La Nueva Industria Audiovisual

Joan Planas y la television 2.0

Anoche entre asombrados y entusiasmados unos cuantos nos vimos el show en directo de Joan Planas. La excusa era formidable: tenía recién adquiridos unos micrófonos inalámbricos de prometedora calidad y alcance que decidió probar asaltando las calles. Así, medio perplejos todos, y mientras Cristina tomaba la cámara desde la terraza de su casa, veíamos a Joan en plena calle (¡a oscuras!) probando la distancia hasta la que el sonido seguía siendo recibido por todos nosotros en nuestras casas a millas de distancia. Tal era el resultado y el entusiasmo que aprovechó para decirle a los paseantes que se cruzaban con él que miraran que estaban en la tele. Y ahí estaba la televisión 2.0.

¿Pero qué es la televisión 2.0? No voy a filosofar sobre los conceptos de participación y creación de contenidos. Lo interesente de la reflexión, para mí, se centra ahora en otros puntos: como Héctor Milla anda enfrascado en construir un debate sobre el futuro de la televisión (PVR y yo seguimos cambiando correos, algo bueno puede salir), voy a proponer un punto de discusión. David Letterman hizo hace años algo parecido a lo de Joan Planas anoche con un éxito de audiencia impresionante: mandó una ENG a la calle y desde el estudio pedía a gente que pasaba por la acera cosas como que le enseñara lo que tenía en los bolsillos, o entraban en una tienda de revelado y le pedían a los clientes que enseñaran sus fotos. Otra vez se asomó a la ventana y le pidió al primero que pasó que subiera al estudio. La diversión residía en la cantidad de situaciones inesperadas y la perplejidad del espectador al ver el desconcierto del directo, eso de «sí, le están viendo millones de personas». Emilio Aragón intentó copiarlo hace años, pero no le salió tan gracioso. A Joan le veíamos once (por algo se empieza) pero la espontaneidad y la interactividad (otros concepto para la televisión 2.0) crearon una dinámica espectacular: Joan terminó invitando a cenar a todos.

El punto esencial de lo ocurrido no estaba en la bajada a la calle, ni en la interacción (hasta hoy, el público llamaba por teléfono, ahora manda SMS’s, ya chateamos, pronto mandaremos todos nuestra cámara del movil o la de casa…). Para mi reside en la disponibilidad. Es decir, David Letterman precisaba una infraestructura carísima (eso sin contar su sueldo) que exige la posesión de lo que la legislación española llama «título habilitante» que, dicho con malas palabras, es la patente de corso que le permite a usted el disfrute de ser uno de los pocos privilegiados con derecho a decir con imágenes lo que le dé la gana e, incluso, cobrar por ello a otros.

Quizá es reiterado, pero en mi opinión la verdadera dimensión de lo que ocurre con la tecnología es la libertad de emitir. Un fenómeno de profundas consecuencias sociales y políticas que ya se palpan: la supresión del intermediario hace que el poder de los tenedores de títulos habilitantes disminuya (vaya, que va a disminuir) al permitir que el ciudadano elija la fuente directa donde se produce la información y el ocio. Esto, sin embargo, no es el paraíso del productor de contenidos, pues encontrar la escala de espectadores que rentabiliza los costes de una producción sistemática y regular de cosas como las que hizo Joan anoche no es sencillo. A pesar de que bajan precios y escalas. Es verdad que el micronicho, el aficionado, las estrellas y las masas van a convivir, y que la subida por la curva de Chris Anderson está al alcance de casi cualquiera, el problema es que no le ocurre a cualquiera.

En definitiva, lo que gana la sociedad es un espacio de libertad para acudir en igualdad de condiciones de partida a la busca de espectadores. El problema de la televisión desde el punto de vista político y social ha sido la limitación del espectro, eso de que hay un número de frecuencias cerrado y nadie más puede entrar. Circunstancia que proporciona a los gobiernos un poder extraordinario al decidir y condicionar su reparto. ¿Tendría sentido con la extensión en este siglo XXI de las redes el que las marcas actuales de la televisión cedan su espacio radioeléctrico para que pueda ser usado por todo el mundo como garantía de accceso a los contenidos de modo itinerante y que se refugien sus marcas en las redes convencionales? Es decir, si por un cable o una red inalámbrica entro a al red y puedo acceder a cualquier contenido, ¿tiene sentido que parte del espectro esté en usufructo de por vida de una empresa determinada o debe forzarse la igualdad de condiciones y que las «emisoras» compitan en igualdad de condiciones en la red?

Sumado al concepto «on demand» como base del patrón del consumo de ocio, y el directo para acontecimientos o el desarrollo de talk-shows interactivos, puede que este aspecto caiga por su peso. Especialmente porque por la red la medición de audiencia y su segmentación es mejor y mayor. En este punto volveríamos al valor que le damos aquí al poder de los filtradores y las recomendaciones. Lo que parece que será lo mismo es que para hacer Los Soprano hace falta mucho tiempo y mucha pasta: cambiará la forma de darlo a conocer y su explotación, pero la necesidad de contar con poderosos padrinos (nunca mejor dicho) para grandes contenidos me temo que no va a desaparecer.

Aquí se lo dejo para su asueto y reflexión privada (o pública si se animan a contestarme aquí).