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Juan Herbera

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Sobre móviles en los cines

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Este artículo del país sobre las cadenas de cine americanas pensando en dejar usar móviles para atraer adolescentes, junto con el contrapunto del cinéfilo histórico que crea cines para experiencias clásicas superlativas que reniega de semejante horror, es un gran signo de los tiempos. Me recuerda a algunas conversaciones con Juan Herbera sobre el futuro del espectáculo. Conste que soy de los que les horroriza la perspectiva de un zangolotino contestando un whatsapp a mi lado, pero no es descabellado imaginar que son los espectadores que van a condicionar la producción.  A lo mejor es por eso por lo que ya voy tan poco a los cines. Por otro lado, no me parece irracional pensar que se den los dos modos de exhibición (recordemos a Heráclito: nada muere, todo muta) y que las posibilidades creativas de aprovechar la interactividad pueden tener su aquél. Eso si las redes de ahora no pasan de moda y esas cosas: merece que se desgañiten en comentarios.

Red Bull, compañía de medios más innovadora… (y algo de cine y palomitas)

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Un viejo jefe y compañero de trabajo del mundo de la consultoría y que hizo su bautismo de fuego en el negocio de la estrategia y el márketing de cervezas me enseñó que para los bares (al menos, en aquel tiempo) la caña y el precio de la caña era la excusa para vender la tapa. Y en la tapa se ganaba el dinero. Dicho de otra forma: entras a beber una cerveza y sales con unas bravas. Hace unas fechas Juan Herbera publicó un análisis detallado de lo que supone el negocio de las palomitas para la exhibición de cine. A pesar de que se suele simplificar con que es un negocio de venta de maíz inflado, Juan precisa muchísimo lo que supone la facturación y los márgenes reales. Sin película, no se venden palomitas, pero sin palomitas no se es rentable. Para el atribulado mundo de la cinematografía, tan preocupado por ser la conciencia intelectual de occidente, estas reflexiones deberían ser más importantes de lo que aparentemente inquietan: si una concepción del arte se basa en salas oscuras, que todo termine en un negocio de hostelería me da que conduce a una debilidad estructural de las ambiciones cinematográficas autoriles poco prometedora: quien te va a dar el prestigio de estrenar y de mantenerte vivo tiene que vender bebida y comida y, el público que lleva, debe ser propenso a consumirlo. Simultáneamente, la reflexión ante ese mundo oscuro de lo aparentemente gratis que es la red, debería llevar a que la construcción de modelos de negocio no es una obviedad basada en la venta de una entrada. Para la televisión, el negocio es dar gratis una serie de productos de entretenimiento para vender datos y espacio a gente que quiere asociarse a esos espacios. Luego viene el GRP y lo jode todo, pero la televisión es lo mismo que Google o Facebook: venga por aquí, déjeme su conducta y yo la vendo a quien quiera seducirle. ¿Y todo esto por qué? Porque parece improbable que en los clics y en la venta de entradas esté la salvación de tanta gente que quiere hacer algo con imágenes en  movimiento. Mientras tanto, Red Bull, que vende agua con azúcar, cafeína y burbujas, está considerada como una de las compañías de medios más innovadoras según Fast Company. ¿Hago programas de deportes extremos para vender latas de líquidos dulces? Seguramente, sí, pero lo más interesante es que una cosa lleva a la otra porque la unidad de media de la marca se ha convertido en un negocio más.

