En el mundo de la industria, los ingenieros y economistas que se ocuparon de estudiar el problema de la calidad en las fábricas y en los servicios llegaron a una conclusión. Una conclusión que tenían una virtud evidente: las empresas necesitan criterios tangibles, medibles y observables para transformar los deseos del cliente en algo que se pueda gestionar. La conclusión era que calidad era lo que el cliente quería comprar al precio que estaba dispuesto a pagar.
Así, en los seminarios para formar ejecutivos y empresarios, el primer paso que se da es alcanzar una definición operativa de calidad. Y que se entienda. El ejercicio es sencillo. Consiste en preguntar «¿qué es mejor? ¿un seiscientos o un mercedes?». La respuesta intuitiva y habitual cuando no se ha reflexionado es confundir prestaciones y prestigio con calidad. El mercedes es mejor, claro está, más elegante, más grande, más poderoso y confortable, con una resistencia a prueba de cualquiera.
El Mercedes tiene más prestaciones y se construye a un precio que no puede pagar todo el mundo. Sin embargo, el humilde seiscientos tenía un motor a prueba de todo y seguramente era lo mejor que podría darse por su precio. Puede ser barato, pero que no se rompa. Ergo, calidad tampoco puede ser sinónimo de caro o selecto: no es útil para proporcionar servicios a una clientela, clientela que tiene un presupuesto por definición y que tiene legítimos deseos de resolver sus necesidades de transporte. Tampoco necesita un Rolex para saber la hora, pero quiere conocerla. Yo que no soporto los relojes en mi muñeca y no tengo gusto estético por ellos, consulto la hora en el móvil. Dar la hora tiene sus distintos clientes y usuarios.
¿Se puede trasladar esta idea a la televisión? Hoy en el diario El País se publica un artículo con el título «Se busca una televisión pública de calidad» en el que la propia redacción y una encuesta tan acientífica como las mías, pero muchísimo más sesgada en sus preguntas, parece presentar las creencias comunes sobre la televisión: que se sabe lo que es una televisión «de calidad» y que eso, por supuesto, es una obligación pública. Creo que estamos todos completamente perdidos y que es un concepto inmanejable e ingestionable, y que su enunciado constituye una trampa para reflexionar tanto sobre la televisión como sobre su versión público.
Voy a sugerir al equipo de The Cocktail que en su próximo estudio Televidentes 2.0 se incluya alguna forma de investigación acerca de qué es lo que entiende el público por calidad. Yo tengo mi apuesta: por calidad tendemos a asociar contenidos minoritarios, superproducciones y ausencia de mal gusto. A los periodistas, que lo que más suele preocuparles son las noticias de televisión, les parece que calidad son noticias «veraces» (qué será eso) y esa especie de borrachera informativa que tenemos en España en la que tiene que haber tres telediarios diarios aunque no haya noticias nuevas. También independendientes, algo que cuesta suponer que un gobierno pueda serlo. Pero con una clase política que tiene como argumento para tener televisiones públicas que la Constitución Española establece un derecho esotérico, que es el de estar informado, y que eso se traslada a que el gobierno haga noticias y no a que publique sus documentos o que las imágenes que pagamos con impuestos sean de dominio publico, pues vamos mal.
Salta a la vista que la definición industrial sólo nos vale para hacer producción eficiente de contenidos previamente aprobados. En el mundo de la producción de bienes y servicios no creativos, la producción eficiente, el cero defectos y la sintonía con el cliente son la supervivencia. Una buena gestión de calidad implica, por ejemplo, que muchas empresas manufactureras analizan cómo los clientes abren sus cajas y envases para saber cómo se puede hacer de la manera más cómoda y más segura y entrenan a los operarios que tienen que empaquetar para que razonen en los mismos términos que la experiencia del cliente: cada impacto sobre su percepción de nuestro producto es esencial para contar con su satisfacción, lealtad y la recomendación a vecinos y amigos. Todo esto es válido en líneas generales para que, una vez aprobado un guión y con un presupuesto, esa producción termine en fecha y dentro de los costes aprobados.
Sin embargo, trabajar con creatividad es como trabajar con innovación: no se sabe qué sale bien. ¿Y qué es salir bien? ¿Se tiene el favor del público? ¿Se recupera el dinero invertido? El presupuesto de I+D de cualquier empresa, es una sucesión de apuestas. El control del riesgo se tiene por una especie de casualidad estadística por la cual hay que pensar que de cada equis proyectos financiados con aparente sentido de locura, al menos uno de ellos nos pagará todos los desengaños. Así funciona el capital riesgo. Y así funciona la industria del cine y la programación de televisión.
