«Esto le obliga a pensar, a estructurar ideas y a comunicarlas», declara el padre de Quim Vilamajó, el niño con síndrome de Down que produce un videoblog para mostrar su visión del mundo. La explicación es tremendamente pertinente en un tiempo en el que tiende a presentarse a Facebook y Twitter como expresiones de una identidad digital que tendría que ser necesariamente universal. Y con jolgorio presuntamente liberador cuando, contrariamente, desincentivan el pensamiento y la estructuración de ideas. Es decir, una identidad digital elaborada que obligue a pensar y estructurar sólo adquiere su verdadera potencia en un espacio propio: se puede llamar blog, videoblog, wiki… pero lo esencial es que se goza de control del espacio, las reglas de publicación y se apoya en un dominio y un alojamiento controlado por el interesado (o te pasa lo que a la gente de Embed). La(s) discapacidad(es) es sólo una de las múltiples visiones de la vida sin espacio (o con un espacio paternalista) en lo que se llaman medios. Sobre la forma en que sus interesados se empoderan gracias a la red y las tecnologías digitales, merece la pena atender también al Proxecto Máscaras. Este caso y el de Quim Vilamajó es doblemente interesante: una vez más es un ejemplo de la verdadera pluralidad y diversidad cultural, informativa y de expresión. Los gobiernos consideran que la pluralidad y la diversidad cultural son una concesión, una especie de legado que ejecutan ellos en nombre de los ciudadanos administrando el espacio escaso del espectro, las licencias de radiodifusión y las ayudas  a la producción audiovisual, por ejemplo. Esa escasez, desaparecida hoy gracias a la red, conlleva la elección de un tercero sobre el grado de diversidad soportable. Por ejemplo, por mucho que sea deseable o interesante, nunca un canal como La2 podrá recoger toda la expresión de esa diversidad de intereses y visiones, es decir, La2 nunca hubiera creado un espacio para Quim Vilamajó o para Máscaras y, si lo hubiera hecho, habría suprimido espacio para otra expresión. En la abundancia de la red, este problema queda superado, por eso hace posible el pluralismo verdadero, una diversidad real y no un filtro creado por una autoridad política generalmente interesada en lo opuesto: centrarse en lo mayoritario (de ahí la insistencia en las argumentaciones jurídicas y políticas del derroche televisivo público en que debe tener una audiencia que la justifique). Es un elemento más que muestra la obsolescencia del sistema de televisiones públicas por incapacidad para cumplir su propio mandamiento. Teniendo en cuenta que estamos en la infancia del mundo conectado, se puede imaginar que este problema (la pérdida de relevancia, la incapacidad de cumplir su función y el intento de preservar su influencia) serán un problema más agudo cada día.