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Arquitectura distribuida de red como explicación del cambio en Tribeca y en el Huffintong Post

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Lo que este autor denominó cuando fundó su blog nueva industria audiovisual ha tenido como base metodológica de análisis desde hace muchísimos posts la formulación que el entorno de la Sociedad de Las Indias Electrónicas hace del concepto de red distribuida. Entendida como relato histórico – es decir, desde las comunicaciones basadas en el correo de postas hasta hoy, pasando por el telégrafo – explica el cambio de paradigmas para el negocio de los contenidos. Chris Dorr hace una formulación quizá más directa al hablar de cómo una diferente arquitectura de red genera sistemas de creencias distintos. Lo interesante es que es un tipo de relato que llega a centros de divulgación como el blog del futuro del cine y la televisión del festival de Tribeca y, de ahí, al Huffington Post. Sin ánimo de presumir de nada, decir que estas cosas ya las contábamos en la periferia, apetece. Aunque, mi amigo Antonio Ortiz, prefiere considerar la esperanza de las redes distribuidas más mito que realidad: visto el proceso de recentralización de la red que encarnan como nadie Twitter, Facebook, Google y hasta Apple, la cuestión está desde luego en el aire. Dorr tiene claro que la nueva arquitectura se impondrá sobre la vieja y sobre el modelo industrial del entretenimiento. Cita aperitivo: «A mass media company that wants to use the Internet to advance its business must obey these same network rules».

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Por qué el control del copyright (seguramente) no puede volver

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Mientras unas instituciones norteamericanas piden leyes capaces de prohibirlo y convertirlo todo en un delito, su propio gobierno está trabajando en tecnologías “cuyas implicaciones son tales que retira la capacidad de las autoridades centrales de infringir el derecho fundamental de las personas a comunicarse“. Son dispositivos y redes “fantasma”, “paralelas” que se están construyendo para socavar el poder de países autoritarios, en un fascinante relato que realiza hoy The New York Times. En definitiva, se impulsa la tecnología para hacer la comunicación entre seres humanos más distribuida y menos dependiente de los gobiernos, diga lo que diga Sarkozy. Tecnología que, por mucho que se use ahora para combatir el movimiento talibán, terminará usándose para ver películas si hace falta, que nadie lo dude. Este discurso no es nuevo – como no son nuevos los proyectos para hacerlo: los Tor, Anonymouse, Freenet – y sería el abrazado por la ética hacker y los discursos utópicos sobre la red: no importa lo que hagan, la tecnología se impondrá y es una cuestión de arquitectura de la información. Simultáneamente, pregúntenle a David de Ugarte en qué trabaja ese mismo gobierno y otros gobiernos: en adquirir tecnologías para mapear las redes y conocer los vínculos entre nodos, es decir las personas. La recentralización que supone el éxito masivo de Facebook, Twitter y las de fuera del entorno occidental, lo favorecen. Pero la pugna tecnológica de los bits por ser libres se mantiene con todo vigor. Y si son libres, los archivos circulan libres.

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Señores campistas, señores de las redes sociales, no pongais a los medios como centro

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Uno de las reacciones interiores más intensas que me han producido las movilizaciones del 15M es la petición constante de atención por parte de los medios de comunicación y las acusaciones de inexactitud o manipulación: una propuesta – no sé si revolucionaria pero si con vocación renovadora – en la que se le da un papel extraordinario al rol que juegan las herramientas de comunicación de la sociedad red y que se encontraba conmovida por los cartelitos que escribían el nombre de Facebook en los países árabes, pedía socorro constante a prensa y telediarios para ser ratificada. ¿Por qué es paradójico? Porque se supone que la multitud de líderes de internet y de jóvenes de su tiempo que la explicaban o la estimulaban estaban poniendo como centro de la comunicación a quienes tienen el poder de filtrarla masivamente para después, curiosamente, quejarse del filtro que aplican. Si pones un centro, le das el poder de controlar: el fenómeno contrario, el de distribuir los nodos, hace posible la convivencia de discursos, especialmente el propio. Tiene una explicación, claro. Como cuentan en este artículo sobre el fiasco de las alarmas de la OMS, el papel de los medios “es determinante y hay una correlación absoluta del tono con el que se dan las noticias con la forma de reacción de la población”. Pero, al mismo tiempo, como cuando hablamos de telebasura, “ahora mismo en los medios cualquiera habla ya de cualquier tema, lo hacen además sin documentarse, como si fuesen expertos y sentando cátedra“. Es decir: los medios no (te) sirven. Y no (te) pueden servir: trabajan para el mínimo común denominador de las preferencias. Tampoco hay vuelta atrás: no puede haber un mundo perfecto de escasez donde se decide quién puede hablar. Si tienes las herramientas para crear tus propios relatos y evitar filtros y sesgos, no pongas a los medios como centro: evítalos, sustitúyelos. Esa es la oportunidad para los que se rasgan las vestiduras con la telebasura o se quejan de que ven lo que no les gusta. Sin duda, sería mucho más revolucionario que el discurso común acampado.

Por qué no entiendo el cambio de Spotify

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Uno no termina de entender lo de Spotify. Bueno, sí. El problema es el mismo que el de Hulu: los propietarios de los derechos esperan rendimientos mucho mayores que los que ofrece la distribución soportada en publicidad de estos servicios. Ambos casos tienen una virtud esencial visto desde el lado de los intereses de la industria: el público se concentra en un único punto consumiendo con buena calidad productos que, de otra forma, iba a buscar en los espacios irregulares. Monetizados, y no demasiado mal. En ambos casos se han creado experiencias de usuario fantásticas que han supuesto un estándar en la forma de distribuir el audio y vídeo en la red. Por tanto, un movimiento que restringe y complica el uso “libre” corre el riesgo de estimular el regreso a accesos no autorizados. Mientras, los usuarios han descubierto de nuevo (hace poco fue Twitter, hace menos todavía Facebook y su capacidad para censurar lo molesto y hasta la lactancia de bebés, en su día Jumpcut) como la dependencia de servidores centralizados es mucho más arriesgada de lo que pensaban: que abandones, tires, borres o pierdas tus propios archivos para vivir en la nube de Spotify supone que tu acceso a la música depende de ellos. Por eso me parece apresurado el movimiento: meter al máximo de población en un saco donde ya no necesiten tener archivos propios es la mejor forma de control del producto. Como no los imagino tan poco profundos, supongo que se impone la esperanza de mantener los márgenes de la era del CD en las leyes de control de internet (Sinde, et al): pero ese conflicto parece que va a ser duradero y la tecnología ha demostrado hasta ahora que ha sido capaz de superar todas las batallas para restringir el movimiento de bits. Iremos viendo.

El legado de Paul Baran

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Paul Baran, uno de los padres de la web, falleció ayer a los ochenta y cuatro años de edad. Es la persona que ideó la arquitectura distribuida de la red con el propósito de hacerla más resiliente al no depender el flujo de la información de nodos que centralizaran su paso. Las consecuencias de ello han sido de enorme calado. La industria audiovisual, las culturales y los medios de información en general son una de las víctimas evidentes tal y como están articuladas hoy día de los efectos secundarios de todo ello. No así la cultura, se diga lo que se diga. Estoy trabajando en colaboración con Las Indias en un minidocumental animado para explicar lo que supuso la decisión de Baran y la extensón de las redes distribuidas en el entorno social: a ver si les gusta el story.