El director del Jewish Journal admite en respuesta a una de sus cartas al director que con la campaña de recaudación para que Woody Allen ruede en Jersusalén, lo que pretende es plantear la posibilidad de que alguien se ofrezca para financiarla de entre quienes tienen los recursos para hacerlo. Es decir, la tesis de que es una operación publicitaria quedaría admitida junto a los síntomas que permite la mera observación: sólo 35 donantes de cantidades mínimas a fecha de hoy (y a pesar de un nivel de ruido mediático no desdeñable), una cantidad ya donada que no se corresponde demasiado bien con las cifras de participantes y un intento de tomar cada clavo ardiendo que surge de entre la información para dar visos de verosimilitud a la posibilidad de que la película se haga. También se admite que existen quiénes estarían presentando la idea a bilionarios judíos para los que estos dineros serían unos pocos cacahuetes. Desde el punto de vista del valor social de la iniciativa, los comentarios y opiniones que presenta el diario israelí Haaretz no son de euforia, se le reprocha al director el nulo interés en el estado de Israel o el retrato que hace de la cultura judía y hasta del sionismo en sus películas. También aparecen oposiciones al valor artístico de lo que Allen podría aportar e incluso detraer y quienes no lo creen admisible por razones políticas. Tampoco parece corresponderse con el método creativo de Allen. Meditada la cuestión, el asunto de fondo de este caso es si es legítimo crear una campaña para que otro haga algo sin su consentimiento: ni se pueden prometer recompensas así como así, ni se estaría cumpliendo una premisa que, creo, es esencial en el procedimiento de la financiación colectiva y que no es otro que la honestidad brutal de quien reclama el dinero.