Ayer me pidieron en un intensísimo intercambio de twits que hiciera una explicación de por qué digo lo que digo cuando digo lo que digo: que las soluciones a muchos de los problemas de eso que se llama cine español pasan por la red en su versión más parecida a la visión internauta (o más precisamente, hacker) que a la versión, digamos, del establishment. Todas las comillas están puestas de modo absolutamente deliberado y quieren decir que su mero enunciado contienen una restricción de significado tremenda y que habrá que desbrozar y matizar. La confesión de parte necesaria es que, más que me lo pidieron, lo propuse yo y generó peticiones de lectura inmediatas de un grupo de colegas selectos de la red. Pero me llevará un poco de trabajo de elaboración porque me saldrá un maxipost, uno de esos que requiere tomarse un rato de lectura. Por aquello de que con la incertidumbre del un nuevo gobierno se plantea como debate la necesidad o no de existencia del Ministerio de Cultura, El País publica un par de artículos hoy sobre la cuestión (uno y dos) que me vienen que ni pintados para una parte de la cuestión. Si los leen, verán que la cuestión de la cultura y el gobierno, se mueve siempre con tres ejes: lo económico (en qué medida la cultura es comercio o crea comercio), la defensa del estado nacional y la identidad imaginaria colectiva (en realidad, nacionalismo en estado puro, pero ya lo explicaré) y la obligación, probablemente paternalista, de que el estado garantice la expansión de las artes como alimento – necesario – para el espíritu. La cuestión es cómo las condiciones tecnológicas de la sociedad red permiten superar o mejorar ese debate en lo que tiene que ver con la producción audiovisual que solemos llamar cine.