La Nueva Industria Audiovisual

La conversación, al rescate de sus iconos: salvemos Mobuzz


Yo he hecho una contribución para que Mobuzz siga. O lo que tenga que hacer. Desde que el mundo dos-punto-cero apareció, la militante y entregada comunidad hispánica que compone ésta que puede calificarse como pasión, ha tenido como referente local e internacional la presencia del milagro Mobuzz. Y digo milagro porque pocas veces habíamos visto algo así, montar un proyecto tan internacional salido desde Madrid y con orígenes tan puros desde el punto de vista del emprendimiento y su mística: quizá el día que apareció la abeja entre los logos del nuevo AppleTV en medio de uno de esos keynotes que nos dejan turulatos del mismísimo Steve Jobs, fue cuando pudo hacerse tangible toda la epopeya.

Listas de correos, entradas en los blogs, twitts, todo el bullicio de la red no habla, en plan ansonita, de otra cosa más que del cataclismo: veo que hasta una de mis hermanas ha donado a Mobuzz en el momento más álgido de la transformación de familia de toda la vida en familia Cluetrain. En todas esas listas, entradas y twitts la conversación se pregunta el por qué, el cómo, el si se puede, las dudas sobre la sinceridad de la petición, etc., etc.
Son horas para decir que todo el mundo es buen general después de la batalla. Es fácil decir ahora que dieciséis personas son muchas o pocas, si el planteamiento era correcto o incorrecto, si se venía venir o no. Si Anil tenía que haber hecho esto o aquéllo. Filosofía sobre el pago de los contenidos, lo gratuito y las posibles imitaciones de Zattoo. Creo haber visto comentarios sobre la posible pérdida de credibilidad del proyecto frente al dinero profesional por acudir a los usuarios. En fin: es difícil y apresurado hacer un análisis preciso en este momento, creo que requiere más sosiego y no caer únicamente en la sencillez, obvia por otro lado, de que las crisis dejan desnudas nuestras vergüenzas.
Diré por qué he donado a Mobuzz: primero, porque me ha dado la gana. Es decir, me lo piden y me parece bien que pidan lo que quieran, no es obligatorio contribuir, no hace daño a nadie, mi riesgo es bajo (de hacerlo mal, el daño en su reputación sería para ellos, algo que se supone que la conversación no perdonaría especialmente de cara al futuro) y el beneficio que aporto mayor a pesar de su modestia. Segundo, he disfrutado de los contenidos gratis y, sobre todo, he aprendido si se quiere en mi condición – perdón por el autobombo – de analista más o menos competente de esta cosa del video en la red, viendo sus evoluciones y forma de trabajar: no me parece injusto, más bien es todo lo contrario, compensarles por ello en la medida en que nadie me coacciona.
Tercero, no me parece desdeñable este experimento como puesta a prueba de la involucración de una audiencia (una clientela) con su marca: si son capaces de conseguir el objetivo propuesto, si yo fuera inversor tendría más motivos para creer en el equipo gestor: qué mayor prueba de que saben crear contenidos, movilizar a sus espectadores y crear viralidad. Eso sí, de alcanzarse la meta, la responsabilidad que adquiere ante sus usuarios apóstoles es inmensa, el capital emocional acumulado requerirá una gestión muy solvente. Y los business plan están para cambiarse si hace falta. Wait and see.