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pablo herreros

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Por qué he firmado la petición en favor de Pablo Herreros

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No lo he hecho porque Telecinco presuntamente haga o sea telebasura, ni porque deba retirar una querella porque sí (nadie es nadie para decirle a nadie cómo tiene que defenderse si cree que las leyes se han violado), ni siquiera porque en el origen de la cuestión yo compartiera la argumentación de la protesta (más bien no). Lo he hecho porque la única lectura coherente es que se trata de una venganza por un fracaso comercial y de relaciones públicas (Mediaset asegura que no lo es). Fracaso y venganza que busca un escarmiento y hasta la ruina a quien cuestiona los márgenes de actuación de una organización poseedora de un poder de mercado abrumador, una posición privilegiada fruto de una licencia otorgada por un gobierno y que le conduce a abusar de su posición: boicotear pidiendo a los demás que no consuman tu producto forma parte del juego que permite tener una mínima higiene de mercado donde, en realidad, no hay mercado, sino un oligopolio muy cuestionable. Es esa posición anómala la que permite gastar el dinero de sus accionistas e ignorar el sentimiento de parte de sus espectadores resucitando una cuestión por la que se llegó a pedir perdón en público. La expresión matonismo legal, me parece adecuada al venir de organizaciones donde el riesgo de quiebra fruto de su privilegio regulatorio es verdaderamente una quimera. Es justo que el lector sepa que como, hablo y me río con Pablo de vez en cuando y que estar en su círculo de amistades puede que invalide mi juicio y mi opinión, pero eso queda en la consideración de quien pase por aquí.

Ryanair y los parecidos razonables

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Pablo me avisa de un nuevo lío que afronta. Las cosas interesantes del conflicto popular con Ryanair tienen que ver con dos asuntos próximos a la cuestión audiovisual: uno son las subvenciones, sobre el valor de su legitimidad para competir en igualdad de condiciones. Hay un discurso que rechaza el que Ryanair las tenga – olvidando que Spanair las tuvo – como rechaza las del cine y no rechaza las de la televisión. En defensa del mundo del cine español, se demuestra que no son los únicos. En defensa de otra vía, sugeriremos que la cuestión es la bondad de la subvención como mecanismo para atender fines casi siempre loables. En segundo lugar, el valor del periodismo de los grandes medios (y grandes televisiones, incluídas las públicas) que reproduce sin rubor trucos marquetinianos para convertir la propaganda en noticia y alimentar la necesidad de llenar y entretener de medios que se presentan como necesidad e instrumento de una capa social, la del periodismo, que tiende a pensar de su oficio en términos de necesidad social insoslayable.

¿Se puede hablar del asunto La Noria sin citar a Pablo Herreros?

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Algún conocido estará poniendo un nombre muy conocido de ciertos ámbitos de la red, pero el ejercicio de malabares lo ha hecho hoy El País en un artículo de bello domingo que titula “La Telebasura en el punto de mira”. Más o menos viene a decir que con la presión vertida por la ciudadanía habría un estado de opinión que lleva a poner en retroceso el género sensacionalista (¿es un género?). Ni una palabra de si es un modelo que interese comercialmente, punto olvidado, y un cierto aroma a que hemos tomado la definición de telebasura de la wikipedia para inspirarnos (que es totalmente legítimo, pero sirve para reeditar lo que sabemos del periodismo y su funcionalidad en el mundo red: el sábado un periodista que ha dimitido de los medios para hacer su proyecto me decía que ya no existía). Cuestionado sobre el tema el profesor Víctor Manuel Marí “no duda de la repercusión de Twitter o Facebook respecto a los canales convencionales, pero sobre su papel en el boicoteo a La noria vislumbra “cierto cálculo de mercadotecnia por parte de los anunciantes”. “La dimensión ha sido brutal, pero yo veo algo de papatismo ante la Red”, remata”. Comparto mucho de estas aseveraciones, pero el hecho de resaltar – por la redactora – estos dos servicios de relación – en realidad, de sobrevaluarlos, como ya sucede con todo atisbo de revolución – al tiempo que se ignora que el mecanismo se pone en marcha a través de un blog (y no, caramba, por una página de ese diario) resulta chocante. No, resulta interesante fijarse en el grado de pensamiento que han adoptado los medios convencionales sobre el funcionamiento de las redes. En realidad, twitter y facebook no les amenazan, pues sirven para convertir la cháchara en noticia elaborada, con espacio y puede que reflexión, mientras que los blogs y sus autores susbtituyen con éxito esa función. Y eso es mucho más chungo para el negocio y el rol social que ejercen los medios amenazados. Pablo Herreros ha hecho un trabajo elaborado, periodístico, y ha sido el catalizador de una revuelta, se tenga la postura que se tenga sobre el caso. Este artículo podría ser anécdota, pero la tendencia a ignorar al protagonista del caso ha sido muy extendida en medios convencionales y, si no me he perdido nada, por la propia Telecinco. Y no dejo de pensar que el origen reside en esa distancia, que era un clamor señalarlo durante el auge de los blogs, entre medios convencionales y blogosfera.

