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nicolás alcalá

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El universo puede dejar de expandirse: homenaje y balance de El Cosmonauta

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Bruno Teixidor aseguró que cumplía con una apuesta cuando anunció que se sentía obligado a citar una frase de Star Wars: “Han tenido que morir muchos espías Bozan para que podáis ver esta película”. La elección era especialmente brillante: personajes que se mencionan una sola vez en la saga y que nunca han aparecido en pantalla ni vuelven a ser citados, el perfecto ejemplo de lo minúsculo e ignorado, pero que son quienes han tenido que morir para disponer de los planos que permiten terminar con la Estrella de la Muerte.

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De El Cosmonauta a Traviata (y un epílogo con Jordi Pérez Colomé)

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Nicolás Alcalá ha arrancado otro proyecto. Esta vez alrededor de su padre, pintor, y con una promesa extraordinariamente marketiniana para nuestros tiempos: el primer proyecto de pintura transmedia. Lo marketiniano es legítimo. Mucho. Necesario. Lo más interesante del proyecto reside, para mi, en cómo la tecnología y los conocimientos aprendidos para desarrollar El Cosmonauta y la marca personal construida alrededor del trabajo sirve para continuar el trabajo del propio Nicolás y los artistas que se reúnen con él. Las críticas al crowdfunding – de nuevo, este proyecto lo es, pero ahora sin tener que inventar gracias a Kickstarter – suelen concentrarse alrededor de la pobreza de cifras a alcanzar… digo yo que en el primer proyecto. Como un parelelismo, Jordi Pérez Colomé ha conseguido más fondos para su segundo proyecto de financiación colectiva que para el primero y trabaja en seguir construyendo su espacio con una marca personal más fuerte que antes. Es decir, no se trata de si hay mucho o poco: cada uno encuentra lo suyo, se trata de la autonomía que la tecnología vigente generar al creador para seguir su camino. Manuel Alcalá acaba de desintermediar al galerista. Jordi desintermedia al periódico. Si persisten, pueden conseguir estructuras empresariales de cierta escala y tener una vida haciendo lo que les gusta. De hecho, ya lo hacen, sean cuales sean las subidas y bajadas.

“Mecenazgo ciudadano”

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Una nueva denominación para el crowdfunding que veo en un artículo de El Confidencial. Es positivo contar con palabras propias y no traducidas, además de porque es más sencillo de decir – y yo creo que eso cuenta – restarle magia y acercar el concepto a las personas no iniciadas en los espacios de la modernidad recóndita le va a resultar beneficioso. Minidonaciones me gusta más. La intoducción de la expresión mecenazgo – como en micromecenazgo o minimecenas – otorga más poder de legitimidad que, al final, es la cuestión. En fin, súmese al debate quien quiera, no siento entusiasmo personal por esa idea de ciudadano, porque me parece que tiende a degradar al dotar a la idea de ciertos tintes amateurs que no son la cuestión: creo que debe contextualizarse el fenómeno como parte de la economía digital que viene o que ya está y que reproduce los esquemas de producción del software libre: las aportaciones de comunidades autoorganizadas alrededor de un proyecto abierto. El mundo audiovisual debería estudiar el minimecenazgo como una preventa, una venta anticipada de la entrada o el alquiler y eso les permitirá razonar en términos de marketing y no de caridad: en realidad, se trata de vender. El artículo señala la esperada oleada de webs para intermediar la recaudación, lo que nos lleva a un nuevo peligro de burbuja que termine restanto credibilidad: tengo la sensación de que sigue prevaleciendo ese síndrome de tantos proyectos locales y que no es otra cosa que seguir siendo locales. En todo caso, ayer recordábamos el cambio de cultura al respecto de las aportaciones en pequeñas dosis con la memoria de Mobuzz (algo que, por cierto, confirma Nicolás Alcalá en esta entrevista). ¿Conviene que esa anunciada ley de Mecenazgo tenga espacio para incentivar estos espacios o que dejen a la sociedad en paz a riesgo de ver que resulta en un medio que sirva para que grandes fortunas y empresas se desgraven en proyectos grandes decididos en buenos y elegantes salones?

