La Nueva Industria Audiovisual

"a"


No sé si las llamadas perdidas de una de estas noches de Navidad me impidieron ser vicepresidente fundador de la iniciativa de Joan y Héctor para construir (vocablo azaroso pero semánticamente perfecto) un país particular. Sí soy ya miembro, o eso creo, del Consejo de Gobierno. Durante un segundo pensé en aquéllo de Comunica con A, la empresa de eventos y promociones del clan Antoñanzas. En el segundo dos, recordé las minúsculas y las tendencia minimalista de Joan, que suprime mayúsculas y haches innecesarias en un esfuerzo de simplificación para extraer pura y simple esencia.

Los países virtuales, la creación onírica de espacios utópicos, los no menos oníricos intentos sionistas (encontrar la tierra prometida de los que vagan en el éxodo) de creación de países físicos que reproduzcan el sueño de la sociedad ideal son antiguos como las piedras que nos rodean. No por ello menos fascinantes

David de Ugarte nos recuerda que la estructura estadio-nación/cultura nacional no tiene más de 150 años y que viene asociado a interesantes monopolios sobre el conocimiento. Creo que su esfuerzo por analizar el fin de las naciones (¿as we know it?) a través de las redes es una lectura casi necesaria y probablemente exija una invitación a que sea descargado en todas las escuelas de este país plagado de culturas que pelean entre sí por una subvención aparentemente más legítima.

¿Qué podría tener mi «a», mi país propio? En definitiva, ¿a qué aspiro? El resto de mi vida y opiniones yo creo que les importa poco, pero en este territorio de una industria audiovisual nueva yo tengo un elemento para mi república y que propondré a la república «a»: libertad de emitir. La concesión monopolística del espectro radioléctrico a los gobiernos y a empresas privadas (todas ellas lo han obtenido legítimamente, pero es que el mundo ha cambiado) otorga unas ventajas decisivas a unos pocos en contra de la creatividad y la capacidad de difundir contenidos de imagenes en movimiento a muchos.

Transformar la gama de frecuencias televisivas actuales en zonas para la transmisión de contenidos inalámbricos por parte de cualquiera es, desde el punto de vista ingenieril, algo complejo a fecha de hoy. Pero seguramente mucho menos que las implicaciones económicas, sociales y políticas. De la concesión gubernativa a la libertad de emitir. Lo mismo sucede con la radio.

Inauguro, pues, el pantano de hacerme ciudadano de «a».