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La contradicción se instala en los ex-trabajadores de las televisiones públicas

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El ejemplo de Telemadrid, se ha trasladado a los afectados por la reducción de plantilla de Canal Nou: también presentan su canal de televisión por internet. Hay sitios donde entrecomillan este enunciado: “La salud de nuestro pueblo pasa por la recuperación de nuestra RTVV, y la plataforma de la cual es altavoz quiere ser una herramienta más. 9Exili está abierto a la participación de todo aquel que sienta la RTVV como propia, tanto cuanto si está trabajando en ella, si lo han despachado o si, como ciudadano, entiende la necesidad de una RTVV pública, en valenciano y de calidad”. Nada menos que la salud del pueblo. Calidad, cómo no. Demostrando con todo detalle que se pueden construir voces con el sesgo ideológico que te da la gana (¿quién decide lo que es la calidad la salud del pueblo?) y buscar que sea soportado por quienes quieren que exista. ¿Medios? ¿Alcance? La objeción inmediata suele ser ésta, que se quiere que existan súper-recursos y súper-cobertura porque se quiere que un discurso prevalezca y no la verdadera pluralidad: que exista libertad de concurrencia para transmitir imágenes y que cada cual lo sostenga gracias a su propio mérito y público. Ahora se da en llamar fans. Las cosas no tienen que ser grandes para ser defendidas y nada como las cuentas y el proyecto de ElDiario.es para ver cómo se construyen proyectos editoriales que aspiran a su propia agenda e independencia. Otra vez en el discurso va la contradicción: todo aquel que sienta la RTVV como propia. ¿Los que no lo sienten han de pagarla? Más aún: ¿han de pagarla a los costes que les han mantenido hasta ahora?

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La continuación del esperpento por otros medios (Telemadrid, otra vez)

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Muchos espacios se hacen eco del lanzamiento de una televisión por internet de los trabajadores de Telemadrid. Creo que no son conscientes de lo que supone: invalidar sus propias tesis sobre el valor aportado por una televisión pública. Y es la segunda vez: la primera, la evidencia de que nadie había echado de menos su existencia con la huelga que impidió ver sus imágenes. En esta ocasión demuestran que tener voz audiovisual en la sociedad y recabar el apoyo del público está al alcance de cualquiera sin necesidad de que nuestros impuestos tengan que mantener estructuras y empleados que pueden dedicarse a otra cosa, incluso a reducir la deuda. Ante esta posibilidad de zozobra, se me suele argumentar que no es lo mismo: en realidad, porque en nuestro interior queremos asegurarnos de que un nodo superfuerte alcanza – aunque no se vea – a todo el mundo portando contenidos que, cada uno en su interior, cree que deben moralizar ética o estéticamente al resto de la sociedad. Y decidir así lo que es bueno para ver y lo que no es bueno para ver. De todas las mutaciones digitales esta es la que más resistencia emocional tiene: esa de que todo el mundo pueda hablar y, potencialmente, no haya nadie que domine el discurso social. Me resulta entrañable la cita que acompaña su identidad visual: “lo decisivo es ser fiel a aquello por lo que una vez se fue arrojado al exilio”. Exacto: están siendo fieles a lo que les gusta, la cuestión es demostrar que sea necesario que lo paguemos todos.

Telemadrid como esperpento

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Las crónicas periodísticas sobre el conflicto sindical en Telemadrid tienen algo de bohemio: parecieran la transformación matématica de la realidad a través de la estética deformada del mismísimo Max Estrella. La cuestión sería ¿ha pasado realmente algo porque no se haya visto Telemadrid tantos y tantos días?. Me temo que nada. ¿Han percibido los mismos huelguistas, con todo el respeto a sus puntos de vista, cómo su ausencia no ha significado nada y, por tanto, queda en evidencia el propio sentido de su presencia y existencia?. En su patetismo – el ayuntamiento de Madrid ya cerró la suya – aparece de modo descarnado el conflicto inevitable entre costes y notoriedad de las televisiones públicas. A este conflicto (que un servidor denomina “paradoja de la televisión pública“) le ha echado algunas cuentas el profesor Andrés Betancor (gracias, José Miguel): «el gasto público presupuestado en atención a la dependencia en España ascendió gradualmente desde los 3.809 millones de euros en 2007 hasta los 8.004 millones de euros en 2011. Esto significa que el gasto en televisiones representa casi un tercio del gasto en dependencia». Este juego de usos alternativos del dinero recaudado – y se protesta por el también madrileñísimo y catalanísimo euro por receta – podría hacerse con cualquiera de esos gastos fundamentales a los que tanta gente aspira pero sobre los que no se pregunta nunca, nunca, al que paga los impuestos. Telemadrid y la televisión pública española en general se merece un buen paseo por el Callejón del Gato. No, esta pregunta tampoco se verá en los telediarios de Telemadrid. Ni en los de las demás.