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Jose Ignacio Wert

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De Sinde a Wert y del amor, la nostalgia y la innovación

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En un diario digital nos explican que “el amor romántico siempre ha tenido portavoces poderosos que le han ayudado a mantener su prestigio pese a las evidencias”. El amor al cine tine algo parecido: Ken Loach afirma ufano que “el celuloide es algo mágico que los que hacen cine con ordenador se pierden”. Pese a las evidencias, y no es el único. Mientras, otro gobierno nos lleva a un nuevo déjà vu sobre la propiedad intelectual y batallas perdidas como la de pretender que Google le pague por los contenidos a los periódicos (a los blogs no). Galli o Arrola ya hablan de derrota y de freno (o desprecio) a la innovación que supone sostener industrias nostálgicas (y los bolsillos de quiénes cobran de ellas). ¿Hablar de innovación audiovisual exige terminar con la nostalgia? Yo creo que, efectivamente, la nostalgia suele ser regodearse en el recuerdo de algo que no es como se cree que fue: como la supuesta superioridad del celuloide rallado y con ruido de proyector que mitifica cualquier cabecera de programas de cine en televisión, ese sitio donde la mayoría de la gente ve lo que se supone que era para salas en el centro de las ciudades. Eduardo Prádanos me invita a que participe en su nuevo juguete que se llama así: “innovación audiovisual“. Le digo que me da pereza, que creo que repetiré lo mismo que ya he dicho aquí y que eso tiene que ser aburrido. Ahora que la revolución digital se ha transformado en un discurso que consiste en decir que las redes sociales echan humo y en poner anuncios en Facebook, pareciera necesario volver a hablar de pensamiento radical. ¿Es radical o sorna creer que el año que viene o puede que el otro volvamos a hablar de otra LPI para sostener la nostalgia de quien no puede o no sabe ganar dinero con otras armas y otros mercados? Algo de militancia hacker hay tras esta pregunta en una red que cada día está más controlada, lo que seguramente también es nostálgico. Pero uno cree que volveremos a tener que decir lo mismo mientras Google, Netflix y Amazon se llevan por delante a señores y señoras que no han innovado nada, al menos disruptivamente. Aunque, desde un punto de vista libertario, o de cuestionamiento de propiedades intelectuales no resulten estos negocios especialmente ejemplares.

Hollywood aprende español, aquí viendo cómo pasa el tiempo

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Las motivaciones de las políticas estatales audiovisuales, cinematográficas y televisivas, se basan en la razón de estado. Defender la identidad, la propuesta de valores, el desarrollo de una industria local, etc. etc. Sin perjuicio de los muchos elementos falsos y propagandísticos que contienen estas cuestiones (es una tema clásico en este blog), lo cierto es que quienes diseñan políticas industriales se supone que deberían hacer un ejercicio de búsqueda de oportunidades para desarrollar una estrategia que cree un espacio de negocios viable y de crecimiento. También es habitual en esta página el que insistamos en por qué no hay un diseño de estado para abordar el mayor activo cultural del país (¿no dicen que es la lengua y la tradición?) a la vista del auge de lo que supone la población latina en EEUU y su demoledora influencia en el mercado cinematográfico y televisivo. Hace unos días el Wall Street Journal titulaba un artículo de manera que hace pensar que puede que la ventana de oportunidad haya pasado. O no. El título: “Hollywood aprende español al tiempo que los latinos acuden hacia los cines“. El texto constata la evolución de dos fenómenos: la incorporación de personajes y temática de la vida cotidiana norteamericana pasada por su población hispana y el modesto inicio de producción específica para ese segmento de población. Ya es algo más que tendencia. Algunos comentarios de próceres del cine local dan algo de risa en su pretenciosidad. Mientras, quienes se dicen responsables de la agenda pública, los políticos que piensan por nosotros, están discutiendo problemas tristes del pasado sin un solo viso de hacer cosas diferentes: puede verse en esta entrevista al señor Wert en la que el ministro queda mucho mejor de lo que intenta el periodista pero en la que, al final, ninguno de los dos termina de mirar al siglo XXI.

