Uno de las reacciones interiores más intensas que me han producido las movilizaciones del 15M es la petición constante de atención por parte de los medios de comunicación y las acusaciones de inexactitud o manipulación: una propuesta – no sé si revolucionaria pero si con vocación renovadora – en la que se le da un papel extraordinario al rol que juegan las herramientas de comunicación de la sociedad red y que se encontraba conmovida por los cartelitos que escribían el nombre de Facebook en los países árabes, pedía socorro constante a prensa y telediarios para ser ratificada. ¿Por qué es paradójico? Porque se supone que la multitud de líderes de internet y de jóvenes de su tiempo que la explicaban o la estimulaban estaban poniendo como centro de la comunicación a quienes tienen el poder de filtrarla masivamente para después, curiosamente, quejarse del filtro que aplican. Si pones un centro, le das el poder de controlar: el fenómeno contrario, el de distribuir los nodos, hace posible la convivencia de discursos, especialmente el propio. Tiene una explicación, claro. Como cuentan en este artículo sobre el fiasco de las alarmas de la OMS, el papel de los medios “es determinante y hay una correlación absoluta del tono con el que se dan las noticias con la forma de reacción de la población”. Pero, al mismo tiempo, como cuando hablamos de telebasura, “ahora mismo en los medios cualquiera habla ya de cualquier tema, lo hacen además sin documentarse, como si fuesen expertos y sentando cátedra“. Es decir: los medios no (te) sirven. Y no (te) pueden servir: trabajan para el mínimo común denominador de las preferencias. Tampoco hay vuelta atrás: no puede haber un mundo perfecto de escasez donde se decide quién puede hablar. Si tienes las herramientas para crear tus propios relatos y evitar filtros y sesgos, no pongas a los medios como centro: evítalos, sustitúyelos. Esa es la oportunidad para los que se rasgan las vestiduras con la telebasura o se quejan de que ven lo que no les gusta. Sin duda, sería mucho más revolucionario que el discurso común acampado.