El público y la prensa no valoran calidad por el hecho de hacer bien las cuentas y que los procesos de producción estén optimizados. Lo ignora. Lo valora porque espera, creo yo, que la televisión sea como esa BBC que nunca ha visto y que parece que es tan buenísima que nada más sentarse frente a ella uno se pone a gozar con una sucesión interminable de The Office, Bridshead Revisited, Upstairs Downstairs, Mr. Bean and so on. Y con unas noticias que, joder, son como el Washington Post en vídeo. O esos documentales que aparecen de vez en cuando, que cuestan millones de dólares por episodio y que, claro, demuestran lo buenísima que es y lo pobres que somos. Por supuesto, nuestras públicas se los compran por kilos y millones.
Nadie repara en que la producción en inglés tiene mercados muy jugosos más años de comercialización mundial que permiten entrar en presupuestos (prestaciones) inalcanzables para el mercado en español. Otra cosa es si hay que producir para el mercado internacional o para el mercado local. No debatiremos ahora. Pero la cuestión es que público y opinión pública ignoran en la ecuación elementos críticos:
- Qué coste ha de tener la producción, la propia televisión, para que tenga sentido socialmente.
- No hay dos espectadores que tengan la misma idea de calidad.
- Lo minoritario es minoritario, es decir, que puede que no sea apenas visto y que los costes en los que se incurren, comparativamente, tengan usos sociales mejores. Y minoritario no implica calidad. Precisamente porque el riesgo de la creatividad es el que es, no se puede anticipar que lo exquisito sea bueno. Y todos podemos poner ejemplos de obras pelmazas teñidas de un aura de cultura insoportable.
- La producción privada ya realiza (el ejemplo son muchos canales temáticos de pago) muchísimas de las cosas que más se valoran como calidad: esas series de riesgo artístico y alto presupuesto, canales de noticias especializados y de veinticuatro horas, documentales imposibles… cadenas privadas que sirven para facilitar la financiación completa de productos que se tienen o consideran públicos: cine, documentales, etc. El privado hace también muchas cosas de música.
- Nadie repara que con la democratización de los medios de producción y emisión, la fuerza del estado para hacer contenidos ¿minoritarios? ¿de nicho? expulsa del mercado a los emprendedores que quieren ocuparse de esas pequeñas audiencias. Supongamos, por tanto, que lo mayoritario, aquéllos productos que se consumen por el mínimo común denominador de los gustos del público, no son la razón de ser de la inversión de dinero de los ciudadanos.
Con la entrada de internet, la expansión del cable, el crecimiento de canales por la atmósfera, prácticamente no va a quedar ningún nicho de público que el sector privado – la sociedad civil – no cubra y ¿se han dado cuenta de algo? Que nadie dice que la oferta privada haya de ser de calidad. Se da por hecho que la televisión comercial en abierto es de mala calidad, pero nadie repara en la oferta especializada. Y nadie dice que El internado se ve con fruición. Y en que, a pesar de tantos canales, es perfectamente posible no encontrar lo que te gusta: la calidad no es igual para todos.
En la era que viene, la de la televisión personalizada, legisladores, medios de comunicación, teóricos ilustres, siguen buscando respuestas para modelos que provienen de la era de la escasez y la uniformización. No se puede saber lo que es calidad, salvo en términos de gestión. Por tanto, es un misterio. Y por no razonar sobre ello, caemos en la trampa de la televisión que pasó: parrilas uniformizadas, con altísimos costes de estructura en empresas hiperreguladas. Pretendemos que lo público resuelva nuestra frustración por no encontrar en la televisión lo que nos apetece en cada momento, nos creemos que lo que da el estado es gratis (también la redactora de El País, léanse el artículo), pensamos que existe la utopía de que mis gustos como espectador son los gustos de todos. Pero curiosamente no se lo pedimos ni a la prensa ni a la radio, lo entendemos como una selección de la oferta: yo no encuentro nada parecido a la calidad de la revista The Economist en el mercado en español, pero no le pido al gobierno que me la haga. Calidad podrán ser los programas uno a uno, pero no la televisión o un canal como conjunto.
Pensamos, todavía, que la televisión es un hecho uniforme y uniformizador, una especie de obligación a contemplar en vez de un proceso de selección de consumo de vídeo en torno a mis intereses. Sólo el crecimiento de la conectividad en redes de televisores y todo tipo de dispositivos, junto el incremento de oferta asociado borrará esa imágen de nuestras cabezas. La calidad es la personalización del consumo, y eso se está haciendo ya vía descargas, consumo de DVD, PVR’s y más ingenios que no mide parece ser nadie.