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Duelo (al sol) en Brasil

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El tecnobrega es el género musical tenido como el ejemplo por antonomasia de lo que significan las formas culturales que se consideran como el paradigma de lo que vendría a ser la cultura que viene y que solemos denominar libre. Libre de libertad, que no tiene propietario. Por eso debe ser una forma libertaria de acuerdo con nuestro ministro. A mucha honra, diría. La cuestión es que ese género es un género brasileño y que su país de origen ha venido siendo un caso asombroso de cuestionamiento del orden mundial de la propiedad intelectual. Desde las patentes a las licencias de las obras culturales. En ese país han cambiado las tornas. Malos tiempos para la lírica. Me escribe mi amigo Rodrigo Savazoni, de la Casa de la Cultura Digital de Brasil para avisarme de sus declaraciones a El Mundo comentando el extraño caso del sosias de Ángeles González Sinde. El panorama, que también relata Bernardo Gutiérrez, es entre desternillante y desmoralizante. Mientras se asegura – esto les sonará – que la cultura se va a morir en Brasil (y, antes de terminar de reirse, vuelvan a leer el enlace sobre tecnobrega a ver si hay cadáveres o, en todo caso, de quiénes son) todo lo que hace Ana de Hollanda Buarque, ministra de cultura y a la sazón hermana del enorme Chico Buarque, tiene un parecido fantástico con la realidad local: presiones de los Estados Unidos, persecución de las licencias libres y oscuros tratos con las entidades de gestión de derechos. El conflicto de la propiedad intelectual es un conflicto de dimensiones sociales extraordinarias y generalmente desconocidas por los usuarios de las descargas y mal planteadas por los paladines de la revuelta, pero todavía es más llamativo ver quiénes suelen estar del lado del  más fuerte: los mismos que se han quejado de la política exterior de EE.UU., por este y otros motivos, los mismos que han pedido leyes para detener el poder de cartel de las majors de Hollywood, piden leyes de excepción y a su medida para protegerlo. Bueno, vale, no todos. Los otros son los beneficiarios del sistema. La vida sigue, sin embargo. La propia Casa de Cultura Digital de Brasil ha logrado financiar con éxito mediante financiación colectiva su proyecto para fabricar máquinas de fabbing de bajo coste: ahí viene la siguiente ola, la conversión de la manufactura en traslado de bits de un punto a otro (¿un decorado tal vez?). No hemos visto nada.

Peligrosos académicos libertarios en contra de los monopolios intelectuales

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«La carga de la prueba recae en aquellos que quieren el monopolio, no en lo que los queremos eliminar». La sentencia de Jesús Fernández-Villaverde en Nada es Gratis es, esencialmente el nudo de la cuestión sobre la propiedad intelectual: se tiene que demostrar que la cultura y la innovación no existiría sin ella y no lo contrario porque no es una propiedad tal y como se quiere presentar por la conspiración por el sostenimiento de privilegios comerciales. Hay una segunda sentencia mucho más importante para el contexto en el que estamos: «Son los defensores del sistema actual los que están en minoría en el mundo académico. Se aferran a una concepción anticuada de la innovación y lo que es peor, ni saben historia económica ni entienden los problemas de incentivos existentes». Un servidor ha insistido muchísimas veces en lo desenfocado del debate de la propiedad intelectual y cree dos cosas que no son de las que gustan: una, el debate de los líderes de opinión de la red anda más perdido que un pulpo en un garaje sobre los límites de lo gratis y las creative commons y, dos, que es tiempo de sacar a los abogados de esta discusión y dejarla en manos de economistas y filósofos. La contaminación de las prácticas mercantiles por la existencia de toda una estructura institucional y empresarial organizada en torno a la gestión de un monopolio es tal que pensar que se puede vivir de otra forma y asumir los costes de adaptación es una proeza bastante reseñable. Por eso los medios llaman a abogados a discutir y – lo sepan o no – a adoctrinar, cuando no se trata de saber lo que dice la ley, sino si la  ley sirve o si tiene que ser diferente o, por qué no, inexistente. En otras palabras: que si el abogado dice que es ilegal, es irrelevante. Se trata de saber cómo se incentiva mejor la creación y la innovación por sí mismas, y no si sirve para que los dueños de videoclubs y editoriales se ganen la vida. (P.S.: ¿Y qué dirá Wert?)

Recuperar lo obvio: hablando de tecnología, películas y cultura

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Tengo la teoría no comprobada de que muchísimos de los debates públicos que tenemos son un eterno déjà vu simplemente porque lo que llamamos la red antes eran cuatro monos y ahora son cuatro multitudes. Eso afecta a valores esenciales de la cultura digital que se podría decir que antes, al estilo de algunas viejas codas del Anson del ABC, suponía que no se hablaba de otra cosa. Entre ellas, algunos fundamentos de la digitalización. Varias presentaciones que tengo sobre posibles futuros de la televisión, el cine, los medios y sus cambios, incluyen un apartado de “infraestructura”. Es decir, eso que existe de modo subyacente y que permite hacer cosas: como cuántos hogares se conectan. Si, más o menos, mucha gente ha oído hablar de la “Ley de Moore” (eso que hace a los ordenadores más pequeños y potentes), pocos recuerdan la “Ley de Kryder“: unos dicen que cada doce, otros cada dieciocho, pero la cuestión es que en lapsos de tiempo parecidos a los cumpleaños de cualquiera, la capacidad de almacenamiento se duplica. La derivada es que el coste de la memoria se reduce. Si andamos por el euro y algo por giga en discos de un tera, si una película puede ocupar en números redondos un giga… ¿a cuánto queda en una década?. Aquí cuentan que creen que en el 2020 catorce teras costarían cuarenta dólares. Si hacemos caso a lo que cuentan en este otro sitio, eso es prácticamente una vez y media la biblioteca del Congreso de los Estados Unidos. En fin, tomemos todo como números gruesos y pura tendencia de cosas que cuando lo digital era maravilloso y no un nido de peligros se contaban cada día. La pregunta es que no sé ni por qué discutimos el futuro irremediable, ese en el que toda la producción cultural que siga basándose en cobrar copias estará presente de forma ubicua pase lo que pase con la ley. La duda que tengo es si al ministro que nos asola se lo han contado: que, de momento, todo Pirate Bay (es decir, dónde encontrar los archivos), ocupa noventa megas y que lo del precio de la memoria también vale para los servidores y que a la gente le puede dar por montar su propia nube. Y verán que no hablo del coste del ancho de banda. Si  hay una extensión generalizada de la idea de que las leyes de hace tres siglos no sirven, va siendo hora de que, al menos, todo lo que no sea la industria del entretenimiento de EE.UU., se dedique a pensar en inventar su futuro y no a detener el avance de la arenas por el desierto. Hablando de cultura digital, nada como uno de sus iconos preciosos: Blade Runner y cómo determinados momentos se disolverán como lágrimas en la lluvia.

