Me decía anoche Roger Casas – en un receso mientras hablábamos de un pasado que suena lejano pero que es recientísimo – que la diferencia real entre antes y ahora, entre el momento de empezar con El Cañonazo y hoy, es que cuando visitas a un cliente ya nada suena raro. Raro era decirle a empresas y marcas que te pagara vídeos, que contara historias y se dejara de obsesiones propagandísticas y el vocerío tradicional de la comunicación de masas. El sesgo es interesante cuando me confirma que la marca envuelta en Recuerdos que Laten – Iberia – no desea estridencias y quiere que el contenido fluya de la mano del público. Javier Regueira es el mayor insistidor entre la blogosfera de la comunicación de marca sobre la necesidad de «la convergencia entre las industrias de la publicidad y del entretenimiento». Me gusta citarle porque pone en evidencia cada día cómo para la atribulada industria de contenidos la reconversión pasa por arrebatarle la financiación a las estructuras clásicas de la interrupción y olvidarse de la persecución de usuarios. Iberia se está marcando una serie documental en plan Callejeros o cualquiera de esos programas testimonio sobre personas y viajes provocando instantes de emoción para compartir con la gente. Banco Sabadell hace poco recuperó el placer de las entrevistas interesantes. Vaya: ni la cultura se muere, ni el entretenimiento desaparece. Al ver las cada día más frecuentes realidades de la cuestión, uno piensa que lo mejor para todos es acelerar la muerte del viejo sistema suprimiendo a más velocidad su colección de privilegios. Hay quien necesita comunicar y pondrá su dinero, un dinero ahora cautivo en sistemas que luchan por conservar su nirvana. Y las teles de casa siguen más o menos desconectadas.