Una de las mentiras más bonitas de Lars Von Trier es aquélla en la que afirma solemne “No me debo a la audiencia sino a mí mismo. Hago las películas para mí. Vosotros sois sólo mis invitados”. Son, seguramente, muchos más los que se pondrían en esta posición como creadores, creyéndoselo o no: la mentira consiste en que sus invitados son una audiencia que espera por encima de todo que haga eso, no sólo que diga que hace lo que le da la gana, sino escuchar que lo dice. Como ven, se debe a su público. Este año se ha topado con la Ley de Godwin y sospecho que se pasará media vida hablando de nazis. Hollywood Reporter se lo ha tomado con una ironía y estilo dignos de Oscar Wilde: “It was a grandiose performance by European cinema’s premiere enfant terrible as Von Trier managed to shock just about everyone in the room. And also made them laugh with the sort of chuckle that gets caught in the throat”. Pasada la tormenta, las amenazas y los disgustos, el niño terrible daba más hilo a la cometa: “I have to say I’m a little proud of being named a persona non grata. I think my family would be proud”. Las películas hay que venderlas, y el cine de autor se llama precisamente de autor porque la marca es el autor. Hoy hablamos de “fans”: los autores reputados son franqucias mediáticas por sí mismos. Un chollo elaborado duramente que requiere llamar la atención y mantenerla: ¿quién lo puede reprochar?. El circo necesita a la mujer barbuda. Lo interesante es que las redes, empleadas con astucia, son grandes fabricantes de marcas personales.