Dos temas clásicos de y con Juan Herbera

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Juan Herbera es una lectura constante y necesaria. En sus largos posts mezcla el análisis detenidísimo de las taquillas de cine con reflexiones sobre el estado del arte del negocio de las salas. Esta semana ha titulado “¿Qué hacemos con el cine?” en una continuación de muchos cambios de impresiones que mantiene con sus lectores y con este blogger de forma intermitente. Son dos los clásicos: el declive continuado de la presencia de público, algo sobre lo que él es optimista. Yo lo soy menos, pero no por deseo, sino porque creo que vivimos una realidad mutante del ocio y la producción cultural y creativa hacia la generalización de tecnologías que tienen como sesgo esencial el cambio de formas de consumo y producción opuestas a lo tradicional. Así, sin que nada tenga que morir, su decadencia relativa me parece lo más probable. Por otro, la cuestión del cine español: publica los anticipos de cuota de mercado del cine español, que gana un poco sobre el año pasado pero que, como ya advertí hará un año, se trata de nuevo una manifestación del business as usual de la filmografía local. La recaudación no cambia sus patrones históricos y se mantiene dentro de sus rangos. ¿Es el fracaso de la llamada excepción cultural? Se puede ver de dos formas: la de la derrota sería que la cuota vista a largo plazo no crece (pasa en toda Europa y América Latina) y que la cultura popular sigue su impregnación de iconos americanos (toda la juventud de hoy celebra ese desconocido que fue para nosotros llamado Halloween). La de la victoria sería una respuesta optimista a la pregunta «¿si no hubiera excepción cultural sobreviviría esa cuota?».

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Una de conversos: gente que no cree que el cine ha de ser -necesariamente- para el cine

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Ayer Nico Alcalá me pasó un enlace con una entrada de Brian Newman con una larga explicación de por qué, ejem, el cine en las salas es, simplemente, algo del pasado. Suelo comentar y discutir con Juan Herbera la cuestión de la supervivencia de las salas o su necesidad para una comercialización completa, lógica y casi impepinable. Hoy, lo es. Pero para mi es una cuestión de tiempo e infraestructura tecnológica el hecho de que lo que llamamos “cine” se lance – o estrene – de modo predominante en entornos que no son o serán salas. Sobre todo, es una cuestión de realidad de consumo: ni la experiencia en el cine – a pesar de que se dice que está hecha para el cine – es tan alucinante ni, sobre todo, el espectador se comporta como si lo fuera. En algún lugar que no encuentro dejé escrito que ya hay generaciones enteras incluyendo cineastas que han visto todo el cine clásico en el televisor y no les ha pasado nada, y que vienen generaciones enteras que, lo que han visto (hay gente que no ha visto nada anterior a los noventa), lo han visto en… ordenadores portátiles. Newman dice: “soy un converso”. Porque era uno de esos cinéfilos que estaban convencidos de que el cine como debe verse es como fue pensado, para una pantalla grande en un recinto público. Pero lo cierto es que son financiadas para venderse en múltiples formatos y que el público termina viéndolas mayoritariamente en otro sitio. Hagamos un ejercicio de prospectiva: imaginemos un mundo donde todos los hogares se conectan por fibra…

Coppola y la revisión del espectáculo en salas

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Lo que ha sucedido con Twitx, estaba más o menos anunciado: Coppola ya decía hace año y medio por lo menos que aspiraba a realizar una película cuya proyección fuera diferente cada vez, sea por la vía del montaje o por la vía del puro show. Quizá algo desordenadamente yo hablaba hace tiempo de la idea de la cuarta dimensión en salas, algo de lo que no veo hablar ultimamente. Twitx incluye performance musical en la sala (como en el cine mudo) y la participación de los usuarios que se ponen un careta (¿recuerdan el Rocky Horror Picture Show?) para un 3D reducido pero sofisticado, es decir, que no habría nada nuevo. La cuestión es si la proyección más interpretación, haciendo una visión de la sala de cine más teatral u operística es construible como un negocio a gran escala. O a otra más baja. El autor como estrella puede hacer giras, pero eso le reduce a una sesión única por día menos su descanso. Para autores minoritarios, perfecto. Para el cine de estudio, complejo. Pero la pregunta es ¿si Disney puede tener parques con casts permanentes con sus muñecos y personajes no es viable crear esas experiencias en salas? Es más caro, es obvio. Pero no hablamos de costes, sino de la evolución del entretenimiento. La lección de estas cosas es que, frente a lo que se dice, la cultura no se muere, tampoco el entretenimiento: evoluciona. Y puede que con menos barreras legales artificiales la transformación se acelere. Discrepo habitualmente con el gran Juan Herbera y otros amigos sobre esto: por mucho que Midnight in Paris sea un éxito, es un tipo de cine como el de Campanella o el cuento chino de Borensztein, que hoy se ve estupendamente en el televisor de casa. Y que una serie como están concebidas las actuales – ahora estoy reventando Entourage – es mucho más intensa y atractiva que la hora y media largas del producto clásico. Aunque nada muere del todo, siempre hay primacías.

