Que todo el mundo considere lo que ha sucedido con la televisión comercial como un duopolio es casi una obviedad trivial. Pero es mucho más interesante cuando la percepción pública viene refrendada por los actores del caso. Día a día, semana a semana, todas las notas de prensa que remite Telecinco hacen referencia única a su posición con respecto a Antena3, tanto en sus cadenas principales como en sus temáticos y sus fusionadas. Es decir, nada más existe, ni la Intereconomía que pide sustento a sus fans. La cuestión es: si ni tan siquiera los jugadores consideran que lo demás aparte de ellos mismos es competencia es que estamos ante lo que estamos: un mercado fracasado por culpa de la regulación. Y aquí fracaso viene a ser más o menos decir que puede plantearse como seria duda que estemos ante un mercado, sino ante la administración de un privilegio. Innerarity explica muy bien en El País como mucho del hype que se atribuye al mundo de la red no es más que eso, hype, incluyendo algunas posiciones más o menos ciberutópicas con las que uno se regodea o se siente bien. Pero hay un algo que falta en ese artículo: parte de la promesa de la desintermediación no se produce precisamente porque la regulación, sostenida siempre desde la cercanía al regulador, lo impide. Y lo impide cuando esa regulación, fruto de la escasez, ya no es necesaria. A lo mejor debiera ir a la colección de patentes estúpidas.