Un libro para relatar la odisea de El Cosmonauta

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Hace unas cuantas semanas inicié un chat con Nico Alcalá y entre pitos y flautas le dije que quería hacer un libro con el caso de El Cosmonauta. Nico dijo que le sonaba bien. Nos sentamos, le dimos dos vueltas a un par de consensos y a otro par de diferencias. Más o menos convenimos en que se trataría de una biografía vital, ética y empresarial del proyecto. Tenemos claro que el público se lo podrá descargar a su manera, que también habrá papel y que tiene que tener bellas ilustraciones. No tenemos claro otros detalles. Asumimos que tendremos que llegar al lanzamiento de la película. Tenemos un título provisional que por ahora es como si fuera el nombre secreto que escuché que las madres de algunas tribus ponían a sus hijos además del nombre con el que le conocen los demás. Si eso no es verdadero, le da un aroma épico contarlo así. El sábado pasado empezamos el relato. Por ejemplo, ya sé que es una historia de dropouts: tipos que dejan sus estudios para perseguir su sueño. Apunté: “Decidimos dejar de estudiar comunicación cuando a los alumnos del máster de la Complu les encargaron como proyecto de fin de carrera un trabajo sobre El Cosmonauta”. Unos buscavidas genéticos. Nos queda mucho trabajo.

Démosle prestigio al estreno en internet (entre otras cosas pendientes)

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Regalo de Reyes. Beatriz Cebas libera el documental que puso en marcha mediante crowdfunding para ilustrar ese fenómeno de financiación en red de obras audiovisuales (di un apunte sobre ello). El interés es doble. Por un lado, en el montaje de la directora, el serenísimo y siempre inteligente Jaume Ripoll (Filmin) llamando la atención sobre la necesidad de que los artistas concedan valor al estreno directo en la red como parte de un futuro aún nebuloso. Por otro, la liberación de las piezas completas de las entrevistas donde los quince minutos de Jaume se convierten en una explicación extraordinaria de las paradojas del consumo de películas y los discursos más populares de la red. Debe verse. Debe verse, además, escuchando la entrevista completa a Nico Alcalá, de El Cosmonauta. La visión consecutiva del montaje de la directora y las piezas sin cortes permite un contraste excelente entre las visiones de los recién llegados y sin bagaje que proteger y la visión de quienes llegan a la red con un legado que impone una mirada necesariamente continuista y no rupturista. Aclaro que aquí continuista y no rupturista se emplean como hechos y no como juicio de valor que pudiera interpretarse como retrógrado u obsoleto. Es todo lo contrario. La sensatez que inspira ver completas y sin los límites de espacio que tendría este conjunto de piezas en los medios convencionales es otro ejemplo más del cambio de narrativas, de la experiencia de uso y del producto. Pero también de cómo la discusión pausada y no agresiva de los problemas de la regulación de la forma de ver la distribución de obras culturales llevaría a generar mejores nuevos consensos. Esa claridad y sensatez no se da únicamente en los dos citados, sino en todos los entrevistados. Están todos los debates abiertos, como el de la vigencia del cine en salas: tanto Nico como Joaquim Guinovart se ponen sugestivos con ello.

Una de conversos: gente que no cree que el cine ha de ser -necesariamente- para el cine

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Ayer Nico Alcalá me pasó un enlace con una entrada de Brian Newman con una larga explicación de por qué, ejem, el cine en las salas es, simplemente, algo del pasado. Suelo comentar y discutir con Juan Herbera la cuestión de la supervivencia de las salas o su necesidad para una comercialización completa, lógica y casi impepinable. Hoy, lo es. Pero para mi es una cuestión de tiempo e infraestructura tecnológica el hecho de que lo que llamamos “cine” se lance – o estrene – de modo predominante en entornos que no son o serán salas. Sobre todo, es una cuestión de realidad de consumo: ni la experiencia en el cine – a pesar de que se dice que está hecha para el cine – es tan alucinante ni, sobre todo, el espectador se comporta como si lo fuera. En algún lugar que no encuentro dejé escrito que ya hay generaciones enteras incluyendo cineastas que han visto todo el cine clásico en el televisor y no les ha pasado nada, y que vienen generaciones enteras que, lo que han visto (hay gente que no ha visto nada anterior a los noventa), lo han visto en… ordenadores portátiles. Newman dice: “soy un converso”. Porque era uno de esos cinéfilos que estaban convencidos de que el cine como debe verse es como fue pensado, para una pantalla grande en un recinto público. Pero lo cierto es que son financiadas para venderse en múltiples formatos y que el público termina viéndolas mayoritariamente en otro sitio. Hagamos un ejercicio de prospectiva: imaginemos un mundo donde todos los hogares se conectan por fibra…