Préstese atención a esta noticia de ayer: “El 99% de los olivares de Jaen no es rentable sin las ayudas de la PAC”. Visto desde una perspectiva similar, las películas españolas podrían tener los mismos porcentajes. Cuando el mundo del cine advierte de que no se les acuse de estar subvencionados como si nadie más lo estuviera, tiene toda la razón. Pero la cuestión de las subvenciones no puede terminarse ahí. La misma noticia refleja los problemas de la explotación de esos olivares: se reclama concentración, mejora de la oferta, profesionalización… Hay expresiones que se han usado para el cine. Ante la misma crítica que a la cinematografía, hay mineros que se unen al argumento: la agricultura y los coches también tiene subvenciones. Y podríamos seguir. Lo importante es que en los tres casos se plantean problemas de eficiencia: ya que parecen inevitables, más allá de la posición personal de cada uno sobre las subvenciones, por el mero uso de dinero público, subsiste la cuestión de su utilidad, su beneficio real para el propósito que se proponen y si tienen que tener fecha de caducidad o para reevaluar su función. En ese terreno, se esté a favor o en contra del sistema, hay un punto de discusión racional. Pero, de nuevo, el cine no es excepcional. Ver, por ejemplo, el déficit de las televisiones públicas no hace su coste tan dramático. Lo que no quiere decir que no sean, todos estos casos, examinables.