamientos. El reconocible sabor a Durkheim del título Anomia, tiene como premisas ofrecer una mirada crítica de la política actual y hacerla sin subvenciones. El estreno se retransmitiría en directo por internet, el texto se ofrece con licencia creative commons y han elegido Indiegogo como plataforma. Desde 3,50, menos que un cine.