¿Pueden los gamers soñar con ovejas enclaustradas?

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En Octubre de 2007 (una época en la que Twitter era solo una fricada e íbamos a fiestas donde estaban casi todos los usuarios) a Radiohead le dió por lanzar su por entonces último disco con la originalidad de que se pagaba únicamente la voluntad: descarga libre y denos lo que pueda, hombre. Si fue o no un éxito económico siempre se ha discutido, especialmente si lo era desde un punto de vista del negocio clásico, pero quedó claro que las cosas ya no eran igual. Ayer David de Silva me recomendaba echar un vistazo a una película chilena, “El Retorno”, que precisamente se comercializa igual: mira y danos lo que estimes oportuno. La película se puede ver online o descargarse by the face y no tengo noticias de cómo se ha pagado la copia cero, vulgo máster. Pero la reflexión que quiero hacer es que, para muchos artistas, la necesidad de crear y ser vistos les conduce a la red directamente, como explican los creadores chilenos. Tal y como, por ejemplo, vemos en Vodo, generaciones educadas en los videojuegos y en la descarga libre en el ordenador no parece que necesiten demasiado a las salas para que la cultura audiovisual – ya casi no tiene sentido llamarla cinematográfica – se perpetúe. Juan Herbera se quejaba anoche de la decadencia de la asistencia a salas y casi se disculpaba por verlo desde un punto de vista cuasiromántico. Pero la imposibilidad de distribuir (y cobrar) todo lo que la gente quiere producir, y a fe que lo producen, resta valor intelectual al prestigio o la condición superlativa de la sala. Nuevos creadores que sí, muchos de ellos mantienen la ensoñación por el largo y la sala oscura, pero que se desenvuelven en su entorno nativo financiándose por caminos propios y haciendo su destino con más o menos éxito. Suelo decir que ya prácticamente todos hemos conocido el cine clásico, el histórico, visto en el televisor. Y no me olvido de una conferencia hace pocos años de Michael Eisner: al final, llegará el Ben Hur de la red.

La pulmonía del cine en 3D

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Tengo amigos que nunca han creído en el 3D, Fernando Trueba parece que tampoco. Hollywood Reporter dedicaba hace pocos días una llamativa entrevista a Jeffrey Katzenberg con un titular inequívoco: por qué hay que culpar a Hollywood de la caída de taquilla de las películas en 3D. Fácil: el abuso indiscriminado de la gallina de los huevos de oro. A efectos de tendencias de opinión, hará su pupa en nuestro entorno local el hecho de que El País llame burbuja al reflejo en bolsa del fracaso en 3D de Piratas del Caribe y otras varias. La estereoscopia fue saludada precisamente por Katzenberg como el retorno al espectáculo y la taquilla mundial respondió a ello sosteniendo económicamente el negocio de producir películas para salas. Los síntomas de los males hace tiempo que se comentan, también en nuestra blogosfera española: Juan Herbera alertaba hace nada sobre el problema del precio. Jordi Alonso, la autoridad sobre cine en 3D, ya expresó por activa y por pasiva de modo insistente el caso de Furia de Titanes y el riesgo que suponía – por su mala calidad – para el futuro. Chris Thilk es de los de ya te lo dije, no es la salvación a largo plazo del negocio y recomienda a la industria una seria estrategia de revisión del modelo de pricing. ¿Las tres dimensiones están muertas? No lo creo, habrá que hacer buenos productos, nada más (por cierto: del que sí es caso de éxito, Sex and Zen, se dice que ni siquiera el erotismo es para tanto). Parece inevitable considerarlo como un proceso general de evolución de la tecnología de la imagen tras la que subyace una necesidad industrial enorme y no llevarnos por subidas y bajadas de estados de ánimo: llegará otro éxito. Abarca a los juegos y a las transmisiones de deportes. La saturación de contenidos obliga a buscar límites nuevos: la tecnología se mejorará y mejorará para buscar clientes. Y pensemos que todavía todo está centrado en las gafas.