Déjà vu ininterrumpido: Wert, Sarkozy, drogas y traficantes

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Leer las palabras que se atribuyen al señor Wert no tiene precio: esto ya lo he vivido. Esto ya lo he escrito. Haré un resumen: Antonio Delgado suele recordarnos a todos un editorial reportaje de El País de  1984 que se titulaba “La piratería acaba con la industria discográfica“. Entonces no teníamos ni ADSL ni una forma de internet al alcance del público. Aquí estamos y los dueños de ese periódico siguen siendo dueños de los Cuarenta Principales. Seguidamente, el campeón Sarkozy tuvo que entonar un mea culpa ante su Hadopi y el ya te lo dije anunciado. La comparación con las drogas, no es nueva: en realidad, lo dice todo. Drogas, pederastia, terrorismo, pornografía… todo sirve para incrementar las dosis de represión estatal, mucho más si es para internet, que lo descontrola todo. Ay. Por terminar el resumen, si de drogas hablamos, otra guerra eterna, nada como volver a ver descargar Traffic y escuchar ese gran momento de caída del guindo de Michael Douglas, con hija – en la ficción – drogadicta. Douglas se convierte en el nuevo zar antidroga todo dispuesto a acabar con ella y al relevar a su antecesor, éste le dice: “ I’m not sure I made the slightest difference. I tried. I really did“. Hagan apuestas señoras y señores: ¿otro político en la cuneta?. Aunque el estado de libertad en la red está amenazado por todas partes, sorprende y parecería ingenuidad que, visto lo visto en el pasado, otro político se tire de frente contra esos malditos libertarios. No resulta sabio políticamente hablando crear enemigos a mansalva. Que luego van y votan. O escriben. Espero que no le encuentren un pariente con un Office pirata. [P.D.: Traffic se descarga aquí.]

Más contradicciones dentro del sistema

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Y en los antisistema. Pablo Soto gana su juicio parece que espectacularmente bien, de lo cual me congratulo enormemente. Es de esos casos en los que cierta épica – aun cuando la realidad, vista fría, casi nunca es emocionante – viene al caso. Pero, casi simultánea y contemporáneamente, sabemos que recibe nada menos que un millón y seiscientos mil euros de subvención. No está nada mal, sobre todo porque es más de lo que cualquier película recibe del ministerio y aún no hemos visto a la red bramar por este abuso. Sí, en cambio, y muy razonadamente, se han cuestionado las que Filmotech, ese servicio desaparecido de la mente del estado competitivo del alquiler de películas online, ha recibido. Cuando se atiende al resto de receptores de la convocatoria, se piensan dos cosas: si unos sí los otros por qué no y, en segundo lugar, la de cantidad de gente que le saca partido al Estado y que no lo necesita. Eso sí, el Estado encantado de repartir dádivas, que eso es el poder. Según el beneficiario y el diario La Vanguardia, Soto tendría que devolver el 90% de lo recibido, lo que ya cuestiona la palabra subvención. Hay sitios donde el cine tiene que devolver la ayuda. La circunstancia sería, pues, que el debate de las subvenciones es también complejo y poco evidente. Uno es de los que prefiere que no las haya (preferir es un verbo ambiguo) porque tiene algo de libertario. Calificativo que, probablemente, es algo peyorativo en palabras del nuevo ministro de cultura y varias cosas más. Literalmente dice: “lo básico es determinar si la propiedad intelectual es menos digna de protección que la propiedad, por ejemplo, de la vivienda, del automóvil o las colecciones de sellos…como es difícil sostener lo contrario“. Resulta contradictorio que una persona de la trayectoria académica de Wert no haya tenido curiosidad por ver lo que importantes académicos dicen sobre esa cuestión: yo puedo presentarle desde catedráticos a Premios Nobel, por no hablar de otros profesores respetables. Pero si somos libertarios y eso no vale, me temo que vamos a otro debate estéril. O más ruido hasta la siguiente oleada de rupturas de códigos, de-erre-emes y similares y nuevas muertes de la cultura. Pero el tiempo dirá.