Mi no entender: ¿qué ha pasado en La Noria?

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Dice Juan Varela en su análisis de lo que ha pasado con La Noria que bastó un disparo. Es una buena forma de referirse al tipping point. Lo cierto es que hace días yo invitaba a ver el caso desde el punto de vista del análisis de teoría de juegos sobre revueltas en red acudiendo a un artículo de Iván Vilata sobre el concepto de ciberturba creado por Juan Urrutia: cambien en el artículo de Iván la palabra Facebook por la La Noria o la telebasura y podría estar calcado. Tomen esta cita: “Urrutia define el umbral de rebeldía como el número de miembros de la red de un individuo que éste debería saber dispuestos a la rebelión para hacerlo él mismo, siendo este umbral inversamente proporcional al nivel de indignación. Urrutia razona como el conocimiento común que de la red tienen sus miembros […] determina cuando la revuelta está propicia: con umbrales bajos y relaciones densas (porque el conocimiento común es alto) o con umbrales altos y relaciones dispersas”. Añadan ésta: la revuelta “no sería posible en una red tan dispersa sin algo que aumente el conocimiento común, y aquí es donde reside la importancia de los medios de comunicación”. Pongan donde pone “medios de comunicación” a Pablo Herreros y las consecuencias virales de su post al rebotarse de unos sitios a otros y la salida al ruedo de Campofrío. Le siguen en cadena en ese y días sucesivos hasta veintitrés anunciantes. Por conversaciones con diferentes personas cercanas al caso, puedo decir que los anunciantes han hablado entre sí, es decir, han elevado su nivel de conocimiento al confirmarse que estaban dispuestos a rebelarse: eso coincide con el sentimiento de frustración que hace tiempo los anunciantes tendrían con Telecinco si atendemos a los pasillos del mercado. Los medios sociales han servido de canal para tomar conciencia de su estado rebelde y les ha bastado confirmárselo: si uno va, yo también voy. Por eso aquéllos que no entienden nada de por qué ahora sí y en otros momentos no (la madre de El Cuco ha sido entrevistada otras veces y, como bien se ha señalado, presuntas inmoralidades hay por todas partes) no pueden entender lo que ha sucedido. Ha bastado una cerilla para elevar el nivel de conocimiento y superar el umbral de la rebelión. La teoría de juegos es poco glamourosa, pero seguramente tiene algo que decir: marcas y televisiones se pueden ver envueltas en vendavales como éste, para bien o para mal, en cualquier momento sin entender por qué y gracias a que la red ayuda a facilitar el conocimiento que unos tienen de las aspiraciones de otros. ¿Las malas noticias? No parece fácil ni detectarlo ni replicarlo por los mismos que lo arrancan. Barabási lo ha dicho hace poco sobre el poder predictivo de las redes: “Las redes sociales mostraban que había un deseo general de cambio pero no cuándo se iba a producir éste.” Era para las revoluciones árabes, quizá sirva para Telecinco.

Relatos sobre la financiación del cine

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Pablo Herreros me llama la atención sobre esta descripción del proceso de financiación de una película que hace Mi Mesa Cojea, enlace que si no leen primero no les dejará entender mi nota. Tengo objeciones, aunque asumo que el autor es consciente de su propio caracter reduccionista y hasta deliberadamente cómico. La objeción esencial es que no es tan sencillo hacerlo, otra cosa es que no hacerlo con la filosofía subyacente no ha servido históricamente de mucho: hay que conseguir una televisión y eso no es fácil. La segunda objeción es que el ICO no te descuenta todo y que normalmente todas las producciones tienen complicaciones tremendas con la tesorería por los plazos de los cobros. Ganar quinientos mil…¡buf! Tradicionalmente las películas suelen proporcionar el valor de un sueldo (muchas veces bueno) para un productor, director, etc. Hay locos que han hecho las películas sin tener la televisión y sin tener todo el dinero (y dejan sin pagar). Y hay películas en otro rango que juegan en otra liga. En resumen: describe una serie de prácticas, pero está simplificado y falto de detalles relevantes de la operativa legal, hay varios esquemas de subvención. Y hay gente que siempre produce. Como, por cierto, que no es el único sector subvencionado hasta las cachas. Lo que no quiera decir que no me apetezca otra cosa.

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