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El declive del cine como alternativa de ocio

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Juan Herbera hacia ayer el cruce de datos necesario para comprender la evolución del mercado cinematográfico: al asociar espectadores con población, pantallas y precios en la última década queda a la luz el evidente retroceso de la asistencia a cines como alternativa de ocio. Un retroceso simultáneo con la preservación a duras penas del volumen de negocio por la subida de los precios. Y es aquí donde empiezan las preguntas: ¿se puede bajar los precios, subir espectadores, mantener la recaudación o aumentarla y, de paso, hacer que el público consuma en espacios monetizados? Con los modelos actuales de explotación – para distribuidor, productor y exhibidor – no lo veo fácil. Cabe imaginar un futuro donde la disposición acceso online y de buena calidad a todos los hogares (algo aún lejano, lejano) permitiría enfocar el negocio de forma más parecida a la televisión y quizá ya sin ventanas: la sala como fiesta, como evento social y excusa promocional, y acceso rápido y masivo desde cualquier dispositivo casi de forma inmediata a un volumen de espectadores mucho mayor y para productos más amplios que “una película” en otra cadena de valor. Mientras, ¿a sufrir? Claro, esto es darle la vuelta al mundo para que pierda el de las butacas y para la nostalgia onírica de la sala a oscuras, que ya no es más que un mito. En mi opinión. Pero vayan y participen de la discusión donde Juan.

Limitando la “excepcionalidad” del estado de opinión sobre el cine español

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En un intercambio de twits entre Juan Herbera, Pedro Pérez y quien les escribe veníamos a poner en perspectiva el mejor o peor estado de la cuota de mercado española. Por hacer la historia corta, la cuestión no sería que no es tan excesivamente dramático como lo pinta la prensa, ni tan estupenda la recuperación como se presenta cuando cambian las cifras por efecto del tiempo y el poder de los títulos, sino si se puede uno conformar con lo que hay. Creo que todos coincidimos en que no, pero conviene poner la industria española en contexto, para limitar su posible excepcionalidad: hace poco veíamos como en Hong Kong se quejaban de la desconexión entre público y producción un tanto a la española. Resulta que en Chile se plantean la misma reflexión tras un buen año de reconocimiento en festivales, pero mala conexión con el público local: con el 8,4% de los títulos sólo se llevan el 2,6% de la taquilla. Ya querrían el caso español. Mientras, este año la caída de espectadores en EE.UU. es del 20% y eso genera algunas cuitas, pero no existen grandes desgarros sobre una “incompetencia” estructural: mayormente se atribuye a los títulos. Por supuesto, la asistencia a salas es un fenómeno descendente en el que influyen factores de todo tipo (patrones de ocio, crisis, etc.), pero no hablamos de algo que no sea nuevo. Tampoco es nuevo que tras los problemas de cuota aparezca la fuerza del cine americano (en Chile, también cifras parecidas a las españolas). Por eso un servidor de ustedes se pregunta si un cambio de paradigma no debe ser aprovechado para invertir las reglas del juego y mejorar la posición en la partida. Dice Juan Herbera esta semana sobre estos debates: “Desde que hay datos fiables, nunca se ha llegado al 20% de cuota en recaudación. Sigo pensando que un mal año ese debería ser el listón mínimo. Por tanto, estaríamos bastante lejos de alcanzar una estabilidad satisfactoria para la industria”. En definitva, mal de muchos no debe ser consuelo de tontos. La industria española tiene muchas cosas que mejorar pero tampoco la hagamos peor de lo que es. Uno cree que hay que reinventarla (con cuidado), pero que ya va siendo hora de corregir esa idea de “excepcionalidad” en forma de maldición.

El marketing de El Discurso del Rey

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Al igual que ya hizo con Pa Negre, Juan Herbera  ha vuelto a dedicar una larga “entrevista” a las responsables de marketing de El Discurso del Rey, calificada como la película más sólida de la cartelera. La entrada no es sólo muy interesante por lo que tiene de caso atípico en el comportamiento de taquilla, sino porque en los comentarios quedan perfectamente contextualizadas las dudas, temores e incertidumbres de la distribución de cine, mucho más si es independiente.